Noticias

Bendición de la nueva imagen del Corazón de Jesús en Carcagente

Aunque en poco tiempo y durante el año anterior tuvimos el gozo de ver en nuestra iglesia de San Francisco, de Carcagente, las bellas imágenes de los Santos que más devoción producen en los fieles, y recibidos con los honores de embajadas celestiales, sin embargo faltaba una muy principal, una imagen que no necesita de ningún panegírico para hacerse introducir en la piedad de los hombres: la imagen del Corazón de Jesús.

00Se tenía el lugar destinado en la iglesia y hasta hubo quien, interesado por la excelencia del Corazón de Jesús, hizo conocer su devota protesta (que n¡Dios n¡nosotros hemos de tomar en cuenta) porque el sitio indicado para la imagen del Corazón de Jesús era el altar en donde San José muestra, complacido, su vástago florecido y el sin par Niño. Esto nos dice que también había una ahincada piedad preparada.

¿Fue una interna voz que Jesús dio en el corazón de sus almas o fue la exigencia de la piedad que salió por sus fueros? De cualquiera de las formas que sea, las señoritas CONCEPCION y AMELIA AMADOR PALAU se han declarado almas finamente piadosas y nuevamente bienhechoras, que con sus donativos van ornando la iglesia de San Francisco, del Pobre Francisco, que quería toda la riqueza para las iglesias. Nuestro pláceme y reconocida gratitud a las indignes bienhechoras, señoritas Conchita y Amelia, y a todos los que colaboraron en el traslado y bendición de la imagen.

A todos, repetimos, nuestra enhorabuena, a quienes pusieron al servicio del Corazón de Jesús su entusiasmo para hacer imborrable la tarde del 5 de febrero.

Miembros de la Venerable Orden Tercera y de la Pía Unión de San Antonio y devotos se congregaron, al atardecer, en la casa de las donantes, donde el P. Rector, Luis Mª Torres, bendijo solemnemente, y según ritual, la imagen. La banda de tambores y cornetas vertieron un aire de procesión. En cabeza, los alumnos del Colegio y Escuelas; luego, los miembros de nuestras asociaciones, la imagen, espléndidamente iluminada, y luego, la presidencia del P. Rector, Hermano Mayor de la V. O. T., otros señores y la banda de alumnos.
Era una verdadera tentación volverse atrás para contemplar el lento avance de la imagen del Corazón de Jesús por la vía más concurrida de la población. Los que formaban en las filas se daban algún traspiés y algún involuntario empellón; los que se detenían en las aceras perdían el diálogo y sus prisas para prenderse de la magnífica talla, grave, bondadosa, polícroma. La calle se inundó por unos momentos de suavidad; un contraste delicioso, con el barullo que tiene siempre.

Mientras se le colocó en la peana, el pueblo cantó el «Ven, Corazón Sagrado», y tan hermosa quedó la capillita, gracias al gusto del P. Rector, que se pensó que aquello podía ser lo definitivo. Cuando estuvo la imagen del Corazón de Jesús en su lugar, el P. Pacífico Torres, que llegó ex profeso de Valencia para el acto, le dedicó la primera salva de honor, que fueron más bien recogidas y más vistosas que el color y estruendo de una traca; el fervor de sus palabras llegaron a ser un excelente panegírico y hasta a conmover líricamente el corazón.

También Fr. Estanislao entró en esa emulación santa y en esos solemnes instantes de la colocación lució en la mesa del altar el mantel iluminado por su pincel.

Al día siguiente —primer viernes de mes— ya recibió, en aquel lugar, el Señor la dulce devoción a su Sagrado Corazón.

De la belleza de la imagen, de su riqueza, la pueden entrever los lectores por el cliché que se reproduce en esta página, que no pedía ser menos tratándose del insigne escultor valentino señor Royo-Rabasa.
Solamente deseamos que el entusiasmo puesto para la bendición de la imagen del Corazón de Jesús continúe para que pueda ser consuelo de muchas almas y bendición para los que cooperen a su devoción

P. D. Cervera

De Pego

Recientemente se han celebrado en esta villa, con gran brillantez y rotundo éxito, unos actos artísticos, muy simpáticos, a beneficio de la reconstrucción del altar de la Purísima del convento de los PP. Franciscanos, cuyo acontecimiento nos obliga a escribir esta crónica.

El citado convento, que fue profanado durante la guerra, se va restaurando gracias a la gran consideración y afecto que todas las clases sociales pegolinas han dispensado siempre a la Comunidad franciscana desde que se estableció en esta villa, hace poco más de unos cincuenta años.

Pego, por múltiples razones, debe eterna gratitud a los frailes, pues nadie como ellos, con la sencillez y la humildad que les caracteriza, han sabido conquistar el sensible corazón de los pegolinos, conquista ganada con sus obras benéficas. Su contribución a la cultura por medio de la enseñanza primaria, paciente, abnegada y... gratuita; su pronta y eficaz colaboración y asistencia sanitaria y espiritual en calamitosas epidemias y enfermedades graves, que no pueden n¡deben olvidarse, y la distinción que ha merecido el convento de Pego, allegando, en su amplitud claustral, a las más prodigiosas figuras de la Orden, son motivos más que suficientes que dicen, con clara elocuencia, cuál es el deber que todo buen pegolino tiene que cumplir.

El carácter del pueblo de Pego, trabajador incansable e interesado, aparenta ser un poco egoísta y materializado; pero siempre ha sabido responder al primer aldabonazo benéfico que haya lanzado cualquier anónimo recordador de deberes, y con más premura y entusiasmo s¡se ha tratado del convento. Y eso, precisamente eso, es lo que ha hecho en los recientes actos artístico-benéficos a que hago referencia al principio, adhiriéndose todo el vecindario a la contribución propia de su despertar altruista y arrogante.
Felicitamos al P. Bernardo Llopis, alma de los citados actos, que ha sabido ganarse la simpatía y el corazón de los pegolinos, con el brío de su juventud emprendedora, compatible con la humildad franciscana, y le auguramos que, de mantener despierta la conciencia católica, conseguirá llevar a feliz término, en breve plazo, la reconstrucción total del convento de Pego.—Carmelo Giner.

Leyendas de la Pasión

Los ecos del "Sea crucificado"

Tito acaba de ponerse al frente de las legiones romanas. A raíz de su promoción, un postrer requerimiento de su padre, elegido Emperador, le urgía la terminación de las operaciones de Asia. Respondiendo a este mandato y reputando muy cuerdamente que, con la toma de Jerusalén, centro y baluarte de la vida hebrea, se desmoronaría la moral combatiente de los judíos, se personó ante la ciudad, determinado a formalizar su asedio.

El cerco de hierro, que paulatinamente iba estrujando el corazón de Palestina, estaba para cerrarse; pero Tito aparecía preocupado por el problema de estrategia planteado por la depresión del valle de Josafat, que hacia de foso imponente en la defensa de Jerusalén. No se podía pensar en un gigantesco puente levadizo que, uniendo la cresta del Olivete con la terraza del templo, salvase aquella sima, y por eso se decidió a elevar, frente a los muros en escarpa del templo, terraplenes, desplazando rocas de la vertiente opuesta. Para comprobar, sobre el plano de la realidad, lo que de factible tenía su designio, salió un día de su campamento, acompañado de fuerte escolta. Adelantaba por la cima del monte de las Olivos, cuando de un conjunto de rocas se descolgó un desconocido, que despertó las sospechas de los legionarios, pues se dio a huir monte arriba hacia Betania, agazapándose en los claros del camino y aprovechando las sinuosidades y malezas para correr. A una insinuación de Tito se desplazaron dos legionarios, que, después de pisarle largo rato los talones, le dieron alcance.

El General, entretanto, había llegado al promontorio formado por las mencionadas rocas sobre la cumbre del monte, y en este escenario, especie de balcón abierto a los horizontes y a las maravillas de la Ciudad Santa, hizo alto, forzado por un espectáculo nunca visto, que ofuscó su mirada. El sol, encendido en grandes llamaradas, reflejando sobre los cimientos y en los pináculos del templo, se rompía en centelleos de arco iris y en haces de colores. Aquella visión deslumbradora le llegó al alma y, entre pesaroso y conmovido, dando bien a entender lo ineludible del destino, exclamó: «Los cielos son testigos, oh ciudad ingrata, que nunca te destruiría, pero los dioses me fuerzan y tú te obstinas en no reconocer dónde está tu salvación y por eso no quedará de t¡piedra sobre piedra.» Este arranque, muy propio de un Emperador todo dulzura y bondad, que la historia recogió y nos transmitió por órgano de Josefo, dejó suspensos a los circunstantes y arrancó un hondo suspiro y una fuente de lágrimas al sospechoso fugitivo que acababa de llegar ante el General, arrastrado por los legionarios. Se trataba de un cristiano judío, rezagado de su comunidad, la cual estaba a salvo del otro lado del Jordán. Las lágrimas interesaron más el corazón dulce de Tito que lo furtivo de su fuga, y preguntó insistentemente por la causa del llanto, aplazando el conocer la actitud que le llevó a aquellos parajes, zona peligrosa y controlada.

El cristiano, aborigen de Betania, seguidor y admirador incondicional de Jesús de Nazaret, expuso que, judío por ascendencia, había venido allí a despedirse de aquella ciudad y templo tan caro a todo corazón israelita y que sobre el repecho meditaba una profecía que, sentado en él, hiciera Jesús. El cristiano suspiró: «Mis lágrimas nacen de que tu imprecación y decisión, oh General, concuerdan y vienen a realizar el vaticinio de m¡Maestro, y de que, tanto tú como él, atribuís a la ceguera de Jerusalén su destrucción.»

De hecho, como unos cuarenta años antes, sobre aquellas rocas, sentado Jesús frente a Jerusalén, ofuscado por el mismo espectáculo que ahora extasiaba a Tito, había dicho: «¡Jerusalén, Jerusalén, s¡conocieses lo que puede traerte la paz!...; pero, porque te obstinaste, tus enemigos te circunvalarán y te estrecharán por todas partes y te arrasarán... y no dejarán en t¡piedra sobre piedra.» Al coincidir en cosa tan inverosímil, por no decir imposible, como la circunvalación de una ciudad de suyo inexpugnable, despertó la curiosidad de Tito por conocer al personaje que tal vaticinara.

El prisionero cristiano, acuciado por un santo proselitismo, se prestó a narrarle, de vuelta al campamento, la vida de Jesús de Nazaret, acentuando su mansedumbre y paciencia ante la dureza y obstinación de los judíos. La inclinación de Tito a la benevolencia le disponían a favor del popular Rabí y su exasperación contra los hebreos, al saber que Jesús fue crucificado sin formación de causa, le arrancó una orden terrible: «Cada judío que se aprese sea crucificado.» Desde aquel momento, este latiguillo «sea crucificado», atronará los espacios, vociferado por las huestes de Roma, harto escamadas. Cuando algún centinela detenía a un judío, de la soldadesca romana se elevaba una gritería estentórea con el «sea crucificado, sea crucificado». El clamor fue tomando proporciones cada vez mayores y creciendo como bramar de oleaje. En el valle de Tiropeón, en el Ofel, en las depresiones que separan el Moria de Sión, se repetía sin cesar el «sea crucificado». Muchos repararon tarde, y con daño propio, que era el mismo grito con que ellos pidieron un día la muerte de Jesús de Nazaret, añadiendo a renglón seguida: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.» Se les cumplían los deseos con creces. Aquel pueblo, que vio impasible el agonizar de Cristo, no sólo sentía galopar por la ciudad los ecos de «sea crucificado», sino que hubo de presenciar, impotente, cómo sin cesar se erigían, como testimonios vindicativos del cielo, nuevas cruces, hasta que, al decir de los historiados, «faltaron árboles para hacer cruces y lugar donde izarlas».

José García Ciudad, C. P.

—