De nuestras misiones en China
Las postrimerías de la leprosería de Mosimien
(Continuación)
No, no debía ser muy duradera su soledad, pero, en cambio, le sería de mucho trabajo misionero.
Los cristianos de toda aquella dilatada región, privados como habían quedado de sus respectivos misioneros, se aprovecharon abiertamente de su ministerio. Él atendía a todos de día y de noche sin ahorrar fatigas n¡trabajos, con el amor de una madre cariñosa en torno a la cual se congregan los hijitos, llorosos y hambrientos. Ellos, en cambio, le proveían de todo lo necesario y con tal abundancia, que, al tener que abandonar su casa, dejaba en ella provisiones que habrían bastado para una pequeña comunidad durante un trimestre.
N¡le faltaba tampoco el trabajo de una espiritualidad más elevada con un grupo de oblatas de las Franciscanas Misioneras de María dispersas por aquella región. Estas, capitaneadas por una de ellas, de raza «lola» —que había sido heroína de la virginidad y de la fe—, tenían su reunión semanal en la casa del Padre, quien las animaba a permanecer fieles a sus compromisos religiosos y las instruía sobre el modo de ejercitar con celo su respectivo apostolado clandestino.
Su relación con los leprosos quedó oficialmente cortada desde el primer día, ya que le cerraron las puertas del establecimiento, pero su actividad oculta e indirecta con ellos se intensificaba de día en día.
En dos meses sólo tres veces fue invitado por los nuevos amos a entrar en el recinto de la Leprosería para arreglar los inconvenientes que ocurrían en la central eléctrica. A su paso, los leprosos le saludaban silenciosamente y algunos se daban golpes de pecho. El Padre correspondía sonriendo a aquéllos y dando la absolución sacramental a éstos. Pero fuera de estas ocasiones, ¡cuántas otras veces había oído, a escondidas, confesiones y administrado el Sacramento de la Penitencia a los enfermos!
El Padre no nos dijo de qué medios se valía para ello y sólo se limitó a contarnos que, habiendo sido descubiertas y acusadas, por espías apostados, las cinco jovencitas enfermeras cristianas, fueron castigadas, haciéndoles pasar una noche entera de enero atadas a sendos árboles, desnudas y con una sola zona a la cintura.
Aquel castigo las hizo, sí, más cautas para en adelante, pero no logró hacerlas desistir de su propósito deliberado de reincidir en su culpa y de acrecentar su apostolado con los leprosos.
El Padre, por medio de ellas, estaba al corriente de todo lo que pasaba dentro de la Leprosería, y continuaba ejerciendo, aunque indirectamente, su ministerio. Por ellas, que le informaban de palabra y por escrito, supo que, de los 200 y pico de bautizados que había dejado allí, más de la mitad permanecían fieles constantes y fervorosos. Conocía también que los paganos que allí iban muriendo —que no eran pocos— todos habían recibido el bautismo, debidamente instruidos por ellas; que un cascarrabias —que había dado mucho que sufrir a los Padres—, al sentirse morir, había pedido el bautismo, cuyas aguas le habían restituido la salud corporal y le habían trocado en un fervoroso cristiano, hambreando siempre una mayor instrucción religiosa. En cambio, ¡secretos de Dios!, había muerto, sin señalas de arrepentimiento, un cristiano que, s¡cuando pagano, había sido homicida, ya bautizado continuaba sembrando discordias entre sus compañeros.
Así se comprende que, en medio de tanto trabajo, el Padre nos escribiera declarándose feliz en su soledad. Pero también aquella felicidad debía terminar pronto
con...
La expulsión del solitario
Este, el 22 de febrero, fue llamado a la cabeza del distrito y se le intimó la orden de salir de China. En vano resistió él, alegando que podía vivir de su trabajo. La orden era perentoria y no había más remedio que obedecer. La noticia se esparció rápidamente a todos los cristianos, llenando de consternación a todos ellos.
Una leprosa, con las debidas licencias, salió de la Leprosería bajo el pretexto de arreglar un asunto familiar en la casa cercana de sus parientes. De vuelta de allí, pasó por el convento, avisando al Padre de las horas, lugar y modo con que algunos leprosos querían hacer su última confesión. Estos, a su vez, advirtieron al Padre que el celoso catequista del establecimiento —uno de los dos que fueron heridos por los rojos cuando éstos capturaron a Fray Pascualet—, habiendo salido por el despeñadero desde donde arrojaban al torrente las inmundicias de la casa, venía por la vera del mismo arrastrándose —la lepra le había roído las extremidades— en busca del Padre. Este, compadecido del pobre enfermo y poniendo en riesgo su vida, le salió al encuentro y, abrazándose mutuamente, se dieron, entre lágrimas, el último adiós hasta el cielo. El Padre preparó para los cristianos abundancia de agua bendita, pero no creyó conveniente dejarles la Santísima Eucaristía. Sólo entregó la última tarde, a las consabidas enfermeras, quince sagradas formas para que, con las debidas cautelas, las distribuyeran entre los prenotados que habían recibido, a hurtadillas, la absolución. Sin embargo, tres de ellos no se atrevieron a comulgar por no sé qué escrúpulos de conciencia, quedando nuestros Tarsicios con las Hostias sobrantes. ¿Qué hacer con ellas no pudiendo va devolverlas al Padre?
De común acuerdo, las colocaron reverentemente sobre un altarcito en su habitación: le encendieron una lamparita; durante toda la noche iban relevándose, y, a la mañana siguiente, después de una Hora Santa de preparación, se comulgaron ellas mismas. ¿Quién fue más feliz en aquel encuentro?... ¿Aquellas almas o el mismo Jesús?
A la hora señalada, el solitario expulsado emprendió el camino del destierro. Junto a la puerta de la Leprosería, y a lo largo de sus muros, se hallaban las enfermeras y leprosos, que, llorosos, le pedían la bendición de despedida. El Padre se la daba también conmovido. A medida que avanzaba en su camino, por el valle, a su llegada a Mosimién, y aun más allá, los cristianos que trabajaban en el campo se le acercaban y le seguían sollozando, formando como una comitiva de honor. Era una vía dolorosa y una marcha triunfal. Por fin, el desterrado, valiéndose de su autoridad, les mandó volvieran a sus casas, después de bendecirlos por última vez. Obedecieron ellos, pero entonces las lágrimas surcaron también las mejillas del Padre. Así terminaba la historia franciscana en Mosimién.
Memorias de Fr. Pascualet
Aprovechando su paso por aquí del último desterrado de la Leprosería y con m¡deseo de recoger todos los datos útiles, cuidé de entrevistarme con él.
—¿Qué recuerdos han quedado —le pregunté— del paso de Fr. Pascual por Mosimién?
—Sus esculturas, especialmente las de San José, San Rafael y San Gabriel, de la fachada de la iglesia, han sido decapitadas. A m¡salida estaban aún intactas la Virgen, a la entrada de la Leprosería, y los retablos simbólicos, en madera, dentro de la iglesia.
—Y los objetos del mismo Fr. Pascual —vuelvo a preguntar—, ¿dónde han ido a parar?
—Sus libros de piedad —contestó—, su manuscrito o diario espiritual, sus instrumentos de trabajo y de penitencia, los recogí, como reliquias de un santo y mártir, y las coloqué, junto con los vasos y ornamentos sagrados, en un escondite tal que es imposible lo descubran y profanen los rojos.
—¿No resta —insisto aún— alguna otra memoria de aquel m¡connovicio?
—Sí— añadió—, quedan dos recuerdos vivientes. Entre los leprosos, la gran devoción que le profesan, venerándolo como a un santo y encomendándose a él en sus apuros. Para que no se pierda su memoria se cuida de que siempre en la Leprosería haya alguien que lleve el nombre de Pascual.
El otro recuerdo viviente es el celoso catequista de todo el valle, Juan Bautista Tsen-fu-in, antiguo discípulo de escultura de Fr. Pascualet, quien profesa una grande veneración hacia su maestro, cuyas virtudes cuida de imitar. Este, en las actuales circunstancias, lucha con santo denuedo y heroísmo contra el cisma que ambas Comunidades Franciscanas le dieron el sobrenombre del «Apóstol» o de «Pablo el invicto».
La sombra benéfica del mártir defienda desde el cielo la fe de los leprosos que él tanto amó.
Reportajes de Irlanda
Otras impresiones
El agua es el primer elemento de producción agrícola de un país. De esto es un claro exponente nuestra región levantina. Irlanda, que es un país en donde llueve mucho y en donde hay amplios ríos, que se les puede canalizar porque es, en su mayor parte, llano, carece de agricultura. Allí el problema no reside en el agua, sino en la pobreza del suelo. Cualquiera creería, al presenciar el aspecto externo del campo, pródigo en arboledas, feraz en retamas, tupido y fácil en pastos y siempre muy verde, que aquello era el país de Jauja. Nada de eso. Toda esta espontánea vegetación es sólo un antifaz. Con sólo ahincar en tierra la hoja de acero del azadón, arañando simplemente la superficie, se llega a una capa compacta, oscura, de restos vegetales, que arde a las mil maravillas. En algunas partes he visto en el campo anchas zanjas, removida la tierra que recubre esta inmensa sepultura de otros años, y amontonarse como en forma de adoquines ese económico carbón.
Los pocos camiones que desfilaban por las carreteras eran invariablemente destinados al transporte del carbón nacional, que por ser de mala calidad se consume en gran escala. De verdad que s¡me preguntaran por la tierra de labor, por los setos, les había de responder que no he visto n¡tan sólo una muestra. Sin embargo, sí que v¡en sus mercados algunas de nuestras legumbres (escarolas, coles), y me afirmaron seriamente que se cultivan muchas patatas. Exceptuando esa parcelita dedicada a las flores delante de la casa, como un reto a la tristeza del ambiente, lo demás queda a merced del pasto. Muy verde, sí, como de ensueño, pero sin fecundidad. El ganado vacuno, que, de joven, aprende sólo el camino del coto del dueño, se encarga de segar y preparar su alimento. El campo es siempre una exposición de estos lentos cuadrúpedos, pero sin que por ello se reproduzca n¡lejanamente un cortijo de los nuestros.
¿Cuál es el índice del americanismo? Como en cualquier otro país, a Irlanda llega el americanismo, pero con insinuaciones más definidas quizá. Una de las causas la trae la vida y la economía nacional. Pobres en materias primas, faltos de grandes industrias nacionales, tienen que aceptar los productos yanquis y norteamericanos, y tras este abordaje externo de lo material, viene el tributo de las costumbres. Además, muchos de sus naturales saltan a Norteamérica para buscar su trabajo y emplear sus actividades, que, al volver a su casa, siguen obrando en norteamericano. Para ellos esta emigración no supone el esfuerzo que en nosotros al poder entrar en contacto con su lenguaje en cualquiera de los problemas vitales.
Figúrense que con la radio están prendidos, como s¡fuera el auricular de su teléfono, de las noticias, las costumbres, modas, deportes y clima vital de los norteamericanos. Que también para ellos es su cantor Bing Crosbi; que el constructor de sus coches es Ford; que la bebida más abundante es el «whisky»; que la música más común es el «jazz». Lo de les coches tiene una clara explicación, pues Ford es nacido en Irlanda y ha querido dar todas las facilidades a sus compatriotas, proporcionándoles, a precios económicos, tipos «standard», que ruedan, como plagas, por cualquier sitio y en manos del obrero. El problema de conductor está resuelto porque cada uno conduce el suyo, y en este cada uno incluyo las señoras y señoritas, con tal que tengan catorce años. Al recordar a ellas, añado su costumbre de quemar tabaco, que a veces supera a la de los hombres. No sé la distracción que les producirá el humo, pero me figuro que ha de ser más por no desentonar con sus ídolos los norteamericanitos. También los vestidos son, en general, de confección apresurada, de poco gusto, que a veces llega a la indolencia. Esto último más bien pertenece a su carácter, a sus formas simples, no bien conectadas con el espíritu europeo. La juventud, en esto les alabamos: se presenta mucho más natural y modesta que en otra parte.
Pero, en fin, el americanismo es tan sólo en ciertas manifestaciones, y, por lo que se ve, se trabaja afanosamente para que la vida irlandesa no la anegue el americanismo, para que los pequeños charcos no se conviertan en avenida de aguas. Se estimula en las escuelas el estudio del irlandés, los bailes folklóricos y el ritmo popular. Se difunde copiosamente el paisaje y rincón típico para que los espíritus se oreen con los vapores de la tierra casta y los limpios, estimulantes, de las aguas, como son los alrededor de Clonmacnols y de los lagos de Killarney.
S¡me dan a elegir, prefiero siempre ese aspecto íntimo de la vida irlandesa, tibia y elemental, capaz de versificarse mejor por estar más unida al campo, al mar y a la religión. A mí me encantaban las diminutas recias carretas tiradas de un par de cabeceantes, voluntariosos toros, con las verduras para ser regateadas en el mercado, y las viejecitas, enlutadas, con olor a ropa de arcas centenarias, preparar el té que se encarga, con su vaho, de incensar las horas de la familia.
Consultorio religioso
¿Puede un franciscano jugar como profesional en un equipo de fútbol, a fin de ganar dinero para obras de caridad?
Esta situación, no prevista en el Código Canónico, acaba de presentarse en Italia. Un Padre franciscano, que se distinguió como futbolista en los partidos celebrados por los alumnos de su colegio, ha recibido varias ofertas de equipos italianos para jugar como portero profesional. El franciscano desearía aceptar alguna de estas ofertas, a fin de ganar dinero, que se compromete a emplear en la restauración de los conventos franciscanos destruidos y en el mantenimiento de escuelas gratuitas.
Se dirigió al superior de su convento pidiendo la autorización necesaria, y éste refirió el caso al P. Antonio Lunardi, del Ateneo Antoniano de Roma y una de las mayores autoridades en derecho canónico de Italia. El P. Lunardi, después de estudiar el caso, contestó negativamente: según él, se trataría de un contrato de servicios remunerados, y a los franciscanos les está prohibido hacer cualquier contrato, ya que la Regla priva a los miembros de la Orden de toda capacidad jurídica.
Por otra parte, la Regla franciscana prohíbe también el «uso civil» del dinero, por lo que, en opinión del P. Lunardi, de nada sirve la invocación de los buenos fines a que ésta se destinaría. Por último, el propio San Francisco recomendó a los frailes de su Orden que «s¡el dinero no llegase, recurriesen a las limosnas».
De esta respuesta negativa no se considera imposible que el franciscano acuda al tribunal del Santo Oficio, en Italia, pero todas las probabilidades parecen estar en contra suya. En efecto, el Código de Derecho Canónico, en su artículo 188, establece que «Los sacerdotes no jugarán dinero a los juegos de azar». La cuestión está en s¡se puede considerar o no el fútbol como un juego de azar. La interpretación corriente en sentencias de tribunales civiles es que no debe considerarse como tal, sino un deporte y un juego de destreza. S¡el tribunal del Santo Oficio aceptara esta interpretación, es muy probable que se autorizase al fraile para jugar como jugador profesional.
Sin embargo, no falta quien cree que no se recurrirá al Alto Tribunal canónico. En efecto, dado lo explícito de la Regla franciscana sobre el particular, se cree que el fraile en cuestión se someterá a la opinión del P. Lunardi.
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