El Beato Nicolás Factor en la batalla de Lepanto
(Primer domingo de octubre de 1571)
En esta batalla naval, la «más memorable que vieron los siglos pasados n¡esperan ver los venideros», según el Manco de Lepanto, se hallaba el Beato Nicolás Factor a los 51 años de edad, y desde Valencia «la divisaba distintamente, y anunció la victoria en la misma hora en que se ganaba, habiéndola socorrido desde el principio hasta el fin con fervorosos ruegos y disciplinas de sangre» (1).
Concuerda con esta versión el Resumen del P. Beltrán, citado anteriormente. «Disciplinase una noche rigurosamente en la Iglesia de San Francisco de Valencia, y decía: ¡Señor, victoria, victoria! Quedóse después en oración, y al otro día le dijo al religioso que le oía y le solía curar las llagas: Padre, dígame; ¿qué significaban aquellas voces Victoria, Señor, victoria? Has de saber, respondió, que el Señor ha dado un gran día a la Christiandad, pues ha conseguido la armada de D. Juan de Austria una muy gloriosa victoria contra los Turcos; no lo digas que presto se sabrá» (2).
Y explica aquello «quedóse después en oración» el discípulo del Maestro, Fray Antonio Pascual: «También saben [los extáticos] las cosas secretas y ausentes, como supo nuestro Padre Nicolás Factor la victoria del golfo de Lepanto que alcanzó el victorioso D. Juan de Austria, de los Turcos; pues el mismo día, buelto de un rapto, la publicó entre los religiosos del Convento de San Francisco de la ciudad de Valencia» (3).
Otras variantes hay, sobre todo en fuentes indirectas o literarias de autores contemporáneos, que deben omitirse aquí en gracias a la brevedad, y solamente señalar en esta ocasión la figura excelsa y moderna del Bto. Nicolás que rige aún en este Imperio nuestro que renace como el santo humanista de Valencia renacía cada vez más excelencia con el saludo ¡Arriba los corazones!
Fr. Domingo Savall, ofm
(1) Cfr. Francisco Gemelli, Panegírico del Beato Nicolás Factor en la fiesta de su beatificación, 1787, trad. del italiano por José Ortiz. Valencia, 1794.
(2) Pág. 99.
(3) Filocosmia, fol. 109, b.

La Orden Franciscana en el descubrimiento de América
En el recogimiento de esta Iglesia de los Reverendos Padres Franciscanos de Valencia, escuchando sus rezos y cánticos, soñé, vi, como en en una visión, aparecer entre el humo del incienso la capilla de un antiguo convento franciscano, la Rábida, cuna del descubrimiento de América, al que tanto contribuyó la Orden franciscana.
Tiene la Orden franciscana, en el descubrimiento de América, sus más puras glorias; sin la Rábida sin aquel Padre franciscano, Juan Pérez, los pensamientos, los sueños y los proyectos de Colón, no hubieran tenido realidad.
Se alza el convento de la Rábida sobre una pequeña colina, dominando la confluencia del Odiel y el Tinto. El propio Santo de Asís llegó hasta allí, estableciendo en aquel lugar una Comunidad de Padres Franciscanas bajo la advocación de Nuestra Señora de los Milagros de la Rábida.
La Rábida, un seto cubierto de pinos y el mar inmenso a la vista; un cielo claro, un pavimento de losas sepulcrales; un claustro en que recogerse; altares donde acudir a rezar, a rogar para ser perdonado en una eternidad. Este fue el refugio que un día eligió Colón para llorar su amargura, cuando se vio desengañado, cuando nadie hacía caso de sus sueños, de sus proyectos. Glorioso refugio el elegido, al amparo de la Comunidad franciscana. Roca firme de la fe, donde renació la perdida esperanza, donde brotó el más puro entre todos los afectos. Un humilde Padre, Fray Juan Pérez, descubrió un Nuevo Mundo en los ojos de Colón. Un sentimiento de caridad cristiana le llevó a consolar a Colón, y al oír su charla imaginativa, la fe le sugirió la firme resolución de auxiliarle en su empresa, en la que se podía hallar otras razas, otros pueblos a quienes llevar el Evangelio de Cristo.
El contacto de Colón con aquella Comunidad produjo el milagro, ante aquella Virgen salida de las manos de San, Lucas y al que unos ángeles sostuvieron la, divina paleta. Aquella sagrada imagen, tan unida al mar, que para que no cayera en manos de los infieles, fue oculta dentro del mar, en cuyas profundidades se conservó para luego volver y presenciar el triunfo.
Colón veló sus carabelas en aquella noche precursora al viaje, y al alba sopló la brisa deseada para la marcha En la capilla del convento sonaban los rezos de la Comunidad, y Fray Juan oficiaba la Santa Misa ante el altar de la Virgen. ¡Cómo rezaría Fray Juan aquella Misa, una de las más augustas y solemnes en aquella sublime madrugada!
Parten las carabelas y pasan ante la Rábida, flotando la cruz sobre la nao capitana; iban camino de lo desconocido, hacia lo ignorado, hacia lo misterioso.
Fray Juan, con toda la Comunidad franciscana, presencia el paso y les da su bendición; durante tres horas siguieron con la vista a las tres carabela, hasta que se perdieron tras el horizonte, adentrándose en el Océano.

La historia de la Orden franciscana está unida a la de la colonización de América. En el segundo viaje de Colón le acompañan varios religiosos franciscanos. El 6 de enero de 1494 se decía la primera Misa en la Española, celebrada por el Padre Fray Bernardo Boix. Aquella Misa marcaba la aurora de nuevas gestas de la raza, y le cabía la gloria, el honor de celebrarla, a la Comunidad franciscana. La primera Iglesia y la primera escuela eran fundadas por un Padre franciscano, Juan Alonso de Espinar, organizándose la vida religiosa por la Orden franciscana, bajo las órdenes de Fray Juan Alonso. El primer Obispo, franciscano, y durante los primeros noventa años constan en el Archivo de Indias los nombres de 930 Padres franciscanos españoles, los que fueron a predicar la Religión de Cristo a América. Diríase que Dios quiso premiar la caridad inagotable de San Francisco, asociando a su Orden, al descubrimiento y colonización de un Nuevo Mundo.
El nombre de Fray Juan Pérez y el de la Orden franciscana están asociados a la empresa increíble, y su nombre no se apagará en los recuerdos de la eterna humanidad, y junto a ellos resplandece el de la Virgen de la Rábida, el de aquel convento que es algo que se compenetra con los sentimientos hispánicos, teniendo para España un significado y un símbolo indestructible.
Juan Cuesta Milván
Capitán de la Marina Mercante
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