Consultorio religioso

¿Qué es la Corona Franciscana?

—Es el Rosario de las siete alegrías de la Sma. Virgen. Consta de siete decenas —una por cada gozo—; más dos Avemarias para completar el número de 72 en memoria de los años que se cree vivió la Sma. Virgen, y un Padre nuestro con Ave por las intenciones del Papa.

Los misterios que se consideran son:

1º.- La Encarnación del Hijo de Dios.
2º.- La Visitación de la Virgen a su prima Sta. Isabel.
3º.- El nacimiento del Hijo de Dios en el portal de Belén.
4º.- La adoración de los Santos Reyes.
5º.- El hallazgo del Niño Jesús en el templo.
6º.- La aparición de Jesús resucitado a su Santísima Madre.
7º.- La Asunción y coronación de la Virgen en la gloria.

Se hace en m¡pueblo propaganda para fundar una asociación de Marías Reparadoras, y me piden que me inscriba en ella. De pronto he dicho que sí, llevada de m¡buena voluntad, pero luego me quedé pensativa. Le advierto que soy terciaria franciscana. ¿Será preferible no abarcar más y cumplir mejor lo que hago, o debo ser María Reparadora? Espero su contestación para decidirme.

En el espíritu de la T. O. de Penitencia cabe todo lo que es manifestación auténtica de sincera piedad y de verdadera devoción a Jesucristo y a la Sma. Virgen. También todo lo que es penitencia cristiana, como la reparación de culpas propias o ajenas completando lo que falta a la pasión de Cristo en sus miembros, que somos nosotros. En consecuencia, puedes comenzar a ser María Reparadora siguiendo el espíritu franciscano, y, s¡te va bien con ello, darás entonces tu nombre a la asociación. Procediendo así, nada arriesgas y puedes ganar mucho. ¿Te decides?

Padre, ¿se puede llevar el escapulario de San Francisco con cadena en lugar de cordón? Le agradecería muchísimo que contestase a esta pregunta.

El escapulario de San Francisco como los demás escapularios, pueden llevarse con cadenillas en vez de llevarse con cordoncillos. Lo esencial del escapulario lo constituyen las dos piezas de lana, que han de colgar la una sobre la espalda y la otra sobre el pecho. Estas dos piezas de lana, pueden unirse con cordoncillos, cintas o con cadenillas.

Fr. Agnello

Caso curioso

Me dispongo a sacar m¡boleto de segunda, pues debo viajar desde Juan Llerena a Mercedes de San Luis; estamos en Argentina.

Con m¡inseparable valijita en la mano, en la que llevo los útiles indispensables para el sagrado ministerio en los pueblos de la campaña que pertenecen a la parroquia de San Roque, entro en el modesto vagón que viene colmado de pasajeros.

No sé de quién aprendí m¡vieja costumbre en estas o semejantes coyunturas de tender una mirada detenida sobre cada una de aquellas personas a quienes alcanza m¡vista y que en cierto modo me acompañan, con la idea piadosa de implorar del cielo en mis adentros una bendición especial que singularmente descienda sobre el alma de cada uno de aquellos hijos de Dios (¡ojalá que todos lo sean!) allí presentes visiblemente.

Dicho se está que a las incontables miríadas de seres invisibles que nos circundan capaces de recibir también nuestras pobres bendiciones no alcanzan nuestros sentidos, y por lo mismo imposible de individualizarlos. Ya Dios, nuestro Señor y su Santísima Madre, bendecirán singular, distintamente a cada uno de ellos.

Y dejando de lado más digresiones enojosas, voy ya derecho al grano.

Todavía de pie en el vagón, me fijo en cada uno de sus ocupantes con el piadoso intento que antes dije y con la natural curiosidad, además, de percatarme del pelaje de mis compañeros de compartimento. Siempre es bueno darse uno cuenta de quienes se tiene alrededor.

En esta curiosa pesquisa hubieron de incidir mis ojos en una pobre mujercita cuyo rostro escuálido y raída vestimenta no podían menos de denunciar los azares, los infortunios de su vulgar existencia desarrollada en derredor de miserable rancho perdido entre las breñas de apartada sierra.

Así lo imaginé y no anduve muy errado en m¡juicio, como pude comprobar luego.

La mujer llevaba en sus brazos descarnados una criaturita de sus entrañas de carita demacrada, ojitos vidriosos, cas¡paralizado su tierno ser de dos meses.

—Señora, su hijito debe estar enfermo de cuidado, ¿no es cierto?, y sin duda lo lleva usted a la Asistencia pública de Mercedes, aunque entiendo que debiera haber ido antes, cuando todavía hubiera tenido mayores esperanzas de que se compusiera.

—Es que soy pobre; el padre de m¡hijito nos abandonó, y hube de confiarme a la caridad pública para poder llegar a la Asistencia. Gracias a la ayuda de los buenos vecinos de mis pagos he podido emprender el viaje.
Con lo poco de que podía disponer yo, y lo que recolecté entre los ocupantes del vagón, pude reunir unos pesos para la afligida mujer.

—¿Sabe, señora, que me preocupa el estado de su criatura? Usted es cristiana y sin duda habrá pensado en el deber de bautizar a su hijo, pues s¡llegara a morir antes de bautizárselo —Dios no lo permita— ¿con qué gran responsabilidad no cargaría su conciencia sabiendo que por su descuido no habría alcanzado la gloria eterna? Así, pues, supongo que ya estará cristianizado y será hijo de Dios.

—Vea, padre, estuve esperando que para la fiesta de San Antonio, en cuando viene el padre al pueblo vendrían también los que pensaba que fueran sus padrinos... Vivimos tan lejos de la parroquia...

—Me lo imaginaba, señora. Entonces, dado el estado de su hijito, en lo primero que debe pensar usted es en cristianarlo cuanto antes.

—En cuanto sane, no dejaré de hacerlo cristianar, padre.

Me detuve reflexionando un momento.

Quien sabe s¡llega vivo a la Asistencia... y supuesto que así sea, ¿se cuidará esta pobre mujer de que se le administre a tiempo el bautismo? O más bien, agobiada de las naturales preocupaciones por la vida de su criatura, y dadas las escasas luces que han de haber en su pobre cabeza, ¿pensará siquiera en hacer cristianar a su hijo n¡en buscar los medios de hacerlo?

—Bueno, señora, me resolví a decirle, yo creo que lo más conveniente es asegurar la gracia de Dios al chiquito bautizándole aquí mismo y al mismo tiempo descarga la gran responsabilidad que usted tiene de que no peligre la eterna salvación de él.

— ¿Y los padrinos...? ¿Y aquí me lo podría usted cristianar...?

—Llevo en la valijita lo necesario para ello, y en cuanto a los padrinos no es preciso que sean los que usted había pensado que fueran. En caso de necesidad no se precisan padrinos o pueden ser representados por alguien que se pase en vez de ellos.

S¡usted gusta, entiendo que no faltarán aquí en el vagón quienes se presten complacidos a servir de padrinos o a representar a los que usted tenga determinados.

—Como compromiso formal no tengo aún a ninguno...

—Entonces, voy a buscar padrinos para su hijito.

—Muchas gracias, m¡padre.

Una docena de señoras y caballeros que viajaban en el mismo compartimiento se ofrecieron, a cual con más insistencia, como padrinos de la moribunda criatura, de modo que fue menester echar suertes sobre quienes hubieran de ser los agraciados.

Con la expectación que se supone de todos los pasajeros del compartimiento y de otros que se agregaron de los compartimentos vecinos, requerí m¡valijita, tomé nota de los datos de la criatura que iba a ser regenerada con el agua bautismal, de sus padres y padrinos para extender la partida en el libro de bautismos en llegando a la parroquia.

—¿Un fósforo para encender las velas?

Al punto se oyeron rascar varias cajitas y brillar otras tantas lucecitas.

—Muchas gracias, señores.

Con pulso trémulo por la emoción, derramé sobre la pequeña y amoratada frente un poco de agua al tiempo que con entrecortadas palabras.

—Ego te baptizo, felix creatura, in nomine Patris et Fill¡et Spiritus Sanct¡—dije.

Crismé la coronilla del moribundo niño impúsele un pañuelo blanco que me ofreció uno de los circunstantes sobre la cabeza del bautizado, entregué una de las velas encendidas a los padrinos, acompañando a todo ello, las palabras rituales.

—Vé en paz, añadí, y que el Señor te acompañe hasta la gloria, que creo no estará ya muy lejos de ti.

Al apagar las luces y dar m¡enhorabuena a los padrinos y antes a la madre del chiquito, asegurándole que llevaba un santo en sus brazos, un prolongado aplauso y repetidos gritos de «vivan los padrinos» resonaron estrepitosamente por todo el salón ambulante, mientras el convoy seguía precipitándose por los rieles hacia Villa Mercedes, su meta.

Bajé del tren, la mujercita con su hijito desapareció entre la gente y ya nada más supe de ellos.

¡Chiquito, monín! Si, como tengo para mí, estás, ya en el Paraíso, ruega por nosotros.

Total; ¿todo eso era?, me parece que oigo murmurar entre dientes a más de uno de mis lectores.

No, el total no es solamente este caso que tengo por raro, el total son dos, pues hace ya unos años me sucedió otro caso semejante a éste en un ómnibus por los pagos de Mendoza, que se encargó de consignarlo a «La Acción Antoniana» el R. P. Buenaventura Meseguer.

Fr. Paales, ofm

Astucia árabe

El poderoso sultán Harún al-Raschid, que Alá tenga en su gloria, siempre que volvía de alguna de sus peregrinaciones a la Meca, daba audiencia pública en el suntuoso salón de su magnífico palacio.

Iban a presencia del soberano por simple cortesía o con el propósito de pedirle algún favor; nobles, poetas, mercaderes, jeques y peregrinos llegados de todos los rincones de Arabia. Raro era aquél que no salía del palacio del generoso príncipe con algún regalo de valor. Un día, mientras el monarca atendía afablemente a sus numerosos súbditos, llevaron a su presencia a un pobre beduino tan desarrapado y flaco que causaba compasión.

—¿De dónde vienes? —preguntó el califa conmovido ante aquella miseria.

—Emir de los creyentes —respondió el andrajoso árabe, después de inclinarse y besar tres veces el suelo— vengo del oasis de Kobo, más allá del Nedjed.

Asombrado quedó el sultán al oír tal respuesta, pues aquél oasis estaba al otro extremo de sus dominios.

— Dime, hijo del desierto —prosiguió el califa— ¿cuánto duró el viaje que hiciste desde Kobo a Bagdad?

— Luz del Islam —repuso el mendigo— m¡viaje duró dos años, porque tuve que atravesar a pie el desierto.

— ¿Y qué deseas de mí?

—Señor —gimió el beduino— vine a tu presencia esperando obtener de tu inagotable bondad un gran favor. Deseo que me des un perro de caza...

— ¡Un perro de caza! —repitió, extrañado el califa— ¿Viniste desde tan lejos, hiciste un viaje tan fatigoso y lleno de peligros, sufriste hambre y sed para pedirme en recompensa de todos esos sacrificios, solamente un perro? Me asombra tu modestia.

Y el buen califa, demostrando que sabía recompensar aquél gran esfuerzo y premiar el admirable desinterés del pobre beduino, ordenó que le diesen el mejor perro de caza que se encontrase.

Y el perro llegó. Era un soberbio animal, fuerte, esbelto, de pelaje negro y lustroso, que había sido criado por unos pastores del Cáucaso, entre las montañas. Difícilmente podría encontrarse otro ejemplar más perfecto y bonito.

— ¡Comendador de los Creyentes! —exclamó el beduino, al serle entregado el perro—, ¡Qué Alá te proporcione toda la felicidad que mereces! No sé como agradecerte este precioso don. Pero tu generosidad me pone en un serio aprieto: este animal es tan perfecto que, lo confieso francamente, no sé s¡podré tratarlo con todos los cuidados que merece.

— Que no te preocupe eso, beduino —repuso sonriendo el soberano—. Te daré un esclavo para que cuide el perro.

— ¡Príncipe generoso! —repuso el andrajoso, besando el suelo con humildad— eres realmente incomparable. ¡Qué Alá derrame sobre t¡sus beneficios! Pero tu bondad me coloca de nuevo ante serias dificultades. ¿Cómo podré volver al oasis de Kobo sin tener por lo menos un camello o un asno sobre el cual puedan ir cómodamente el esclavo y el perro?

— Tienes razón, amigo mío, contestó el califa. Te voy a dar tres camellos, cinco asnos, un camellero y un guía para que te lleve hasta Kobo.

—¡Hijo del Profeta —repuso el mendigo— tus beneficios caen sobre m¡indigna persona como una lluvia de gracias de Alá. ¡Qué el te proteja, y a tus hijos y a los hijos de tus hijos! Pero has vuelto a ponerme ante un apuro. No sé, al llegar a Kobo, como alojaré al esclavo, al camellero, al guía, a los asnos, los camellos, al perro, pues, desgraciadamente no poseo n¡la más pobre cabaña.

— Tu observación es atinadísima —habló Harún— voy a dar las órdenes necesarias para que sea adquirido y puesto a tu disposición uno de los mejores palacios de Kobo.

— ¡Sombra de Alá sobre la tierra! ¡Gracias, mil veces gracias!... Pero m¡situación es cada vez más difícil, más crítica... Perdóname m¡pregunta que tal vez te parezca impertinente, mira, cuando hubiéramos llegado al palacio ¿cómo obtendré recursos para alimentar tantos hombres y animales? ¡S¡apenas recojo de limosna un puñado de dátiles al día!

— Que no te torture esa idea, —respondió benévolamente el monarca, aunque ya la sonrisa había desaparecido de sus labios—. Todo puede arreglarse. Te daré diez mil dinares de oro.

— Soberano incomparable, —dijo inclinándose hasta el suelo el beduino—, m¡vida entera no es bastante para agradecer tantos favores. Pero ahora tengo otro problema tanto más difícil de resolver que el anterior. Sabes tú cómo abundan los malhechores en el desierto y ¿cómo voy a atravesarlo con tantos tesoros y sin tener quién me defienda?

— Tus recelos tienen justo motivo —dijo Harún el-Raschid—. Voy a poner a tu disposición una escolta... y el mendigo inclinóse profundamente, pero antes que volviese a hablar, el califa poniéndose de pie, le dijo con severo acento:

— Y ahora, beduino, sal de m¡palacio inmediatamente y no vuelvas a aparecer por aquí. Viniste con falsa humildad, a pedirme tan sólo un perro de caza y, astutamente, de pedido en pedido has logrado que te concediera, un esclavo, un camellero, un guía, camellos, asnos, un palacio, diez mil dinares de oro, y una escolta de cincuenta soldados. Como Harún el-Raschid no cede en su generosidad n¡vuelve atrás a quitar lo que ha dado, te irás con hombres, animales y riquezas a tu palacio de Kobo. ¡Pero quién hubiera podido suponer que en un pobre hijo del desierto se pudiera encerrar tanta ambición y codicia! Sin embargo, —continuó el califa—, algo debo agradecerte, pues me has enseñado a desconfiar del que se presenta con humildad a pedir cosas, en apariencia, insignificantes, para lograr luego con maña cas¡la mitad de un reino.

Y durante largos años, el pueblo de Bagdad, guardó recuerdo de aquél beduino astuto, que habiendo ido a pedir un perro, nada más que un perro de caza, volvió a su país después de obtener un palacio, esclavos, soldados y una considerable fortuna.

Por eso, cuando alguien se presenta a pedir un favor pequeño, se dice por aquellas tierras: ¡Cuidado!... No te quiera pedir éste un perro de caza...

Noticias

Hacia Roma

Partió el día 18 del pasado abril para asistir al Capítulo general que la Orden Franciscana celebrará en Asís el día 12 de mayo del año en curso, nuestro muy reverendo Padre Provincial, Fray Joaquín Sanchis Alventosa.
Ténganle presente en sus oraciones nuestros lectores, para que Dios le conceda feliz viaje y acierto en el desempeño de sus funciones capitulares.

Romería franciscana

Con grandísimo entusiasmo ha celebrado la V. O. T. de Valencia, su tradicional «Romería a Santo Espíritu del Monte», pero este año con tal entusiasmo que ha sido una verdadera «Concentración franciscana», tal ha sido el número de Hermandades y Hnos. venidos de los puntos más apartados como Teruel, Onteniente, Benisa, Carcagente, etc. que unidos a todos los de la demarcación Valencia-Capital, vivieron un día de verdadero franciscanismo; n¡restó número a la misma otros actos convocados para el mismo día, pues sólo de la Capital se trasladaron al Monasterio en cómodos autobuses más de setecientos. Con ánimo de complacer a todos y de llevar un tanto de consuelo a los que no nos acompañaron, en el próximo número daremos completa información

Bodas Sacerdotales en Beniganim

El día 1 del pasado abril, celebró con gran solemnidad sus bodas de oro sacerdotales, en la iglesia de los Padres Franciscanos, el reverendo P. Francisco María Sanz Jover, ofm

En dicho acto ocupó la cátedra sagrada el P. Provincial de la Seráfica de Valencia, Fr. Joaquín Sanchis Alventosa; actuaron de padrinos don Eduardo Sanz Urís y doña Adela Boluda Sanz, y asistieron las autoridades locales, que fueron obsequiadas con un banquete, terminada la ceremonia.

Por la tarde, en el teatro Patronato, tuvo lugar una velada literario-musical, realizada y dirigida con acierto —así como la partitura de la Misa solemne de la mañana—, por el reverendo presbítero don Domingo Guzmán Cuquerella, con la colaboración del cuadro artístico del Patronato.

Al final del acto, el P. Provincial dirigió unas palabras a los asistentes y el Padre Sanz, sumamente emocionado, agradeció a todos los presentes la adhesión y cariño de que le habían hecho objeto.

Profesión solemne en San Lorenzo de Valencia

El religioso Franciscano Fr. Felipe de Jesús Zazo Hernández, emitió, el día 8 de abril del corriente, sus votos solemnes en manos del P. Fr. Joaquín Sanchis, Ministro Provincial, quien pronunció una sentida plática alusiva al hecho que se realizaba.

Los fieles que asistieron a este acto, entre los cuales figuraban el padre natural y otros parientes del neoprofeso, siguieron con interés creciente el desarrollo de tan solemne ceremonia.

Nuestra cordial felicitación a Fr. Felipe Zazo y que Dios, que le llamó a su seguimiento, le conceda la santa perseverancia y el premio prometido a ella.

Profesión simple en Santo Espíritu del Monte

En el convento de Noviciado de Santo Espíritu del Monte, el día 26 de marzo pasado, emitió sus votos temporales, en manos del P. Bernardino Cervera. Guardián de dicho convento, el hermano de coro Fr. Julián Gómez Torija.

Que Nuestro Señor y el Seráfico Padre San Francisco derramen sobre él abundantes gracias y le concedan la santa perseverancia.