San Sebastián, mártir

Rasgos fisionómicos

Soldado valiente, cristiano fervoroso, militante activo de acción católica: todo esto armónicamente combinado en maravilloso conjunto, era el apuesto y gallardo joven Sebastián.

Dotado de preclaro talento y de persuasiva elocuencia, de amabilidad exquisita y de carácter resuelto, valiente y emprendedor, huso estas excelentes dotes al servicio de Jesucristo, en cuya fe había sido educado por sus cristianos padres, y al servicio del imperio romano como soldado que era de sus victoriosas legiones. Era esto, allá por el año 270 de la era cristiana.

aIntensa actuación católica

Pronto triunfó Sebastián en todos los círculos de sociedad en que intervino. El Papa San Cayo le concedió el título de «Defensor de la Iglesia», y el emperador Diocleciano le agregó a su cuartel militar haciéndole capitán de su guardia. Vivía desde entonces Sebastián en el palacio imperial. Su elevado empleo y su uniforme militar le proporcionaban ocasiones y medios de asistir y proteger a la perseguida Iglesia Católica, a lo que consagró su autoridad, su influencia y sus haberes, favoreciendo y defendiendo a los odiados cristianos, y consolándolos cuando, apresados y encarcelados, no tenían ante sí otra pespectiva sino apostatar de la fe o ser mártires de ella dando su vida por Cristo.

Desde su elevado puesto procuraba recibir informes de lo que ocurría a los cristianos, llevaba nota de los que gemían en las cárceles y de los sentencia(los a muerte, y valiéndose de su influencia, volaba junto a los confesores de Cristo, los confortaba y los consolaba en el seno de la intimidad, enardecía la fe de ellos, los caldeaba en el amor a Jesucristo y en deseos de padecer y de verter su sangre por El. Recogía cuidadosamente los deseos y las necesidades espirituales de ellos para llevarlos secretamente al Papa; volvía a su lado trayéndoles sigilosamente no sólo las palabras alentadoras y los auxilios espirituales del Papa, sino lo que vale más y ellos más estimaban, «los Santos Misterios», es decir: Jesucristo en persona hecho en la sagrada Eucaristía, alimento de sus afinas para confortarlas en el combate espiritual y sostenerlas firmes entre las torturas del martirio.

Así procedía Sebastián un día y otro día, entre trabajos y fatigas, y entre peligros que ponían en grave riesgo su vida. Así logró mantener firmes en la fe a no pocos que titubeaban en los tormentos, y fortalecer a muchos que desmayaban a vista de los suplicios. A éstos va no los abandonaba. Después de haberlos asistido en la cárcel los acompañaba al martirio confortándolos con su presencia, con su actitud valiente, con su oportuna palabra o con una señal disimulada. Era, en verdad, el apóstol de los confesores y de los mártires, v era mártir juntamente con ellos, pues al exponer su vida cada vez que los asistía en su martirio, renunciaba generosamente a ella para que sus hermanos los cristianos no renunciasen a la fe de Jesucristo.

La fe le alienta

Procedía así porque llevaba muy metidas en los tuétanos del alma aquellas sublimes palabras de Jesucristo en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, os rechacen de su compañía, os afrenten y abominen de vuestro nombre como maldito por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y saltad de gozo, porque grande será en el cielo vuestra recompensa» (Lc 6, 22-23).

Esta ciencia de la cruz que el mundo desprecia, es la ciencia práctica que, sostenida por la fe, regulaba la vida entera de Sebastián y daba eficacia sobrenatural a sus actividades, puestas al servicio de Jesucristo y de su Iglesia. Con ella consiguió resonantes triunfos, cuya noticia nos ha transmitido San Ambrosio. Recordemos algunos.

Triunfa en su empresa

Marco y Marceliano, hermanos por la sangre y nobles caballeros romanos, apresados y atormentados por ser cristianos, iban a ser ya degollados cuando sus padres, Tranquilino y Marcia, ambos gentiles, acompañados de las mujeres y de los hijos de los confesores de Cristo, acudieron al prefecto Cromacio rogándole que aplazase por unos días la ejecución de la sentencia, días que ellos procurarían aprovechar para cambiar el ánimo de sus dos hijos cristianos. Advertido de esto Sebastián, que los visitaba a menudo en la cárcel, y enardecido en santo celo de la fe, intervino tan oportunamente en este asunto, que no sólo sostuvo los ánimos de los dos cristianos que habían comenzado ya a flaquear, sino que convirtió a la fe de Jesucristo a Nicóstrato, empleado del juzgado, y a su mujer Zoé; a Claudio, empleado de la cárcel; a más de 60 presos; y, lo que es más admirable, a los mismos padres, mujeres e hijos de Marco y Marceliano que habían ido allí para hacerlos claudicar y librarlos de la muerte.

No faltaron milagros cuando fueron necesarios para confirmar las palabras de Sebastián y mover los corazones de sus catecúmenos a abrazar la fe de Cristo. Ved lo que sucedió en este caso. Zoé, mujer de Nicóstrato, privada de antiguo del uso del habla, la recuperó instantáneamente al hacerle Sebastián la señal de la cruz sobre su boca. Efecto de este milagro fue la conversión de su marido y la de los padres de Marco y Marceliano quienes, bautizados, sintieron ansias del martirio como sus hijos. El prefecto Cromacio al saber por Tranquilino los motivos de su conversión al cristianismo, dijo que también él se haría cristiano s¡Sebastián le devolvía la salud. Resultado de las entrevistas que tuvo con Sebastián fue su conversión y la de toda su familia a la verdadera fe cristiana. Hasta sus esclavos, que pasaban de mil, se convirtieron y recibieron el bautismo, siendo tratados en adelante como libertos.

Mientras Sebastián los iba catequizando, dejóse ver entre ellos Jesucristo, aureolado de brillante luz, abrazando a Sebastián y besándole amorosamente en la frente como garantía de que aprobaba y bendecía su apostolado.

Valor y dignidad ante la muerte

El revuelo que levantaron tantas conversiones no pudo quedar en secreto. Llegó pronto a oídos de Diocleciano, quien increpó duramente a Sebastián por ingrato y desleal, intimándole que abandonara inmediatamente la religión del Crucificado Defendióse Sebastián con respeto y con entereza de sus falsas acusaciones. Manifestó estar pronto a batirse por el emperador contra los enemigos del imperio; pero no a obedecerle en lo que era contra Dios y contra su conciencia: no podía dar a los falsos dioses la adoración debida al verdadero Dios.

Indignado Diocleciano de que el hombre de su confianza fuese también cristiano, e irritado con la valiente respuesta de Sebastián, dispuso que al momento fuese éste atado a un palo y asaeteado por los arqueros del ejército. Ejecutóse al punto la cruel sentencia, y una lluvia de flechas vino a incrustarse en el cuerpo del santo confesor de Cristo que, desangrado y exánime, quedó amarrado y abandonado en pleno campo. Por la noche quiso darle sepultura la piadosa Irene, viuda del santo mártir Cástulo, mas notando que todavía respiraba, hízolo llevar secretamente a su casa, cuidólo con esmero, y logró sanarle de sus heridas.

Ofrecióse entonces a buscarle un lugar retirado y seguro a donde no llegase el furor de la persecución; pero Sebastián, que al comienzo de ella había rehusado esconderse en la casa de campo de Cromacio, ya convertido y relevado del cargo de prefecto, tampoco quiso aceptar ahora refugios. Convaleciente todavía, dirigióse animoso al palacio del emperador, le esperó en la gradería, y, al aparecer en ella Diocleciano, adelantóse Sebastián hacia él echándole en cara la injusticia con que perseguía a los cristianos que eran los más fieles súbditos del imperio. Estupefacto Diocleciano de ver y de oír hablar a quien tenía por muerto, preguntóle s¡en efecto era Sebastián, y al oírle decir que Jesucristo le había conservado la vida para que diese nuevo testimonio de Él ante el emperador, mandó que lo apaleasen fieramente hasta matarle. En este suplicio entregó su alma a Dios el esforzado San Sebastián, en 20 de enero del año 288. «Perdió entonces la muerte y halló la vida» como canta la Iglesia; o bien, «durmióse en el mundo para despertar en el cielo», como también se dice de los mártires, «a quienes no se les arrebata la vida, sino que se les cambia en otra mejor».

Vive todavía

La sangre del esforzado Mártir fue semilla de nuevos cristianos que comenzaron a venerarle junto a su sepulcro en las Catacumbas, que todavía hoy llevan su nombre.

Perduró el culto a San Sebastián en las Catacumbas; y cuando la Iglesia logró libertad social en tiempo de Constantino, se extendió por todo el orbe cristiano, que admira y venera en San Sebastián a uno de sus más eximios héroes.

Por el temple de su carácter juvenil; por la intrépida fe y el ardiente amor a Jesucristo que le llevaban a conquistarle almas; por la valentía con que afrontaba los trabajos y peligros de empresa tan arriesgada; por los éxitos que consiguió y por la fortaleza con que sufrió su doble martirio, es San Sebastián el noble y simpático héroe cristiano cuya viva fe y cuyo encendido amor a Jesucristo sirven todavía de ejemplo y de estímulo a cuantos anhelamos conseguir triunfos eternos.

Fr. Luis Mestre, ofm

Florecillas franciscanas

Fr. Ignacio Ros Miralles

Fr Ignacio RosFue florecita; pero florecita de pasión, cercada de espinas. Fue, asimismo, florecita claustral: jamás y por nada salía del claustro, y apenas s¡alguna rara vez se le veía en el huerto; desde luego, siempre silencioso. Contestaba, no preguntaba. Era un religioso de celda: la celda era su morada y su delicia. A su natural ingenio unía raras habilidades para carpintería y talla. En los años últimos de su vida trabajó en la imprenta que funcionaba en el mismo Convento de San Lorenzo (Valencia), de donde salía La Acción Antoniana. Hablaba poco, muy poco, y muy certeramente. Fuera de los actos de obligación, de devoción o de oficio, se le encontraba siempre en su celda, donde oraba y leía. Leía mucho, hablaba poco y en voz baja, pero sentida. En su pecho tenía una mina de oro, por nadie conocida: el amor de caridad en favor de sus hermanos de religión. Providencialmente se descubrió, con sorpresa y admiración de cuantos morábamos en su compañía. El caso fue en el Convento mismo de San Lorenzo (Valencia), y fue así:

El Señor quiso probar con mano pesada a un religioso sacerdote, e hizo de su cuerpo una llaga. Por otra parte, su temperamento era bilioso puro, con todas sus consecuencias. El pobrecillo, hecho una estampa viva de Job, de los pies a la cabeza, no podía sufrirse a sí mismo y por consiguiente, tampoco al enfermero. Su vivir era un ¡ay! continuo, que pretendía ahogar sin conseguirlo. No se le podía ver, sin conmoverse y llorar. Moverle, tocarle, servirle, era tanto como martirizarle. Antes de tocarle, ya se quejaba, presintiendo nuevos dolores. Le corría el llanto por el rostro abierto por llagas vivas. Cosido a la cama, la cama era para su cuerpo un lecho de espinas. N¡la, vista n¡el olfato podían soportar aquel espectáculo, aquel retablo de dolores agudos y de sufrimientos incomportables.

Todos los Religiosos de la Casa estábamos obligados a servir al enfermo era nuestro hermano espiritual: y «s¡la madre ama y recrea a su hijo carnal ¿con cuánta mayor diligencia deberá cualquiera amar y cuidar a su Hermano espiritual?» Estas palabras del Padre Seráfico habían de cumplirse siempre, y más en nuestro caso.

Atendíale el famoso y mártir en China, Fray Pascualet, pero Fray Pascualet pertenecía al Convento de Santo Espíritu del Monte, a donde tenía que volver. ¿Quién podrá sustituir a Fray Pascualet en oficio tan delicado, tan penoso y tan repugnante a todos los sentidos? Los Superiores, considerando que se trataba de un caso heroico, no se atrevían a mandarlo, pero como había que atender al enfermo pobrecillo, decidieron preguntar s¡había algún voluntario que quisiera sacrificarse en el servicio de su hermano espiritual enfermo y hecho una llaga y un dolor. De no haber voluntarios, se impondría el mandato o se repartiría entre todos la carga pesada.

Este fue el golpe que descubrió la mina de oro que Fray Ignacio Ros tenía dentro del pecho. Con su voz apagada se ofreció a servir al enfermo, sabiendo muy bien lo que hacía y a qué se exponía, considerada la condición del enfermo, su genio irritable y su enfermedad insufrible. Verle era ver a Job resucitado, a Job hecho una llaga.

Esto fue mucho, pero no fue lo más. Lo más fue que se ganó de tal manera al pobrecillo enfermo, que lo cambió completamente, pareciendo en adelante un cordero llagado a quien consume el dolor sin lamentarse n¡quejarse. Parecían hechos tal para cual: para tal enfermo, tal enfermero, y para tal enfermero, tal enfermo. El cariño, la dulzura, la constancia, la paciencia, la voz amable y consoladora, la ternura fraternal, hicieron el milagro. Habíase descubierto la mina que Fray Ignacio Ros tenia escondida en el pecho: caridad y sacrificio.

Consumido por el dolor y por las llagas que le cubrían de pies a cabeza, el pobrecillo enfermo murió plácidamente en brazos de su enfermero, en los brazos heróicos de Fray Ignacio Ros.

Más tarde, una incurable apoplejía que iba poco a poco apoderándose de todo su cuerpo, le llevó a la sepultura. Era un capullo de amor, de caridad fraterna, que se abrió ante el hermano espiritual enfermo, llagado y afligido. Fray Ignacio Ros perfumó a su enfermo y le trató, hasta la muerte, con ternura de madre y con espíritu seráfico, venciendo con heroicidad todas las repugnancias que martirizaban sus sentidos.

Fr. Juan Bautista Gomis, ofm

Fr. Ignacio RosFr. Ignacio Ros Miralles, según el necrologio de la Provincia franciscana de Valencia [reg 165; nec 124]:

Nacido en Bellreguart en 1972. Hábil carpintero que trabajó en su oficio en cas¡todos los conventos de la Provincia. Pasó los últimos años en San Lorenzo de Valencia empleado en la pequeña imprenta. Murió de parálisis gradual a los 60 años de edad y 38 de vida religiosa.

Murió en Valencia el 17 de febrero de 1932, en una casa particular, al implantarse la república en España.

Recuerdo y esperanza

Terminó ya m¡Año Santo
con satisfacción de m¡alma,
cantándole cada mes
a m¡Virgencita Blanca.

Cantarle as¡yo deseo,
mientras en mí fuerzas haya,
para seguir aun cantando
en las celestes moradas.

En este mundo entretanto,
de Ella yo siento añoranza,
como la siente Lucía,
aun sabiendo que se salva.

Con Ella hace tiempo están
los pastorcitos de Fátima;
el bondadoso Francisco,
y Jacintita, su hermana.

Ven y cantan a María
las más dulces alabanzas,
y perpetuamente gozan
de visión que nunca acaba.

Nuevas bellezas descubren
en el mar aquel de gracia,
y la Virgen les sonríe
con una sonrisa mágica.

Jamás así les sonrió
de Iría en las tierras áridas,
triste siempre apareciendo
por tantas culpas humanas.

Que cesen éstas por fin,
y ver podremos su cara,
siempre amable y sonriente,
como en las Célicas Aulas.

Que, después de la de Dios,
nada en belleza le iguala,
y basta los ángeles gozan
de, a su placer, contemplarla.

Los que en el mundo la han visto
dicen... dicen y no acaban;
para expresar tal belleza,
no se han hallado aun palabras.

N¡el ojo vio n¡al oído
cosas tan bellas alcanzan;
hagámonos dignos, pues,
de ir al cielo a contemplarla.

¿Alcanzaremos tal dicha,
oh Madrecita adorada?
De ti, Madre, lo esperamos,
cúmplenos esta esperanza.

Fr. Luis Ángel,ofm
Pego, 1 de enero 1951