La Inmaculada Concepción
Naturaleza y universalidad del pecado original
Nuestros primeros padres Adán y Eva fueran elevados por Dios al orden sobrenatural y constituidos en santidad y justicia por la infusión de la gracia santificante. Junto con la gracia santificante fueron adornados, como convenía a su estado, de las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, que fluyen de la gracia santificante como las propiedades de la esencia.
Se les concedió también el don de integridad, o sea la inmunidad de la concupiscencia, por la cual los sentidos y las pasiones quedaban totalmente sujetos a la razón; el don de la inmortalidad, que les sustraía de la necesidad de morir, y el de la exención de todos los dolores y miserias que al presente nos afligen.
Finalmente obtuvieron una gran facilidad de aprender y una ciencia singular libre de error, así como una rectitud perfecta de la voluntad, exenta hasta de los pecados veniales.
Estas son las principales prerrogativas, unas ciertamente sobrenaturales, como la gracia santificante, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo; otras preternaturales, como la integridad, la inmortalidad, etc., con las cuales los primeros padres quedaron constituidos en aquel singular y feliz estado que se llama estado de justicia original.
Pero Dios instituyó el orden sobrenatural no sólo para los primeros padres, sino para toda la familia humana que de ellos había de descender ; por lo cual les confirió la gracia de origen no como un don meramente personal, sino como un tesoro hereditario, y decretó que aquella gracia fuese como un estado obligatorio para todos los hombres descendientes de Adán, como miembros de esa misma familia; condicionando, empero, la conservación y transmisión de esta gracia original a la obediencia de Adán en la observancia del precepto divino de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn 2, 17; 3, 3); cumpliendo lo cual la gracia original, juntamente con la naturaleza, se transmitiría por generación a todos los descendientes de Adán.
Como Adán y Eva, por instigación de Satanás, quebrantaron el precepto divino, por este pecado fueron privados de la gracia santificante, perdieron las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, la inmortalidad y la integridad, y como consecuencia, sintieron su inteligencia oscurecida, su voluntad debilitada y ellos mismos cambiados en peor en el cuerpo y en el alma, porque rota que hubo quedado aquella máxima armonía existente entre todas sus potencias y desaparecida aquella recta y firme ordenación a Dios, fin último, sucedieron la discordia entre la carne y el espíritu y la dificultad para huir el mal y seguir el bien.
Mas el pecado de Adán no fue sólo personal, sino también original, de tal modo que en verdad puede llamarse pecado de naturaleza, porque se le dio la justicia original, no ya como a persona singular, sino más bien como a principio y cabeza de la humanidad. Por tanto, así como la gracia original iba vinculada por institución divina a la naturaleza humana, que por generación natural había de propagarse de Adán, del mismo modo la privación de esta gracia quedó ligada, por la desobediencia del primer padre, a dicha naturaleza, que, por vía de generación carnal, había de derivarse de él mismo; y así como los descendientes de Adán, supuesta su obediencia, habrían recibido la gracia juntamente con la naturaleza, así ahora con la naturaleza que reciben en su generación contraen simultáneamente el pecado original, pecado que existe como propio en cada uno de los hombres, constituyéndoles a todos y a cada uno verdaderamente pecadores, hijos de ira, enemigos de Dios, sujetos a la muerte y a las demás miserias de la vida; en todos, menos en la Santísima Virgen María, que fue preservada de él por los méritos de Jesucristo en atención a su Maternidad divina, como diremos en números sucesivos de esta Revista.
(Sintetizado del Tratado de la Virgen Santísima, de Gregorio Alastruey.)
La adoración de los Santos Reyes
En el tiempo del nacimiento de Jesucristo, unos Magos de la Caldea, hábiles en el conocimiento de la marcha de los astros como ciencia muy común y estudiada en su país, divisaron una noche en el horizonte una nueva estrella de primera magnitud, a la que reconocieron, por su rápida marcha y extraordinario brillo deslumbrador, por la estrella de Jacob, largos años antes vaticinada por Balaán y que, según su profecía, vendría a presentarse deslumbrante en el cielo en el momento del alumbramiento de la Virgen. Las antiguas tradiciones del Irán fueron recogidas por Abulfarage Zerdscht, que, como es sabido, fue en antiguos tiempos el restaurador del magismo; era hombre de mucha ciencia, grande astrónomo, pues que estos conocimientos eran la base de sus creencias y además había estudiado y conocía mucho la teología de los hebreos, anunció durante el reinado de los sucesores de Ciro y poco tiempo después del restablecimiento del templo, profecías que tuvieron su realización. Que un Niño divino nacería de una Virgen pura e inmaculada en la región más occidental del Asia, y que una estrella desconocida en su horizonte señalaría este notable suceso y que a su aparición los Magos deberían por sí mismos llevar presentes a este joven Rey.
La magia, la interpretación sobrenatural de las cosas naturales, el comentario misterioso puesto a las cosas vulgares y corrientes, se extendía por tal extremo, que había razas y reyes magos. Con la magia unían las viejas tradiciones astrológicas intérpretes más o menos seguros, pero intérpretes al fin, del movimiento y curso de los astros. Así es que en medio del ansia y esperanza de la venida del Redentor, que había de nacer de una Virgen, la aparición de aquella espléndida estrella de hermosa luz y rápida marcha debió anunciarles un grande acontecimiento, grande y maravilloso, y éste no podía ser otro sino el anuncio del Mesías y que sus deslumbradores centelleos los guiaría a la cueva de Belén.

Adoración de los Reyes. José de Ribera
Y en verdad, cuanto sucedía en aquellas horas del génesis de la Redención de nuestra alma, de la esperanza cristiana, realizaba las profecías, dichas por unas y otras edades en continua sucesión hasta este momento tan esperado y deseado. No hay sino abrir los sagrados libros, especialmente el maravilloso de los Números, y ver en él de una manera clara y evidente lo que anuncian profetas ajenos, como Balaán, a las creencias de Israel. Llamado para que maldiga con altos acentos a los israelitas, los aclama y los bendice al impulso y mandato de Jehová que ilumina su espíritu. Y entonces no sólo los bendice, sino que profetiza la extensión que debía dar a los ideales de Israel su prometido Mesías. Se cerraron sus ojos al error, cegaron los de su cuerpo, y entonces se abrieron intensamente a la luz los ojos de su alma.
Entonces, ante aquella clara videncia de su espíritu, contempló hermosas las tiendas de Jacob y hermosos los pueblos de Israel, y los compara con claros riachuelos, con vergeles bordando las márgenes del Jordán, con bosques de perfumados áloes plantados por la mano de Dios, con erguidos y hermosos cedros nacidos en los altos del Líbano. «Y como Dios sacó a los israelitas del cautiverio egipcio, les dará las fuerzas del unicornio para que devoren a sus enemigos y rompan sus huesos de éstos y ericen de saetas sus cuerpos. Fuerte como un león, se acostará, fiado en sus fuerzas, Israel. ¿Quién de sus enemigos se atreverá a despertarlo? Así, una estrella saldrá de Jacob y levantará el cetro de Israel en tales términos que caerán los cantones de Moab y morirán los hijos de Seth.
El mayor entre todos los profetas hebreos, el grande y sublime Isaías, anuncia también ¡os milagros del Mesías, y la aparición de estrella maravillosa convocará reyes de las más apartadas regiones para que conduzca a ¡os lugares del rey David, a los jardines de Salomón, el oro, el incienso de Sawa, camellos de Madian, dromedarios de Elfa, los marfiles de la negra y misteriosa Etiopía, mirra de la Arabia y presentes de cien y cien pueblos. Y lo mismo anuncia David en el salmo 4o cuando dice: «Cuánto se ha hermoseado el prometido a causa de verter Dios la gracia en sus labios y amar él la justicia y aborrecer la maldad, por lo cual le urgieron con óleo de gozo y mirra, y áloe y acacia exhalaron sus vestidos y recibió el oro de Offir, los brocados de Tiro, las perlas de Tarsis y el incienso de la Arabia.»
Hay que reconocer que la estrella mística, de espléndida luz, guió a los reyes de Oriente hasta e¡ nacimiento del Hijo de Dios en Belén. La tradición señala a Tarsis, Arabia y Etiopía como los países respectivos en que imperaban estos tres reyes magos. La Etiopía era en aquellos tiempos como un misterio impenetrable y la Arabia como un aromático pebetero. Desde aquella tierra abrasada por el sol y renegrida por su luz cegadora, de hermosa y fuerte raza, tierra poblada de santuarios y viejos templos tallados en el negro y brillante ébano y marfil, venían las mágicas creencias, en tanto que de la perfumada Arabia venían las más ricas y preciadas esencias, que embriagaban con sus perfumes y cuajaban la mente de embriagadores sueños que difundían en la atmósfera y sostenían el ambiente de misterio y profecía.
De aquí que la fe, generada por tantos y tantos inspirados profetas por la luz divina, alma y esperanza de las generaciones, animó todas esas hermosas figuras vistas en el pesebre de Belén, dándoles la hermosura de la verdad creadora de la ley divina y que se acatan y reverencian en las páginas de la fe y de la historia.
Los Evangelios no dan nombre a los tres reyes, pero la tradición católica les ha dado, y de labio en labio, de siglo en siglo, han llegado hasta nosotros; y ésta denomina al uno Baltasar, que significa el rey del alba y de la aurora; a otro, Melchor, que significa el rey de la plena luz, y al otro, Gaspar, que representa la idea de diadema de la oscura Etiopía.
Festividad grande para la Iglesia de Cristo es la Adoración de los Santos Reyes, la adoración de los grandes de la tierra rindiendo homenaje y depositando sus ofrendas, humilladas sus testas coronadas, ante un Niño nacido bajo la bóveda de una cueva, albergue de ganados, y dormido sobre el humilde pesebre de unos irracionales. ¡Divino misterio que la grandeza del Omnipotente coloca ante los ojos de los mortales para que humillen su orgullo ante sus altos destinos! Festividad grande que la Iglesia celebra en tan fausto día y a la que precede la misteriosa y soñada noche de la venida de los Reyes.
Noche de ilusión para los inocentes niños, que todos, en dichosa edad, hemos esperado con ansia, con zozobra, con sueño intranquilo, creyendo oír por la calle el paso de los altos camellos y el rumor de los criados colocando los obsequios de los Reyes en ¡os balcones y ventanas, y recogiendo los modestos presentes de la paja, la cebada y la algarroba, con que creíamos obsequiar a las cabalgaduras de los fantásticos monarcas.
Todos los hemos visto en sueños pasar a caballo de los camellos y dromedarios, con sus altos y dorados turbantes relucientes en rica pedrería, las capas de armiño y púrpura sobre los hombros y los cálices de oro que encerraban la mirra y el incienso, que dejaban perfumes resinosos que embriagaban nuestros sentidos. Les veíamos sonreír mirando nuestros balcones, y ágiles criados, con blancas y anchas túnicas, trepar por doradas escaleras a nuestros balcones, depositando los juguetes que nuestra ilusión deseaba y sacaban de grandes cestos que pendían de las espaldas de ¡os camellos y entregaban a los trepadores, negros niños que acompañaban al rey negro, al Gaspar, cuyos blancos dientes al sonreír tenían reflejos de nácar, cual si interna luz iluminara aquella boca.
¡Ah, qué noche de recuerdos para los que dejamos hace años las dulces e inocentes ilusiones de una juventud que ya pasó! ¡Ah, qué víspera del día grande para la Iglesia de Cristo en el que conmemora la Adoración de los Reyes al Rey de cielo y tierra, al Redentor, cuyo reinado no tiene fin, pero cuyo trono fue la pobreza y la humildad como flor la más preciada en el jardín de la Sabiduría Omnipotente!
Qué fuente de inspiración para el artista la Adoración de los Reyes; pocos asuntos han sido tratados por mayor número de grandes artistas, y todos ellos han brillado en el concepto fino de esta composición inspirada por la más grande de las fuentes de belleza, la sencillez y encanto que en sí ofrece tan hermosa escena.
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Adoración de los Reyes Magos. Diego Velázquez
Gentile, Berruguete, Ticiano, El Greco, Montañés, Tristán, Lignis, Velázquez, Rubens, Zurbarán y otros grandes artistas han pintado y reproducido la escena de la Adoración de los Santos Reyes de mil maneras, haciendo brillar en ellas no sólo la ingenuidad, sino el mayor deseo de reproducir con exactitud el suceso.
La escuela valenciana no dejó de representar un acto tan grandioso para la vida de Jesús y de María principalmente, que es la que como Madre pudo llenar en aquel momento su corazón de puro gozo al ver adorado y obsequiado su Hijo por los potentados de la tierra, que de lejanas venían a presentar sus ofrendas al Mesías anunciado por los profetas. De Juan de Juanes conocemos una Adoración de los Reyes.
En la mencionada representación el famoso pintor de la Inmaculada reprodujo, con verdad y la pulcritud característica de sus obras, el acto de la ofrenda teniendo de peculiar que, además de la ofrenda hecha a Jesús por Melchor, Gaspar, también arrodillado, presenta sus dones a San José, que contempla aquella escena, se apoya en un cayado y, descansando su blanca barba sobre las manos, de una ejecución admirable, sonríe al ver alargar las manecitas al Niño. Es uno de los cuadros menos conocidos del inmortal pintor y del que poca mención han hecho los historiadores del concepto pictórico, y es uno de los que más se ajustan a la verdad evangélica y a la inspiración del verdadero pintor cristiano. En él se reasume la veracidad y la majestad que debe imprimirse a acto tan grande para la vida de María, de Jesús y de la Iglesia Católica, que desde los más antiguos tiempos ha procurado representar la solemne adoración, profetizada por los inspirados de Dios y narrada clara, sencilla y hermosamente por San Mateo en el Evangelio.
San Buenaventura modelo y maestro de vida cristiana
II. Juventud cristiana de San Buenaventura
«Desde mi juventud amé la Sabiduría y la busqué con afán» (Sab 8, 2, aplicado por la Liturgia a San Buenaventura).
Lo bueno que tuvo en su niñez lo conservó y acrecentó Buenaventura en su juventud, consagrada de lleno al estudio de las Humanidades y de la Teología.
A los veintidós años era ya bachiller en Teología por la célebre Universidad de París. Dotado de excelente memoria, de clara inteligencia, de recto juicio y de aplicación al estudio constante y metódica, fue inmensa la cultura que atesoró ya desde un principio. «Con capacidad asombrosa progresó en todas las ciencias», al decir de una crónica antigua.
Estaba dotado de excelentes cualidades naturales. Por temperamento era bondadoso y amable, apacible y juicioso. Agraciado de formas y finos de modales, sabía insinuarse en los corazones, que fácilmente se le rendían atraídos por su personal simpatía.
Su rectitud natural, sobrenaturalizada por la gracia, supo sacar excelente partido de las relevantes cualidades de que Dios le había dotado. Si se afanaba por adquirir ciencia, con mayor ahínco procuraba adelantar constantemente en virtud. Anteponiendo los valores eternos a los temporales, amó y buscó la sabiduría como poderoso medio de progreso en virtud y de perfección de vida cristiana, de la que depende nuestra felicidad eterna.
Estudió con afán y con perseverancia no sólo para ser hombre sabio, sino para llegar a ser cristiano perfecto. La ciencia fue en sus manos un precioso recurso para crecer en conocimiento y amor de Dios y para ayudar a sus prójimos a conocer, amar y servir a Dios con toda su alma. Así se lo propuso clara y definidamente al comenzar sus estudios. «Él verdadero y sólido valor de la ciencia —decía— consiste en que nos conduce a Dios y nos capacita para entender su divina palabra.» «El río de nuestra ciencia —repetía más adelante— no ha de desaguar en el mar muerto de las cosas humanas, sino que ha de subir a Dios, que es su primera fuente.»
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La excelente opinión de joven bondadoso y puro en que le tuvieron sus maestros y condiscípulos, demuestra a las claras que Buenaventura iba realizando el ideal de vida cristiana a que aspiraba con noble y poderoso afán. Diríamos con más exactitud que lo iba realizando y viviendo antes aun de que llegara a formularlo y expresarlo en su mente. Ya entonces lo amaba en su alma y lo iba encarnando al vivo en su corazón: «Fue hombre bueno y benigno, de ojos modestos, de costumbres morigeradas y de lenguaje digno y encantador» (Oficio litúrgico).
Entregado su corazón por entero a Dios, mantenía con El trato constante, trato íntimo afectivo y amoroso que se hermanaba admirablemente con su actividad externa de estudiante, de amigo de los suyos y de socio de todos, dando fecundidad y santa eficacia a cuantas empresas se consagraba.
Su medro personal interno se traslucía forzosamente en su ejemplar conducta, que admiraba y subyugaba a maestros y condiscípulos. Se cuenta que el Doctor Irrefragable Alejandro de Halés, doctor de reputación universal, tenido por «el letrado más bueno de! mundo» y de tal integridad de vida que fue reputado como la «Perla de la castidad», admiraba en tal grado la buena índole y pureza de costumbres de su discípulo Buenaventura que las encomiaba, llegando a decir que «parecía que Buenaventura no hubiese pecado en Adán.»
Un joven aventajado en sabiduría y en bondad, tiene un valor inestimable y está sobre todo encomio, porque es un regalo y una bendición de Dios para la humanidad entera. Tal fue Buenaventura para sus contemporáneos y lo es todavía para nosotros, que podemos aprender mucho de él.
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Glorioso San Buenaventura, ilumina nuestra inteligencia y fortalece nuestro corazón para que, a imitación tuya, tengamos en grande estima los valores espirituales y eternos, y anteponiéndolos a todas las ventajas y prosperidades de este mundo, podamos reinar contigo en el cielo. Amén.
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