VIDAS ALECCIONADORAS:

Teresa Neumann, portadora de un mensaje divino

Tiene actualmente cincuenta y cinco años, transcurridos la mayor parte de ellos en un continuado y aceptado sufrimiento expiatorio. ¿Quién no sabe de sus éxtasis, de sus llagas, de sus visiones diorámicas de la Pasión del Señor, de sus prolongadas y absolutas abstinencias, de esa maravilla de su vida sustentada solamente por el Pan sobrenatural de la Sagrada Comunión?

El caso prodigioso de la aldeanita bávara ha sido sometido a todos los análisis e investigaciones, a todas las más rigurosas vigilancias. Los médicos y psiquiatras más célebres, hombres de ciencia de todos ¡os credos, incrédulos y Jerarquías eclesiásticas, han hecho guardia en tomo a la estigmatizada. Es imposible negar los hechos. Muchos, quizá los más obstinados, se han convertido fulminantemente. Otros han intentado las explicaciones más extrañas. Los preconizadores ciegos y obtusos de la panacea universal del histerismo, para hallar la etiología de lo que rebasa el ámbito reducido de lo fisiológico, se han estrellado con su mezquino bagaje científico y sus amaños y apelaciones al psicoanálisis, contra la barrera de lo sobrenatural que circunda por todas partes, como una fortaleza a lo divino, la frágil envoltura humana de Teresa Neumann, portadora de los síntomas de Dios. Se podrá creer o no creer en aquello que se tiene delante de los ojos, como un impresionante espectáculo; lo que no se puede negar es la evidencia, la tremenda realidad de las cinco llagas, de los hilos de sangre que surcan su rostro mientras dura el recorrido doloroso de la Pasión del Señor.

En torno de esta mujer, prodigio de espíritu, en la que sobreabundan evidentemente los carismas del Señor, han agotado los psiquiatras todas sus especulaciones y recursos. Y ha sido todo en vano. Teresa Neumann sigue sufriendo y hablando a las gentes del dolor de Dios ante los desvíos del mundo. El misterio y lo sobrenatural siguen envolviendo esa pálida figura de mujer, que habla y procede con el estilo de los predestinados. Pocas veces, en el curso de la historia de los hechos que trascienden al milagro, habrán empleado más a fondo su artillería la incredulidad y el sectarismo. No ha habido teoría psicoanalítica que no le hayan aplicado con inusitado refinamiento. Pero el prodigio perdura. El hecho irrefragable, comprobado reiteradamente con toda suerte de cautelas, es que Teresa Neumann no ha injerido alimento alguno sólido desde el año 1922, ni líquido desde el 1929, excluidas asimismo cualesquiera inyección, y que su sustento único y exclusivo ha sido y sigue siendo la Sagrada Comunión diaria.

La comprobación de estos hechos ha sido realizada especialmente por judíos, protestantes y masones. Todos los viernes reproduce en treinta y cinco cuadros el diorama sangriento de la Pasión del Señor, con las tremendas visiones y acerbos dolores inherentes al drama divino. Todos los espectadores pueden contemplar con estremecido asombro cómo esos días del viernes Teresa entra en éxtasis y mana de sus llagas, que permanecen frescas y abiertas durante el resto de la semana, copiosa sangre que se coagula en su rostro de cera, en sus maravillosas manos de alabastro, anhelosamente extendidas, elocuentes en su expresión de martirio. Es imposible contener la emoción ante la dramática escena. Y al día siguiente se puede observar cómo Teresa Neumann, vuelta del éxtasis, se emplea en los menesteres domésticos y recobra su habitual fisonomía.

Todo en la vida extraordinaria de esta estigmatizada bávara confina ;de lleno con lo divino. La incredulidad ensaña sus ataques y tentativas clínicas de explicación. La Iglesia, en cambio, espera con su habitual prudencia. Mientras tanto, infinidad de almas salen de la humilde aldea de Konnersreuth iluminadas por las claridades de lo sobrenatural e impulsadas por una ráfaga divina hacia los caminos ascendentes de la gracia. Las conversiones se multiplican. Y es como si desde Konnersreuth siguiera Teresa, en su serenidad dolorosa, llamando a los pueblos y a las almas al conocimiento de Dios y al retorno al corazón.

P. Félix García

San Buenaventura modelo y maestro de vida cristiana

IV. Magisterio de San Buenaventura

«Bendigamos a Dios que nos dio en San Buenaventura un hombre eminente en sabiduría y en erudición.» (Oficio litúrgico de San Buenaventura.)

Hecho religioso franciscano, continuó San Buenaventura sus estudios universitarios. Con el permiso y aprobación del General de la Orden, Beato Juan de Parma, explicó sagrada Escritura en el estudio o escuela que la Orden Franciscana tenía en París, y bajo la dirección del Doctor irrefragable Alejandro de Hales, a quien veneraba y de quien siempre guardó grata memoria, terminó su formación científica y consiguió brillantemente los títulos de Maestro y de Doctor. Vivió consagrado desde entonces a la enseñanza, plenamente al principio y a intervalos luego, según se lo permitía la gran tarea del gobierno de toda la Orden Franciscana, que había aceptado al ser unánimemente elegido para este cargo por todos los capitulares de la Orden reunidos en Capítulo o Asamblea general.

Organizó desde entonces los estudios de la Orden Franciscana sin dejar de estar en contacto y en intercambio de ideas con los maestros y discípulos de la Universidad de París, ni desentenderse de las cuestiones que surgían en el seno de ella. Intervino activa y benéficamente en las más notables cuestiones defendiendo los fueros de la verdad, con elocuencia y acopio de razones tan amablemente expuestas, que conciliaron en su favor los ánimos, se calmaron las pasiones, triunfó la verdad y se restableció la paz de los espíritus.

La doctrina enseñada por San Buenaventura en su cátedra es, al decir de Gersón, «doctrina maciza, segura, racional, piadosa y devota». La exponía con amenidad y habilidad encantadoras que deleitaban a los discípulos, haciéndoles agradable y deliciosa la clase, por lo que fueron numerosos y preclaros los discípulos, tanto religiosos como seglares, que acudían a oír sus lecciones.

Las explicaciones o enseñanzas de San Buenaventura se caracterizan por la claridad de ideas, la seguridad de doctrina, fiel siempre a la Sagrada Escritura y a la Tradición, y por la aplicación práctica al progreso de la vida cristiana, que con suma facilidad y arte sabía hallar en todas cuantas cosas enseñaba.

No se contentaba San Buenaventura con solas teorías ni con la sola ciencia. Era esto poco para él y no quería que se contentasen con sólo esto sus discípulos, a quienes procuraba elevar a la perfección cristiana en que él de continuo se ejercitaba.

No miraba San Buenaventura la ciencia como fin; la consideraba como medio para conocer a Dios, que es la primera y más alta Verdad, y para orientarnos y unirnos a Dios, que es la misma Bondad infinita. «La Sagrada Escritura —decía— no se nos ha dado para pasto de nuestra curiosidad, sino para mejora de nuestra vida.»

Entendiendo así las cosas, el magisterio de San Buenaventura tuvo por primera finalidad el aplicar las verdades reveladas y los conocimientos naturales a fomentar en la vida cristiana la práctica de las virtudes y el anhelo de conseguir la santidad.

Antes que con explicaciones en la cátedra y con sermones en los púlpitos, enseñaba cada día San Buenaventura, con el constante buen ejemplo de su vida, a vivir santamente en presencia de Dios, cuya mirada escudriña y cala a fondo todo nuestro interior sin que se le escape ni un fugaz pensamiento ni un mínimo deseo o movimiento de nuestro corazón.

«El estudio y la enseñanza los convertía San Buenaventura en oración y en alabanzas a Dios», al decir de una antigua Crónica. Por eso afluyen tan espontáneamente a su boca y a su pluma los fervorosos y elevados afectos que rebosaban en su corazón. Ya desde un principio se le dio a San Buenaventura el título de Doctor devoto. Más adelante, cuando leyendo sus escritos no sólo se sentían las inteligencias iluminadas por los destellos de la verdad, sino que quedaban inflamados los corazones por el fuego del divino amor, se le dio a San Buenaventura el título de Doctor Seráfico, que recuerda al Seráfico Francisco transformado en el alma y en el cuerpo por el divino amor, y al coro de los Serafines hechos ascuas vivas de amor en el acatamiento de Dios.

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Para ser, en verdad, devotos de San Buenaventura hay que imitarle en su ardiente y práctico amor a Dios ese amor que se nos manda en el primero y más importante de los mandamientos del Decálogo.
¿ Deseo yo amar a Dios y me esfuerzo en amarle como San Buenaventura?

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Glorioso San Buenaventura que ardiendo en amor a Dios sabes prenderlo pronto en las almas: enciende las nuestras en ese santo amor que es la raíz de todas las virtudes, la esencia de la santidad y la prenda de la gloria eterna. Amén.

Fr. Luis Mestre, ofm.