Santiago de Compostela, ruta y meta de la Cristiandad
Tres vértices gigantes cierran el inmenso triángulo de los romeros de la cristianidad: Roma, Jerusalén y Santiago. Nos vamos a ocupar sólo del último por disfrutar, a todo lo largo del presente 1954, de los grandes privilegios del Año Santo.
¿De dónde le viene a Santiago su apodo de Compostela? Según los investigadores, procede del latín Campus Stellae con que los antiguos designaban el lugar donde acaeció el prodigioso hallazgo de la tumba de Santiago.
Según pía tradición, Santiago el Mayor, uno de los doce apóstoles, atravesó el océano y pisó tierra en la desembocadura del río Ulla con objeto de evangelizar España, en la que permaneció siete años. Vuelto a Oriente, fue martirizado en Palestina por orden de Herodes. Sus discípulos desembarcaron su cuerpo en Iria Flavia, enterrándolo dentro de una «arca marmórea» en el monte Liberum Donum.
Siendo Teodomiro Obispo de Iria Flavia, un ermitaño de San Fiz díjole que en la penumbra había observado extraños resplandores en la montaña próxima. Siguió el prelado con numeroso séquito el camino que le trazaba una estrella, y en una cueva halló el sepulcro de mármol con las cenizas del Apóstol.
Apenas descubierta la tumba, al pie del monte Gibredón, hacia el año 812, fue preciso edificar una ciudad, próxima al santuario que mandó construir Alfonso II sobre el sepulcro, para la mejor veneración y custodio de las cenizas del Santo, y apenas se comenzó a difundir por la cristiandad la grata nueva del descubrimiento del sagrado cuerpo afluyeron los fieles a la iglesia compostelana, llegados de toda Europa, y esta corriente de fe, que fue en aumento de día en día, determinó el engrandecimiento de la ciudad nacida al pie de esa tumba, hasta llegar a ser lo que es hoy.
Este afluir de la piedad al sepulcro de Santiago, que desde su aparición en tiempos medievales conmovió al mundo cristiano, motivó las especiales gracias concedidas por los Papas a esta iglesia.
El Año Santo Compostelano
Su Santidad el Papa Calixto II concedió el gran privilegio del Jubileo Compostelano, similar al de Roma, privilegio que fue confirmado por sus sucesores los Pontífices Eugenio III y Anastasio IV, y que Alejandro III lo expidió en una Bula de 25 de junio de 1179.
Este privilegio del Año Jubilar Compostelano, que tiene lugar los años que el 25 de julio, festividad de Santiago, cae en domingo, se gana visitando el santuario que guarda sus restos cualquier día de dicho año y rezando ante el altar del Apóstol, previamente arrepentidos y contritos por medio de una buena confesión. A semejanza de otros Jubileos, también se debe comulgar. Es deseo del actual prelado compostelano que todos los que desean ganar el Jubileo pleno recen, además de los seis Padrenuestros y Avemarias acostumbrados, otros tres Padrenuestros: uno por la paz del mundo y la salvación de España, otro por las intenciones del Romano Pontífice y el tercero por la intención particular de cada uno, recitando la oración del jubileo.

Breve descripción de la Catedral
Toda la ciudad de Santiago, por ser histórica y de rancio abolengo, merece como pocas en Europa una visita, ya que cada calle está formada por monumentos a menudo de primer orden, pero aun por las calles que no son más que calles, con casas, simplemente casas, guardan con el tono general de la ciudad una perfecta armonía emocional y estética, casi sin contrastes anacrónicos.
Pero donde el espíritu se sobrecoge de emoción es ante su templo máximo: la Catedral.
¡Peregrino jacobeo! Suponte ya ante la puerta Santa o de los Perdones, que se abre en la cabecera del templo, en la severa plaza de la Quintana o de los Literarios. Una portada relativamente moderna (siglo XVII), adornada con veinticuatro estatuitas antiguas, simétricamente colocadas, y coronada por tres que representan al santo Apóstol en traje de peregrino la del centro y a sus inseparables discípulos San Atanasio y San Teodoro las laterales, da entrada a un patiecillo donde se encuentra la verdadera puerta Santa, de reducidas dimensiones, pero de grandes privilegios.
Penetra en el sagrado recinto y tomando rumbo a la izquierda verás en la misma mano la capilla de San Pedro o le la Azucena, una de las primitivas de la Catedral, con notables capiteles en sus columnas de
ingreso, altar churrigueresco y un sepulcro que guarda los restos de la fundadora doña Mencía de Andrade. Sigue la capilla de Mondragón (nombre del fundador) o de la Piedad, de estilo ojival, con la Virgen de las Angustias en buena cultura de térra cotta, del siglo XVI. A continuación, con dos rejas broncíneas, la capilla de Nuestra Señora del Pilar, construida y decorada en la época del apogeo del barroco compostelano, en la que se venera, en altar de mármol, la Virgen en su aparición a Santiago. El enterramiento del Arzobispo Monroy, que costeó su construcción, puede verse en el muro de la derecha.
En frente de esta capilla se halla la cripta, a la que da acceso una estrecha puerta metálica. En magnífica urna de plata, hermosa joya de orfebrería, guárdense los restos del evangelizador de España y los de sus discípulos antes mencionados.
Volviendo a la nave donde comenzamos la descripción, llegamos al transepto o crucero. Allí puede admirarse la majestuosidad, extensión y uniformidad del templo, su hermosa galería o triforio y la variedad extraordinaria de capiteles que adornan su sobria columnata. Aproximándose a la reja que cierra la capilla mayor (franqueada por dos hermosos púlpitos, obra de Celma), se ve aquélla, en cuyo altar se venera la imagen pétrea y sedente de Santiago en traje dé peregrino, que se puede subir a abrazar por una escalera lateral: el frontal y las verjas de ambos lados son de plata; un monumental baldaquino coronado por la imagen ecuestre de Santiago y una columnata barroca componen lo esencial de la capilla mayor. Detrás de ésta hay todavía otro altar con un retablo donde se reproducen escenas de la vida del Apóstol.
El gallardete de Lepanto, que ondea en las solemnidades en la parte alta, fue regalado por don Juan de Austria y perteneció a uno de los barcos españoles que tomaron parte en el célebre combate naval que sepultó a la escuadra de la Media Luna.
Continuando por la nave, a la izquierda hay una puerta renacentista que da acceso a las capillas de San Fernando, con bóvedas de complicadas nervaduras y algunas pinturas al fresco, y la de las Reliquias, que merece capítulo aparte.

Capilla de las reliquias
Capilla de las Reliquias
Como su nombre lo indica, guarda gran número de éstas en artísticos relicarios colocados en las hornacinas de un gran retablo gótico, aunque de construcción moderna.
Una estatuilla argéntea del Apóstol guarda uno de sus dientes. Lignum Crucis; la cabeza de Santiago Alfeo, obra de delicada orfebrería encerrando el cráneo del primer Obispo de Jerusalén, espléndido regalo de
Doña Urraca de Castilla; los restos de Santa Susana, en artística urna, son, entre otras muchas, las reliquias más preciadas. Hay además interesantísimas obras de arte, como la custodia procesional de Arfe, de estilo grecorromano y ornamentación plateresca; una cruz procesional de azabache; una reproducción de la cruz de lámina de oro, regalo de Ordoño II, y otras muchas. Cinco arcos sepulcrales que hay en los muros cobijan los sarcófagos del rey Fernando II; de la reina Doña Juana de Castro, esposa del rey Don Pedro; de don Ramón de Borgoña, esposo de Doña Urraca, y otros, dando carácter de panteón real a esta capilla.

El pórtico de la Gloria
Volviendo a la nave y después de pasar el altar de la Verónica, se encuentra el peregrino ante el grandioso Pórtico de la Gloria, inmortal obra del maestro Mateo, considerada como la mejor del románico por la riqueza y perfección escultórica que presenta y su admirable y compleja composición, enlace armonioso de la arquitectura V escultura. Se compone de tres arcos, que corresponden a las naves de estilo de transición del románico al ojival (siglo XII). En el arco del centro, sostenido por una columna central o parteluz, se representa la Iglesia Católica con la figura central de Cristo, y agrupados en derredor, los Evangelistas y el Pueblo Santo de Isaías redimido por Dios, coronado todo ello por los veinticuatro ancianos del Apocalipsis tañendo diversos instrumentos. En la columna del parteluz, la genealogía del Salvador, descansando sobre ella la estatua sedente del Apóstol, y en la de los lados, profetas y apóstoles. En el arco de la izquierda, la Iglesia de los Judíos, donde pueden apreciarse las figuras de Adán y Eva, Abrahán, Isaac, Jacob, etc. Y finalmente, en el arco de la derecha se representa a la Iglesia de los Gentiles, con Dios Padre y Dios Hijo en las claves de las archivoltas, y poblado el resto con monstruosas figuras simbólica representación de los vicios del paganismo. La figura arrodillada detrás del parteluz (Santo dos croques) es la efigie del arquitecto constructor del Pórtico: el maestro Mateo.

Puerta de la Quintana
Otras dependencias
Saliendo de la Basílica por la puerta Santa, hacia la derecha, pasada la puerta del local de la Archicofradía, se abre otra de las puertas de la Catedral, la de la Quitana, con escudos de arzobispos a lo largo de la pared, y después, mirando al Mediodía, la puerta de las Platerías, la más antiguas de las actuales, con abundante iconografía e interesante simbolismo que representa la virtud salvadora del Hijo de Dios.
Penetramos por ella en la Basílica para ver el claustro, sacristía, tesoro, sala capitular, archivo, biblioteca y el museo, que es lo que nos faltaba. En el muro donde se abre la puerta del claustro llama la atención el tímpano de la Batalla de Clavijo, de extraordinario interés histórico por ser el documento más próximo de la famosa batalla y prueba de que en el siglo X, época a la que pertenece, estaba ya arraigada la creencia del tributo de las cien doncellas. El claustro, de grandes dimensiones y elegante construcción, tiene al fondo la sala capitular, museo, etc., con interesantes obras artísticas, especialmente una rica colección de tapices. El tesoro guarda objetos de extraordinario valor.
Saliendo otra vez de la Catedral puede verse, a la derecha, la famosa Concha, alarde arquitectónico, que soporta el peso de la Tesorería y admirar la crestería plateresca que corre a lo largo de este lienzo de la Basílica. Bordeando ésta se llega a la plaza de España o del Hospital, donde se encuentra la puerta principal de la Catedral, la del Obradoiro, que se abre en espléndida fachada de armónicas proporciones y profusamente trabajada. Es indiscutiblemente el mejor ejemplar que se conoce del estilo de Churriguera. El conjunto de la fachada forma un tríptico; destacándose en el cuerpo central un grupo formado por el Apóstol peregrino y dos Reyes. Más abajo, la urna, y a los lados, Santos Anastasio y Teodoro. En los cuerpos laterales, las figuras del Zebedeo y Santa María Salomé, padres de Santiago. Las esbeltas y elegantes torres se alzan por detrás de los cuerpos laterales del tríptico, dando elevación espiritual a tan armónico conjunto.
La Catedral de Santiago, que con toda la gran ciudad gallega han sido declarados monumento nacional, ocupa una área de 8.800 metros cuadrados, incluidos el claustro, Palacio Arzobispal y todas sus dependencias, y es el principal edificio y la más importante creación del arte románico español y uno de los más hermosos ejemplares de este tipo. Su construcción fue comenzada a fines del siglo XI por el Obispo Peláez y terminada en los comienzos del siglo XII. Si bien de estilo románico, como dijimos, en los siglos XVI y XVII sufrió transformaciones que dañaron a la pureza del estilo. Con planta de cruz latina, está casi toda ella construida de granito, como casi todos los edificios de la ciudad, llamada por esto «Ciudad de Piedra». Tiene tres naves, triforio y girola, distinguiéndose por el acierto en las proporciones y la sobria y lógica elegancia de sus elementos arquitectónicos.
Esas naves están rodeadas por veinticinco capillas. La nave central tiene 24 metros de altura y está separada de las laterales por pilastras macizas. Su elevación hasta la cúpula es de 32 metros. Las dimensiones del templo son de 96 metros de largo por 64 de ancho en el transepto. Recorre la iglesia una galería interior de 118 balcones ajimezados de columnitas pareadas de bello estilo bizantino; la cúpula es gótica y forma un polígono con ventanas ojivales y columnas bizantinas.

El «botafumeiro»
Atraviesan horizontalmente la cúpula cuatro arcos dorados que se cruzan en el centro, donde un ingenioso sistema de poleas sostiene una piña metálica, con 1a que se ha sustituido la de plata y oro que antes había y que se llevaron los franceses. En las grandes solemnidades se coloca en su lugar el botafumeiro, enorme incensario que necesita el esfuerzo de ocho hombres para imprimirle el movimiento de vaivén.
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He aquí algo de lo que es Santiago, corazón de la bella y sentimental Galicia, donde el conjunto de tantas hermosuras artísticas aglutinadas por el ambiente en armonía tan feliz, tan como predestinada, que hasta el paisaje natural y el clima, extremadamente húmedo, contribuyen a realzar los excepcionales atractivos de la urbe.
Ojalá que los numerosos romeros uruguayos que se disponen a visitar los santuarios consagrados a la Madre de Dios, con motivo del Año Mariano, acudan también a la tumba de Santiago para ganar las indulgencias del Año Santo Compostelano.
La Peregrinación Oficial Mariana y Compostelana de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que me honro en presidir, partirá para el viejo mundo el 28 de febrero en el Giulio Cesare.
Salvador Morales Arrillaga, C. SS. R.
Misionero Redentorista
(De Revista Franciscana del Perú.)
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