Predica el Santo

El dolor, maestro supremo de la vida

No hay quien no sufra. Por una u otra razón todos tenemos contrariedades y trabajos; nadie está satisfecho, todos deseamos algo. A unos la enfermedad atormenta el cuerpo; la ingratitud lastima ciertas almas delicadas; las desilusiones, al quitar del corazón una esperanza, dejan una espina; para otros la incomprensión es dolorosa; las mismas alegrías tienen a veces su fondo de amargura y dejan nostalgia en el alma. S¡alguna vez gozamos de un momento de dicha, es para caer inmediatamente en la inmensidad de nuestros propios deseos.

¿Para qué tanto sufrimiento? S¡Dios es bueno y Padre bondadoso, ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?

Cuando nos apegamos demasiado a las cosas de la tierra, cuando nos seduce el atractivo de lo presente, el Padre bondadoso de los cielos nos manda una pena, una desilusión para recordarnos que lo de aquí abajo pasa y obligarnos a mirar al cielo donde están los bienes duraderos, y nos hace cambiar las pobres esperanzas de esta vida por las seguras y eternas de la otra.

Dice Lacordaire : «La melancolía es inseparable de todo espíritu comprensivo y de todo corazón profundo y no tiene sino dos remedios: la muerte o Dios».

Los propios sufrimientos nos hacen comprender el dolor de los demás, nos llevan a compadecer, y por lo mismo, a consolar. El que no ha probado la amargura de las lágrimas, n¡saboreado las decepciones no se preocupa por las ajenas desventuras. ¡Qué bello es este fruto del dolor: dulcificar el corazón es infundirle suavidad suficiente para consolar desde nuestro propio dolor a los que sufren!

S¡somos pobres en virtudes y por lo mismo en méritos, s¡no hemos hecho cosas grandes, s¡no valemos cas¡nada, nuestro Padre del cielo lo sabe y permite que el dolor se llegue a nosotros para enriquecernos en méritos y acendrar nuestras virtudes. ¿Dónde están nuestra paciencia, nuestra resignación, s¡no hay
contrariedades que las pongan en práctica?

El sufrimiento nos asemeja a Cristo, varón de dolores que conoció todos los padecimientos, que sufrió en su cuerpo y en su alma todas las torturas y todas las tribulaciones. ¿Y qué mejor recomendación queremos para el juicio de Dios, que parecernos en algo a su Hijo, en quien tiene todas sus complacencias?
Pensemos todos los días: s¡yo no tuviera hoy una cruz, no podría adelantar hoy en el camino del cielo, porque sin sacrificio no hay ascensión.

La lucha es una necesidad en la vida del cristiano. Es forzoso vencerse cada día. «S¡alguno quiere venir en pos de mí, tome cada día su cruz y sígame». «El que no se niega a sí mismo no es digno del reino de los cielos».

Dios me puede mandar esa cruz en aquella persona que no me quiere, que me parece antipática, que me desagrada, me odia o me critica. O tal vez en la enfermedad o en la pobreza; en las preocupaciones, en la locura de las propias pasiones o en la desilusión. Nada importa la forma en que llegue el dolor, s¡es el maestro supremo de la vida, s¡él nos levanta de lo pequeño y nos eleva hasta Dios.

Cuando nos sentimos abrumados de pena, cobardes en la lucha con el dolor, qué dulce es levantar los ojos y ver que nuestro Dios no es un ser impasible en su infinita felicidad, inaccesible en su eternidad, sino que inclina hacia nosotros su cabeza coronada de espinas, colmada de dulzura y de dolor, porque quiso ser el modelo y el estímulo para esa legión de almas dolientes que deben subir hasta el Calvario.

El dolor es el gran artífice de la grandeza de las almas, templa para la virtud, estimula para lo grande y todo lo bello. Puede ser el escalón para subir a Dios, o para descender hacia el abismo, según el uso que de él hiciéremos. Escojamos.

Fr. Antonio de Padua

La Cruz de Cristo y la cruz del cristiano

Nos redimió Jesucristo del pecado y nos resucitó a vida divina con su propio cruento sacrificio de la cruz. Jesús, que amaba insuperablemente al Padre Celestial y amaba entrañablemente a los hombres sus hermanos, quiso tomar el dolor como expresión de su inmenso amor e hizo de su vida mortal un dolorosísimo y prolongado sacrificio que comenzó en la Encarnación y se consumó en la cruz. Con este sacrificio expió superabundantemente el pecado y nos mereció la vida divina y la dignidad de hijos de Dios.

aLa vida divina es la misma vida de Jesús, Dios y Hombre verdadero. La vive Jesús en toda su plenitud y con infinito vigor; y de esa su plenitud vital nos hace amorosamente participar a nosotros, según testimonio revelado: «De la plenitud de Jesucristo hemos recibido todos nosotros.» (Jn 1, 16)

En virtud de esta sobrenatural participación de la vida de Jesús, vive realmente Jesús en nosotros, aunque de modo misterioso que escapa a nuestra experiencia, pero del cual estamos firmemente seguros por la fe; y, simultáneamente, vivimos nosotros en Jesús, de Jesús y por Jesús. Nuestra humilde vida cristiana, en cuanto tal, ha de ser, en su línea, dilatación y reproducción de la vida de Jesús en nosotros hasta que lleguemos a ser en nuestro pensar, sentir, querer y obrar, copias o reproducciones fieles v auténticas de Jesucristo. Para esta sobrenatural semejanza con Jesucristo nos ha creado Dios: «A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo Jesucristo», según nos predica San Pablo. (Rm 8, 29)

Ahora bien; la vida mortal de Jesucristo fue vida de inmolación continua que se consumó con el sacrificio cruento del Calvario. Luego el modo de imitar a Jesucristo y (le configurarnos con El hasta sacar al vivo en nosotros, tersa y refulgente, la imagen de Jesucristo, no puede ser otro que la inmolación de nuestro gusto y de nuestra voluntad en aras de la santa voluntad de Dios. La ley fundamental de la vida cristiana es, por consiguiente, la ley del sacrificio doloroso; y para que todos estemos enterados de verdad tan importante, y ningún cristiano ignore la ley del sacrificio n¡pretenda sustraerse a ella, nos la inculca reiteradamente Jesucristo y manda a los suyos que la proclamen en alta voz: «El que quiera ser m¡discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame.» (Mt 16, 24). «Tomad m¡yugo sobre vosotros y aprended de Mí a tener paciencia y humildad.» (Mt 11, 29). «Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos.» (Mt 4, 17).

Empapado de esta divina sabiduría el sublime amante de Cristo, San Pablo, «no se preciaba de saber otra cosa que a Jesucristo crucificado» (1 Cor 2, 2) y de tal modo se había abrazado a la cruz, que exclamó en un arranque de entusiasmo: «Estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo.» (Gal 2, 20). El modo de esta crucifixión lo declara el mismo San Pablo: «Los que son de Cristo tienen crucificada su propia carne, con sus vicios y pasiones.» (Gal 5, 24). «Traemos en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús.» (2 Cor 4,10).

Así como San Pablo, sintieron y obraron todos los santos. El amor a Cristo les impelía a abrazarse gustosos con la cruz de Cristo, y la cruz de Cristo los tocaba frecuentemente, quizá cada día, a veces continuada mente durante largas temporadas, haciéndoles sentir su peso. Jesucristo que, como Cabeza de los elegidos, cumplió en sí ampliamente la ley del sacrificio, quiere que se cumpla ahora en los miembros de su cuerpo místico al que pertenecemos nosotros por el bautismo. «S¡nos configuramos ahora con Cristo crucificado, reinaremos eternamente con Cristo glorioso.» (2 Tim 2, 12).

A este amoroso designio divino obedece el que haya tantas fuentes irrestañables de dolor dentro de nosotros y en torno nuestro. La Providencia las ha preparado para que nos configuremos con Jesucristo aceptando con amor y con paciencia los dolores que continúan el sacrificio de Jesús en nosotros como sacrificio personal nuestro unido al de Jesús, del cual recibe todo su valor.

La mano de Dios y no la malicia de los hombres hemos de ver en todo lo que llega a tocarnos dolorosamente. Los hombres se mueven y Dios los dirige a sus altos fines, como enseña el Espíritu Santo a propósito de los padecimientos de los justos: «S¡ante los hombres padecieron tormentos, fue Dios quien los sujetó a prueba y los halló dignos de sí; los aquilató como el oro en el crisol y los recibió como víctimas de holocaustos.» (Sab 3, 4-6). Luego es Dios quien ordena las torturas de los mártires, sirviéndose de la malicia de los tiranos.

Los hombres de fe vieron siempre la mano de Dios en todo aquello que los molestaba y afligía. El P. S. Francisco daba gracias a Dios por sus enfermedades, mirándolas como otras tantas misericordias divinas, y llegó a increpar a los diablos que le atormentaban, ofreciéndose a padecer de buen grado todo cuanto Dios permitiese que hicieran en su cuerpo. En los últimos años de su vida, su ferviente y perseverante plegaria era pedir al Señor le concediera llegar a participar todo cuanto fuese posible de los dolores que por nosotros padeció Jesucristo en el Calvario. La Iglesia dice de él que estimó los improperios de la cruz de Cristo más que las riquezas y los tesoros del mundo (Oficio del día del hallazgo del cuerpo de San Francisco). Santa Margarita María llegó a decir: «Os aseguro que s¡estuviera un momento sin sufrir, creería que m¡divino Maestro me había olvidado y abandonado.» Lo mismo expresó el Beato Enrique Susón en una pequeña tregua que concedió el Señor a su continuo y heroico padecer.

S¡no tenemos nosotros tan puro y desinteresado amor a Dios, pidámoslo humildemente junto con entrañable amor a la cruz que ha de configurarnos con Cristo. No olvidemos la advertencia de San Pedro: «En la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, entraréis a participar de su gloria.» (1 Pedro 4, 13).

Fr. Luis Mestre, ofm