Consultorio religioso
CATEQUISTA.—Dada la particular importancia en el asunto que tratamos de las condiciones que se requieren para poder hacer la primera comunión —siguiendo el tema que nos propusimos en números pasados— diremos en éste que el niño, además de creer que Jesucristo es Dios y hombre verdadero, conviene que comprenda y se haga cargo de lo demás que se contiene en el Credo referente a Jesucristo, es decir, que es hijo de la Virgen María, que padeció y murió para salvarnos, que fue sepultado, resucitó y subió al cielo y que vendrá a Juzgarnos y premiarnos o castigarnos según nuestras obras merecieren. Y los conocimientos que adquiera el niño acerca de Jesucristo no han de ser puramente especulativos, sino que deben mirar particularmente a inculcar el amor del niño hacia El, para que se acostumbre a considerarle como a su criador, su padre, redentor y glorificador después de esta vida en el cielo, y así cobre entrañable afecto a su divina persona. En todo ello conviene insistir muy mucho.
ANTONIANA.—¿Qué finalidad debe perseguir quien viste el hábito de San Antonio?
—La verdadera devoción consiste en la imitación de los Santos. El llevar un hábito supone la intención de imitar al Santo, no sólo en el interior por la práctica de las virtudes, sino en lo exterior, pareciéndose a él en la humildad del vestido.—El hábito no hace al monje, por eso no hay que caer en el ridículo de muchos, que se parecen en el exterior, y el interior está muy distante de un buen cristiano, no digo de un santo.—Luego quien viste su cuerpo con el hábito de San Antonio debe vestir también su alma con las virtudes de San Antonio; de aspirar a la santidad de San Antonio.
Fr. Agnello
La casa del carpintero
Leyendas de Palestina
Puer autem crescebat..., y crecía como un pimpollo, el más resaltado y requetelindísimo querubín que han visto y verán los siglos de los siglos. ¿Querube, brote, palmito de Maria? ¡Pero si eso es decir poco, casi nada! Abrid por donde queráis la Sagrada Escritura: Isaías os dirá: «En aquel día brotará el pimpollo del Señor con magnificencia y con gloria... y será el regocijo de Israel. Saldrá un renuevo del tronco de Jesé..., ábrase la tierra y brote el Salvador...» Y Jeremías: «...Haré nacer de David un vástago que gobernará la tierra con rectitud y justicia... Haré brotar un pimpollo de David...» Y Zacarías: «Yo haré venir al pimpollo...»; y ya en la Ley de gracia... Pero, ¡basta, pluma mía, que hasta los chiquillos del Catecismo caben que Jesús, la flor de Nazaret, el Nardo de María, crecía, crecía en sabiduría, en edad y en gracia, delante de Dios y de los hombres; tanto, tanto, que todo el mundo se preguntaba: ¿Pero de dónde saca el chiquillo esto que dice, y cómo obra tales portentos? ¿No es por ventura el aprendiz de carpintero, hijo de María, primo hermano de Jaime, y José y Judas, y Simón? ¿Y sus primas hermanas no moran acaso con nosotros?
Esto, esto, precisamente se preguntaban con infantiles espavientos de muñeca unas chiquillas de Nazaret, siquier vecinas... Pero no precipitemos las cosas; pongamos orden en el comento; dejemos que una a una salgan del cesto las guindas, y en el nombre del Padre, del Hijo y del Santo Espíritu digamos que aquella mañanita abrileña, el Niño, adivinando los deseos de su Madre, tomó la cantarita; como un lirio que se dobla, dobló sobre ella el trocito de azucena, y ¡tras, tras, tras!, cantando como una alondra, tomó el caminito de la fuente, que hoy todavía lleva el nombre dulcísimo de la Señora: Ain Sitti Maryam.
Et reffloruit caro mea!... Yo no sé, lectores; pero hasta mi mísero barro parece que echa flores al figurarme a Jesús como un cacho de cielo camino de la fuente. Cargadas de flores blancas, como lluvia de pétalos de un Corpus preeucarístico, se inclinan a su paso las ramas de los almendros, y brotan a sus pies alelíes y violetas; las palmeras, abanicadas por la brisa, le ofrecen el fruto de oro de sus racimos, y, ¡Cristo mío!, hasta los sepulcros encalados parece que se erizan de esperanza al cruzar Jesús, que prorrumpe enardecido: «; Atrás la muerte!» ¡Yo soy la resurrección y la vida!...»
* * *
Ya llegó a la fuente, pero... pero tendrá que esperar turno, el aprendiz. ¿Por qué? Porque, como otras veces, filiae discurrerunt super murum!, desde lejos le atalayáron las hijas de Sión, las chiquillas de Nazaret, y cogieron sus cantaritas, y le ganaron por la mano. Allí estaban ya formando primaveral guirnalda, y hablando por los codos Juanita, la futura esposa de Cusa, procurador de Herodes (Lc 8, 3), y Magda, y Berenice, y Avita, y Zara, y Jehusa, y Metabel, y Ti-nona, y Leira, y Ana, y Anoyra, y Susana, y... y... dos hermanitas que se parecían muy poco, Marta y María, oriundas de Magdala, rubia como unos oros, ésta; morenita, como la Madre de Jesús, Marta. Morena ,y viva, y activa como una mariposa, tanto, que mientras las otras quedaron como pasmadas a la presencia del Niño, ella, saliéndose del corro y rompiendo el singular encanto, se fue para Jesús con un clavel en la mano, espetándole a quemarropa:
—¡Para el más bello aprendiz de carpintero!
Rieron y aplaudieron todas el piropo, y aun Jesús hubo de dibujar un mohín de satisfacción, que dobló, si cabe, Su hermosura; pero, desdeñando gentilmente la flor, dijo con gravedad a la chicuela:
—Bien se está en la maceta el clavel, y las niñas cabe sus canastillas de labor.— Y luego, endulzando la voz, y deshaciendo el asomo de arruguita que había surcado su frente, añadió: — ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿En qué te empleas, mariposa?
—Soy —contestó rápida la interpelada— la hija menor de Sarepta; padre no tengo; me llamo Marta; no sé estar quieta, por eso mi madre m? manda a la fuente; tengo un hermanito que se llama Lázaro, y esta que ves aquí es María, mi hermana.
Y diciendo y haciendo, arrastraba hacia Jesús a la hiña rubia que, presa de extraño arrobo, no podía modular palabra. Cuando estuvo delante del Niño, dijo, pudorosa y cano disculpándose por su cortedad:
—¡Qué diablillo de chiquilla! Bien has dicho, Jesús, al llamarla mariposa, porque vuela, corre, gira y... siempre llega tarde.
Y ya pasado el primer aturdimiento, no apartaba de Jesús sus ojos garzos, y tan embebida le miraba, que no parecía sino que bebía su aliento.
La contempló Jesús nublado de tristeza y dulzura a la vez, y le dijo con profética cadencia:
—¡María, cuida tu cabellera! Pero, guarda, niña, que el oro y la seda de tus
trenzas no sean jamás piedra de escándalo y pez para cazar alondras, ¡pebre huérfana!, sino escaloncillos para llegarte a Dios, y hacer que otros lleguen.
—¡Hola, hola! —Saltó aquí Jehusa, riéndose a más y mejor—. ¿Sermoncito tenemos? Pues por mi santiguada que si sueltas sermoncitos como sabes juntar en cruz los madericos, famoso predicador le ha caído a tu Madre.
—¡Cómo que no! —confirmó rápida Nayra—. Predicador, aprendiz y hacedor de milagros, todo en una pieza. ¿No oísteis cómo ayer, jugando, jugando a la gallina ciega con Eleazar, el hijito ciego de Raquel, cuando le quitó las maní tas de los ojos, Eleazar dio un grito y comenzó a ver la luz?...
—¡Qué hermosa es la luz! —dijo sentenciosamente Susana.
—¡Como que es la sombra de Dio!— ponderó majestuoso el Niño. Y luego, notando que Berenice se recataba de todo, y le nublaba una sombra de tristeza, la interrogó: —¿Qué te pasa, mujer; qué mal te dio?
—No lo sé, Jesús bueno; no lo acierto; pero al mirarte siento una pena infinita que me abruma y destroza.
Y sin poderlo remediar, estalló en copioso llanto.
Miró compasivo Jesús las lágrimas que surcaban aquellas mejillas de azucena, y dijo a la
Niña, dándole un limpísimo pañuelo que sacó de su bolsillo:
—Enjuga el llanto, Berenice, y guarda el pañuelo que bordó mi Madre, porque un día te has de servir de él para enjugarme el rostro.
No entendió la futura Verónica el sentido profético de las palabras de Jesús y, besando la dulce prenda, la metió solícita en su seno.
—¿Qué me das a mí, Jesusillo? —requirió envidiosilla María de Magdala.
—Cuida tu cabello, niña —insistió Jesús; y sacando de su bolso, que parecía el cuerno de la abundancia, un soberbio vaso de alabastro, le dijo regalándoselo compasivo: —Guárdalo tú también, María; porque habrás de menester de él antes que yo muera; pero cuida de tu cabello..
—¡Pues ya es tema! —contestó Marta con un mohín de impaciencia—. ¿Y para mí no- hay nada, dador de todo bien?
—Para ti.... para ti, ardilla o mariposa, todo el ajuar de mi casa, porque eres alegre, mañanera y hacendosa, y barrunto que has de salir excelente ama de casa.
—¿Y a mí, y a mí, y a mí? —suplicaban al unísono las chiquillas de Nazareth. Mientras el agua, llenando las cantaritas. acompañaba con un rítmico ¡glu, glu, glu! metódico la grata petición.
—A vosotras, hijas de Dios y hermanas de las mariposillas, una sonrisa: que también es un regalo porque desarruga ceños, aplaca odios, abre puertas, disipa nublados, allana asperezas y, sobre todo, acarrea paz...
Y sonrió el divino Niño como nunca jamás ángel alguno ha sonreído; can algo que era nacer la aurora y puesta de sol; abrirse de capullo, y rasgarse de yemas; platearse la luna y parpadear de estrellas; sazonarse de fruto y embriagarle de ambrosía... Cuando acabó de sonreírse, la canta-rita estaba llena. Marta, lista y oficiosa, la había llenado.
* * *
Para apreciar en su punto la sinfonía de las líneas, la corrección escultórica, la euritmia con que una mujer oriental, mejor dicho, palestinense lleva el ánfora sobre la cabeza, es menester esto: verla aquí, en Palestina, encuadrada en su bíblico ambiente. Yo las he visto talladas por Fidias y Praxiteles en. los bajorrelieves del Partenán, y la verdad os digo que aquello sólo es un helénico atisbo del prodigio de equilibrio, de la herética majestad, de la seguridad majestuosa con que las mujeres, las niñas y aun los muchachos de Palestina llevan la crátera sobre la frente. Cuando vuelven con el agua, al caer la tarde, parecen en realidad un friso bíblico, una estampa de los tiempos de Rebeca, Raquel y Lía...
Tal requirió Jesús la cantarita; tal la colocó sobre su cabeza, y abriéndose camino por entre el ruedo de chiquillas que no le quitaban ojo, y pensando en su Madre que le estaría ya aguardando, tomó, alegre y diligente, la vuelta de su casita.
¡Artístico camafeo aquél, lectores mío*; mágico cuadrito, idílico- poema que escapa a todo medio de expresión, pluma, cincel buril! En jarras los bracitos, un poco saliente el pecho, desnudos los. menuditos pies; extática la luz; encantado el aire: hecha la naturaleza, impregnada de mudo silencio, una inmensa caja de resonancias..., avanza Jesús; avanza devorando ya con la mirada a su Madrecita; avanza rígido, seguro, enhiesto; rígida, segura, enhiesta la cantarita que descansa sobre su cabecita como la litúrgica mitra de un pontífice prehistórico... Y en sus labios, un canto que en el silencio sumo del solemne mediodía, se esparce sobre la majestad de las aguas dormidas y los campos aletargados: «Laúdate Dominum... Alabad al Señor todas las naciones; pueblos todos cantad sus alabanzas. Porque su misericordia se ha confirmado sobre nosotros; y la Verdad del Señor permanece eternamente...»
Y con el salmo en los labios de Jesús, a medida que Jesús avanza, florecen los guindos, los duraznos, los albaricoqueros. naranjos y limoneros que, dulcemente abanicados, sacuden una lluvia de pétalos sobre el vaso poroso- y el gentil Nazareno.
Filiae discurrerunt super murum. Ya han ganado las casitas de Nazart, limpias y enjalbegadas como tacitas de píate, con sus huertecillos acotados con higueras, granados y almendros... Ya se abren las venta-nucas para verle pasar; ya las doncellas dejan su labor en las canastillas y los obreros sus herramientas..., y la andadura tiene no sé qué de... magia, celeste embrujo...; parece que, como el hada Diffo que pasaba sobre las espigas sin -doblarlas, va por la tierra sin pisarla...; algo así como una ola tendida, un rayo de luna, un sueño de nácar, ya os he dicho y repito que es inútil porfiar, querer plasmar lo impintable, lo inefable: sólo os diré que iba acercándose a su caía aquel rayito de gloria, cuando la Madre que le aguardaba ansiosa, viéndole llegar, se lanzó a El como una flecha y, haciendo arco triunfal de sus brazos, le estrechó entre ellos y contra su pecho, aun con peligro de romper la cantarita, al par que prorrumpa alborozada: Benedic, anima mea Dominum!: ¡Bendice, alma mía, al Señor; y bendigan su santo Nombre mi mente, mi corazón, mis entrañas!...»
Porque en la casa de Nazaret —y esto va para los padres todo era Paz y ventura y orden; reloj más perfecto y canto más acordado jamás se han visto ni oído, porque las ruedas del mecanismo engranaban bien, y los acordes de la canturia obedecían a una voluntad, y ésta a la de Dios.
En la Casita de Nazaret todo era perfecta alegría, porque José obedecía al Señor; María a José, y el Niño, Superior a ambos, les obedecía para darnos ejemplo a nosotros, y su obediencia —y vaya para los hijos el Epílogo— perfectísima, porque era alegre, pronta, desinteresada, universal. ¿Habéis entendido, pinchoncitos? No refunfuñaba cuando la Madre le mandaba a la fuente o San José a recoger las virutas; antes cantaba como un jilguero, como habéis visto; no examinaba el porqué de lo ordenado, como hacen muchos chiquillos y chiquillas que se precian más de secretarios que de hijos obedientes; y así volaba Jesús a la fuente o al banco de su padre putativo; no buscó jamás el medro personal, como hacen muchos egoistones, sino el interés de la Familia; y finalmente, su obediencia no se concretaba a lo gustoso, como tantos y tantas que sólo obedecen en las cosas que cuadran con su genio, caprichos, extravagancias a veces, y dan de mano a lo que no casa y esquina con sus rarezas, no ;sino que obedecía en todo, en lo dulce y en lo amargo, en lo áspero y en lo muelle... Y obedeció de la cuna hasta la cruz, sin descuidar una tilde.
Pero, ¡basta de sermón, mariposas de los hombres!, porque sois incapaces de estarme atentos cinco minutos.
Fr. Francisco Iglesias
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