San Buenaventura modelo y maestro de vida cristiana
VI. Mística de San Buenaventura
Inflamado su corazón en amor de Dios, procuró avivarlo en,
todos los corazones con su buen ejemplo, su predicación y sus escritos.
(Oficio litúrgico de San Buenaventura.)
Con la gracia santificante que se nos da en el bautismo no sólo se nos infunden las virtudes teologales y las virtudes cardinales va mencionadas a propósito de la ascética: se nos infunden, además, otros hábitos sobrenaturales denominados dones del Espíritu Santo y bienaventuranzas.
Jesucristo posee en plenitud substancial la gracia con todas sus emanaciones o actividades llámense virtudes, dones o carismas. Lo posee no sólo para Sí personalmente, sino también para cuantos en el correr de los siglos han llegado o llegarán a formar parte de su cuerpo místico al ser vivificados por El mediante la gracia santificante del bautismo.
De esta plenitud fontal de Jesucristo, cabeza de su cuerpo místico que es la Iglesia, recibe cada alma la parte que Dios le asigna de gracia santificante, virtudes, dones, bienaventuranzas y frutos del Espíritu Santo, así como de gracias actuales y carismáticas, ordenado todo ello, en último término, a la santificación personal suya y a la de. sus prójimos. No sólo para ellos mismos, sino también para la salvación de muchos otros suele Dios escoger a sus santos.
Toda la tradición católica admite la existencia de la gracia, de las virtudes, dones, bienaventuranzas y frutos del Espíritu Santo mencionados en la Sagrada Escritura, aunque los teólogos no coincidan al querer explicar sus relaciones y su funcionamiento.
Virtudes y dones del Espíritu Santo son actividades de la gracia para el crecimiento de ella en el alma, santificándola y llevándola a grados cada vez más altos de perfección sobrenatural.
Puesto que son actividades, no pueden dársenos sino para actuarlas, como la vida se nos da para vivirla y no para oprimirla ni para matarla.
"Los dones disponen y preparan el alma para obedecer más fácil y prontamente a los impulsos del Espíritu Santo, y la conducen al fastigio de la santidad" (1).
Por tanto, los actos que el alma realiza bajo el influjo del Espíritu Santo mediante sus dones, son necesariamente de categoría y perfección superiores a los actos de virtud dirigidos por las pobres luces de la humana razón. San Buenaventura así lo defiende teniéndolo por cosa segura.
Consignando esta importante verdad dice el Santo: «Los hábitos de las virtudes son para obrar rectamente; los de los dones, para obrar expeditamente, y los de las bienaventuranzas, para obrar perfectamente.»
No bastan, pues, las virtudes para la perfección cristiana ni para la salvación eterna; y por esto en el bautismo se nos infunden los dones del Espíritu Santo, cuyo recto ejercicio presupone y requiere la práctica de las virtudes. Sería, por consiguiente, funesto desatino no estimar los dones en lo que merecen por su trascendental valor, o mantenerlos sepultados bajo un montón de faltas voluntarias que imposibilitasen su libre actuación bajo el soplo o inspiración del Espíritu Santo.
Si el ejercicio de las virtudes constituye la ascética, la actuación de los dones, del de sabiduría principalmente, que es el más noble y excelente, caracteriza la mística cristiana en sentir de San Buenaventura. Sus actuaciones aisladas son actos místicos. Cuando son éstos muy frecuentes y vienen a ser habituales, constituyen la vida mística.
El ejercicio ascético de las virtudes, por su imperfección nativa, es insuficiente e incapaz de llevar el alma a la cumbre de la perfección cristiana. Se le ha comparado acertadamente al trabajo de un aprendiz de artes y oficios que sabe lo que debe hacer, pero carece de la destreza para ejecutarlo perfectamente. Tal destreza, en orden a la santidad, la comunican al alma los dones del Espíritu Santo.
Se sigue de aquí la inmensa importancia de los dones en la vida espiritual, la grande estima en que debemos tenerlos y el exquisito cuidado con que debemos procurar quede expedita la acción de ellos en el alma.
San Buenaventura nos lo recomienda encarecidamente, como vamos a ver.
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La vida espiritual, vida de gracia en continuo crecimiento de virtudes y de perfección, comienza con un firme propósito de santificación y tiende resueltamente a la íntima unión de amor con Dios, tan perfecta como puede gozarse en esta vida.
Entre estos dos puntos extremos va el alma adelantando paso a paso, y mientras adelanta se robustece y perfecciona en caridad y en toda virtud.
En este progreso de la vida espiritual distingue San Buenaventura, por analogía con la vida humana, tres etapas o edades principales: niños o principiantes; adolescentes o aprovechados; adultos o perfectos.
«Los principiantes se caracterizan —dice el Santo— por el cumplimiento de los preceptos de la Ley de Dios y de la Iglesia, para lo cual nos habilitan las virtudes; los aprovechados, por la observancia de los consejos evangélicos, para la cual nos capacitan los dones; los perfectos, por gustar y saborear la bondad de Dios entre las tribulaciones de esta vida, que es lo propio de las bienaventuranzas» (2), a las que el P. San Francisco alude en las Florecillas al hablar de la perfecta alegría.
Cuanto practicó y enseñó san Buenaventura en materia de perfección cristiana todo ello apunta, como a elevado y deseable fin, a la unión amorosa con Dios en la contemplación mística que él designa, según la calidad de las personas a quienes se dirige y para dejarse entender mejor de ellas, con los variados nombres de verdadera sabiduría, mística teología, consolación divina, devoción de la oración y suavidad espiritual, refiriéndose siempre con ellos aquella misteriosa realidad interior en cuyo secreto fondo vibra y centellea la llama del amor de Dios, en la que la voluntad siente abrasarse.
A esta contemplación infusa alienta San Buenaventura a todas las almas en cartas, en sermones, en discursos, en las explicaciones de cátedra y en opúsculos místicos (3), que San Francisco de Sales leía asiduamente y cuya doctrina encomia León XIII al proclamar a San Buenaventura «Príncipe de la Teología mística.»
No se detiene San Buenaventura en descripciones de fenómenos místicos; su ferviente anhelo es despertar en las almas vivos deseos de la devoción interior y enseñarles el modo de disponerse por su parte a que el Espíritu Santo pueda comunicársela llevándolos, de uno a otro grado de oración, hasta la contemplación mística. «Cuando el alma hace lo que está de su parte —dice San Buenaventura— fácilmente obra en ella la gracia, arrebatándola y levantándola a la contemplación de Dios.»
Tres cosas fundamentales debe comprender, según el Santo, la interior disposición para la contemplación: «mortificación de todo afecto voluntario desordenado; práctica constante de virtudes cristianas; humildes y afectuosas súplicas a Dios».
Sentada esta importante base, exhorta a todos, así religiosos como seglares, a perseverar en la oración, asegurando que por ella llegarán a la contemplación infusa a que deben aspirar.
El opúsculo Las tres vías, que lleva también el título de Incendio de amor, es una amplia exposición del arte de prepararse las almas a la unión mística mediante los ejercicios espirituales característicos de las tres vías purgativa, iluminativa y unitiva. Según San Buenaventura, la meditación en cada una de estas tres vías conduce al alma a la degustación sapiencial o contemplación infusa.
Se puede observar a nuestro intento que las normas de vida espiritual consignadas en los «veinticinco memoriales» van encaminadas a conseguir la unión mística con Dios: si recomienda tener director espiritual es "para que él nos inflame en el amor de Dios"; si quiere que perseveremos en la oración es «para que nuestro deseo se eleve a lo de arriba y el alma mantenga trato íntimo con Dios aun en medio de sus ocupaciones, amándole con ardiente amor» si hemos de dejar la pesada carga de los afectos terrenos es para que, «aligerados de su peso, corramos hacia Dios, que nos invita a la paz soberana que sobrepuja a todo sentimiento.»
Todas las almas llegarían a la contemplación mística, asegura San Buenaventura, si estuviesen bien dispuestas a recibirla como lo está Dios a concedérsela; pero son muchos los que no hacen estima de ella por no saber lo que vale, y enredados en vanidades, se descuidan en buscarla y en disponerse a recibirla; otros, aunque quieren purificarse y ejercitarse en la virtud, y con esto ya se van disponiendo, no renuncian, sin embargo, a los goces mundanos ni a los apegos a cosas terrenas, y no lleguen nunca a estar bien dispuestos ni se hacen dignos de la contemplación; a otros, finalmente, si es verdad que están ya bien dispuestos como piensan y dicen, no se la concede Dios tan pronto como ellos quisieran porque así les conviene para que la estimen más y se aprovechen mejor de ella cuando llegan a tenerla (Soliloquio, c. 3, n. 12 y 14).
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Alcánzanos, glorioso San Buenaventura, que, siendo fieles a la gracia del Espíritu Santo, merezcamos que abrase El nuestros corazones con el fuego del divino amor, en el que quiere Jesucristo vernos pronto inflamados. Amén.
1. León XIII, Encicl. Divinum illud munus.
2. III Sent. d. 34, p. 1, a. 1, q. 2 y 3
3. Las tres vías o incendio de amor, Soliloquio, Gobierno del alma, Vida perfecta e Itinerario del alma a Dios
La Seráfica Provincia de Valencia y la Inmaculada
De cómo fue fundada la Venerable Cofradía de la limpia Concepción de la Madre de Dios
en el convento de N. S. P. San Francisco en la ciudad de Valencia.
En el año del Señor de 1572, día 1.° de diciembre, siendo Guardián del convento de San Francisco, de la ciudad de Valencia, Fr. Pedro Manrique, el cual después, por sus letras y merecimientos, fue electo en Ministro Provincial de la Provincia de Valencia, juntamente con otros devotos religiosos del sobredicho convento, considerando los sobredichos que en el día de la Purísima Concepción de la Madre de Dios ninguna procesión solemne se hacía en dicha ciudad a honra de la limpia Concepción de la Virgen sin mancilla, determinaron de hacer en ese santísimo día una muy solemne procesión, como de hecho se hizo, la cual solemnizó D. Pedro Coderos, Arzobispo de Ottrento, que fue en ella vestido de pontifical.
Asistieron en dicha procesión el Excmo. Sr. Marqués de Mondéjar, Virrey y Capitán, general que entonces era de la ciudad y reino de Valencia, con toda la nobleza y caballería de la ciudad. Le acompañaron todas las Venerables Cofradías de la ciudad con cirios blancos encendidos, cada una procediendo por su antigüedad.
Hubo música de cantores, ministriles, vihuelas de arco: hasta las trompetas y atabales de la ciudad. Y fue tan grande el concurso de la gente, así de hombres como de mujeres, de todos los estados que concurrió a honrar dicha procesión, que se entendió bien la singular devoción que la nobilísima ciudad de Valencia tiene a la limpia Concepción de la Madre de Dios. Y esta devoción no es cosa nueva para la dicha ciudad, pues ya tiene inmemorable costumbre en sus insignes academias de no consentir que se gradúe algún Doctor sin que primero, con solemne juramento, se obligue a defender el misterio de la Concepción de la Purísima Virgen y Madre de Dios.
Movidas con esta devoción muchas personas ilustres, rogaron al dicho P. Manrique que tuviese por bien establecer una capilla principal en San Francisco, en título de la Inmaculatísima Concepción, en la cual se pudiese fundar una cofradía a honra de la limpia Concepción de la Madre de Dios, para que, entrando muchos cofrades y cofradesas en ella, la Virgen fuese más alabada.
Vista por el dicho Padre la devoción de estos caballeros y considerando que era justa su petición, fue muy contento, y con licencia del P. Estevan Giner, Provincial entonces de la dicha Provincia de Valencia, ajuntaron Capítulo; y estando presente el Magnífico Bartolomé Vives, Síndico Apostólico del convento de San Francisco, el dicho Síndico Apostólico, con voto y parecer del Guardián y de la mayor parte de los votos de los religiosos, dio y estableció a los dichos devotos una capilla que estaba edificada en título al glorioso Doctor San Ambrosio, al lado de Nuestra Señora de las Nieves, la cual en otro tiempo solía ser de los Lombardos y entonces había sido establecida y dada por el Ordinario al convento y al dicho Síndico Apostólico para que el dicho Síndico la pudiese establecer y dar a quien le pareciese, como de hecho la dio y estableció a los dichos devotos, con el derecho de enterrarse en los vasos que hay (había) en dicha capilla, para que en ella se fundase la santa Cofradía de la Madre de Dios. Y que de ahí en adelante no tuviese el título de San Ambrosio, sino de la Limpísima Concepción de la Madre de Dios. Consta todo esto por un auto público, recibido por Miguel Daguí, notario público de la ciudad y reino de Valencia, en 6 de enero, año 1573.
Hecha donación por el dicho Síndico Apostólico con la solemnidad debida y cumplimiento necesario, luego el P. Pedro Manrique, juntamente con el autor de este libro (Fr. Cristóbal Moreno), con toda la afección y celo que a la gloria de la Purísima Concepción de la Virgen sin mancilla tenían, entendieron en fundar y poner por obra la Cofradía.
Y aunque para efectuar esta tan santa obra tuvieron muy grandes trabajos y contradicciones, con todo eso, como la obra era de Dios y de la piadosa Virgen., que no desampara a los que la esclarecen y favorecen, no fueron parte los que contradecían para estorbar tan pía y santa obra. Y se debe aquí notar que los que impugnaban esta tan pía obra no lo hacían por no ser devotos de la limpia. Concepción, que antes lo eran muy mucho, sino por otros respetos —que les parecía ellos con celo santo—, por los cuales dicha Cofradía no se debía establecer, ni fundar, y por ciertos temores, que no se debían, temer. Pasadas ya las turbulencias y tempestades y vuelto todo en sol muy claro y sereno, con el favor de Aquella que como Sol escogido lo esclarece todo y alumbra, y allanadas las dificultades (que en apariencia se mostraban), entendióse en procurar la licencia del Ordinario y su autoridad para poder fundar la Venerable Cofradía de la santa Concepción de la Virgen sin mancilla en dicha capilla del Convento.
Y así, todos los devotos de la Virgen hicieron la siguiente petición a D. Juan de Ribera, Patriarca de Antioquía, Arzobispo de Valencia, para que su Ilustrísima Señoría diese licencia para fundar dicha Cofradía en la sobredicha capilla, la cual suplicación fue dada a su Ilustrísima Señoría por el autor de este libro, deseoso de ser muy devoto de la Purísima Concepción de la Virgen sin mancilla, cuyo tenor es el siguiente:
«En nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, Criador, Salvador y Glorificador nuestro, y de la Santísima siempre Virgen María,
Señora nuestra, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Hijo de Dios todopoderoso, segunda Persona de la Santísima Trinidad.
«Considerando muchas personas devotas de la Inmaculatísima Madre de Dios, Reyna de los Ángeles y Señora nuestra, que sería muy gran consolación para todos ellos que en el monasterio del glorioso y seráfico San Francisco, de la ciudad de Valencia, se fundase una Cofradía a honra y reverencia de la Purísima Concepción de la Sacratísima Virgen María, Madre de Dios, para que por los devotos de aquella su fiesta fuese solemnizada, y la devoción de la limpísima Concepción ampliada, así en misas como en otros sacrificios y obras de caridad, y para que esto tuviese su debido efecto, fue suplicado por los dichos devotos a los PP. Guardián y frayles de San Francisco y al Magnífico Síndico Apostólico del dicho Convento, que les fuese dada y establecida una capilla, etc., jus sepelliendi, que en dicho Monasterio está constituida al lado de la capilla de nuestra Señora de las Nieves, so título de invocación de San Ambrosio, antiguamente nombrada de los Lombardos, la cual estaba adjudicada al Síndico del dicho Monasterio por el Ordinario de V. S. Ilustrísima.
Vista la petición de dicha capilla para los dichos efectos, ser justa y devota, y entendiendo cuán devotos son los moradores de esta ciudad de a Inmaculatísima Concepción de la Sacratísima Virgen María, Madre de Dios, y que con dicha Cofradía en dicha capilla la sobredicha devoción será aumentada, fue establecida a la venerable Cofradía y Cofrades y Cofradesas de la dicha capilla por el Magnifico Síndico Apostólico del dicho Monasterio, en presencia y de consentimiento del Guardián y Religiosos del dicho Convento, como parece por auto recibido por Miguel Daguí, notario público de la presente ciudad y Reyno de Valencia, en seis de enero, año de mil y quinientos y setenta y tres, la cual donación y Cofradía fue de nuevo aprobada y confirmada por el P. Antonio Sayas, de la Provincia de Andalucía, Comisario en la Provincia de Valencia, con lleno poderío a él cometido, y dado por el P. Cristóbal de Capitesoncium, Ministro General de toda la Orden del Seráfico Padre San Francisco, como parece por una patente, dada por el dicho Padre Comisario a los dichos cofrades, concedida a instancia de D. Juan Vich, Obispo de Mallorca, en el Convento de San Francisco, de Valencia, en cuatro de Enero de M. D. LXXIIII. Y así mismo fue aprobada la dicha donación de la dicha capilla por el P. Estevan Giner, Provincial que entonces era de la dicha Provincia. Para los cuales efectos la sobredicha capilla se ha comenzado a reedificar y reparar por los dichos cofrades, los cuales todos humildemente piden y suplican a usted, pues es tan devoto de la limpísima Concepción de la Madre de Dios, tenga por bien de aprobar y confirmar la donación y fundación de la sobredicha capilla y Cofradía; y el derecho de enterrarse los cofrades de la limpia Concepción en los vasos de la dicha capilla de la santa y pura Concepción.»
(Del libro intitulado Limpieza de la Virgen y Madre, por Fr. Cristóbal Moreno, ofm.)
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