El misterio de la Cruz
II. Con cruz no hay eterno llanto
S¡la cruz llevada pacientemente por Cristo nos lleva derechamente a la gloria, dicho se está que no dará en los tormentos del infierno quien lleve generosamente su cruz. Cielo e infierno, son términos antitéticos, diametralmente opuestos, que mutuamente se excluyen. Cielo o gloria, es la posesión inadmisible y gozosa de Dios. Infierno, es la pérdida irreparable y dolorosa de Dios. Es, pues, cosa clara y patente que s¡la cruz lleva al cielo, nos libra por lo mismo de caer en el infierno.
«De la cruz huye el diablo», solemos decir en lenguaje cristiano; y al expresarnos así no hemos de referirnos tan sólo a la cruz pintada, esculpida o enarbolada de que hacemos frecuente uso. Más que la cruz material, trofeo de la victoria de Cristo, teme el diablo la cruz viva, es decir, la mortificación de la voluntad propia, del gusto propio y del amor propio en quien vive entregado por entero a la santa voluntad de Dios. Contra éste nada puede el diablo. Bien hacemos en llevar la cruz sobre el pecho como emblema y sostén de nuestro amor a Jesucristo; pero no dejemos de procurar constantemente llevarla también en el corazón, clavándola con fuertes clavos en la santa voluntad de Dios. Esta cruz viva es la que purifica y santifica; la que nos hace fuertes contra el diablo y nos libra del infierno. Nos lo dicen las almas que llevan vida de fe y saben esto por propia experiencia.
«Los que escuchan de buena voluntad la palabra de la cruz, no temerán oír la palabra de eterna condenación en el día del juicio. La señal de la cruz estará en el cielo cuando el Señor vendrá a juzgar. Entonces todos los siervos de la cruz que se conformaron en vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza» (Kempis, 1, 2.°, c. 12).
A Santa Margarita María le rogó encarecidamente una cuñada suya le alcanzara de Dios la gracia de la salvación eterna. "Pediré tu salvación con tanto fervor —dijo la santa— como s¡se tratara de la mía; pero me da a entender el Señor que te habrá de costar caro.» «No importa; con tal de salvarme estoy dispuesta a todo; me someto a lo que Dios quiera de mí.»
A los dos días de esta conversación siente la cuñada un intenso dolor en la cara. Se le aplican varios remedios para calmarlo y resultan todos inútiles. Pasan días y semanas y el mal empeora con los tratamientos. Apurada la enferma y apurado su marido, escribe éste a su hermana pidiéndole oraciones para la salud de la enferma, y contesta Margarita: «Es voluntad de Dios que sufra esta enfermedad con paciencia para su salvación. En vano buscarás remedios humanos. No curará. No preocupe a la enferma s¡la enfermedad durará mucho o poco. Dejando esto en el secreto de Dios, ofrézcale el sacrificio de su vida para entregársela cuando a Dios plazca. Lo que Dios quiere de vosotros es sumisión a su voluntad y paciencia para llevar el mal con mansedumbre. Con lágrimas en los ojos os ruego que lo hagáis así, pues no podría dar el Señor mayor señal de su justa cólera que curarla.»
Las oraciones de Santa Margarita lograron que la enferma se sometiera plenamente a la voluntad de Dios, y en esta buena disposición murió plácidamente a los trece meses de haber caído enferma. Así va la cruz viva sacando almas de las garras de Satanás y librándolas de la condenación eterna.
La señal de la cruz hace sobre sí cada día todo buen cristiano para librarse de peligros de alma y de cuerpo.
La señal de la cruz emplea la Iglesia en sus bendiciones, en sus ritos y ceremonias. Con la señal de la cruz bendice el Obispo a los fieles; con la señal de la cruz absuelve el sacerdote a los pecadores; con la señal de la cruz comienza y acaba la misa; con la señal de la cruz y el exorcismo se nos libra del mal influjo del diablo.
La señal de la cruz hizo con su dedito sobre una piedra, todavía niño, San Antonio de Padua, y con ella puso en fuga al demonio tentador que quería estorbarle la oración. Quiso Dios que la dura piedra se ablandara bajo la mano del que entonces se llamaba Fernandito y había de llegar a ser el taumaturgo paduano, y que quedara grabada en ella la cruz, que todavía puede verse para aliento y esperanza nuestra.
La señal de la cruz puso Francisco de Asís en la túnica que le dio el Obispo
luego que hubo renunciado a la herencia paterna y entregado el dinero que tenía y el traje que vestía. Aquella cruz, trazada rápidamente con tiza, era la señal con que Francisco expresaba su firme resolución de apartarse de las vanidades del mundo y de cumplir a la letra el consejo evangélico de «dejarlo todo, tomar la cruz y seguir a Jesucristo.» Llevaba ya Francisco la cruz en el corazón y quiso llevarla también en su vestido. Con los años crecerá el amor de Francisco a la cruz y querrá llevarla viva y sangrante en su carne. Jesucristo, que le había inspirado este generoso deseo, se lo recompensará imprimiendo sus sagradas llagas en pies, manos y costado de Francisco. Francisco será desde entonces un trasunto de Cristo crucificado; será otro Cristo; será el Cristo de la Edad Media que retornará la sociedad a Jesucristo por medio del Evangelio y de la obediencia a la Iglesia Católica.
En cualquier forma en que se nos presente, es siempre la cruz digna de ser adorada y abrazada con amor. Abrazando la cruz abrazamos a Jesús y repudiamos al diablo.
Unos versos litúrgicos resumen nuestro pensamiento:
O crux, ave, spes única.
Piis adauge gratiam
reisque dele crimina.
¡Oh cruz, nuestra única esperanza, (1)
aumenta la gracia a los justos;
borra los crímenes a los pecadores.
(1) Quinientos días de indulgencia. (Sgda. Pen., 20 marzo 1934.)
Santa Clara de Asís
La hermosa
Había en Asís una muchacha hermosa. Se llamaba Clara y era la limpieza y claridad mismas. Se preciaba de su rango, de sus joyas y de sus cabellos... ¡Ay, qué cabellera! No la tenían más linda los campos de trigo maduro. N¡el sol de las mañanas. N¡los juncales de las riberas. Fuente de oro. Hilos de miel...
Salió un día la hermosa de su rica vivienda señorial y fue a visitar al mendigo Francisco, al renunciador y despreciador de vanidades, al maestro de virtudes.
Habló el mendigo evangélicamente: «Hermana Clara, s¡no renuncias a lo que amas no puedes ser m¡discípula...»
Escuchaba la hermosa con el alma abierta. Se sintió tocada de la palabra de Dios. Y replicó con valentía : «Pues yo deseo ser tu discípula, Hermano Francisco, y quiero seguirte. Toma lo que amo destrúyelo.»
El mendigo despreciador de la hermosura cercenó los cabellos de la hermosa...
Vio ella por el suelo las hebras doradas y sintió que el espíritu descansaba ágil y alegre para la virtud.
Después, ella misma fue cortando y arrojando lejos del alma los demás amores, hasta dejar vacío el corazón... Y lo llenó ansiosamente de Dios...
Desde aquel día de solemne renuncia la Hermana Clara y el Hermano Francisco no quisieron dineros, que son espinas y basuras diabólicas; n¡amaron bellezas, que son embeleco de sentidos y ocasión de daños; n¡miraron al mundo, que es una quimera sin substancia... Pero comenzaron a mirar al cielo y a llevarlo dentro de sus almas...
La Hermana Clara fue maestra de toda santidad y por largos años se alimentó de las enseñanzas del Pobrecillo. Murió en el Señor cuando estaba madura de días y de virtudes...
Una monjita de aquel tiempo, Sor Benvenuta de Perusa, atestiguó estos ejemplos: «Los oficios más despreciables y viles del convento los hacía nuestra Madre Clara con sus propias manos, que eran blancas, lindas y delicadas como de princesa... Cuando las Hermanas legas llegaban de la limosna, nuestra Madre se ponía muy alegre a lavarles los pies, y luego se los besaba. Aconteció un día que una de las legas quiso retirar el pie, avergonzada de la humildad de la santa Madre, y le pegó muy fuerte en la boca sin querer. Entonces nuestra Madre tomó el pie con blandura y, acariciándole y apretándole suavemente contra su pecho, lo llenó de besos por toda la planta y el empeine...»
P. Prudencio de Salvatierra, ofm Cap.
El buen portero
Recuerdo a Fr. Simeón Lavarías. Tengo para mí que era un santo lego franciscano. Cumplidor de su deber con extraordinario interés y prontitud. Le conocí en Teruel, donde era el portero del convento, con mucha edificación para los de dentro y para los de fuera que con él trataban.
Muy puntual. Cuando oía la campanilla de la portería llamar, acudía siempre a abrir la puerta prontamente, hasta con precipitación. No le gustaba oír segundas llamadas de la misma visita. Se le veía absorto en su oficio, como creyendo ver en el visitante al Señor en persona.
Trataba a las visitas de un modo cortés a más no poder, pero con naturalidad. No era amigo de fingimientos. Cada cual recibía según merecía, con suma caridad. S¡era u pobre el que llegaba, después de hacerle unas preguntas de Catecismo, le alargaba unos mendrugos de pan, que sacaba de un cajoncito que al efecto procuraba tener a mano, y mirando por el bien de su alma, le despedía con algún consejo.
Cuando le conocí era ya viejo, cuando pasaba de los setenta años. Tenía el cuerpo encorvado hacia delante y arrastraba los pies por la molestia de dos hernias, pero así y todo, andaba y llegaba a todo. No le daba importancia a sus achaques y procuraba cumplir su apostolado con cualquiera que se le pusiera delante. Hasta con el Obispo y los canónigos de la Santa Iglesia Catedral y con los sacerdotes. Era tan sencillo que también a estos señores les hacía mirar y admirar su calidoscopio de propia fabricación, y después de ganar su ánimo con ello, les hacía la propaganda de un libro sobre las almas del Purgatorio, por las que sentía especial devoción. De este libro es fama que colocó muchos ejemplares sin salir de la portería.
Se mostraba siempre alegre como unas castañuelas y dicharachero. Hasta de vez en cuando hacía sus alardes de dominio sobre las palomas del jardín del claustro. Era de maravillar cómo le obedecían las cándidas aves cuando llamaba a cada una con el mote que él les había puesto. Las conocía una por una, y posaban, según les mandaba, en su cabeza, en sus manos o en sus hombros sin mostrarles comida. Los revoloteos de las palomas en juego infantil con Fr. Simeón reproducían al vivo una estampa de poesía muy propia de los compañeros del Seráfico Padre.
Aún no se han acabado las Florecillas de San Francisco.
Enrique Barrachina Gil, presbítero
Párroco Arcipreste de Chiva (Valencia)
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