La Eucaristía y la Virgen
Dice la venerable María de Jesús de Agreda que, al subir Cristo glorioso a los cielos, se llevó consigo el alma de su Madre para que fuese testigo de su glorificación.
Tres días estuvo el alma de María en aquellas regiones celestiales, después de los cuales hubo de volver a la tierra para ser el consuelo y apoyo de la Iglesia naciente.
Podemos figuramos la nostalgia que invadiría a la Reina celestial al considerarse de nuevo en este destierro después de gozar de las alegrías de la patria, y, sobre todo, viéndose separada de la presencia de su divino Hijo. Nostalgia de cielo y nostalgia de Hijo; sólo comparable con la nostalgia de Madre que presintió Jesús en el Cenáculo, y que seria, sin duda, uno de los motivos que más fuertemente le impulsaron a quedarse en la tierra sacramentado: Por consolar a todos los hijos de Eva; pero, sobre todo, a su Madre.
¡Qué soledad tan espantosa, en verdad, la de María al volver a este suelo miserable! Pero toda la amargura se trocó en dulzura divina cuando acá en la tierra se encontró de nuevo con su Hijo... sacramentado. La Eucaristía, en efecto, venía a colmar las ansias que devoraban su corazón. Por la comunión, la Virgen se sentía también en este suelo junto a su divino Hijo.
Mas aquellos instantes de cielo eran demasiado cortos para sostener y calmar tantos ardores. Y aquí intervino el Señor de una manera maravillosa. El milagro de la conservación de las especies sacramentales, de comunión a comunión, vino a satisfacer la necesidad que María sentía de estar continuamente con su Hijo.
Esta doctrina no sólo la sostiene la venerable Agreda. Numerosas revelaciones se hacen eco de la misma. Es, además, una consecuencia lógica de aquel principio de la Teología franciscana: «Cualquier privilegio concedido por Dios a una criatura, no pudo menos de concedérselo a su Madre y de una manera más excelente.»
Sabemos que el Señor premió en la tierra los ardores eucarísticos de muchos bienaventurados por medio del milagro de la conservación de las especies sacramentales. De esta manera, su pecho vino a convertirse en un sagrario vivo del Dios eucarístico. ¿Y qué menos que fuera sagrario eucarístico la que lo había sido del Verbo hecho carne en sus entrañas?
La vida de María después de la Ascensión de Cristo fue, en consecuencia, una incesante comunicación de aquellos dos corazones que tan íntimamente se pertenecían. ¿Quién podrá vislumbrar los secretísimos misterios y las ingentes maravillas que en el pequeño mundo del alma de María se obraban, n¡presentir los miríficos ardores de aquellas llamas de amor divino, cuya intensidad elevábase y subía de comunión a comunión?
En tan maravillosas operaciones ocupada, transcurría la vida María. Llegó, por fin, un día en que la venida sacramental de su Hijo no fue seguida de ninguna otra: el día de su última comunión y de su muerte de amor. Con la Eucaristía en el pecho, verdadero viático en el pleno sentido de la palabra, fue depositado su cuerpo virginal en el sepulcro. Así lo encontraron los ángeles que descendieron del cielo para despertarlo de su sueño y llevárselo, glorificado, a las alturas. Y con el cuerpo glorioso de María subió a lo alto Eucaristía que recibiera en su última comunión.
No es esto una devota fantasía. Es doctrina revelada a la Beata María Magdalena Martinengo. Arrobada en éxtasis, y mientras se lamentaba de que en el cielo no podría adorar a Jesús en Ja Eucaristía, contempló esta virgen clarisa, entre fulgores de gloria, la Eucaristía en la custodia viva del pecho de la Virgen Santísima.
Las mentes devotas hallan con facilidad la congruencia de tan subido privilegio y raro prodigio. Convenía, efectivamente, a la que llevó a Dios como hijo en su seno, una bienaventuranza en el cielo en consonancia con su alta dignidad: la dicha de encerrarle sacramentado en su pecho. Y, por otra parte, no nos extraña que el divino Amante, lleno siempre de delicadezas sin par, haya tenido para las almas eucarísticas esta última y subidísima: darles a gozar en el cielo la visión de la Eucaristía en el pecho glorioso de la Virgen Inmaculada. ¡Cuán bueno es Dios para los que le aman! ¡Y qué bellos y sublimes conceptos nos brindan estas consideraciones acerca de estos dos principales amores de las almas interiores: Eucaristía y María!
NOTA.—Sobre este mismo teme disertará en el Congreso Eucarístico Internacional el P. Luis Colomer. Su conferencia abrirá seguramente nuevos surcos a la especulación teológica. Deseamos verla pronto impresa.
Madre de Dios
Virgen pura, m¡Madre agraciada, Qué felices pasaron los días Cuando yo recorría los campos Yo soñaba en mis sueños de gloria Yo miraba tus ojos tan bellos Yo miraba que el sol refulgente y veía que un ramo de estrellas y cantaban los ángeles bellos, Yo soñaba con ángeles bellos y al sonar nuestras dulces sonrisas. |
Pero yo ya no sueño esas gracias sois la Madre de Dios. ¿Qué mas quieres S¡los padres perdieron la gracia sólo a T¡que colmada de gracia Y entre miles y miles hermosas ¿Puede haber, ¡oh, Señora, graciosa!, Bien está que los ángeles bellos Pero yo te diré como el ángel: Serás Virgen y Madre, y Dios mismo Y así el cielo y la tierra te aclaman |
Mayo, mes de las flores
¡Qué hermoso y poético se presenta siempre el mes de mayo! Sobre todo, en la tierra valenciana.
La Naturaleza, despertando del letargo en que yacía durante el invierno, se reviste con el hermoso ropaje que le presta la primavera, convirtiendo los valles, los bosques, todos nuestros campos, en una alfombra inmensa, en la que resaltan los más variados colores.
Todo en ella nos da ejemplo de resurgimiento, de exuberancia de vida material, pero que insensiblemente eleva y mueve nuestras almas a entonar un cántico al autor de tanta hermosura.
¡Qué de bellezas y de encantos encierra el cuadro trazado por el artífice divino!
Sin embargo, el mes de mayo reúne atractivos más nobles, más grandes y más sublimes. E! mes de mayo tiene algo que cautiva nuestros corazones de una manera más poderosa que las rosas y las flores, algo que nos fascina más que las maravillas y encantos de la naturaleza. Ese imán poderoso ante cuya atracción irresistible no podemos sustraemos, es María, Madre del amor hermoso, la robadora de corazones.
María es la que da mayor realce al mes de mayo. María, cual faro luminoso, irradia sus fulgores benéficos sobre la humanidad, y ésta, atraída por esos resplandores divinos, acude presurosa a postrarse de hinojos ante sus altares, dispersos por todo el orbe, para hacerle objeto de su amor y veneración.
Este es el cuadro verdaderamente hermoso y poético, cuadro que necesitaría para su reproducción los finos y dedicados pinceles del hijo amante de María, del melifluo San Bernardo: "La humanidad entera corriendo a postrarse a los pies de María, para ofrecerle las flores de sus corazones e implorar su valer y protección".
En este cuadro de amor y adoración de da humanidad a María que nos ofrece mayo, destaca con fulgurantes colores Valencia, que, reconociendo en la Virgen de los Desamparados a su verdadera Madre, a Ella acude para tributarle su amor, rendirle los afectos de su corazón y pedirle gracias y mercedes que Ella derrama a manos llenas sobre todos dos que de veras le honran, particularmente sobre los valencianos: reconociendo en María el manantial de su santidad, el ejemplar de todas las virtudes, a Ella se acerca para copiarlas.
Vayamos todos a postrarnos a los pies de nuestra Madre. Obsequiemos a María con preciosos ramos de flores, no de esas que adornan nuestros jardines, que en breve se ajan y marchitan, sino de las verdaderas flores, de las flores que aprecia María, de las flores de sus virtudes.
Copiemos en nosotros su virginal pureza, su ardiente caridad, su humildad profunda, su paciencia y resignación heroicas. Estas son las flores que debemos presentarle: con ellas debemos tejer una hermosa guirnalda durante este mes.
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