aEl P. Fernando Alcina
Cruz de Alfonso X El Sabio

 

Por decreto del Ministerio de Educación Nacional ha sido concedido al Rvdo. P. Fernando Alcina el ingreso en la Orden de Alfonso X el Sabio, con la categoría de Cruz.

LA ACCION ANTONIANA felicita calurosamente al Rvdo. P. Fernando Alcina, que tan meritoriamente ha sido condecorado por el Gobierno.

Artista, Misionero y Santo

(Continuación)

III. La palma del martirio

El fruto estaba sazonado, cargado de los azúcares de las virtudes y rosado por el fuego de la caridad; esperaba la mano que, arrancándola del árbol de esta vida, le estrujase y se saciase del jugo de su sangre; saciado ya, arrojaría el hueso de aquel fruto —sus virtudes— en el suelo de la tierra, y de allí brotaría más fragante y lozana nueva vida.

Por fin llegó el día, para él dichoso, en que fue hecho prisionero por los soldados de Mao-Tse-Tung. Sobra este particular, oigamos a sor Egwma, que merece fe como nadie por lo que respecta a su apresamiento: «La mañana que los rojos entraron en el establecimiento con gran ruido de fusilaría, él oyó los disparos como nosotras, que nos hallábamos a pocos metros de distancia, en el interior del convento. Mientras nosotras entramos para vestirnos la indumentaria china, según se nos había previamente ordenado, él continuaba al exterior encaramado en el andamio, cincelando como absorto su imagen de la Virgen, hasta que la obediencia lo llamó. Nos golpearon a todos, y fray Pascualet también tuvo su parte en la paliza, pero sus labios no profirieron un solo ay o lamento o palabra.

Cuando por largas horas nos encerraron en la enfermería, él manifestaba una gran serenidad que no desmentía con el silencio que observaba. Y silencioso y sereno continuó durante todo el trayecto que hicimos, con las manos agarrotadas a la espalda, desde Otanse a Mosimien, y cuando nos presentaron a Mao-Tse-Tung, se habría dicho que fray Pascualet era mudo; pero cuando las autoridades propusieron que alguien quedara en rehenes por todos los demás, él, tocado en lo vivo, rompió su silencio para presentar su candidatura; y lo hizo tan elocuentemente, que fue aceptada. El quedó contento, y nosotros, más admirados de su santidad.» Aunque primeramente Mao-Tse-Tung exigiera un rehén en rescate de toda la comunidad, luego se volvió atrás, dando la libertad a uno y dejando prisioneros a todos los demás. El libre fue el hermano José, enfermero de la leprosería. Los cautivos, el padre Albiero, el padre Epifanio Peroraro y fray Pascualet. Los tres confesores de Cristo engrosaron las filas del general Mao-Tse-Tung.

Después de cuatro a diez días de larga peregrinación por montes y valles tras el «guerrillero comunista», el padre Albiero se sentía desfallecer y no podía arrastrar sus sesenta y tres años, por lo que se atrevió a recurrir personalmente al mismo Mao-Tse-Tung, quien de su puño y letra le extendió un documento que la permitía regresar a Mosimien. El padre Epifanio y fray Pascualet continuaron en filas bajo la protección del jefe comunista. Mas un oficial de malas ideas, advirtiendo que el presidente comunista en manera alguna quería matarlos, aguardó ocasión propicia para poderlos decapitar.

Esta se le fue propicia cuando se encontró con sus soldados en los aledaños de Leoang-Ho-Kow (que significa confluencia de dos ríos, hoy es un pueblo). Allí, la mano aleve del perverso oficial se dispuso a segar en flor dos vidas inocentes: fray Pascualet se ofrece primero, y cae de rodillas y da su cuello al verdugo, que, blandiendo su espada, en forma de cimitarra mora, le separa la cabeza del tronco, viniendo ésta a parar en las aguas del antedicho río. Acto continuo, hace otro tanto con el padre Epifanio.

Según el «Apostolado Franciscano in Cina», 1941, p. 20, se sabe que un anciano dio piadosa sepultura a los restos de los mártires.

Acaeció todo esto por el mes de diciembre, cerca de la fiesta de la Inmaculada, del año 1936 (1).

Y acabo esta narración de la vida misionera de fray Pascualet de la misma suerte que en el otro artículo al cual en el principio he hecho alusión, esto es, rogando a nuestros lectores que no cejen un punto de divulgar y propagar vida tan ejemplar. Así, tal vez consigamos engrosar las filas de los santos seráficos con una más. Ojalá tengan plena eficacia y realidad nuestros deseos.

Fr. Eloy de Prado B., ofm

(1) Por más que el Necrologio chino y asimismo algunos artículos publicados sobre este santo hermano en nuestra Provincia, ponen la fecha da su martirio en el 1935, sin embargo, yo, siguiendo al padre Eusebio Arnáiz Alvares, opto por fijarla en 1936.

Fr. Humilde Soria, 1905

Sus mortificaciones heroicas. Santa Ana de Onteniente. Año 1888

Acabo de escuchar el relato del hecho que voy a narrar, de los labios temblorosos del tío Juan Bautista Morant Alonso, 82 años, habitante del Huerto de Morant, cerca de los edificios de la Fesa. El anciano Morant entró de Hermano en Santa Ana de Onteniente, y aun hoy sigue el espíritu franciscano, que le lleva velando, todos los días, a la iglesia de San Francisco de Carcagente, y en ella confiesa y comulga diariamente con gran fervor, rezando a Fray Humilde como a un santo que vio él en Santa Ana de Onteniente.

«Un día de aquel año me envió el Padre Conrado a darle un recado al Hermano Vicente Soria, que estaba cavando la viña de las laderas del santuario. Allegado a él, le dije: "¡Ave María Purísima!" E incorporándose, me contestó lo que sigue; pero yo no sabía ya lo que me decía, porque v¡en su rostro un tábano (díptero que chupa la sangre a los animales, irritándoles mucho) clavado, y el Hermano Vicent sin sacudirlo, como s¡no lo advirtiese, atendiendo a la voluntad del Superior.

Yo, con la emoción que es de suponer, que todavía estoy admirado mirando aquella santa cara, se lo conté al Padre Conrado, y el Padre nos llevó a la celda de Fray Humilde y nos mostró las disciplinas, no sólo ensangrentadas, sino molidas y deshechas por el gran fervor de espíritu con que castigaba su cuerpo en los actos de disciplina. Pero, ya digo, eso no era nada comparado con la visión de aquel bicho, que no hay hombre que lo pueda aguantar, y yo me represento a Fray Humilde con esta mortificación tan grande, juntamente con las otras.

—¿Recuerda alguna cosa más de mortificación?

—Recuerdo que su cena consistía en la ensaladita que nos daban, y después pasaba arrodillado delante del Santísimo hasta la medianoche.»

—Nosotros recordamos, los seráficos de 1901-5, que íbamos a curiosear su servilleta, y allí no había más que mendrugos enmohecidos y, de postre, higos secos, surcados en todas direcciones por los gusanos. A veces también sorprendíamos abierta la celda, al lado de la antigua tribuna, y como s¡fuera la celda de San Pascual y el Beato Andrés Hibernón; ¡tanta era su pobreza y austeridad!

Con esta breve iniciación al capítulo de las mortificaciones de Fray Humilde, dejo abierto este tema para que lo vayan completando los testigos oculares que aun quedan.

Fr. Domingo Savall, ofm

Ideal antoniano

El amor a nuestros enemigos

San Antonio de Padua, como perfecto imitador que era del Divino Maestro que, por amor de los pecadores, sus enemigos, descendió del cielo y quiso padecer y morir para redimirlos, fue modelo de caridad para con los enemigos.

San Antonio de Padua, considerando a todos como hermanos suyos e hijos de un mismo Padre, redimidos con la misma preciosísima sangre, los abrazaba a todos con caridad ardentísima, dándoles cabida en su corazón inflamado de amor. Muchas veces se vio en peligro de perder la vida por su apostólico celo y por la solicitud con que buscaba a los pecadores para convertirlos al Señor. Unas veces, sus enemigos le presentaban en la mesa comidas dañosas, como inmundos animalejos; otras, le ofrecían emponzoñado licor para acabar con su preciosa vida; ya se apostaban en asechanzas, con el puñal asesino en la mano para matarle; ya se cebaban sus lenguas con feas y denigrantes calumnias; pero el Santo vencía con bien el mal, y por medio de los milagros convertía en delicado manjar y en generoso vino la comida y bebida emponzoñadas, y con su elocuencia persuasiva y su vida, toda pura, convertía a sus perseguidores y confundía, la malignidad de sus émulos.

Esta era la conducta de San Antonio, bien distinta, por cierto, de la nuestra. Nosotros, apenas se nos hace una pequeña injuria, cuando ya sentimos, en nuestro corazón, un movimiento de aversión, al que, lejos de sofocarlo prontamente, le damos más viento, persuadiéndonos más y más del agravio que se nos ha inferido y exagerando la ofensa que se nos ha hecho. Acostumbrémonos a perdonar generosamente todas las malas acciones con que nuestros hermanos nos puedan desagradar, seguros de que, por este medio, imitaremos al glorioso San Antonio y alcanzaremos de Dios bendiciones y gracias abundantes. Entonces podremos decir confiados y como exigiendo justicia: "Señor, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores." (Mt 6, 12).

Tal vez sea algo difícil a nuestro amor propio este amor de los enemigos, y la carne se resistirá, pero venzámonos a nosotros mismos, triunfemos del enemigo que nos quiere hacer más dificultosa la victoria, y Dios, en vista de nuestra generosidad, se olvidará de nuestras iniquidades y nos perdonará las deudas contraídas por nuestras culpas.

Consultorio religioso

—¿Es pecado coger a una madre quince o veinte pesetas para caprichos y luego devolvérselas, en pocos días, de peseta en peseta?

—Sin duda se refiere usted al pecado del hurto, y éste no lo hay s¡verdaderamente, al coger el dinero, se tiene la intención de devolverlo, s¡se tiene posibilidad de hacerlo y, por otra parte, ello no supone daño alguno al dueño. Porque no hay una verdadera apropiación de lo ajeno, n¡un uso que pueda causar daño al propietario.

Fácilmente habrá, sin embargo, algún pecado —que en estas cantidades no pasará de leve— s¡ello incluye desobediencia, despilfarro, mal ejemplo, temeridad, etc.

¿Qué es una Orden Tercera, cuántas hay y cuál es la primera y más antigua?

—Es una asociación piadosa de personas seglares que están bajo la jurisdicción de una Orden religiosa y que viven según el espíritu de la misma, y procuran adquirir la perfección cristiana en medio del siglo, según las Reglas aprobadas por la Sede Apostólica (Can. 702).

Son muchas. He aquí las principales: La V. O. T. de San Francisco, la de Santo Domingo, la de San Agustín, la del Carmen, la de los Servitas, Mínimos, Trinitarios, Premonstratenses y Oblatos de San Benito.

La primera y más antigua es la de San Francisco, que fue inspirada por Jesucristo al Seráfico Patriarca, y en la que se inspiraron los demás fundadores.

—¿Pueden los enfermos recibir la Eucaristía después de haber tomado alimento?

—Por licencia de la Santa Sede, los enfermos que guardan cama desde hace un mes, sin esperanza cierta de una próxima convalecencia, pueden, con el consejo prudente de su confesor, recibir una o dos veces por semana la Santa Eucaristía, aunque hayan tomado antes alguna medicina o alguna otra cosa a manera de bebida.