San Antonio, Doctor
Por Soleriestruch
La iglesia de lo que fue convento de San Francisco, en Carcagente, tiene la silueta más bella de cuantas pueden contemplarse en todo el ámbito ciudadano. Sírvele de antesala una plazuela costreñida y vilipendiada por la presencia del cajón de galletas del edificio de Correos y Telégrafos, un kiosco de azulejos ajedrezados y una cruz de hierro sobre una fuente de lamentable aspecto, que pretende reemplazar a la que hubiera otro tiempo, labrada en piedra.
Bien mirada, la iglesia es espaciosa y pobre; en su interior —a Dios gracias— no abundan los chillones dorados de lamentable bizantinismo; la cal impera en su interior, con tonalidades claras, aseptizando el ambiente de bacterias vanidosas. A mano izquierda, entrando en ella, se halla el altar de San Antonio.
El altar de San Antonio es el más lujoso de la iglesia. No podía ser de otro modo. El Santo lisboeta goza en Cercagente de singular predilección. Es cosa que viene de muy antiguo. El colegio de los franciscanos lleva el nombre del Santo. El altar del taumaturgo paduano es visitadísimo. Gente de ambos sexos y todas edades, llevan a diario al Santo el hatillo de sus preocupaciones, de sus pequeños y grandes problemas. Y en verdad que, mano de santo debe tener el Santo para estos menesteres, dada la cantidad de gente que al Santo acude en busca de feliz solución para sus asuntos. S¡las peticiones y los ruegos ocuparan sitio, yo os aseguro que la capilla del Santo estaría llena hasta el cupulín.
¿Por qué acuden a San Antonio y no a otro Santo? ¡Anda que la hicimos buena! Yo qué sé. Las cosas esas del sentimiento son... porque son, y no le demos vueltas. Y la devoción a San Antonio se ha ido transmitiendo de padres a hijos... porque sí. Es el Santo de los menesteres pequeños, de las pequeñas contrariedades... ¡Y de las grandes; también de las grandes!
Y ahora viene lo bueno: A este Santo que lo imaginábamos un poco leguito, resulta que el 10 de enero de 1946 le declararon nada menos que doctor... ¡Y nosotros que cas¡le tuteábamos cuando acudíamos para que nos solucionara cualquier contrariedad de las que dificultan nuestro diario vivir! ¿Ha sido nuestra la culpa? En modo alguno. La culpa es de los pintores e imagineros que nos lo han brindado siempre jugando con el Niño-Dios. Ahí está el conocido cuadro de Murillo... Bien es verdad —y no nos dimos cuenta hasta hace poco— que, muy cerca de la imagen del Santo anda siempre un libro abierto. No; no eran todo divinos juegos. Un libro abierto significa, bien lectura abandonada o lectura que va a comenzarse. Lo hemos comprendido ahora...
Pero... Pero nos cohíbe el doctorado otorgado al Santo al cabo de siete siglos. Nos cohíbe porque, para nosotros, San Antonio era.., eso: San Antonio y nada más. Y ahora resulta que, además, era teólogo insigne, docto maestro... ¡Señor! ¿Cómo van a atreverse a solicitar su ayuda los buenos devotos, cuando se enteren de todo esto? ¿Cómo ir a un tan Santo Doctor con boberías sentimentales o terrenales conflictos nimios? Mas yo pienso también que, ¿por qué no? Puede que la sabiduría humana vaya aparejada siempre con un tilde de engolamiento y un leve gestecillo de adustez. Es deplorable, pero es así. Claro que, el pobre sabio que se lo cree, es tonto de remate. Ya Séneca decía que «muchos habrían sido sabios s¡no hubieran creído que lo eran». Nada de esto se puede aplicar a San Antonio. Ahí le hemos tenido hasta ahora, con toda su sabiduría y toda su bondad, esforzándose complacernos, oyendo nuestras súplicas, animándonos, infundiéndonos confianza... Y es que la verdadera sabiduría nunca anduvo reñida con la bondad y la comprensión. Mucho menos en un Santo. Un Santo que, bueno, lo han hecho doctor al cabo de siete siglos, ¡y qué! Pero s¡antes de que lo doctoraran ya nos atendía, ¿qué motivos nos ha dado par dudar de que nos siga atendiendo en lo sucesivo?
Los buenos devotos debemos alegrarnos del doctorado del Santo. Y yo —el Santo me perdone mis aficiones de profeta— tengo por cierto y seguro que ha de querer seguir dispensándonos su protección y será bondadoso para nuestras peticiones y atenderá nuestras súplicas y nuestros pequeños deseos de miserables larvitas humanas que buscan la salvación con ayuda del cielo... Y la devoción a San Antonio crecerá y acrecerá en el transcurso de los siglos...
El predilecto del Sagrado Corazón
Varios hechos demuestran que el Sagrado Corazón de Jesús tiene preferencia por lo franciscano.
En cierta ocasión, el divino Salvador dijo a Santa Margarita de Cortona: «Hija mía: Yo te he plantado en el jardín de m¡amor porque nada complace tanto a m¡siervo Francisco como m¡amor: él me ha amado con un amor incomparable.»
Apóstol de la devoción al Sagrado Corazón ha sido en estos últimos tiempos Santa Margarita María de Alacoque, educada en un convento de franciscanas, dirigida por un franciscano, religiosa en una Orden fundada por dos santos terciarios franciscanos y devotísima del Seráfico Patriarca.
Pues bien, el día de la fiesta de San Francisco de Asís, estando Santa Margarita de Alacoque en oración, Dios le presentó a este gran Santo, todo resplandeciente de divinísima luz, y como ensalzado a una gloria más eminente que la de los demás Santos, a causa de la conformidad que durante su vida tanto le asemejó a la pobreza y a los sufrimientos del Salvador, como igualmente por el privilegio que mereció de ostentar en su cuerpo las llagas santísimas del Salvador del mundo.
Hizo Dios conocer a su Sierva que el Seráfico Padre era el Santo especialmente identificado con su adorable corazón, el Santo que continuamente se ofrecía a sí mismo a la divina justicia, en unión del Sagrado Corazón, para impetrar en él y por él misericordia a favor de los pecadores, y el Santo, también, que ella debía adoptar como especial patrono para la veneración de su divino Corazón.
Aunque San Francisco comunicó el fuego del divino amor a todos sus hijos, San Antonio de Padua es, sin duda, uno de los santos franciscanos que más de cerca han seguido las huellas de amor al Corazón deífico que dejó trazadas el Seráfico Padre. Por esto ha merecido ser llamado el predilecto del Sagrado Corazón.
En efecto, San Antonio de Padua fue uno de los más elocuentes oradores del Sagrado Corazón de Jesús. En uno de sus sermones, dice, entre otras cosas: «La Llaga del Costado conduce al Corazón de Jesús, a este puerto de salvación llama Jesús a nuestra alma', s¡buscamos a Jesús, hallaremos en El no sólo un lugar de refugio contra los ataques y emboscadas de Satanás, sino también un lugar de descanso. Nuestra alma no debe contentarse con permanecer a la entrada de la abertura, sino que debe penetrar hasta el mismo Corazón de Jesús; allí gozará de luz y paz inefable.» Y la suya penetró...
Tres siglos más tarde de la muerte del Santo Taumaturgo, tuvo la Venerable Juana María de la Cruz esta visión. Hallándose en oración, el día de San Antonio, vio el alma de este gran Santo llevada por los Ángeles a los pies de Cristo. Nuestro Señor habría enteramente la llaga de su Corazón, y este Corazón, resplandeciente de luz, atraía y en cierto modo absorbía el alma de San Antonio, como la luz del sol absorbe toda la claridad. En el Corazón de Jesús aparecía el alma del Santo, como una piedra preciosa que lo llenaba todo. La hermosa variedad de sus colores —dice la Santa— parecía la variedad de sus virtudes, que brillaban con resplandor maravilloso en el océano de luz del Corazón de Jesús, para honor de Cristo y gloria del Santo mismo. Tomó después Jesús esta perla de su Corazón y se la dio al Padre Eterno, que la mostró a la admiración de los Ángeles y de los Santos.
¡Grande es esta gloria de San Antonio! Pero también nosotros podemos alcanzarla amando al Divino Corazón con aquel encendido amor con que le amó el glorioso Paduano.

La Virgen con el Niño Jesús, San Antonio y san Roque
El amor a Jesús y el amor a la Virgen Santísima fueron los dos grandes amores que adornaron toda la vida íntima y apostólica de San Antonio de Padua.
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