Fulgor de incendio en el llano

Refección espiritual de San Francisco y Santa Clara.
(Óleo del insigne pintor valenciano don José Benlliure Gil.)
Clara se sentía pequeña ante Francisco, y sentía el deseo espiritual de almorzar con él aunque sólo fuese una vez.
A sus ruegos, el maestro respondía siempre con una negativa. Fueron sus frailes quienes al fin lo convencieron. «Padre —le dijeron—, ¿por qué no quieres consentir en cosa tan pequeña como es el comer contigo a Sor Clara, virgen tan santa y dilecta de Dios, que por tu predicación ha abandonado sus riquezas y las pompas del mundo? Aun más, si ella te pidiese gracia mayor que esta, opinamos que deberías otorgarla a tu retoño espiritual.»
Entonces el humilde Santo, que se sometía gustoso al parecer ajeno, dijo: «Desde que a vosotros os parece, también a mí.»
Y entonces, con su natural delicadeza principesca, quiso llegar a la perfección de la cortesía y decidió:
«A fin de que Clara se sienta más consolada quiero que este yantar se realice en Santa María de los Ángeles. Ella ha estado recluida largamente en San Damián, y ha de gozarse al ver el lugar de Santa María, donde se la consagró esposa de Jesucristo.»
Al día fijado salió Clara con una de sus compañeras de la dulce prisión de San Damián; gentilmente escoltada por los caballeros de Francisco, descendió por los campos floridos hasta la Porciúncula, y allí se arrodilló ante el altar, evocando sus desposorios con el Señor; luego, ya cuando todo estaba dispuesto, se sentaron juntos Francisco y Clara, uno de los frailes y la compañera de la Santa y todos los demás se colocaron humildemente formando círculo sobre la alfombra de hierba, a la sombra de las encinas. Jamás la Tabla Redonda había reunido tan hermosa compañía; una alegría infantil se difundió ante los caballeros, ante la presencia de la Princesa y su dama de honor.
Al primer plato, San Francisco empezó a hablar de Dios tan elevada, tan dulce, tan maravillosamente que, descendiendo sobre los comensales la abundancia de la Divina Gracia, todos quedaron en éxtasis.
Desde Asís a Betona, desde las comarcas vecinas se veía un fulgor de incendio en el llano en torno a Santa María de los Ángeles.
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Arde la aldea de los frailes!
Y los habitantes acudieron en masa a ahogar el incendio: mas no encontraron llamas en la selva; encontraron la santa compañía que, en torno a la humilde mesa, había quedado en éxtasis con las manos y los ojos elevados al cielo.
El perfecto dolor
por María Sticco
María Sticco es una escritora italiana que colabora con su pluma en la revista Vita e Pensiero, de la Universidad del Sagrado Corazón, de Milán, ambas dirigidas por el sabio franciscano P. Agustín Gemelli. Es también su colaboradora en los afanes universitarios.
Dio a la publicidad el año del séptimo centenario de la muerte de Nuestro P. San Francisco, 1936, un libro en honor del santo de Asís: San Francisco de Asís, Cristo de la Edad Media. Su intención fue presentar la personalidad del Santo en una fusión del elemento humano con el sobrenatural; lo consiguió plenamente. Su estilo es agradable y satisface al lector. En estas páginas damos cabida al episodio de la estigmatización del Santo.
Era la madrugada del 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Cruz, y Francisco rezaba con el alma agitada, como cuando en su juventud esperaba algún acontecimiento. Siempre había amado apasionadamente la insignia de su Señor, y cuando renunciara a su padre y al mundo la había estampado con yeso sobre su capa y la había impreso en su propio corazón, crucificándose a sí mismo con la penitencia... Sin embargo, eso no le bastaba. En aquella hora tan pura como para no encontrar ya en el mundo motivo de dolor, rogó el santo:
«Oh Señor mío Jesucristo, antes de morirme ruego me concedas dos gracias: la primera, poder sentir en mi alma y en mi cuerpo, en la medida de lo posible, aquel dolor que Tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerba Pasión; la segunda, sentir en mi corazón, en la medida de lo posible, ese extraordinario amor en que te abrasabas Tú, Hijo de Dios, hasta el extremo de sufrir una Pasión tan grande por nosotros pecadores.»
El verdadero amor trae aparejada una tal compenetración de cuerpo y de alma que lleva a los amantes a padecer las mismas penas y a gozar los mismos placeres; y por encima de todo hace que cada cual exija para sí los dolores del otro. Se puede renunciar a compartir los placeres, mas no los dolores del amado.
Francisco pedía amar y sufrir como su Señor; y como no concebía un amor que no se exteriorizase en actos o en padecimientos, después de haber imitado en todo a Jesucristo, después de haber renovado sensiblemente el Pesebre, le faltaba renovar, en forma sensible, la Crucifixión. Y con tal ardor lo deseaba y tanto se consumía en el incendio mental, que el Señor le participó como de amigo a amigo todo su amor y todo su dolor; lo crucificó como él había sido crucificado. De la profundidad del cielo deslumbrante Francisco vio un Serafín con seis alas de llamas: dos se extendían, sobre su cabeza, dos cubrían todo el cuerpo, dos se desplegaban en vuelo. Y en aquel pájaro divino resplandecía Cristo.

Mientras el santo admiraba la extraordinaria aparición, dividido entre la felicidad de contemplar al Señor y el dolor de verlo crucificado, un admirable ardor devoró su alma y traspasó su cuerpo, dejándole heridas espasmódicas en las manos, y en los pies, y en el costado, en tanto que una voz le decía: ¿Sabes tú lo que hice contigo? Te he dado los Estigmas que son las señales de mi Pasión para que tú seas mi portaestandarte.»
Desapareció el Serafín alado, quedó el dolor, y cuando después de mucho tiempo volvió Francisco en sí, sintió las manos mojadas y un río cálido correr por su costado. Miró: era sangre. Intentó incorporarse y sus pies no lo sostenían. Sentado en tierra, bajo el brazo verde y discreto de los árboles, se miró manos y pies, y los vio traspasados por clavos de carne, negros como el hierro, con gruesas cabezas redondas en las palmas de las manos y en el empeine de los pies, y las puntas remachadas y retorcidas apareciendo al dorso de las manos y en la planta de los pies. Abriéndose su túnica, se miró el costado izquierdo del pecho, donde sentía un dolor que le llegaba al corazón, y descubrió una herida como de lanza, abierta, roja, sangrante. Eran aquellos los Estigmas de que le hablara el Serafín. ¡Entonces había sido escuchado! ¡El amor lo había transformado en el Amado, porque uno se transforma en lo que ama!
Mientras el Serafín aparecía a Francisco una luz deslumbradora coronaba la cumbre del Alvernia, iluminando los montes vecinos y el cercano valle. Los pastores que velaban su grey se preguntaban con estupor qué cosa ocurriría allá arriba, en esa luz que no era de incendio; y algunos arrieros que iban a Romagna y que pernoctaban en un caserío en la ladera del monte, viendo la luz desde las ventanas creyeron que era de día, y quedaron azorados cuando, ya de camino, aquella aurora demasiado brillante se desvaneció, y la verdadera aurora asomó por el Oriente envuelta en sus celajes de coral.
El monte ardía espiritualmente por el gran milagro.
Pero Francisco no lo advirtió.
Consultorio religioso
¿Se suple la misa que se debió oír en domingo o día de fiesta rezando Rosarios por la tarde?
Cosa muy laudable es rezar el Rosario, visitar a Jesús Sacramentado y aun oír misa en día de hacienda, pero todas esas cosas y otras muchas más que se pudieran citar, no suplen la misa del domingo. A la obligación no se responde con cosas de devoción. Hay que cumplir con lo preceptuado si se puede. Tales devociones son muy hermosas para santificar el domingo después de haber oído misa entera.
¿Cuándo la mentira es pecado grave?
La mentira es pecado grave cuando con ella se hace un perjuicio grave al prójimo. Supongamos, por ejemplo, que a uno le preguntan si tal libro se puede leer sin reparo, y él, a sabiendas de que es pornográfico en extremo, responde que se puede leer. La tal mentira es pecado grave por el daño grave que origina al prójimo. Si sucediera que estando uno en la estación un viajero que acaba de llegar a ella preguntara a qué hora sale tal tren, y él respondiera deliberadamente que a una hora más tarde, haciendo con tal mentira grave perder al viajero el tren y originándose, por tanto, perjuicios graves de gastos y negocios perdidos, que el mentiroso debió prever, por lo menos en confuso, la tal mentira sería pecado mortal.
¿Sé puede asistir a sesiones espiritistas?
Está prohibido terminantemente asistir a sesiones, hablas o manifestaciones espiritistas, sean con médium o sin médium, con hipnotismo o sin hipnotismo, aunque tales reuniones tengan apariencia de virtud o piedad, ya sea preguntando a las almas o al espíritu o escuchando sus respuestas. Así lo declaró, en abril de 1917, la Sagrada Congregación del Santo Oficio. Nada importa para evitar la prohibición el que se proteste que no se quiere tener parte con los malignos espíritus. Peca lo mismo el que lo hace en tal forma.
Cuando un escapulario hay que cambiarlo por deterioro, ¿se ha de bendecir el que se impone de nuevo?
Si se trata de un escapulario de tela no es preciso tomar otro bendecido. Aunque no lo esté, participa de la primera bendición. Otra cosa hay que decir si se trata de la medalla que, sustituye al escapulario. Si se rompe, pierde o gasta, es preciso tomar otra bendecida.
¿Tendré yo algún mérito por privarme de las diversiones mundanas: bailes, cines, teatros, etc., no costándome ningún sacrificio?
¡Claro que lo tiene, mujer! ¡Estuviera bueno que sólo mereciéramos cuando nos sacrificamos... Para merecer con nuestras obras bastan y sobran estas cuatro condiciones:
1ª Que los actos sean libres.
2ª Que sean buenos u honestos.
3ª Que se hagan en estado de gracia; y
4ª Que se pongan movidos por la gracia.
Cierto que, en igualdad de circunstancias, merece más el que más se sacrifica; pero de esto a que sólo merezca el sacrificio hay un abismo.
Fr. Agnello
San Antonio en el Tiemblo
El milagro del Molino
Antiguamente existían en El Tiemblo, a orillas del Alberche, algunos molinos de harina, estando situado uno de ellos en el sitio llamado el moral, como a unos 2 kilómetros de El Tiemblo y dentro de su término. El molinero se llamaba Tiburcio García, y su esposa, Teresa Sánchez.
Este matrimonio tenía, el año 1860, un niño de tres años llamado Felipe, al que las gentes pusieron después el apodo de el Nene, y el cual murió, en El Tiemblo, a la edad aproximada de sesenta años.
El día 4 de octubre del citado año de 1860 se hallaba Teresa lavando la ropa a la puerta del molino, mientras el niño jugaba bajo su vigilancia.
Cerca de ellos estaba el cauce por el que corrían las aguas que ponían en movimiento el molino, sin que en él hubiera valla alguna que sirviera para evitar un accidente.
Por esto la molinera estaba siempre atenta a los movimientos del niño a fin de evitar que se cayera al cauce.
Mas en un momento en que se distrajo el niño fue hacia él, y cuando la madre volvió la cabeza vio que el niño caía ya en el agua, causándole el hecho la impresión que es de suponer.
Como muy devota que era de San Antonio, lo primero que hizo fue invocarle pidiéndole la salvación de su hijo, e inmediatamente llamó a su marido diciéndole: «¡Tiburcio, Tiburcio, cierra la compuerta! ¡Que se ha caído el niño al cauce!»
Al oír el molinero a su mujer pensó que toda precaución era ya inútil, pues dada la extraordinaria velocidad de la corriente era lógico que el agua hubiera lanzado al niño contra el rodete y éste le hubiera despedazado instantáneamente. Por esto contestó a su mujer: «¡Bueno estará el niño a estas horas!»
Sin embargo, bajó la compuerta lo más rápidamente que pudo y descendió a la cámara, donde creía encontrar los restos de su hijo.
Pero cual no sería su sorpresa al hallar que el cuerpo de éste no había llegado al rodete y que, aunque privado del conocimiento, el niño estaba vivo y sin lesión alguna.
Le recogió y entregó a su mujer, que, entre gozosa y afligida, le quitó las ropas mojadas y, envolviéndole cuidadosamente, le llevó a casa de su hermano Roque Sánchez, posadero en El Tiemblo y establecido en la calle de San Antonio (donde hoy está su hija Inés), para que allí fuera asistido por el médico de la villa.
Al poco tiempo recobró el sentido, y a las preguntas que le dirigieron, respondió, entre otras cosas: «Que no había tenido miedo porque un fraile muy bueno le había acompañado.»
Todos pensaron entonces que este fraile no era otro que San Antonio, y cuando el niño estuvo en condiciones le llevaron a la ermita para dar gracias a Dios y al Santo por el favor recibido, y cual no sería su sorpresa cuando el ver el niño a San Antonio exclamó: «¡Este es el fraile que ha estado conmigo en el rodete!»
Todos bendijeron a Dios y a su Santo intercesor y divulgaron por el pueblo tan extraordinario suceso.
Vicente Ramos Villalba
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