Culto litúrgico de San Sebastián

Fue muy popular el culto del mártir San Sebastián en la antigüedad cristiana, y todavía quedan vestigios de aquella popularidad en nuestros días.

La figura prócer de este ilustre Guerrero Mártir proclamado "Defensor de la Iglesia" por el papa S. Cayo, despierta simpatía en todo pecho generoso, y se impone por sí misma. Fué merecedor de que se le concediese en vida el honroso título de Defensor de la Iglesia por los servicios que continuamente le prestaba atendiendo en las cárceles a los que por ser cristianos padecían tormento; por los ánimos que les infundía para padecer por Cristo; porque asistió y fortaleció a muchos en su martirio, y porque con su ejemplar conducta, con sus exhortaciones y con milagros convirtió a muchísimos paganos a la fe de Cristo.

Otra muy poderosa razón vino a dar vuelos a la devoción que ya profesaba el pueblo cristiano a San Sebastián: el favor dispensado por él en distintas ocasiones y lugares al ser invocado contra la peste, lo que le valió el título de Abogado contra las epidemias.
Hubo en Italia en el siglo VII una epidemia devastadora contra la que nada pudieron los recursos humanos. Fue invocado San Sebastián, se hicieron devotas procesiones con sus reliquias, y la peste cesó. En Pavía se le dedicó con este motivo un altar, y en Roma todavía se conserva en la basílica de San Pedro ad vincula el altar de San Sebastián erigido por mandato del papa San Agatón para implorar de su protección la cesación de la peste que entonces desolaba a Roma.

aLa Liturgia hace referencia a este poder taumatúrgico de San Sebastián contra las epidemias al poner en la Misa de su festividad el pasaje evangélico de San Lucas acerca del poder de Jesús para sanar enfermos.

Manifestación y señal de la general devoción a San Sebastián es la multiplicada reproducción de su imagen en cuadros y en esculturas que se admiran en los museos y en las iglesias de Italia, España y Portugal; los numerosos altares que se le han dedicado, y las Iglesias levantadas en honor de su nombre. Sólo en Roma hay nueve iglesias con la advocación de San Sebastián: la de las Catacumbas donde se veneran las reliquias del Santo Mártir cuyo sepulcro adorna bellísima escultura yacente del Santo tallada en mármol, obra del notable escultor Bernini; la del lugar donde sufrió el martirio; otra cerca de donde, según la tradición, fue arrojado en una cloaca el cuerpo del Santo, y otras en otros emplazamientos. En la ciudad de Valencia tenemos la parroquia de San Sebastián, y un altar en la Catedral con hermoso lienzo de San Sebastián que pintó Pedro Orrente, genial pintor valenciano. contemporáneo y amigo del Greco. En varios pueblos de esta archidiócesis se le venera como Patrón o titular de su iglesia y se le hacen fiestas populares, como en Puebla de Vallbona, Benetúser, Muría, convento franciscano de Concentaina...

La hermosa y afamada ciudad española de San Sebastián, a un antiquísimo monasterio dedicado al Santo Mártir debe su nombre y sus primeros edificios. Su actual parroquia de San Sebastián el Antiguo, tenía ya existencia canónica en el siglo XI.

Prueba fehaciente y actual de la importancia que la Liturgia concede al culto de San Sebastián es la Misa de su festividad. Van asociados en el calendario y en el misal San Fabián papa y San Sebastián mártir y. no obstante la dignidad suprema de San Fabián, es San Sebastián quien, en los antiguos sacramentarlos y en los libros litúrgicos modernos, se lleva la preferencia en el oficio divino y en la Misa. El Sacramentarlo Gregoriano tiene prefacio propio para la Misa estacional del Mártir San Sebastián, y tanto en él como en la antífona llamada Comunión de nuestro misal actual, pregona la Iglesia la extraordinaria fama de taumaturgo aue tiene San Sebastián de antiguo. En el Prefacio mencionado levanta su voz el celebrante en nombre de toda la Iglesia rebosante de gratitud y se explaya con Dios diciendo: "Justo es, Señor, que te demos siempre gracias porque la sangre que derramó a honra de tu nombre el Mártir San Sebastián pone de manifiesto tu gloria dando salud a los enfermos y conservando a los sanos el vigor de sus fuerzas." La antífona Comunión, tomada de San Lucas, 6, 18-19, nos refiere que "se acercaba a Jesús una muchedumbre de enfermos y de poseídos por el espíritu Inmundo, porque salía de El un poder que los curaba a todos".

Por naturaleza tiene Jesús este divino poder, y por participación gratuita y generosa de Jesús lo han tenido algunos santos, San Sebastián entre ellos. S¡Jesús da su vida, la vida de gracia, a todos los bautizados, ¿cuánto mejor les dará otros dones inferiores s¡así conviene a la salvación de ellos? Y no se los comunica para ellos tan sólo, sino en beneficio de las almas.

¿Queremos beneficiarnos con tales dones? Acerquémonos a Jesús como aquellas multitudes de que nos habla el evangelio; pongámonos en contacto con Jesús en los sacramentos, en la oración y hasta en las tribulaciones de la vida. Nadie se acerca con buena voluntad a Jesús sin quedar por eso mismo beneficiado y mejorado.

Proporcionalmente, lo mismo puede decirse de los que se acercan espiritualmente a los santos.

S¡nos acogemos a la intercesión de San Sebastián, ella nos podrá "hacer sentir los saludables efectos santificadores del sacrificio de Jesús" como desea y pide la Iglesia en la postcomunión de la Misa del Santo.
(Puede verse Shusster: Liber Sacramentorum, 20 de Enero.)

Fr. Luis Mestre ofm

El año santo y el Beato Pinazo

S¡existió, en la dominación musulmana española, una villa, defendida por una ciudadela inexpugnable cien por cien, es la villa y ciudadela de Alpuente. Se halla la primera entre unas rocas, y la segunda, la ciudadela, sobre una eminencia, cuya seguridad estratégica, explica la preferencia por los Almorávides de este lugar interesante por su historia, en cuyo ámbito se encuentra lo que fue palacio del rey D. Jaime el Conquistador y cuya iglesia Arciprestal poseía, antes de nuestra guerra de liberación, más de diez beneficiados eclesiásticos, por lo que se celebraba espléndidamente en su recinto el culto divino que podían atender cómodamente, las 17 aldeas de que es núcleo la misma villa de Alpuente.

A esta parroquia pertenecen ahora cinco aldeas, una de ellas, a poca distancia de la villa, se llama El Chopo. En ella nació el mártir» franciscano B. Francisco Pinazo, que, como es sabido, sufrió martirio en Damasco con otros siete religiosos franciscanos el día 10 de julio del año 1860 de manos de los islamitas.

Deseando el señor Cura Arcipreste de Alpuente dar ocasión a los alpontinos de lucrar digna y solemnemente el Año Santo, ideó organizar una misión en su parroquia que uniese a sus feligreses en el amor a su paisano F. Francisco Pinazo, al mismo tiempo que ganaban la indulgencia. Al efecto se entrevistó con el P. Provincial de los Franciscanos de Valencia Fr. Joaquín Sanchis, quien dispuso se encargaran de la misión los PP. Bernardino Rubert y Lorenzo Cervera, residentes en nuestro convento de Teruel, quienes realizaron su cometido durante ocho días, en la misma villa de Alpuente y en sus aldeas circunvecinas: Campo de Abajo, La Carrasca, Campo de Arriba y Baldobar. Por fin en El Chopo, patria del Mártir, se celebró una Misa solemne de campaña, a la que asistió todo el vecindario del conjunto de las aldeas y villa de Alpuente, predicando el panegírico el R. P. Bernardino Rubert muy elocuentemente, con asistencia del Sr. Arcipreste don Andrés Domingo, el señor diputado provincial y autoridades locales, resultando un acto verdaderamente conmovedor, por realizarse en el propio terruño del Beato.

Merece destacarse el día de la comunión general, pues, a pesar de la distancia de los distintos poblados, resultó nutridísima. En general podemos afirmar que los efectos de la misión han sido consoladores.

También debemos mencionar el fervor del señor Arcipreste y la hospitalidad de los alpontinos, demostrada en toda ocasión.

Todo ello demuestra, a su vez, que la provincia seráfica de Valencia, entre sus múltiples actividades, posee vitalidad, por lo menos suficiente, para dedicarse fructuosamente a las misiones entre nuestros fieles. Todo sea para gloria de Dios y bien de las almas, que no poco lo necesitan.

Fr. Lorenzo Cervera, ofm