La Virgen de los desamparados

El nombre

¡Nombre bendito! Las fibras más delicadas del corazón de los buenos valencianos, vibran violentamente a su sonido, como vibran al soplo del viento huracanado las ramas de la encina que crece en la cumbre de nuestros bosques.

Virgen de los desamparadosY no sin razón. El fue el primero que en los años risueños de la niñez oyeron de los labios de su madre, que los mecía blandamente en su regazo, y el fue asimismo, el primero que aprendieron a balbucear. Grabado profundamente en sus almas, lo repiten sin cesar más tarde en las horas amargas de la tribulación y en las horas dulces de la prosperidad. En aquéllas, para implorar su poderoso auxilio, y en éstas, para rendirle las más calurosas gracias. Y a decir verdad, siempre sienten las suaves caricias del soplo benéfico de su soberano influjo.

Por eso los valencianos celebran su fiesta con tanto fervor y alegría. En ella se viste Valencia con sus mejores galas. Se abarrotan los templos, y la Mesa eucarística se ve constantemente renovada por los fieles, que en este fausto día, desean recibir en su pecho a Jesucristo. El nombre de Valencia, no puede pronunciarse en parte alguna de la tierra, sin recordar, al mismo tiempo, el de la Virgen de los Desamparados.

El traslado

Es muy de mañana. Las calles se han convertido en un hormiguero humano. ¡Qué alegría en los rostros! ¡Qué centelleo en la mirada! —Toda aquella inmensa masa viviente afluye hacia el mismo sitio: a la plaza de la Virgen— Llega ya la hora. Del interior de la Capilla, convertida en un ascua de fuego, sale la Virgen de los Desamparados. —¡Momento sublime! El alma se siente transportada al cielo. Valencia, la ciudad «Magnánima», no sabe cómo testimoniar el amor ardiente que profesa a su excelsa Patrona.— Hondo enternecimiento se enseñorea de miles de corazones. Todos quieren llevarla sobre sus hombros. Gritos de júbilo llenan los aires de aquella hermosa mañana primaveral. Los vítores y aplausos se suceden sin interrupción. Se deshojan las flores de los jardines y se derraman a porfía en obsequio suyo como nube de olorosos perfumes.—Así entra en el recinto sagrado de la Catedral, en medio del entusiasmo jubiloso de la multitud enloquecida.

La procesión

Miles y miles de sillas se hallan colocadas a lo largo del trayecto que ha de recorrer la procesión. Los balcones de las casas ostentan lujosas colgaduras. Son las seis de la tarde, poco más o menos.—Los hombres y jóvenes de todas las Parroquias de la Ciudad, salen de la Catedral en correcta formación. Con ellos van sus respectivos sacerdotes vestidos de sobrepelliz. Niños de sotana roja, blanca o azul, alumbran con sus ciriales la imagen del Divino Crucificado.—El pueblo entero de Valencia, ya sentado, ya de pie, contempla silencioso la sagrada comitiva.— ¡Cuántas lágrimas corren por los rostros! ¡Y cuántos dedos desgranan las cuentas del Santo Rosario! Las campanas hechadas al vuelo en lo alto de los campanarios de las iglesias, anuncian que la Virgen de los Desamparados sale de la Catedral.

Como el niño salta alborozado en presencia de su madre, los católicos valencianos, se llenan de alegría con la vista de la Reina del Cielo.—De los miles de fieles estacionados en la Plaza de la Virgen, unos cantan, otros lloran, éstos gritan, aquéllos baten palmas. Los corazones forcejean por salir del pecho. Las canastillas repletas de pétalos de rosa se vacían inmediatamente al paso de la venerada imagen. Todos quieren honrarla... Todos quieren abrazarla... Todos quieren llevarla... Y ella avanza lenta y majestuosamente en suntuosas andas, ataviada con rico manto de seda y preciosa corona de oro guarnecida de diamantes, que emiten vistosas irisaciones a los fulgores del sol, derramando bendiciones celestiales sobre todos los valencianos.

Después de varias horas de triunfante jira por las calles valencianas, durante la cual ha mirado a sus hijos bien amados con aquéllos, sus ojos dulcísimos y ha expandido su corazón bondadoso como espléndido cauce cubierto de blanquísimos lirios, por donde llegan ,a nuestras almas los raudales inexhaustos de la divina misericordia, anochecido, retorna la sagrada imagen de la Virgen de los Desamparados, al sagrado recinto de la iglesia metropolitana. Y con el alma repleta de dulzuras inefables, se recogen los católicos, valencianos en sus hogares, y sus corazones allá se quedan en el espacioso templo, a los pies virginales de la reina de sus amores.

Modelo de amor eucarístico

San Pascual Bailón. Ribalta. Museo de Valencia

Entre los santos cuya piedad hacia el sublime misterio de la Eucaristía se ha manifestado con un más ardiente fervor, ocupa el primer lugar San Pascual Bailón. Confiando que nuestra determinación favorecerá
el interés y el bien de la Cristiandad. Nos declaramos y constituimos a San Pascual Bailón, Patrono especial de los Congresos y de todas las Asociaciones que tienen por objeto rendir culto a la Divina Eucaristía, tanto las que existen ahora como las que existirán en lo futuro." —León XIII, Papa.

San Pascual Bailón fue un insignificante Hermano Lego Franciscano.

El gran Papa León XIII no escogió a un encumbrado Doctor de la Iglesia, n¡a un santo y sapientísimo teólogo para colocarlo en las alturas como Patrono de las Sociedades Eucarísticas. Escogió al humilde Hermano Fr. Pascual para ponerlo como modelo de amor a Jesús Eucaristía.

Es que San Pascual desde niño practicó una devoción admirable a Jesús Sacramentado. Siempre que veía una iglesia no podía pasar de largo sin visitar un minuto siquiera a Jesucristo Hostia que se encontraba muchas veces solo en su Sagrario silencioso.

Era el pastorcito. Y no podía oír una campana sin que le entraran grandes ansias de arrodillarse y adorar de lejo3 la Hostia Santa que el sacerdote elevaba al consagrar. Y cuentan los antiguos que el buen Dios, para premiar su fe, hizo una vez que una legión de ángeles apareciera en el espacio sosteniendo entre sus manos una custodia rutilante con una Hostia enorme y blanquísima.

San Pascual, nuestro hermano, voló al cielo el 17 de mayo de 1592.

En las tierras sagradas de Asís

Estoy en la celda del ilustre padre franciscano Esteban Ibáñez, en San Francisco el Grande. El religioso trabaja muy de mañana, como una abeja en su alvéolo. En la mesita hay montones de fichas, y en un pequeño estante, algunos librillos en rústica.

El ajuar es parco: unas sillitas, que rechinan al sentarse uno, y una cama de hierro.

Todo es aquí de una pobreza franciscana.

El padre Esteban Ibáñez ha escrito dos libros que le han hecho famoso: El "Diccionario español-rifeño", y el "Diccionario rifeño-español".

Al abrirnos la portezuela de su celda se tropieza uno con la sonrisa franca y leal de este religioso, que acaba de llegar de Asís, la tierra sagrada donde está sepultado San Francisco, el hombre que, según Renán, "amó más en el mundo después de Jesús".

—¿Qué tiempo ha estado usted en Asís, padre Ibáñez?

Asís

—Todo el Año Santo he estado allí con misión especial del ministro general de la Orden franciscana.

—¿Y cuál ha sido su misión?

—Servir de "cicerone" a los peregrinos de habla española, portuguesa y francesa, que han visitado los santuarios franciscanos de la ciudad seráfica de Asís.

—¿Han ido muchos peregrinos?

—Se puede afirmar, sin exageración, que durante el Año Santo ha sido Asís, han ido más peregrinos de todas partes del mundo. Allí, como en Roma, se sentía la auténtica fraternidad universal predicada por San Francisco por campos y ciudades. Se veían gentes de todos los colores, y se oía hablar en todas las lenguas.

¡Cuántas veces me saltaron las lágrimas al ver aquellas gentes sencillas besar los suelos y las paredes de aquellas humildes estancias donde deslizaron sus vidas San Francisco y Santa Clara.

Esos centenares de miles de peregrinos eran de España, de Portugal, de Italia, de Francia, de Alemania, de Bélgica, de Suiza, del Japón, de Filipinas, de la Indochina y de la India.

—¿Y de Hispanoamérica?

—La representación hispanoamericana ha sido numerosísima, sobre todo de Venezuela, Cuba, Colombia, Chile, la Argentina y Méjico... Y del Brasil.

Plaza del comune en Asís

El padre Esteban Ibáñez hace una pausa y continua:

—En Asís hablé con el padre franciscano Mojica, que llegó al frente de una peregrinación de Sudamérica. Este, como usted sabe, fue el famosísimo actor de "cine", universalmente conocido, y que es hoy el padre José Francisco de Guadalupe. El se firma siempre Guadalupe, ocultando el Mojica, o sea el viejo nombre.
Mojica, adulado por todos, millonario, famoso, con todas las comodidades que da en el mundo la posesión del dinero, y el hechizo que tiene para muchos hombres la fama, llegó un día a la puerta de un convento franciscano del Cuzco (Perú), y llamó. Salió el padre guardián del convento y Mojica le suplicó que lo admitiera, que él quería dejar el mundo para vivir con los hermanos de San Francisco. Añadió que entregaría su fortuna —unos millones de dólares— a la Comunidad religiosa. El padre franciscano respondió a Mojica que repartiera el dinero entre los necesitados y volviera pobre. Y señalando a su hábito, dijo:

—Este es nuestro tesoro.

El hábito lo tomó el padre Guadalupe el año 1942 y cantó misa el año 1943, en el convento de San Francisco, en Lima.

Ahora utiliza su magnífica voz en hablar por la "radio", en Hispanoamérica, en una obra de apostolado, para despertar las vocaciones religiosas. Es el padre Guadalupe un hombre sencillo, ingenuo y alegre. Se precia de vestir de el hábito franciscano, y no le gusta hablar de su pasado. El dice:

—Yo soy un franciscanito.

—¿Qué personalidades han pasado por Asís?

—Quiero destacar entre las personalidades españolas, a la esposa de Su Excelencia el Generalísimo con sus hijos, al presidente de las Cortes Españolas, don Esteban Bilbao; al ministro de Educación Nacional, señor Ibáñez Martín; al Rey Leopoldo de Bélgica; Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de Francia; al presidente de la República de Irlanda, el presidente de la Unesco y cas¡todos los cardenales y obispos que han peregrinado a Roma.

—¿Muchas satisfacciones allá, padre Ibáñez?

—Innumerables. Pero uno de los días en que más gozó m¡corazón de español, fue cuando más de un centenar de universitarios españoles —en representación de todas las Universidades de España— llenaron con sus gritos juveniles y con sus patrióticas canciones el ambiente de Asís, de donde partieron a pie, en etapas, a la Ciudad Eterna, como homenaje al Papa y a San Francisco.

Julio Romano
De ABC.