Predica el Santo

El silencio es profundo como la eternidad...

La palabra es plata, pero el silencio es oro, enseña el viejo proverbio griego. ¡Cuánto y cuánto se habla sin ton n¡son! De todo lo que se oye en un día entero; apenas s¡queda en el alma una palabra útil. Se habla por hablar. ¿No es mejor el silencio? Callemos.

El exceso de palabrería hace que algunas personas sean insufribles. Hablan sin que se les pregunte, no informan de todo lo que no necesitarnos saber, acumulan disparates y estupideces de una manera prodigiosa.

Hablar mucho es errar demasiado.

¡Qué difícil es reparar el mal que se usó la palabra imprudente o estulta! ¡Cuántas desventuras vienen por hablar demasiado! Mejor es callar.

Una palabra oportuna logra muchos bienes, puede ser un estímulo, un consuelo una luz; pero el que habla demasiado no la sabrá decir.

Dios nos dio la facultad de hablar para manifestar nuestros pensamientos, para que por medio del símbolo maravilloso da la palabra se comprendan los espíritus, se conozcan las verdades. Muchas personas hay, en cambio, que hablan antes de pensar o que hablan en vez de pensar.

Las discusiones no suelen conducir a nada bueno; en ellas se lastima la caridad sin que se iluminen las mentes. A veces se logra más con tolerar, y el mucho hablar con el deseo de tener razón no conduce sino a perder el tiempo y la paz.

Una palabra mal dicha produce complicaciones, divisiones, sospechas, acarrea responsabilidades tremendas para el que la dijo.

La verdad es buena, en el sentido de que nunca es lícito decir una mentira. Pero no todas las verdades son para decir.

Mayores males se causan con hablar imprudentemente que con callar.

En la mayor parte de las circunstancias vale más no decir nuestra opinión n¡pretender imponerla. Es forzoso estar convencidos de que nuestras opiniones no interesan a los demás como a nosotros mismos. Mejor es observar, oír y hablar poco, pero muy bien.

En el silencio se oye la voz misteriosa de la conciencia, que no se deja escuchar en el ruido de la calle n¡entre la estúpida trivialidad de los que hablan,y hablan. Las grandes revelaciones de la conciencia vienen en el silencio: allá aprendemos lo que somos, lo que fuimos y lo que debemos ser. Allí nos conocemos, que es lo que más nos debe interesar. ¿No es acaso la conciencia un eco de la voz de Dios? El que no se recoge unos minutos no podrá orientar su vida.

Se aprende más en un minuto de silencio en el que re procure mirar las profundidades de la propia alma, que en mil palabras inútiles dichas u oídas.

La razón de la mediocridad, de la superficialidad de tantos, es que no meditan no reflexionan.

El silencio es el alimento del espíritu.

Con razón dijo Carlyle: «Silence is deep as Eternity, speech is shalow as time.» El silencio es profundo como la Eternidad; el hablar es trivial y vano como el tiempo.

¡Qué virtud tan bella la de saber callar a tiempo!

Callemos cuando la caridad y la bondad nos lo pidan. Callemos cuando la prudencia lo exija. Callemos cuando cualquier pasión dicte nuestras palabras, aunque para ello tengamos que hacer un sacrificio. Callemos para que florezcan en silencio nuestros ideales. Callemos para formular y afianzar nuestros propósitos. Callemos para poder conocernos a nosotros mismos. Callemos para que Dios hable en el fondo de nuestras conciencias.

Fr. Antonio de Padua

Santidad de San Buenaventura

«Sanctus hinc vivens mérito vocatus.»
Ya en vida fue, con razón, tenido por santo.
(Oficio litúrgico de San Buenaventura.)

I

Dios, que es la santidad sustancial infinita, ha querido, amorosa y benignamente, hacer partícipes de su santidad a las criaturas inteligentes; y con su gracia nos ha dado realmente un germen de su santidad y de su vida, que son en Dios una misma e idéntica cosa.

Por ser la gracia germen de vida divina, su infusión en el Bautismo es para el alma verdadero nacimiento espiritual y sobrenatural. Por ser germen inicial de santidad, nos capacita a todos y cada uno para ser santos, y quiere Dios que, en efecto, lo seamos, según nos enseña explícitamente San Pablo: «La voluntad de Dios es que seáis santos» (1Tes 4,3); y nos lo inculca encarecidamente San Pedro: «Puesto que os llamó Dios, que es santo, también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, pues escrito está: Santos habéis de ser porque yo soy santo» (1Pe 1,15-16).

Estaría en funesto error quien pensase que la santidad no es para él. No cabe, en buena ley cristiana, que busque nadie excusa n¡que fomente su pereza diciendo que se contenta con un cachito de cielo, aunque sea detrás de la puerta. No. Dios nos quiere más adentro; tan adentro, que quiere tenerte dentro de sí mismo, como quiere estar él dentro de nosotros, siendo vida nuestra y felicidad nuestra. Menguado y erróneo concepto tiene de Dios y de la gloria el que no aspira a esto y pretende rebajarlo algo. La gracia divina, aun en su grado inicial, es Dios viviendo en nosotros y hecho vida nuestra. Cuando en el cielo tengamos experiencia de esta inefable verdad, la gracia se habrá transformado en gloria definitiva y eterna. La gracia va ordenada a la gloria, y gracia y gloria son, sustancialmente, una misma cosa.

Para la gloria nos ha creado Dios; nos ha dado el germen de ella en la gracia; nos ha preparado los sacramentos y nos ha dictado su santa ley para que, recibiendo los sacramentos y haciendo buenas obras, crezcamos cada día en gracia. Crecer en gracia es santificarse. Morir en gracia es asegurar para siempre la gloria. Todo el que vive en gracia, siendo fiel a ella en lo que cabe en la humana flaqueza, es en verdad santo, y santo puede ser llamado, como San Pablo en sus cartas llama santos a los cristianos que vivían en su tiempo (cfr Fil 4,21-22; 2Co 13,12; Heb 13,24).

San Buenaventura

II

San Buenaventura es santo canonizado por la Iglesia.

La canonización no hace al santo; sino que lo declara tal y autoriza su culto público.

San Buenaventura era ya santo antes de canonizado. Más aún: en vida era ya santo a los ojos de Dios, que aprecian con toda exactitud el grado de vida divina o de santidad que tiene cada alma.

Nosotros no podemos conocer, como Dios, la santidad interior en sí misma; pero algo se nos trasluce de ella por las obras de los santos. Por sus obras, San Francisco fue aclamado santo en vida, y San Buenaventura también lo fue por su santo amigo, Tomás de Aquino, quien, al visitarle en París, donde estaba escribiendo la vida del Padre San Francisco, se dirigió a su celda, y sorprendiéndole, pluma en mano, con el semblante transfigurado y los ojos fijos en lo alto, se retiró respetuosamente diciendo a su compañero: «Dejemos que este santo trabaje por otro santo.»

La Liturgia, en el oficio de San Buenaventura, canta este prodigio en el himno de vísperas, diciendo: «Con razón le llamó santo, aun en vida Tomás de Aquino, al verle arrebatado plácidamente en espíritu mientras estaba escribiendo la vida del P. San Francisco.»

Sin embargo de esto, no abundó la santidad de Buenaventura n¡en extremadas penitencias n¡en ruidosos milagros. Verdad es que n¡en el rigor de la penitencia n¡en el esplendor de los milagros consiste la santidad, sino en el cumplimiento amoroso de la santa voluntad de Dios.

San Buenaventura fue de complexión delicada; estudió mucho; explicó en la cátedra; predicó en el púlpito; intervino en conferencias, defendiendo la verdad de palabra y por escrito; hizo largos viajes, con las incomodidades de aquellos tiempos, para visitar los conventos de la Orden franciscana, de la que fue durante dieciocho años, Ministro General; vivió, como los otros frailes, la vida austera del convento; y todo esto es verdadera penitencia cristiana, tanto más penosa y meritoria cuanto más larga y continuada.

Supo San Buenaventura evitar la ostentación llevando una vida sencilla y modesta. Se cuenta que al llegar el legado del Papa trayéndole el capelo cardenalicio, estaba Buenaventura ayudando al hermano cocinero a fregar la vajilla. Con razón cantó el Dante que «pospuso Buenaventura los afanes de las pequeñeces terrenas a los grandes intereses espirituales del alma».

Un compañero religioso rogó a San Buenaventura que le diera consejo para su progreso espiritual, y respondió el Santo: «¿Qué te podría yo decir? A lo sumo, lo que yo mismo me propuse hacer: purifícate de tus faltas; líbrate de tus perversas inclinaciones; de nada te quejes, puesto que has ofendido a Dios; huye de las seducciones del mundo y de sus vanidades; ten siempre puesto tu corazón en Dios, de suerte que hasta tu trabajo se convierta en afectuosa oración.» (Memoriales.)

Este ideal de santidad que con su ejemplo y palabra nos propone San Buenaventura, inculcándonos la pureza de alma y cuerpo, el fiel cumplimiento de nuestros deberes y la continua atención a Dios para darle gusto en todas las cosas, es el verdadero ideal de la santidad cristiana, al que todos debemos aspirar por ser asequible a todos.

La santidad es el fiel cumplimiento del deber cristiano. Un santo no se diferencia del montón de los cristianos sino en que cumple fielmente lo que prometió en el Bautismo. Ahí está la santidad de vida escondida con Cristo en Dios. Esta es la santidad de San Buenaventura y ésta debe ser la santidad nuestra.

Oración
Oh, Dios santísimo que nos habéis creado para hacernos partícipes de vuestra santidad: fortaleced nuestra humana flaqueza para que de corazón aspiremos a ser santos, y, fieles a vuestra gracia, lleguemos al grado de santidad al que nos habéis predestinado en Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Fr. Luis Mestre, ofm

La custodia de la catedral de Valencia

La bendición e inauguración de la Custodia de la Catedral de Valencia motiva esta actualidad artística. Tuvo lugar en el día de la fiesta del Corpus Christi. Las ilusiones y esfuerzos del Rdo. P. León promotor de esta bella realidad, tuvieron término feliz.

La obra de arte es notable. De estilo renacimiento y acusado sentido barroco y aun aspectos platerescos, con infinidad de estatuillas, es de admirable conjunto en oro (4 kilos) y plata (425) los tres cuerpos de que se compone. Sustituye a la Custodia antigua y famosa gótica del XV, obra principal de Castellnau el insigne artista valenciano. Esta es obra del orfebre valenciano Francisco Pajaron y en las esculturas han cooperado los mejores escultores valencianos actuales.

Custodia de la Catedral

Custodia procesional de la catedral de Valencia

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