El misterio de la Cruz

IV. No hay cruz que no tenga santo

Los trabajos y afanes de la vida; las penas del cuerpo y las tribulaciones del alma; los disgustos, sinsabores, contrariedades y aflicciones que a todos alcanzan; las enfermedades, dolores, privaciones; los quebrantos de fortuna; las injurias, injusticias, postergaciones, odios y venganzas; los menudos incidentes de cada día que, como chinitas en el calzado, nos lastiman en el camino de la vida, o como punzantes espinas se nos clavan, lacerándolo, en nuestro delicado corazón, todo aquello que el mundo tiene por desgracias y calamidades; todo esto lo designa con el comprensivo y venerado nombre de. Cruz el buen sentido cristiano ilustrado por la fe.

La fe nos abre los ojos del alma para que, sin detenernos en la amarga corteza ni en las apariencias desagradables de las penalidades de esta triste vida, descubramos el substancioso jugo de vida eterna que ellas encierran y lo sorbamos ávidamente para nutrir y fortalecer nuestro espíritu con él. Lo que comienza siendo molesto e impertinente, acaba por ser delicioso desde que se toma voluntariamente para obsequiar con aquel sacrificio a Jesús. Así lo experimentó Santa Teresita al recibir en la cara las salpicaduras de agua sucia que lanzaba al aire, golpeando la ropa, la que estaba lavando a su lado. «El sacrificio saboreado es lo más sabroso que al alma se puede dar», ha escrito un Alma de temple; y San Juan de la Cruz ya dijo: «¿Qué sabe el que por Cristo no sabe padecer?»

No hay trabajo ni dolor grande ni pequeño que no haya servido y pueda continuar sirviendo para cimentar un alma en la virtud sólida y en la santidad.

CristoDe los santos del Antiguo Testamento nos dice San Pablo que diversamente fueron atribulados y atormentados por defender la fe y la esperanza que tenían en el Mesías prometido. «Unos fueron estirados en el potro, no queriendo redimir la vida presente por asegurar otra mejor en la resurrección. Otros sufrieron escarnios y azotes; además de cadenas y cárceles, fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba de todos modos, muertos a filo de espada, anduvieron errantes de acá para allá, cubiertos de pieles de
oveja y de cabra, desamparados, angustiados, maltratados, de los cuales el mundo no era digno; yendo perdidos por las soledades, por los montes y recogiéndose en las cuevas y en las cavernas de la tierra» (Hebr 11, 35-38).

Narrando algo de lo que padecían en su tiempo los Apóstoles, dice San Pablo: «Hasta el presente andamos sufriendo hambre, sed, desnudez, malos tratos y no tenemos dónde fijar nuestra vivienda. Nos afanamos traba, jando con nuestras manos; nos maldicen y bendecimos; padecemos pacientemente la persecución; nos ultrajan y retornamos súplicas: somos, en fin, tratados, hasta el presente, como la basura y las heces del mundo» (1 Cor 4, 11-13).

Desde aquellas fechas arreciaron progresivamente las tribulaciones y trabajos de los Apóstoles en la predicación de Cristo crucificado, Redentor y Salvador del género humano. San Pablo fue encarcelado y decapitado; San Pedro y San Andrés, crucificados; despellejado en vivo, San Bartolomé; decapitado, San Jaime; metido en caldera de aceite hirviendo, San Juan; Santo Tomás, asaeteado; San Mateo, ejecutado por mano del verdugo en el mismo altar en que estaba celebrando la Eucaristía.

Lo que multitudes incontables de cristianos padecieron en las cárceles, en trabajos forzados y en los más crueles géneros de martirio, lo sabremos por extenso en el día del juicio. Compendiosamente podemos saber algo de ello leyendo el martirologio de la Iglesia Católica.

Lo que el espíritu del mal torturó a los santos en el cuerpo y afligió en el alma no podemos llegar a comprenderlo leyendo lo poco, muy pálido y muy lejano, de la realidad que nos dejaron escrito. Las penitencias de los padres del desierto, de los monjes, de los religiosos y de las vírgenes consagradas al Señor tienen mucho de admirable; mucho que Dios pidió a ellos y no pide a todos; pero tienen una buena parte que ha de servir de estímalo y de ejemplo a nosotros.

Todo estado, edad, sexo, temperamento y condición, profesión, trabajo servil o intelectual, ha servido de medio de santificación a los buenos cristianos. No sólo los acontecimientos, los hombres y las cosas fueron su cruz; también lo fueron ellos para sí mismos sin haberlo querido ni buscado: su condición, su carácter, su temperamento, sus repugnancias y sus dificultades, sus propios gustos y apetencias fueron para muchos su cruz; la cruz que no escogieron, la cruz que Dios les deparó y con la cual vinieron a este mundo sin poder librarse de ella, o lográndolo más tarde y no tan completamente como ellos hubieran querido.

Bien podemos asegurar que no hay cruz a la que no haya estado arrimado algún santo, a cuya sombra haya vivido o en la que no haya sido misteriosamente crucificado.

Si a esto añadimos que Jesucristo sufrió pasión y cruz toda su vida desde la Encarnación al Calvario en grado tan agudo, acerbo y horrendo cual ni las inteligencias angélicas pueden comprender; y si tenemos en cuenta que estos acerbísimos dolores de Jesús fueron agravados con los de todos los hombres en cuanto miembros del cuerpo místico de Jesús, dolores que, por ser de sus miembros, sintió en sí Jesús como siente cada uno el dolor de su pie o de su espalda, o como siente la madre los dolores de su hijito moribundo; vendremos a la conclusión evidente de que no hay cruz que no haya sido santificada en Jesús y que no haya santificado luego a quien por Jesús la llevó pacientemente.

Santificada por Jesús, tiene desde entonces la cruz poder santificador. Grande o pequeña, pesada o ligera, toda cruz ha servido para la santificación de algún alma; toda cruz tiene su santo.

En el día del juicio llevará Jesús triunfalmente la cruz en sus manos; cada santo llevará la suya, y al ver la inmensa variedad de cruces que hay ahora esparcidas por todo el mundo, todas ellas hechas con astillas de la cruz de Jesucristo, quedaremos maravillados advirtiendo que no hay crucecita de éstas, reliquias que son de la verdadera cruz, que esté retirada o arrinconada: cada una de ellas habrá santificado a una o muchas almas y brillará entonces en la corona de ellas sin peso, sin molestias y sin dolor. Será una cruz radiante de hermosura y de gloria. Se habrá completado entonces la familia de los hijos de Dios. Ya no quedarán sillas vacías en las moradas celestiales. Cada hijo de Dios se habrá santificado con su cruz, y habrá ganado el cielo al precio de su cruz, y se nos entrará por los ojos que toda cruz es un don de Dios y que no hay cruz que no tenga santo.

Fr. Luis Mestre, ofm

Ideal antoniano

La de voción a la Santa Cruz

Desde que Jesucristo murió clavado en una Cruz, este instrumento de muerte, tan aborrecido y maldito, fue objeto de amor y veneración. Los Santos profesaban grande amor a este signo de nuestra redención.

San Antonio de Padua ya desde muy niño tenía cordialísima devoción a esta señal divina. Escogido, como otro San Pablo, para bien de las gentes, ilustrando el orbe con su doctrina y llenando de admiración al universo con su fama, mostró cuánta era su devoción a la Cruz santa, obrando con su señal estupendos prodigios. La mayor parte de los milagros que San Antonio obró en su vida los realizó por la señal de la Santa Cruz. Una madre pide al Santo la curación de su hijo paralítico, y con la señal de la Cruz le da éste vigor a todos sus miembros. Un joven se corta una pierna, y el Santo la vuelve a su debida sanidad mediante la señal de la Cruz. Con ella cura a los ciegos y a los sordos, a los mudos restituye el habla y da vida a los muertos. En dos ocasiones en que maliciosos herejes le dieron una comida emponzoñada, se vió libre de los efectos del veneno convirtiendo una vez, con la señal de la Cruz, un sapo en delicado capón, y otra, desvirtuando la malignidad de la ponzoña. En una palabra, San Antonio amaba a la Cruz, como discípulo ferviente de San Francisco, que con la locura santa de la Cruz supo hacerse más sabio que los sabios todos.

He aquí, cristianos, nuestra enseña; esta es nuestra bandera inmaculada, la Cruz. Bajo ella pelearon los Santos, siguiendo a su capitán Jesucristo, que venció a las potestades todas del error y las tinieblas. La Cruz es la espada victoriosa que nos defenderá en todos los asaltos del enemigo; ella es nuestro refugio y el signo de predestinación. Amemos de corazón, como San Antonio, la Cruz, y en todas nuestras obras, en todos nuestros peligros, armémonos con ella y saldremos siempre victoriosos.

Myriam

Nacimiento de la Virgen María

Un revuelo inusitado se observaba aquella mañana en la tranquila y pacífica Nazareth. Cuchicheos en las casas; reuniones en las puertas; las nazarenas estaban intrigadas: «¿Qué ocurre en casa de Ana?» Agar, la fiel criadita de Ana, salía y llegaba con recados y órdenes de los domésticos de Ana; todas le preguntaban; todas inquerían; ella, fiel a su deber, seguía su camino y callaba. Por fin, Noemi, una de las vecinas, dió con la grata nueva que puso en conmoción a Nazareth. Ana, la estéril, la anciana venerable, la dulce y piadosa Ana, había dado a luz una hermosa niña.

«¡Dios santo!», decían unas. «¡Dios de Israel misericordioso!», clamaban otras. «¿Qué será esa hermosa niña? ¡Prodigio de Jehová!»

Así era en verdad, un prodigio de Jehová.

Jamás la aurora mostróse tan lucida y resplandeciente como en aquella feliz mañana que mostraba al mundo a la hermosa, la bella, la excelsa Myriam. Las estrellas, recelosas, no osaban ocultarse en el seno tenebroso del más allá, donde no reina la luz del sol, han previsto esplendores del paraíso que lucieron en el día feliz que vió el mundo al inundarse la tierra con la luz pura y excelsa que irradió la gracia inmaculada de la primera mujer, Eva, la madre de los vivientes; la aurora preludiaba otra luz más hermosa que dejó suspensas a las estrellas; otra luz que sería tal vez su congénere, la estrella de los mares; y cuando amaneció el sol quedóse sorprendido al ver que otro sol brillaba en la tierra, dejándole confundido. Así lo era; otro sol, otra estrella, otra gracia inmaculada, que ya se mostraba radiante en aquel nuevo remanso del paraíso de Dios, donde el Creador descendería de nuevo, como en el antiguo Edén, para gozarse en la contemplación de sus bellezas.

Este era el hecho: Ana, la piadosa, a pesar de que su nombre se interpreta que es todo gracia, se vio por largos años oprimida por la dura prueba de la esterilidad, que para toda mujer hebrea era la mayor desgracia porque con ello se veían excluidas de dar la descendencia de la que pudiera nacer el prometido Mesías. Ana, pues, como su esposo San Joaquín, no habían cesado de rogar al Señor pidiéndole prole por amor a aquella que por su gracia aplastaría la cabeza de la serpiente; y tuvo la dicha de ser visitada por el ángel del Señor, anunciándole que su oración había sido escuchada por Dios.

El momento de cumplirse la promesa del ángel había llegado. Parece que la naturaleza se previno para rendir homenaje a la que había de ser su Reina. Los primeros rayos de la aurora de aquel día el más feliz, brillando con esplendidez inusitada, fueron como pregón que anunciaba al mundo su llegada. Todas las bellezas, todas las maravillas, todo el esplendor de la creación vistieron sus mejores galas. Todo en aquel momento era belleza, armonía, aromas, luz y esplendor, que formaba en conjunto el himno más concertado que jamás se había oído en la tierra, porque también llevaba armonías del cielo, dirigidas a la tierra por el coro de los ángeles. Era el momento en que la santa y piadosa Ana, como bendición de Dios, daba a luz en la tierra a la niña más sublime, más graciosa, más pura e inmaculada que produjo el poder de Dios. El cielo la reconoce por su Reina; la tierra la recuerda en su creación como la gracia que, juntamente con Dios, iba disponiendo y arreglando todas las cosas; como Ella misma lo dice en las Parábolas de Salomón: Cum ea eram cuncta componens. [Con él estaba ya arreglando todas las cosas]. La humanidad, en su desgracia, vislumbra en ella a la mujer divina que aplastaría la cabeza del dragón y sería su salvadora; el mar la reconoce por su estrella, es la Estrella de los mares; el sol, a aquella a la que ha de vestir con su luz; las estrellas, a la hermosa a la que han de servir de corona; la luna, a la que ha de servir de escabel en su exaltación, y el hermoso cielo, a la que ha de prestar para su manto la esplendidez de sus gasas de azul. Era la esperanza del mundo que había llegado a la tierra. Era Myriam la excelsa, la exaltada, la que suaviza las amarguras de la vida; era la Señora del mar. Momento el más feliz y dichoso de la humanidad. Ana había dado a luz a la Mujer predestinada para ser la escogida para Madre de Dios.

Santa Ana y la Virgen MaríaLos primeros rayos de la aurora penetraron en la morada santa para rendir homenaje a la hija de Ana, donde los ángeles y el mismo Dios contemplaban absortos su divina belleza.

Junto a la dichosa madre estaba su sobrina Isabel, que la acompañó y sirvió en tan sublimes momentos. Pasada la primera emoción, Isabel, con la criadita Agar, trataron de vestir y adornar su divino cuerpecito. Agar le iba dando las piececitas de vestir a Isabel, y ella se las iba vistiendo.

Ya compuesta y arreglada, la puso Isabel en los brazos de la madre y abrió las ventanas. Al momento salió en busca de Joaquín a darle la buena nueva. Joaquín, en una linda casita del huerto, había pasádo la noche en oración; al recibir la noticia de tan feliz resultado se postró en tierra para dar gracias al Señor. Mientras tanto Agar, la criadita, quedó con su ama absorta en la contemplación de tan bella niña, cuando un rumor de blandas alas y de suaves arrullos invadía la estancia; eran las palomas blancas que, al ver la ventana abierta, se precipitaron sobre el lecho de Ana, haciendo la rueda con sus arrullos de gloria sobre la dichosa madre y sobre aquel pimpollo de cielo que había brotado de aquel glorioso rosal.

Subió Joaquín, y al tener la niñita en sus brazos la alegría inundó sus ojos con dulces lágrimas de emoción. Cundió la noticia, y las nazarenas ya se habían agolpado a las puertas de la casa para cerciorarse de la verdad, que se había esparcido ya por todo Nazareth. Entonces Joaquín, tomando la niña en sus brazos, la enseñó con sumo gozo a la multitud no como para reprocharles sus anteriores detracciones y desprecios por su esterilidad, sino con ambiente glorioso y lleno de humildad; y levantando sus ojos al cielo, exclamó : «El Señor, en su infinita misericordia, bendijo la esterilidad de su esclava: he aquí la esclavita del Señor.» No faltaron tampoco allí las palomas, que instintivamente, al llevarse la niña de la estancia de Ana, parece se dirían como la Esposa de los Cantares: Pos te curremus in adorem unguentorum tuorum (Cant 1-9) (Correremos tras de ti atraídas al olor de tusaromas); y allí estaban revoloteando alrededor de Joaquín, dando arrullos a la hermosa niña que tenía en sus brazos.

Dice también la piadosa tradición que Joaquín, después de haber puesto la niña en los brazos de su madre, salió de nuevo a la multitud, que no cesaba de aclamar la felicidad de tan santos y dichosos esposos, y comenzó a repartir limosnas a los pobres que venían a darle albricias, y ordenó a sus pastores que escogieran de sus rebaños los mejores corderos sin mancha y los llevaran al Templo para ofrecerlos a, Jehová en acción de gracias.

La gloria de Dios habíase mostrado en Nazareth con el nacimiento de la mujer escogida y prometida en el paraíso para la salvación de la humanidad. Al octavo día había que imponerle el nombre que explicara el acontecimiento de su venida al mundo.

La imposición del nombre era entre los israelitas un acontecimiento de gran solemnidad en familia. A los varones se les imponía el nombre en la solemnidad de la circuncisión, y a las mujeres nueve días después de su nacimiento. La madre tenían el derecho de escoger el nombre, y solía darse al recién nacido el nombre de alguno de su familia, pero solía buscarse también a veces el nombre que recordara algún acontecimiento o especial significado. Eva puso a su primogénito el nombre de Caín, que significaba «Jehová me ha dado un varón», y cuando nació Seth le puso Eva ese nombre, que quiere decir «Sustituto». La madre de Samuel le puso ese nombre a su hijo, que significa «Se lo pedí a Jahvé». Así, los nombres llevaban de ordinario uno o más significados con relación al recién nacido. Esto nos da la explicación del motivo por qué a la niña recién nacida le impuso su madre Santa Ana el nombre de Myriam.

El nombre Myriam se origina de tres diferentes raíces : Mara, que significa Señora o estrella del mar ; Ram, que significa amargura del mar, y Ramam, que quiere decir excelsa, exaltada.

Ana, mientras las comadres, los familiares y vecinas discutían sobre el nombre que se debía imponer a la niña, callaba y sonreía; y llegado el momento, tomando a la niña en sus brazos, exclamó: «¡Bendito sea Jahvé que en el mar de mi amargura, en su infinita misericordia, se acordó de la ignominia de su esclava! Esta niña ha sido la estrella que brilló en el mar amargo de mi oprobio. Esta niña será la más excelsa y exaltada entre las mujeres de su pueblo; por eso será llamada Myriam.»

Por eso desde entonces, con la expectación de lo que algún día sería aquella niña, fue llamada Myriam, que por contracción se le ha llamado posteriormente María.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

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