Predica el Santo
La felicidad
La aguja imanada de la brújula está temblorosa e inquieta buscando afanosa el norte y no sosiega sobre su rubí hasta no quedar definitivamente orientada. Así andan mil quinientos millones de corazones humanos, inquietos y afanosos; angustiados, anhelantes, buscando lo que necesitan, lo que no pueden dejar de buscar: la felicidad; eso tan misterioso y sutil que mueve y agita todo nuestro ser y nunca se deja coger; eso que parece que vamos a lograr (así nos lo dicen nuestras ilusiones) y se escapa de nuestra mano. De la felicidad no conserva el corazón humano sino una huella vacía, que nada puede colmar.
¡Son tan diversos los seres humanos que habitan este mundo! Extendidos por todos los continentes, diversos en raza, de distintos pueblos, de costumbres diferentes y opuestas hablan incontables idiomas... Esa humanidad se renueva constantemente, pues más de cien mil seres humanos mueren y nacen cada día. Todos están inquietos y anhelantes... ¿Qué hacen? ¿Qué buscan? ¿Qué han hecho los que en siglos anteriores nos han precedido en el paso fugaz por este mundo? Todos, sin una sola excepción, buscan ávidamente una sola cosa: la felicidad, Esa es la ley ineludible. No nos es posible hacer n¡la más pequeña acción en que no la busquemos de manera directa o indirecta. El avaro, el lujurioso, el sabio, el religioso, todos buscan la felicidad.
Y ¿en qué consiste esa felicidad que todos necesitamos tan urgentemente? En esta respuesta no está la humanidad de acuerdo, y cada uno la busca en parte muy distinta y por métodos muy diversos. Unos la buscan en la gloria de eternizar su nombre con algún descubrimiento científico; otros se lanzan al fragor del combate, por pensar que triunfarán y que su triunfo les dará! gloria y dicha.
Para otros la gloria y la fortuna no son nada; querrán el placer sin freno, el goce material, la orgía; es la materia lo que los domina y sólo buscan la alegría pasajera que da el vicio y después procuran ahogar sus remordimientos en nuevos excesos.
La felicidad, cree aquel anciano, está en poder vivir su mísera vida, y la de aquel joven en no vivir más.
Pero la realidad es que nadie ha encontrado la felicidad sobre la tierra. Nadie hay, n¡ha habido, que diga: basta; no quiero más alegría... En los momentos de tristeza anhelamos la alegría que no tenemos, y cuando logramos saborearla un momento, deseamos que ya más se nos acabe.
Unos, con las escuelas materialistas, que con distintos matices y nombres van en pos de Epicuro y Leucipo, desde Lucrecio que tan magistralmente lo interpretó en su canto a la materia (el poema De Rerum Natura), hasta los comunistas de hoy, piensan que el hombre es sólo cuerpo y que hay que buscar toda la felicidad en el suelo como los animales. ¡Dinero! ¡Dinero!, gritan otros y corren a postrarse ante Moloc o ante el becerro de oro y a sacrificarle toda la vida y todos sus ideales, sin reflexionar que un alma inmortal no puede saciarse con lo que acaba y que un espíritu no se satisface con materia. N¡el poder, n¡la gloria, n¡la riqueza, n¡la ciencia, n¡ninguno de los menguados bienes de esta tierra nos dan más que migajas de alegría, que dejan nuestra alma mucho más necesitada.
¿Entonces, Dios nos creó sólo para atormentarnos con el deseo y con el interminable dolor? S¡no hubiera otra vida, ésta sería inexplicable, pero esta no es nuestra patria, vamos de paso. Lo veremos otra día.
Fr. Antonio de Padua
Despertar
El espumoso y rugidor torrente
despertó rebramando en la montaña,
esparciendo su voz bronca y sonora
de sus brillantes trompas de oro y plata;
y los bosques, abismos y cavernas,
desde el negro rincón de sus moradas,
levantaron en alas de la brisa
la retumbante voz de sus gargantas,
y vibró del abismo hasta los cielos
un solo himno de amor, de fe y de gracias.
La rubia luz de la naciente aurora
iluminó las cumbres solitarias
y arreboló los campos soñolientos
de esplendorosa lumbre de oro y grana.
Hubo risas y cantos y placeres
y hubo trinos del ave en la enramada
y las yedras sonriendo entrelazaron
las verdeantes trenzas de sus ramas,
y los cielos un algo murmuraron
como arrullos del aura en la fontana...
Repitieron los lagos y remansos
la enamorada queja de las auras,
y entre nubes de aromas y gorjeos,
desprendióse sonriendo una plegaria,
coronada de luz y de armonía,
a la mansión eterna de las almas.
Reverente postróse el campesino
a la vibrante voz de la campana,
y un suspiro de amor voló a la altura
desde el tibio rincón de la cabaña.
Son los campos de Dios, que hasta en los cielos
despertando, levantan sus plegarias;
son los prados, las fuentes y las flores
los que a gritos te dicen que te aman...
¡Es el mundo, Señor, el que despierta!
¡Son tus obras, Señor, las que te alaban!
Fr. Francisco. A. Pérez, ofm
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