Predica el Santo
La tarea cotidiana del hombre
Todos, absolutamente todos, sea cual fuere nuestra posición, nuestra ocupación, nuestro deber, tenemos una tarea que cumplir cada día: es la de difundir un poco de felicidad a nuestro alrededor, es dar un poquito de paz, de alegría y de bienestar a los que nos rodean, hacerles la vida llevadera, fácil, alegre.
Compartamos con los que están cerca de nosotros la dicha que tenemos, y s¡nuestra vida es dura, s¡las calamidades o decepciones nos amargan, no por eso podemos dejar de dar felicidad, pues el corazón entristecido sabe a veces mejor la manera de consolar y de animar. Un corazón dolorido comprende mejor el ajeno dolor, de modo que no sólo es fácil, sino que es también dulce y consolador hacer de nuestro propio dolor bálsamo para la pena que vemos en nuestro hermano.
¡Qué bella ocupación para todas las horas del día la de tratar de complacer, en todas las cosas pequeñas por amor de Dios, a todos los que podamos!
Todos los días necesitamos algún trabajo para ennoblecernos y ser provechosos a sí y a los demás; un poco de sufrimiento para santificar nuestra vida, practicar la virtud y hacer méritos para el cielo; algún sacrificio para, poder tributar a Dios el testimonio de nuestro vasallaje y amor: un rato de oración que nos eleve y nos conforte y hacer algún bien a alguien para alegrar nuestra propia vida y la de los demás...
Necesitamos tratar con diversas personas. Unos son amigos; para ellos necesitamos indulgencia, comprensión y generosidad. Para el que sufre, tengamos la palabra de ánimo y de valor, nunca la palabra de queja; s¡no podemos quitarle el sufrimiento, ayudémosle a llevarlo con provecho; oigamos sus confidencias con espíritu de conmiseración, que eso es aliviar su alma. Para el que yerra, no tengamos severidad, pues no conocemos sus intenciones y motivos, busquemos en nuestro interior excusas a su acto, defendámoslo ante la opinión de los otros y ante la nuestra y no queramos ser jueces del caído, pues que no tenemos derecho.
No nos quejemos de nada, que eso es inútil, que la queja aumenta la herida, rompe la alegría interior, incomoda a otros y nada remedia.
No seamos exigentes, que eso es propio sólo de los egoístas. La intolerancia amarga el corazón y hace intratables y desagradables a esos pobres egoístas que creen que les demás tienen que vivir sometidos a sus opiniones y caprichos. Una forma de caridad es la tolerancia con los gustos y aun con los defectos ajenos.
Hay cosas que se propagan con gran rapidez, como el malhumor, la frialdad, el descontento, el pesimismo. Hagamos a los nuestros la caridad de no contagiarlos de estos sentimientos tan contrarios al corazón y al cristianismo. Por el contrario, procuremos sonreír, comunicar a los otros nuestra alegría, nuestra paz, nuestro optimismo. Esa puede ser también una manera de consolar.
Dios es la causa de todo bien y a, veces quiere El valerse de las manos o de! corazón de otro para hacer el bien. Qué felices seríamos s¡Dios nos eligiera para ir por el mundo como emisarios de su Providencia para esparcir la felicidad. Digámosle que aquí están nuestras manos para dar en su nombre, que dispuesto está nuestro corazón para ir a consolar, compadecer, amar al que lo necesite: digámosle que para eso está nuestra lengua, para decir en su nombre la palabra suave y oportuna o para guardar el silencio caritativo o respetuoso que la providencia exige.
Tengamos por el día más desgraciado aquel en que hayamos hecho sufrir a alguien. Sea para nosotros día feliz aquel en que por la noche la conciencia nos diga: hoy hice el bien, alegré un alma, fu¡útil, me sacrifiqué por alguien.
Fr. Antonio de Padua
La santa voluntad de Dios
«He descendido del cielo, no para hacer m¡voluntad,
sino la de Aquel que me ha enviado»
(Jn 6, 38).
Toda la vida mortal de Jesucristo se reduce a un constante y fiel cumplimiento de !a voluntad del Padre celestial, a quien siempre «fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz», como dice San Pablo (Fil 2, 8). Trabajó en el taller de Nazaret; se fatigó recorriendo los caminos de Galilea y de Judea, predicando en poblado y en campo abierto la buena nueva del reino de Dios; sufrió acerbísima pasión y atrocísima muerte de cruz; y todo esto por cumplir la obra de la redención que el Padre le había encomendado. Tan descansado y satisfecho quedaba luego de haber cumplido la voluntad del Padre celestial, como el hambriento en acabando de comer. Jesucristo mismo lo significó así cuando, sentado junto al pozo de Jacob para tomar un poco de descanso, y siendo ya el mediodía, le instaban los apóstoles a que comiese. Jesús, sin hacer caso de la comida que le ofrecían, respondió: «M¡comida es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a su obra.» (Jn 4, 34)
A toda hora pudo haber dicho con verdad lo que dijo después de una célebre discusión con los judíos: «Yo hago siempre lo que le agrada al Padre.» (Jn 8, 29)
Ya en el momento de encarnarse se humilló ante el Padre celestial diciendo: «He aquí que vengo, ¡oh, Dios mío!, para cumplir tu voluntad.» (Hebr 10,9). En su prolija y desolada oración del huerto repetía sin cesar unas mismas palabras, aquellas palabras que nos había enseñado a decir en el Padrenuestro: «Hágase tu voluntad y no la mía.» (Mt 26, 42). Lo que más estimaba en sus discípulos era el cumplimiento de la voluntad de Dios: «El que hiciere la voluntad de m¡Padre, que está en los cielos, ése es m¡hermano y m¡hermana y m¡madre.» (Mt 12, 50), y ése y no otro es el que entrará en el reino de los cielos.» (Mt 7, 21).
A ejemplo de J. C. hicieron proezas heroicas por cumplir la voluntad de Dios, San Pablo, San Francisco, Santa Teresa y todos los santos, cuando Dios se las pidió; pero no hubieran podido hacer heroísmos si, de ordinario no hubieran procurado cumplir la voluntad de Dios. En este ejercicio santo y santificador, sin el que no seríamos imitadores de J. C., hemos de emplearnos todos constantemente.
La santa voluntad de Dios la tenemos expresa y manifiesta en el Decálogo, en los Mandamientos de la Iglesia, en los preceptos de los legítimos superiores y en los acontecimientos de la vida; esos acontecimientos que sobrevienen sin que los hayamos deseado n¡los podamos evitar, tales como el trance de la muerte, una enfermedad prolija, un contratiempo molesto, una desgracia sensible.
Los breves Mandamientos de Dios, como los de la Iglesia, que los exponen y aplican a casos diversos, y los de los superiores que son representantes de Dios, debemos cumplirlos para demostrar con obras nuestro amor a Dios. «Obras son amores, que no buenas razones», dice un refrán; y en el Catecismo aprendimos que «amar a Dios es cumplir sus Mandamientos». A los obreros dice San Pablo: «Obedeced a vuestros amos, aunque no los tengáis delante..., como quien sirve a Dios y no a los hombres...; pues a Cristo es a quien servís en la persona de vuestros amos.» (Col 3, 23-4).
Menudean en la vida los acontecimientos desagradables. ¿Se halla también en ellos la voluntad de Dios? No podemos negarlo n¡dudarlo. Es enseñanza infalible de J. C. que cuida Dios con su amorosa Providencia de los pajarillos del aire y de las yerbas del campo, y que tiene en cuenta para remediarlas todas las necesidades y tribulaciones de los hombres, que valen, sin comparación, mucho más que la yerba y los pajarillos. (Mt 6, 26 ss) Hasta nuestros cabellos tiene Dios contados, y n¡uno de ellos se nos caerá en tierra sin que Dios lo disponga. (Lc 12, 7 y 21, 18).
Avivemos, pues, nuestra fe. Todo acontecimiento es un mensajero de Dios que viene con el encargo de averiguar s¡de veras amamos o no a Dios.
La enfermedad, hermano mío, que te aqueja y te incapacita para el trabajo, es amorosa disposición de Dios en orden a tu eternidad feliz. Debes soportarla sin lamentos n¡protestas y llevarla por amor de Dios con paciencia. Cuantas veces renueves su aceptación generosa, conseguirás nuevos méritos para el cielo. Harás bien en mostrarte al médico y en tomar medicinas, por s¡Dios quiere valerse de ellas para que recuperes la salud; pero debes optar sumiso a lo que Dios disponga. De igual modo, s¡se te hace una injusticia, podrás lícitamente defenderte y reclamar tu derecho; pero has de acordarte de la injusticia con que fue atropellado Jesús para aceptar por su amor, con paciencia, los malos tratos a que te veas sometido.
Este es el plan cristiano, y esta es la voluntad de Dios. Gran espíritu de penitencia y gran desprendimiento se requiere para no ir buscando la propia comodidad n¡el propio gusto, sino procurando tan sólo y siempre el beneplácito de Dios. No sería ya menester buscar cruces n¡mortificaciones voluntarias en las que puede tener alguna parte nuestro amor propio; bastaría con aceptar generosamente las que Dios va poniendo en nuestro camino, como las puso en el de Jesús y en el de los santos. Así como redundaron en bien de ellos, así nuestras cruces serán para bien nuestro s¡las llevamos con paciencia.
El mal cristiano, olvidándose de Dios, prorrumpe en quejas e imprecaciones y palabras malsonantes al sentirse herido por la adversidad. El buen cristiano acepta las adversidades diciendo, como aquellos discípulos de San Pablo contrariados en sus santos deseos de retenerle consigo: «Hágase la voluntad de Dios.» (Act 21, 14).
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