Benditas adversidades
Una persona que manejaba algunos millones de pesetas, de las que era dueña y propietaria, me contó entre lamentos lo mucho que tuvo que sufrir y las amarguras que tuvo que devorar en ocasión inolvidable para ella; y puso fin a su triste relato con estas sentenciosas palabras: «¡Maldito dinero!; s¡no hubiera tenido yo dinero no me hubieran hecho padecer tanto.»
Cada vez que recuerdo estas palabras auténticamente históricas, me viene por contraste a la memoria aquella exclamación de San Pedro de Alcántara al aparecerse glorioso a Santa Teresa: «¡Dichosa penitencia que me ha merecido tanta gloria!»; y aquella otra de San Luis Obispo de Tolosa: «¡Benditas adversidades que acercan el alma a Dios!»
Acaso ninguno de mis lectores tenga ocasión de maldecir el dinero; pero la tenemos todos, ciertamente, y con harta frecuencia, de bendecir las adversidades y las tribulaciones que nos cercan. ¿Sabremos hacerlo cristianamente? Dios nos ayudará a ello compadecido de nuestra poquedad y miseria. Nunca nos visita Dios con la adversidad sin habernos fortalecido antes para soportarla resignada y pacientemente; y nunca nos visitaría con el dolor s¡éste no fuera un precioso medio de nuestro perfeccionamiento moral.
No hizo Dios el dolor n¡la muerte. Fue el pecado quien los introdujo en el mundo, y fue Jesucristo quien los santificó convirtiéndolos en medios de nuestra restauración y perfeccionamiento moral.
Sin el pecado original y las funestas consecuencias que este pecado nos trajo, el hombre, creado para amar y servir a Dios y dispuesto maravillosamente para esto como el pájaro para volar y la planta para florecer, se elevaría fácil y gustosamente con obras santas hacia Dios, manantial de todo su bien, como la planta necesitada de oxígeno y de luz levanta sus tallos en busca del sol y extiende sus hojas para mejor aprovechar la benéfica influencia de los rayos solares y del oxígeno del aire.
No sucede así ahora. Las pasiones nos incitan a lo malo, y sólo contrariándolas y mortificándolas puede el hombre obrar virtuosamente.
Esta gran verdad tiene mayor alcance de lo que a primera vista parece. Hemos de mortificar las pasiones para librarnos del pecado; pero logrado esto, que ya mucho, es menester obrar virtuosamente ajustando nuestra conducta a la santa voluntad de Dios; y esto es faenita que ha de darnos en qué entender toda la vida, por cuanto el ajuste es costoso de hacer y no menos difícil de mantener. El vivir conformados con la voluntad de Dios mortifica las pasiones y exige esfuerzo constante. Este esfuerzo, realizado con la ayuda de la gracia, purifica el alma y la hace grata a Dios. Sin este esfuerzo no habría santidad en el mundo. Nunca procede la Iglesia a la canonización de un siervo de Dios sin haber reconocido antes y comprobado sus virtudes heroicas. Los santos son héroes con el más legítimo heroísmo el heroísmo de la virtud; el heroísmo de la vida pura e incontaminada.
Todos podemos tener este heroísmo, puesto que Dios quiere que todos seamos santos, como enseña San Pablo (1 Tes 4, 3), y a todos nos proporciona ocasiones y medios de serlo, como nos recuerda el mismo Santo (Rom 8, 28). Fácilmente reconocemos estos medios en los acontecimientos prósperos; también debemos reconocerlos en los adversos, pues unos y otros nos vienen del corazón amantísimo de nuestro Padre Celestial. No hay que mirar la adversidad como impedimento para la virtud, sino como ocasión de practicarla y de aquilatarla. La ocasión no hace malo al hombre, sino que manifiesta lo que él es. El sonido que damos al ser golpeados por la adversidad, da a entender el temple y la calidad de nuestro espíritu. Por eso es menester que seamos probados. Lo dijo el ángel San Rafael a Tobías, y lo repiten a una con su palabra y con su ejemplo todos los santos.
San Luis de Anjou, más tarde religioso franciscano y Obispo de Tolosa, de las gradas del trono donde era amado, obsequiado y regalado, pasó a las dependencias de una prisión donde la compañía, el trato y el género de vida distaban mucho de los del palacio de su padre, rey de Nápoles y de Sicilia. Catorce años tenía a la sazón el príncipe Luis. ¿Lloró acaso como un niño? ¿Se abatió su ánimo dejándose dominar por tristes y melancólicos pensamientos? Nada de esto. Se consoló recordando lo que nos enseña la fe acerca de que nada puede ocurrirnos sin que nazca ello del corazón de nuestro amantísimo Padre Celestial que todo lo dispone sabia y amorosamente para nuestro bien, y se mantuvo siempre tranquilo, sosegado y contento. «Las adversidades —solía decir a sus compañeros de prisión— aprovechan a los amigos de Dios más que las prosperidades, pues nos estimulan a invocar a Dios y a servirle con más fidelidad.»
A la Venerable Micaela Aguirre le mostró el Señor lo que había de ser su vida; y parecida a la de ella ha de transcurrir también la nuestra entre penas y aflicciones, a las que nos somete Dios y de las que no podemos escapar. Los que se aprovechan de ellas se hacen santos; los que las malogran quedan en lo vulgar o son seres degenerados.
Vio, pues, la Venerable Micaela un diamante en manos de Nuestro Señor Jesucristo; diamante valioso, pero todavía en bruto y sin pulir. ¿Qué hizo con él Jesucristo? Lo dejó caer en el suelo, y al momento arremetió la gente contra él, llevándolo a empellones, pisoteándolo y echándolo furiosamente de una parte a otra, con lo que no sólo no lo rompieron n¡estropearon, sino que lo limpiaron, lo bruñeron y lo dejaron lustroso. Lo tomó luego el Señor; lo miró complacido, y dejándole caer de nuevo en tierra se echó furiosa sobre él una legión de demonios que sometieron el diamante a torturas, roces, frotaciones y presiones que acrecentaron, muy a pesar de los demonios, el brillo y hermosura del diamante. Se apresuró Jesucristo a recogerlo amorosamente del suelo y, colocándolo sobre la palma de su mano, lo hizo girar vertiginosamente sobre sí mismo con la fuerza de su mirada; y, expeliendo por este procedimiento cuanto le quedaba de extraño e impuro, quedó el diamante finamente labrado y hermoso, con hermosura superior a todo encarecimiento.
«Así se verá tu alma», le dijo entonces Jesús. Y pronto comenzó a sentir ella los violentos embates interiores con que la combatieron los enemigos del alma. Mas, combatiéndola, no la vencieron, sino que labraron su corona eterna.
Para esto prueba Dios las almas con adversidades.
¿Sabremos nosotros aprovecharlas?
Una vida y un ejemplo
El Hermano Terciario Francisco Bravo Valier
Casi una centuria plena ha rodado sobre la arena movediza del tiempo, desde que allá, en el año 1871, en la tierra seca y brava de Palencia, tierra que sabe de heroísmos patrios, y abnegaciones de virtud, de Historia y Religión, naciera Francisco Bravo Valier. Fue el día 9 de octubre de 1971, cuando nuestro biografiado vio la luz, por vez primera, en el pueblo de Castillo de Villarega. Nada diremos de sus años de seglar (pues, en este breve comentario no hay lugar para ello), sino que en el siglo fue casado, siendo modelo de padres de familia y ejemplo de todo el que lo conocía. La vocación del Hermano Francisco tiene su faceta y tinte, bien podríamos decir providencial. Salió de su pueblo buscando un Monasterio, donde retirarse a pasar sus últimos años, dedicado a la oración y al trabajo, más sin especificar cual era el convento al que había de dirigir sus pasos. El azar —vientecillo impetuoso movido por la mano de Dios y que juega con nuestras vidas como el céfiro con las adelfas—, hizo que encontrase uno; más pronto se dio cuenta nuestro Hermano que no era aquél el lugar de su descanso. Volvió de nuevo a nuestro Monasterio de Santo Espíritu. Su llamada fue escuchad, y se abrieron las puertas, admitiéndosele como Hermano Terciario lego, y, una vez en esta santa casa, abrió toda su hermosa alma en un transporte de gozo y de paz, de aquella paz dichosa que anega a los que han centrado para siempre su vida.
Los que trataron al Hermano Francisco, recuerdan aquel tono sencillo, lleno de cariño, con que respondía a los que le amaban, y aquél acento hondísimo de sus frases espirituales, palpitantes de vida interior. Era una voz cansada, afónica, nada fuerte, que dejaba caer en el alma cada palabra como una revelación. El mayor misterio de su ser estaba en sus ojos y en su voz. Unos ojos espirituales, una mirada clara que revelaba abismos de dulzura, siempre serena, aquietadora, llena de luz y de profundidad... Apenas pasados los primeros días, ya se distinguió el Hermano Francisco por su laboriosidad. Laboriosidad que duró hasta sus últimos días, no reparando jamás n¡en achaques, n¡en penalidades. Una actividad exterior que parecía sobrehumana, pero que era dulce, rebosada en honda calina espiritual. Nada de prisas n¡de ahogo, n¡de inquietudes.
Era tal su ejemplo y edificación para la comunidad, que el P. Provincial le concedió —raro galardón— el que pudiera vestir capilla. Bien podemos decir con toda seguridad, que el Hermano Francisco pasó sus días en constante ejercicio de virtud, siendo su vida, toda entera, de austeridad y de edificación. En tal forma se dio a ella, que el P. Vicario del Monasterio —su director espiritual—, nos decía: «Era un siervo de Dios»; y el Síndico de la misma casa comentaba: «Era la humildad personificada.»
Dos testimonios, pues, que valen en mucho y pesan lo que valen. Peleando así, cada día, como un atleta de buena ley, iba labrando la esplendente corona de sus méritos. Meditaba obrando, oraba hablando. Casino comía, n¡dormía; su abnegación en el sueño bien podía tomarse como una leyenda. Pasaba el día caminando, y sirviendo gustoso a la comunidad. «Yo he venido —dijo— para servirles.» ¡Cómo entendió nuestro buen Hermano aquella frase bíblica «servir es reinar»...! La piedad y santidad del Hermano Francisco revelaban un espíritu singular, poderoso, lleno de contrastes como todo lo profundo y como todo lo bello. Era un perfil recio, enérgico, que se imponía con naturalidad y sin alardes, como una fuerza superior, honda, concentrada y en perfecto equilibrio; como la fuerza del mar en calma.
Y como todo en esta vida tiene su fin, así los días del Hermano Francisco colmaron su tiempo. Y el día 4 de junio del presente año, a las 11 de la mañana, parafraseando el cantar de los cantares, « la tórtola vino a decirle con su místico cantar, que el Esposo le esperaba más allá del cielo azul», de ese límpido cielo que él tantas veces había mirado con envidia, y había atravesado con el encendido venablo de tus férvidos amores... Murió, dejando, en el Monasterio y entre el pueblo, la estela luminosa de su luminosa vida, y el encanto sencillamente franciscano de la paz y el bien, que había esparcido por los caminos que pasara, en el transcurso de sus días. Se fue recostándose dulcemente; dobló la cabeza y entregó su alma bajo el beso del Señor.
Estas líneas no tienen por objeto más que el pregonar la virtud, del que vivió y murió escondidamente. Y el fin de ellas no es otro que, hacer cual hace la brisa: esparcir por los espacios el perfume embriagador de la escondida violeta que, siendo la gema más bella del jardín, pasa a los ojos del jardinero callada y, las más de las veces, ignorada. N¡su hijo carnal el P. Félix Bravo, n¡la reverenda comunidad del Real Monasterio de Santo Espíritu han de llorarle, Perdieron —es verdad— un padre y un hermano, respectivamente, pero han ganado un santo. Se cumpla, pues, por estas líneas el "exaltavit humiles", y que «esta vida y este ejemplo» sea como céfiro perfumado de esencias de cielo, que empuje dulce y calladamente nuestros corazones hacia Dios.
Enrique del S. Marzal Boluda
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