La humildad de S. Francisco
según Fr. Juan de los Ángeles
San Francisco es el humilde por antonomasia, es decir, por excelencia, entre todos los santos. La santa humildad ha encarnado tres veces, como modelo y ejemplar para ser seguido e imitado: en Nuestro Señor Jesucristo, que la trajo al mundo; pero su humildad «en algunos secretos muy altos son inefables...», «y son más para admiración que para imitación» (1); en Nuestra Señora, la Madre de Dios y nuestra, que subió tan alta y se sublimó su humildad tanto que fue digna de que Dios la contemplase y la remunerase con la felicidad de que la contemplen y exalten todas las generaciones; y en nuestro Padre San Francisco.
Véase en aliterado y bien sonante resumen en el estilo de Ángeles, la humildad singular del seráfico Francisco: «Cuando Dios, antes de hacerse hombre, mandaba a los hombres que se humillasen, parecíales que hablaba de talanquera, y había pocos que hiciesen su mandato; mas después que Él, sabiendo que era rey, se puso en traje de vasallo, y no sólo de palabra sino de obra enseñó la humildad y dio ejemplos tan esclarecidos della, son innumerables los santos que le han seguido e imitado con tan gran perfección y tan al propio que puede muy bien decir la Esposa: «Dum esset Rex in accubitu suo, nardus mea dedit odorem suum» (2).
Ya el nardo no tiene olor propio, sino olor de Dios. Mírese la humildad de m¡Padre San Francisco, su menosprecio y pobreza, y cotéjense estas virtudes con las del divino Rey, recostado en la muerte y verse ha cuánta es la semejanza que tienen entre sí. Huelen a Dios verdaderamente porque con el mismo afecto que se humilló Cristo, se humilló San Francisco, y fue tan extremado en esto que ningún avariento hubo jamás tan codicioso de hacienda como él lo fue de abatimientos, dishonras y pobreza, por parecerse en todo a este Señor que tan abatido, deshonrado y pobre estuvo en la Cruz.» (Cantares, lectio X, Dum esset Rex, art. 2, in medio.»
(1) «Arte de servir a Dios», A. de Madrid, cap. de la Humildad, núm. 1.
(2) Mientras el Rey estaba reclinado, m¡nardo dio olor de Él.
De mis cantares místicos
Cantar III
¡Oh cristalina fuente!
¡oh arroyo de cantares melodiosos!
¿Visteis entre la gente,
con mantos primorosos,
al Dueño de mirares amorosos...?
S¡pasar lo habéis visto, decidme,
¿qué sendero Él ha tomado?
y treparé yo el risco
y subiré al collado,
¡pues ando tras su amor extenuado!...
S¡pasar lo habéis visto,
decidme, ¡á do marchó en raudo vuelo?,
que lloro y me contristo,
s¡en este pobre suelo
no gozo de su amor y su consuelo...
Y, cuando y o lo encuentre,
al callado pinar los dos iremos,
y en su quietud silente
felices entraremos,
y el canto del silencio escuchamos...
E. del S. Marzal Boluda
Santo Espíritu, Julio de 1951
Tierras de Levante
La tierra de levante valenciana, Cielo hermoso de luz esplendorosa Cuando baja, al nacer el claro día, Cantan las avecillas sus amores, Rumorea su canto el aura pura Y susurran las hojas sus canciones Todo canta al amor del Dios piadoso, Y la mar del levante valenciano, Llega orlado de espumas rumorosas Y otro mar por los campos rumorea |
Mar de luz clara y pura cubre el suelo Mil susurros de armónicos acentos De flores, da arboledas y jardines con la flor de azahar de les naranjos, Aromas de los nardos y mil flores Bajo un cielo diáfano e inmenso Campos de levante y de Valencia La Virgen Reina y Señora Madre le rinden sus amores
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