El misterio de la Cruz
III. Santidad y cruz es una
«Dios es Amor», según gráfica y profunda expresión de San Juan, el discípulo amado de Jesús.
Dios es santísimo, tres veces santo como dicen los sagrados libros; es santísimo con santidad substancial inseparable de su naturaleza porque se identifica con ella: «Dios es Santidad.»
Uniendo los predicados de estas dos proposiciones de idéntico sujeto, se dice comúnmente que «la santidad es amor».
Ahora bien; en las actuales condiciones de la vida en este mundo, el amor no tiene lenguaje más elocuente con que expresarse que el sacrificio doloroso. «Me amó y se entregó a la muerte por mí», dice San Pablo (Gal 2, 20) refiriéndose a Jesucristo; y en justa correspondencia no sólo estaba el gran Apóstol dispuesto a «ser encarcelado y a sufrir la muerte por Jesucristo» (Act 21, 13), sino que declara que vivía de continuo tan entregado a la fe de Jesucristo y a la práctica de su doctrina, que en realidad, aunque por modo misterioso, «estaba clavado junto con Cristo en la misma cruz» (Gal 2, 19).
S¡la santidad es proporcional al grado de amor a Dios, y el amor se mide por el sacrificio propio, y este sacrificio recibe, en lenguaje cristiano, el nombre de cruz, cosa clara es que «santidad y cruz es una misma cosa», y por tanto, que a mayor cruz, generosamente aceptada y llevada con paciencia, corresponde mayor amor y mayor santidad.
Recordemos a este propósito que precisamente en la paciencia ponen los santos la prueba auténtica de la virtud sólida y de la santidad de vida. «S¡un alma tiene más paciencia para sufrir —dice San Juan de la Cruz en sus avisos— y más tolerancia para carecer de gustos, es señal que tiene más aprovechamiento en la virtud.»
Y en cuanto a la íntima relación entre la cruz y la santidad, dice el mismo Santo: «Querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste... sino en una cosa sola necesaria, que es saberse negar de veras en lo exterior e interior, dándose al padecer por Cristo. Esto enseñó Su Majestad a aquellos dos discípulos que le iban a pedir diestra y siniestra, cuando, no dándoles ninguna salida a la demanda de tal gloria, les ofreció el cáliz que él había de beber como cosa más preciosa y más segura en esta tierra que el gozar» (Subida, 1, 2, c. 7).
Muy práctico es, y a todos nos sería provechoso para estar dispuestos a llevar con paciencia nuestra cruz de cada día, el consejo que dio San Juan de la Cruz a un religioso que anhelaba llegar a la perfección. Le decía «que no había venido al convento a otra cosa sino para que le labren y ejerciten en la virtud como piedra que la han de pulir y labrar antes que la asienten en el edificio.
Y así ha de entender que todos son oficiales que tiene Dios allí puestos para que le labren y pulan en mortificación; y que unos le han de labrar con la palabra, diciéndole lo que no quisiera oír otros con la obra, haciendo contra él lo que no quisiera sufrir; otros con la condición, siéndole molestos y pesados en sí y en su manera de proceder...; y todas estas mortificaciones y molestias debe sufrir con paciencia interior, callando por amor de Dios..., y no llevarlo de manera que, en lugar de aprobarle Dios en la probación, le venga a reprobar por no haber querido llevar la cruz de Cristo con paciencia».
Tal es la enseñanza más o menos explícita de todos los santos, y tal es la constante práctica de ellos, más elocuente y persuasiva aún que sus palabras.
Santa Teresa aprovecha toda ocasión que se le ofrece para decir que s¡queremos asegurar el reino de los cielos no nos conviene huir del padecer, porque no con descansos, n¡con regalos, n¡con honores se ha de ganar lo que Jesucristo compró con tanta sangre; y que por eso, a los que Dios quiere mucho, los lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores, pues no admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos (Véase Fundaciones, c. 10).
En su encantador estilo escribió Santa Teresita una sublime página sacada de la entraña misma de la doctrina y del espíritu de Jesucristo: «Jesús me enseñó que la única grandeza apetecible consiste en querer ser ignorada y tenida por nada, en poner su gozo en el desprecio de sí misma... Tuve sed de padecer y de ser olvidada... Los tres años de la enfermedad de m¡padre me parecen los más amables y fructuosos de m¡vida; no los cambiaría por los más sublimes éxtasis... ¡Bendito seáis, Dios mío, por estos años de gracias que pasamos en el dolor! ¡Cuán preciosa y dulce fue nuestra amarga cruz, puesto que nuestros corazones suspiraban de amor y de agradecimiento! No andábamos, sino que corríamos y volábamos por las sendas de la perfección... Llegó entonces a saciarse m¡deseo de padecer, mas no por eso disminuyó el atractivo que me inspiraba; por eso compartió luego m¡alma la tribulación del corazón y aumentó la sequedad sin consuelo del cielo n¡de la tierra. Con todo, en medio de aquella tribulación que yo misma había llamado con vehementes deseos, era la criatura más feliz» (c. 7).
Este es el sentir de todos los santos, y no puede ser otro porque el Espíritu de Jesús es quien excita en ellos los mismos sentimientos que excitó en Jesucristo. Santa Margarita de Cortona decía a su confesor de parte de Dios: «No se va a Jesús sino por el Calvario. Las gracias de Dios son proporcionales a las tribulaciones padecidas.»
Teniendo esto presente no es de extrañar lo que se nos cuenta de Santa Catalina de Sena, a quien presentó Jesús dos coronas, una de flores y otra de espinas, diciéndole que eligiera la que quisiera llevar. La enamorada santa eligió la corona de espinas que llevó su divino Esposo y la apretó fuertemente contra sus sienes. Otro tanto se nos cuenta de Santa Verónica de Julianis y de Santa Margarita de Cortona, y se nos contaría de otros santos s¡se hubiera escrito todo lo que ellos hicieron.
A Santa Margarita María le presentó Jesús dos perspectivas muy diversas para que escogiera la que más le agradara, asegurándole que los mismos dones le concedería cualquiera que fuese su elección. En la primera le presentaba una vida llena de paz, de consuelos, de salud y de estima. En la otra, una vida abyecta, sacrificada y dolorosa. Margarita dejó amorosamente en manos de Jesús la elección. Insistió Jesús en que eligiera, ella misma, y repuso la santa : «Vos me bastáis, m¡Dios, haced lo que más gloria os dé.» Díjole entonces Jesús que había escogido la mejor parte como Magdalena, y le entregó la perspectiva de la crucifixión diciendo : «Es lo que Yo escogí y lo que más me agrada para hacerte como Yo soy.»
En otra ocasión, «mostrándome —dice la santa— el fuego de amor en que se abrasan los serafines con inmenso gozo, se me preguntó s¡quisiera gozar con ellos, o más bien ser humillada y despreciada para establecer el reinado del Sagrado Corazón en las almas, y abrazándome sin titubear a la cruz erizada de espinas y de clavos que me presentaron, exclamé y repetí sin cesar: "Más prefiero sufrir para haceros conocer y amar, s¡queréis honrarme con esta gracia, que verme privada de ella para ser uno de esos inflamados serafines."»
Este heroísmo nos trae a la memoria lo que el P. San Francisco de Asís decía a sus religiosos a lo último de su vida: «Comencemos, hermanos, a servir a Dios, porque hasta el presente poco o nada hemos adelantado» (Celano).
Ecos del centenario de Santa Clara
Del 22 al 29 de marzo (Domingo de Pasión y Domingo de Ramos) se realizaron Ejercicios Espirituales al pueblo de Asís en la Basílica de Santa Clara, en presencia del Crucifijo que habló a San Francisco.
Empiezan estos Ejercicios en la plaza del Comune, ante el mismo Santo Cristo que habló al Seráfico Padre, y terminaron la tarde del Domingo de Ramos en la Basílica de Santa María de los Ángeles.
El día 29 (Domingo de Ramos), Evocación del célebre episodio de la vida de Santa Clara del Ramo de Olivo. Este día el Obispo de Asís ofició en la Catedral de San Rufino, donde Santa Clara recibió de manos del señor Obispo el ramo bendito de olivo.
Al atardecer, en memoria de la huida secreta de Santa Clara de la casa paterna y de su consagración al Señor en Santa María de los Ángeles, bajó en procesión el pueblo, cabildo y Obispo de Asís, rogando por la paz del mundo, mientras los hijos de San Francisco salían al encuentro de la venerable comitiva con antorchas encendidas.
Los demás actos del Centenario celebrados en España
En cas¡todos los conventos de Clarisas de España se vienen celebrando los 11 ó 12 de cada mes solemnes funciones eucarísticas con plática y preces por la paz del mundo.
En el convento de Santiago, el día 12 del pasado marzo, se celebró, a las diez, misa cantada, quedando expuesto Su Divina Majestad hasta las siete de la tarde, en cuya hora se celebró solemne función eucarística con sermón, a cargo del P. Isorna, Director de El Eco Franciscano.
—
