Tiempo de penitencia
La cuaresma cristiana es tiempo litúrgico consagrado especialmente a la oración y a la penitencia. También lo es el adviento, aunque con carácter no tan marcado; y también lo son todos los viernes del año consagrados de los primeros siglos de la Iglesia a honra; la pasión de Nuestro Señor Jesucristo con el ayuno y la penitencia.
En cuaresma y en los viernes quiere la Iglesia que sus hijo; se ejerciten en la penitencia con más ahínco, sin desentenderse por completo de ella en ningún tiempo del año; ni siquiera en el alegre día de la Natividad del Niño Jesús, ni en el gran día de la resurrección gloriosa de Jesucristo. La penitencia, en alguna de sus múltiples y variadas formas, ha de ser inherente a todo hombre venido a este mundo mientras en él viva.
Jesucristo por sí mismo es quien nos intima la vida de penitencia. Nos la intima con su ejemplo a lo largo de su vida desde Belén al Calvario; nos la intima con su palabra desde el mismo comienzo de su predicación pública: «Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos.» (Mt 4, 17).
Los antiguas profetas también intimaron penitencia en nombre de Dios. Fue ésta una de las razones por las que envió Dios profetas a su pueblo.
Los apóstoles, adoctrinados por Jesucristo, llevaron vida de penitencia y la predicaron e inculcaron constantemente. En un sermón a los judíos, «que entregaron a Jesús al tribunal de Pilatos... para que lo crucificase», les decía San Pedro: «Bien sé que lo hicisteis por ignorancia... Haced, pues, penitencia y convertíos para que se os perdonan vuestros pecados.» (Act 3, 17ss). San Pablo resumía ante el rey Agripa lo que había predicado con est as palabras: «A los judíos primero y a los gentiles después les he dicho que se conviertan a Dios y que hagan frutos dignos de penitencia.» (Act. 26, 20).
¿Acaso no tendrá nada que ver con nosotros esta predicación? No cabe pensar tal cosa, pues aseguró San Pablo en el Areópago de Atenas que «Dios intima a los hombre: que todos y en todo lugar hagan penitencia». (Act 17, 30).
Hemos de hacerla, pues, si queremos salvarnos. Tú que lees y yo que escribo, hemos de hacer penitencia. Los demás ya procurarán hacerla por la cuenta que les trae. Tú y yo no dejemos de hacerla.
Veamos de aclarar estos conceptos.
«Hacer penitencia», en el sentido evangélico, vale tanto como «renovarse espiritualmente». «Hacer penitencia», es arrepentirse de los pecados para no volver a cometerlos y ajustar en adelante la vida a la Ley de Dios y a los ejemplos de Jesucristo; es arrepentimiento del pecado y enmienda de la vida. «Hacer penitencia», es, según N. P. San Francisco, «vivir cristianamente». Una misma c Asa es para él «la perfección cristiana» y «la vida de penitencia».
La practicó N. P. San Francisco y la enseñó a sus frailes; y al querer extenderla al pueblo cristiano, instituyó la «V. O. T. de Penitencia» y llamó «Hermanos de Penitencia» a los que nosotros llamamos «Terciarios franciscanos».
Se sigue de aquí que dos elementos informan la «vida de penitencia cristiana»: arrepentimiento del pecado e imitación de Jesucristo.
Ambos se mencionan en el ceremonial de la vestición de hábito de la V. O. T. Antes de imponerlo dice el sacerdote: «Te despoje el Señor del hombre viejo y de sus obras, y aparte tu corazón de las pompas mundanas, a las que renunciaste cuando recibiste el Bautismo.» Al imponerla dice: «Revístate el Señor del hombre nuevo creado, según Dios, en justicia y santidad.» Hombre viejo, es el espíritu envejecido por la concupiscencia de las pasiones. Hombre nuevo, es Jesucristo, cuya gracia da al alma el peder de tener pensamientos buenos, de hablar palabras castas y de hacer obras santas. El tránsito de una vida moralmente mala o mediana a una vida espiritual, virtuosa, es lo que llama Jesucristo «hacer penitencia.» Este tránsito es lo que exige San Juan Bautista para «entrar en el reino de los cielos.» A que lo hagamos nos mueve interiormente la gracia «enseñándonos que, detestando la impiedad y las pasiones mundanas, vivamos sobria, justa y piadosamente.» (Tit 2, 12).
Esto es lo que hizo el P. San Francisco al convertirse, y lo que él quiere y espera de sus hijos que pueden serlo todos los cristianos, puesto que para ellos se instituyó y está en vigor la V. O. T. de Penitencia.
Aclarémoslo un poco más en orden a ellos.
«Penitencia», es vivir, según el Evangelio, en pobreza, en obediencia y en castidad; ya sea esto con voto, como lo hacen los religiosos, ya sin este voto, pero con el espíritu que el voto supone; secando con el espíritu de pobreza la avaricia, «funesta raíz de nuestros males» (1Tim 6, 10); renunciando con espíritu de castidad a los placeres ilícitos y «mortificando la carne con sus vicios y concupiscencias» (Gal 5, 24); rindiendo la voluntad propia con espíritu de obediencia a la Ley de Dios y cumpliendo todos nuestros deberes que dimanan de ella.
Esta exposición es de Pío XI, quien añade: «El terciario no hace voto.5 evangélicos; pero ha de tener el espíritu de ellos y llevarlo a la vida de familia y a la vida de sociedad. El terciario debe ser un cristiano perfecto; perfecto en la medida de las gracias que Dios le ha concedido. Para serlo ha de vivir «vida de penitencia». «¿Cómo lo logrará?», pregunta Pío XI. Y responde él mismo: «Cumpliendo su Regla.»
A cumplirla, pues, que ella no impone deberes nuevos. Sólo nos recuerda los que ya tenemos como cristianos.
La. vida no es una diversión; es un viaje al cielo que ha de hacerse dando pasos de virtud y de santidad que se concreten y traduzcan en buenas obras; y esto exige hacer frutos dignos de penitencia en tiempo de cuaresma y en todos los tiempos del año. Alejamiento de diversiones inmorales e indignas del hombre y restauración de costumbres cristianas: eso es el deber fundamental de la vida; eso nos pide Jesucristo; eso mismo nos pide N. P. San Francisco, y eso es «hacer penitencia».
La Regla señala al terciario el modo de hacerla, recordándole los preceptos de la moral cristiana; el ejemplo viviente de N. P. San Francisco ofrece a todo cristiano un sublime modelo de penitencia. Copiándolo, el terciario vivirá en el mundo con el espíritu de la perfección religiosa, según enseña Pío XI; será un buen cristiano y asegurará su salvación eterna.
Fr. Luís Mestre, ofm
Fray Humilde Soria Pons y la doctrina del respeto
(Continuación)
Los casos de pecadores en que interviene la mano bienhechora de Fray Humilde, los que yo sé, todos terminan siempre en la confesión y arrepentimiento del pecador, y así a aquel hombre de taberna le vieron pronto en la Iglesia de San Roque, devoto y arrepentido y sin ostentar en adelante más manchas en la camisa. Aquel clásico habitante de la calle de Santa Bárbara del Pinet de Oliva, cuando venía a tono, con motivo repetía: ¡A mi, de usted!; ¡yo que Soy más joven y pervertido, y él un hombre de Dios que siempre ha sido bueno y convertido!
De semejantes casos se podría tejer una Historia ejemplar de mutuos respeto?, por doquiera: el que se le tenía a fray Humilde frisaba en veneración de santidad y, a su vez, aquel franciscano destacaba el lado bueno de cada persona en particular, y sus ungidas palabras de paz y bien despertaba la vocación religiosa, que aquel limosnero de San Francisco presumía en todo hombre. En la calle de la Estora, María Navarro, una joven de prendas y de las más ricas de Oliva, al darle el capazo de trigo ella personalmente sin auxilio de criados, le comunicó, yo presente, que quería entrar en Santa Clara, como así lo hizo: también la joven, que no contaba 20 años, Fr. Humilde le habló de usted, que tenía 60. Y un buen hombre que encontró por la calle, después de saludarle, dignificándole como de costumbre franciscana, le dijo con acento de convicción: «Su hijo es ya más hermanito mío que el hijo de usted». Este hombre, que amaba mucho más a este niño que a los otros hijos, lo sintió a par de muerte, pero lo disimuló y se aplacó y se resignó a la voluntad divina, interpretada por el siervo de Dios, que tan buen trato tenía.
Séame aquí permitido otro recuerdo dé aquel memorable día. El Flaret, atentísimo, me llevó a comer con él a cata de la tía María Pons, su hermana, calle de San Isidro. ¡Qué impresión más original y transportadora ver y oír a la hermana, muy viva, hablar de Vosté, con el consiguiente respeto de categoría, al Flaret su hermano! Se me aparecía un mundo espiritual en que todo queda superedificado y principesco.
(Continuará.)
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
La fobia religiosa de la China comunista ha llegado al valle de Mosimien, a los confines occidentales de la Nación y a los pies del Tibet, despidiendo violentamente a los hijo del Seráfico. Padre que allí mantenían desde 1930 una leprosería con 295 leprosos.
Como no hay mal que por bien no venga, hemos aprovechado el paso por aquí y Hong Kong de aquellos expulsados, frailes y monjas para abordar a los que conocieron personalmente a nuestro Pascualet en los años que vivió en aquel oasis de paz donde dejó tantos monumentos de su arte escultórico y tan gratos recuerdos de su virtud y santidad.
Estas entrevistas nos han permitido corregir, completar y amplificar los datos que poseemos de su vida en China, recogiendo al mismo tiempo preciosos testimonios que podrán servir en su día para su causa de beatificación.
Escojo sólo algunos episodios edificantes e inéditos.
Fue el 21 de marzo en 1930 cuando nuestro hermanito con los otros tres fundadores llegó al lugar destinado a sede de la proyectada leprosería de la que debía construirse a un lado. Esta fue la primera preocupación de todos los recién llegados que sin demora pusieron manos a la obra.
Fr. Pascualet, se encargó además de la cocina para la pequeña Comunidad y de preparar una huerta para hortalizas. También se dio con grandes esfuerzos al estudio de la lengua china en la que los resultados no correspondieron al interés que desplegaba. Con el valenciano, castellano, chino e italiano se formó como una lengua propia en la que llegó a ser maestro.
Cuando en 1933 llegó allí otro lego húngaro, Fr. Urbano, también artista pero del lápiz, como Fr. Pascual lo era del cincel, ambos congeniaron y tenían frecuentes conversaciones. Un día el Superior, durante el recreo, pregunta a un leproso que pasaba por allí: ¿Qué te parece de la lengua de Fr. Urbano? Y respondió: Fr. Urbano habla el mismo chino de Fr. Pascual... La respuesta cayó en gracia a todos, incluso Fr. Pascualet: hicieron chacota de la nueva cátedra de chino abierta en Morimien y de su titular.
Desde los primeros días nuestro valenciano se dio a recorrer toda aquella región en busca de leprosos, encontrando no pocos que vivían en bohíos separados de sus familiares aunque no lejos de las casas de éstos. Como no podía llevarlos a la leprosería por estar aún en construcción sus pabellones, se contentaba por entonces de visitarles con frecuencia llevándoles vestidos, regalos y algún dinerillo para ganarles la confianza a fin de que se dejaran medicar, cosa que él mismo hacía, vendando sus llagas con grande amor.
El 21 de noviembre de 1930, Presentación de la Virgen, fue día de fiesta para Mosimien. Aquel día llegaron los tres primeros leprosos; a los pocos días se presentaba una jovencita de 13 años que, además de la lepra estaba cubierto de sarna. A éstos como a los demás que vinieron en lo sucesivo, nuestro Fr. Pascual los tomaba por su cuenta, los lavaba dándoles una jabonada general, los vestía, les prestaba las primeras curas, les preparaba la comida y aderezaba la cama. Todo esto lo hacía radiante de gozo; veía realizado su sueño acariciado por tantos años: continuar la tradición del Seráfico Padre y renovar frecuentemente la memoria de su querida madre, muerta leprosa en Fontilles.
Pero la luna de miel debía durarle poco tiempo. En abril de 1931 llegaban allí las F. M. M. que debían asumir la dirección del establecimiento y el cuidado inmediato de los leprosos. La Comunidad de franciscanas se encargaba de la asistencia espiritual a excepción de un lego-, Fr. José Andreata, quien, como patentado, atendería a los enfermos varones. Nuestro Fr. Pascualet quedó desde aquel día exonerado de la cura de lo; leprosos y con ello comenzaba su calvario. Por el momento se sentía alejado de sus amados enfermos y para más adelante se preveía excluido de la misma leprosería ya que se trataba de confiarla a la Provincia de Venecia que, como era natural, mandaría allí los suyos. Todo esto, unido a otras tribulaciones espirituales formaron el crisol en que su alma debía purificarse preparándose así a recibir la corona del martirio que la providencia reservaba a su fiel siervo.
Fr. Pascualet aceptó, resignado, su cruz y la abrazó toda entera ingeniándose para no descargarla aún ligeramente sobre sus hermanos, sino más bien esforzándose para esparcir en todos la alegría y el bienestar. Para ello, además de la caridad que usaba en servirlos, condescendiendo a sus gustos y asistiéndolos con mucho cariño en sus enfermedades, cuidaba de no faltar nunca a los recreos en los que era el alma con sus bromas inocentes y su buen humor de lo que dan testimonio unánime todos los que con vivieron con él.
Conservamos dos episodios que lo confirman. Un día los hermanos legos tienen la humorada de hacerse una fotografía en grupo. El italiano Se encarga de la máquina como artista gráfico; el húngaro se cala de lado una boina vasca y se pone en boca una pipa, no siendo fumador; el eslavo toma una posición de piedad melosa. ¿Qué hará el Valenciano? Observa el grupo y disimulando su aversión a las fotografías dice con gracia: Entre un chulo y un beato, ¿qué pito toco yo y qué gesto voy a tomar?... «Yo me retiro.» Y fue a esconderse detrás de una planta del jardinero, pero el fotógrafo aun tuvo maña para captarle su cabeza calva dentro del campo de su objetivo. Tenemos a la vista un ejemplar de su fotografía.
Otro día, un leproso observando las manos de Fr. Pascual le dice con mucho aplomo: «Su vida será muy corta, pues tiene muy pronunciadas y salientes las venas.»
—Si es por eso —repuso prontamente el aludido— llegaré a chochear de viejo, pues las llevo así más de 30 años y aun no me he muerto ¡que yo sepa!...
Su extraordinaria piedad era la que le daba inspiración e ingenio para esparcir alegría en los demás, reservándose para sí solo las amarguras. De esta piedad se hacen lenguas todos los testimonios.
Oigamos lo que dice uno de ellos, Sor Egwina F. M. M.
El jueves Santo de 1935, el primero después de inaugurada la iglesia de la leprosería, se convino entre ambas Comunidades que las F. M. M. velarían al Stmo. Sacramento desde las 22 a medianoche y los frailes desde esa hora hasta las cinco dé la madrugada. Fr. Pascual, según le vi, se arrodilló en adoración a las 10 de la noche y a la mañana siguiente se le vio en el mismo lugar sin haberse movido para nada. Los domingos acostumbraba siempre pasar las tres horas de adoración solemne, sin apartarse de la iglesia o capilla, sin moverse, sin usar libro alguno, ni apoyarse en reclinatorio o cosa semejante. Su actitud infundía devoción a quien lo miraba.»
En medio de su tribulación no faltaron a nuestro futuro mártir «los carquitos de consuelo» de que habla Santa Teresa. Como tales reputaba los momentos en que se le permitía asistir a los leprosos moribundos, velándolos durante la noche y no abandonándolos un solo momento hasta que exhalaban su último suspiro. Luego les amortajaba por sí mismo, les abría la sepultura y a hora oportuna los enterraba. Pero aun en este consuelo debía encontrar ajenjo. Aquella obra de misericordia hecha con tanto celo causó gran extrañeza en la mentalidad aun pagana de los primeros asilados y hasta algún mal intencionado la interpretó torcidamente, atribuyéndole deseos y acciones perversas con el cadáver. Se habló mucho en descrédito del piadoso samaritano con gran disgusto de éste. Finalmente se convencieron que todo había sido patraña de unos charlatanes y, desvanecida ya la tormenta, apareció más pura y brillante la virtud de nuestro leguito.
Así como todos los testimonios con cuerda n en considerarlo como un santo exaltando sus diversas virtudes, de igual modo están unánimes en alabarlo como escultor y santero, habiendo podido reconstruir por ellos un abundante catálogo de sus obras en madera y en pasta. Sobre este punto nos cuenta Fr. Urbana —quien gustaba observando mientras realizaba sus trabajos artísticos— que para labrar las imágenes que debían quedar expuestas a la intemperie preparó una masa de propia invención a base de cal viva, papel chino de bambú y aceite de ricino— muy resistente a la acción del tiempo, sol y lluvia. Al modelar con la cal viva, las manos se le pusieron una lástima, como si fueran de leproso, de modo que el Superior estaba para hacerle suspender el trabajo. La dificultad, sin embargo, fue obviada por las F. M. M., quienes le prepararon unos dedales de goma con los que pudo terminar sus obras sin lastimarse el cutis.
Y terminó con un particular de su captura por los comunistas como nos lo cuenta Sor Egwina. «La mañana en que los rojos entraron en el establecimiento con gran ruido de fusilería, él oyó los disparos como nosotras que nos hallábamos a pocos metros de distancia en el interior del Convento. Mientras nosotras entramos para vestirnos la indumentaria china, según se nos había previamente ordenado, él continuaba al exterior encaramado en el andamio, cincelando como absorto su imagen de la Virgen, hasta que la obediencia lo llamó. Nos golpearon a todos y Fr. Pascual también tuvo su parte en la paliza, pero sus labios no profirieron un solo ay o lamento o palabra. Cuando por largas horas nos cerraron en la enfermería, él manifestaba con gran serenidad que no desmentía con el silencio que observaba. Y silencioso y sereno continuó durante todo el trayecto que hicimos, con las manos agarrotadas a la espalda, desde Otanse a Morimien, y cuando nos presentaron a Mao-Tze-Tung. Se habría dicho que Fr. Pascual era mudo; pero cuando las autoridades propusieron que alguien quedara en rehenes por todos los demás, él, tocado en lo vivo, rompió su silencio para presentar su candidatura y lo hizo tan elocuentemente que fue aceptada.» El quedó contento, y nosotros más admirados de su santidad.
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