La postura de la oración

«La buena postura del cuerpo, también es de provecho para la oración; pero dos de ellas son las más comunes y convenientes, que son: el estar de rodillas (Lc 22, 41; Act 7,16; Ef 3,14; Dn 16,10) y el estar en pie (Mt. 6, 5; Lc 18,13); pero habiendo de durar largo rato, podrá el orador arrimar las espaldas a alguna cosa fixa, para alivio del trabajo y cansancio del cuerpo, aunque San Buenaventura (libro de Hist. Theo. tra. 3, cap. 1) y Dion. Cart. (libro 1 de Contemp., art. 34) prefieren el estar en pie al estar arrodillado, y la cara y ojos levantados al cielo, porque parece convenir más a la elevación y suspensión del alma.

Pero según Cesario (hom. 34) y Suárez (lib. 2 de Oratione ment., cap. 5) se ha de aconsejar el ponerse de rodillas por ser de más humildad, y porque así el cuerpo y alma juntamente tienden a Dios, como afirma San Germán (ad Rust.; epist. 4).

S¡fuere de sujeto flaco y debilitado y la necesidad no diere lugar para más, podrá estar postrado en el suelo, pero sea brevísimo tiempo; porque esta disposición provoca al sueño; o asentado o sobre las rodillas, o paseando o acostado, y de algún otro modo con que tuviere el espíritu más quieto y el cuerpo con menos quebranto, pidiendo primero licencia a Dios, para estar en su divina presencia con tal postura; según doctrina de San Buenaventura (in Spec. discip., parte 2, e. 10) y de Lud. Blos (in Sti. spir., c. 12). Y lo podrá hacer sin tener escrúpulo dello; porque Dios, que se paga de corazones, más atiende al afecto del alma que al talle del cuerpo.

Ninguna destas posturas es de rigurosa obligación (siendo voluntaria la oración), aunque orando en público; se ha de tener la ordinaria y común... Cristo, señor nuestro, varias disposiciones guardó; ya de rodillas, ya postrado, ya en pie; y Sor María Agullona, capítulo 13 de su vida, también oraba, unas veces de rodillas, otras postrada en tierra, otras en pie y otras andando. Lo mismo hacía m¡Padre Maestro, el bendito Nicolás Factor. Dado que sin grave causa y necesidad no se ha de dexar la decente postura» (1).

El Beato Nicolás Factor tomaba «posturas admirables» (2) en sus éxtasis y arrobamientos, que ya hubiera querido soñar Fidias, para infundir espíritu en el mármol de Pentélico. El resuelve el problema de la unión franciscana del cuerpo y el alma al modo como el Padre Ángeles canta en números retóricos: "Aún en el cielo, de la gloria del alma le ha de caber al cuerpo muy buena parte; al fin tiene della sus gages y relieves" (3).

«La maravilla es que este espíritu nuestro, ass¡calificado, califique y vista de condiciones espirituales a su cuerpo, de manera que hagan consonancia los dos en la virtud, y tenga el cuerpo sus relieves y gages del espíritu y sea llevado muchas veces por los aires, tras el espíritu» (4).

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Filocosmia, fol. 16.
(2) Epitome, pág. 38.
(3) Nueva Bibl. de M. Pelayo (t. 20, página 101, col. A).
(4) Id. (t. 24, pág. 494, col. A).

San Pascual Bailón

S. Pascual Baylon. Vicente López lo dibuxó. Francisco Jordán lo grabó año 1801. (168 x 227 mm. Museu de la Ciutat de València. Colección Martí).

El cazador de víboras

Un labriego bastante diestro en cazar víboras, se aficionó enteramente a este oficio por resutarle altamente lucrativo, pues las vendía a muy buen precio en una botica de París, donde se utilizaban para la elaboración de cierto específico.

Su caza era muy afortunada. Un día reunió cientos de víboras. Vuelto a su cabaña, las encerró en un tonel y se echó a dormir tranquilamente.

Durante la noche, las víboras se agitaron y consiguieron levantar la tapa del tonel y salir. El calor del durmiente las atrajo, se deslizaron sobre él y envolvieron su cuerpo, sin hacerle daño, alguno.

Al despertar el labriego, con gran asombro y pavor, se encuentra cubierto de víboras. Estoy perdido —dijo entre sí—. Pero tuvo la paciencia de permanecer inmóvil.

Cuando la luz del sol invadió todo, y unos pastores, a corta distancia, hicieron lumbre y acercaron al fuego unas ollas de leche, a su olor empezaron a moverse las víboras en dirección de las ollas.

El campesino las veía desprenderse de sus brazos, de su pecho, de su cuello, hasta quedar libre de ellas. Entonces, lanzando un grito de satisfacción, se levantó, cogió sus grandes pinzas y las tiró muy lejos, renunciando para siempre a oficio tan peligroso.

¿No son también víboras, amado lector, esas aficiones desordenadas a las que te entregas sin escrúpulos? Ten cuidado, porque en el momento menos previsto pueden enroscarse en tu corazón y clavar en él su veneno.

San Pascual Bailón

SAN PASCUAL BAILON. Óleo de Vicente López. Siglo XIX. Museo de Valencia.

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