El gol de Tulfín
Era don Ataúlfo un galeno de fama comarcal. Su clínica era concurridísima. Por decenas acudían a ella diariamente los enfermos con absoluta fe en su arte de curar. La propaganda no era cosa que le preocupara a don Ataúlfo, porque los mismos curados (y eran muchos) se convertían en carteles parlantes que prestigiaban sus excelentes cualidades médicas.
Frecuentemente en los pueblos del distrito se escuchaban diálogos de urgencia a la intervención de don Ataúlfo.
—Si usted no puede hacer más iremos a don Ataúlfo.
—Sí, que venga don Ataúlfo a consulta porque es el único compañero que quizá pueda darnos más luz sobre el grave caso del paciente.
En su despacho se oían palabras de suma confianza que le estimulaban a prodigarse en favor de los enfermos que acudían.
—Don Ataúlfo, a mi marido le ha salido un grano en la nariz que parece agravarse más a medida que aplicamos más remedios. Usted es el único que puede acabar con él.
—Si usted, don Ataúlfo, no me cura, ya puedo hacer testamento.
—¡Pardiez! —respondía don Ataúlfo—, demasiada confianza ponéis en mí... No merezco tanto... En fin, haremos lo que se pueda...
Los comarcanos le tenían como especialista de todas las enfermedades y sus colegas circunvecinos como fenómeno y eminencia en Medicina. Con decir que hasta operaba en su clínica de boca, nariz, oído, de vientre y de riñones, está todo dicho. Pero, ¡claro!, alguno que otro enfermo tratado por él cerraba sus ojos a esta vida para no volver a ella más. A esto decían que sucedía porque al paciente le había llegado la hora, y no porque a don Ataúlfo le faltara ciencia y experiencia.
A los veinticinco años de edad contrajo nuestro héroe matrimonio canónico con una señorita gordita, bajita y de ojos alegres y hasta muy niña, no de años (tenía uno más que él), sino de temple y juicio. Tengo para mí que nunca le salió la muela de este nombre. Andaba a saltitos y cuando iba cogida del brazo de su marido más bien parecía un bulto pesado colgado de una percha. Era doña Engracia (así se llamaba la señora) muy desigual de carácter y lo mismo se tornaba en zalamera y graciosa que en arisca y misántropa, con dentera de entufada. Hubo un hecho que e retrató para siempre. Estaba don Ataúlfo muy preocupado, en cierta casa de un barrio apartado de la ciudad en que vivía, ayudando a bien nacer a un niño precoz que se resistía a venir al mundo. En aquellos apuros se le presenta la doncella de doña Engracia, diciéndole que ésta necesitaba urgentemente estar con él; que fuera en seguida para tratar de asunto interesante. Dejó en suspenso su trabajo y corrió veloz creyendo fuera cosa grave la llamada de la señora. Al llegar a su casa se encontró sorprendido enfadosamente con una de tantas exigencias que prueban a las claras la infantilidad de su mujer.
—Ataúlfo, te he llamado para darte un beso, porque hoy aun no te había visto.
—Pero, Engracia, querida mía, piensa mejor las cosas. ¡Qué imprudencia has cometido! Te expones a que no acuda otra vez aunque me llames estando tú muriéndote—. Esto habló don Ataúlfo con gesto amenazador y huyendo presuroso a continuar la operación.
De doña Engracia tuvo don Ataúlfo un hijo después de cuatro niñas.
—¡Ya tenemos varón! ¡Ya tenemos varón!—, gritaba a sus conocidos don Ataúlfo anunciando su nacimiento.
—Que sea para bien; no creas que con los hijos varones todo son albricias—, dijo una de sus personas íntimas.
—Que sea lo que quiera, menos agua mansa o santurrón.
Excuso decir que el suceso llenó de regocijo a don Ataúlfo, hasta entonces malhumorado, cuando pensaba que Dios sólo le había dado niñas. Le puso en el bautismo su propio nombre, pero quiso le llamaran Tulfín por parecerle mejor bisílabo y por seguir la moda del día.
Tulfín creció rebordecido, como una hierba sin cultivo, a merced de sus instintos, porque don Ataúlfo decía ser monserga lo de la educación. Temía éste cortar los bríos físicos del hijo y gozaba de ver crecer el soma sin ninguna traba ni puntal. Lo demás ya llegaría (decía él) a su tiempo, cuando Tulfín tocara la segunda infancia. Y llegada ésta, Tulfín ya era juguete de veleidades y caminaba tan corto de juicio que no había tentación en la que no cayera. En cada fecha hacía su fechoría. No sólo cortaba los rabos a los gatos o afeitaba a capricho a su lulú dejándole patillas y bigote, sino que se metía también malamente con las personas y las cosas. Un día hizo la autopsia con el bisturí de su papá a un caballo de cartón, de más de un metro de alto, que acababa de recibir en regalo; otro, hizo asomar a una de las sirvientas por la ventana
del piso bajo y por la paralela del alto le lanzó a la cabeza un botellón lleno de agua que le hubiera pulverizado el cráneo de no haberla escondido la avisada joven al verla bajar ; otro, rompió la luna del escaparate de una tienda vecina. Más de una vez hubo de curar don Ataúlfo las heridas causadas por las bravatas de Tulftn a sus amigos.
Doña Engracia se oía con frecuencia lo que no quería. Ella, como única respuesta, remitía las quejas a su marido. Y éste las recibía con carcajadas de alegría haciendo broma de las cosas de Tulfín, aunque pegaba a gusto los desperfectos causados por él.
—No me apuro —dijo cierto día don Ataúlfo a su esposa—; día vendrá que sin esfuerzos ni molestias dejará de ser así.
—¡Oh!... ¡Mi hijo!... Promete mucho. Es agudo y bravo en sus juegos y pendencias infantiles —decía don Ataúlfo a un amigo muy querido—. Demuestra prometer genio para el porvenir. Me gozo de que Tulfín no sea agua mansa.
—El modo de ser de Tulfín es mi debilidad. Confieso que le quiero más que a mis hijas—, decía a cierta señora que se reía de cierta travesura de su hijo.
Pero llegó el suceso fatal que derribó el castillo de naipes que casi locamente había armado don Ataúlfo con su Tulfín. En su casa un cisco padre le hizo dejar sus ilusiones. Tulfín improvisó, solo en el piso, un partido de fútbol, despachando a puntapiés con toda su fuerza un balón de reglamento por corredores y salas hasta hacer gol en la cocina. Salieron de allí como rebotadas la cocinera y doña Engracia, su mamá; aquélla con las manos en la cabeza; ésta con un berrinche que reventaba.
—¿Qué has hecho, Tulfín?—, gritó la cocinera.
—¡¡Al papá voy! !... ¡¡Al papá!!...—, gritaba desaforada la ofuscada doña Engracia.
—¡¡Gol!!... ¡¡Gol!!... —repetía sin cesar entre tanto Tulfín.
Don Ataúlfo estaba ajeno al acontecimiento, y mientras auscultaba con el fonendoscopio a un apuesto labrador (que había sufrido en una caída una opresión en el pecho) fue sorprendido (sin saber lo que le pasaba) por la súbita presencia de su mujer, tan pálida, nerviosa, balbuciente y encrispada, sin respeto al lugar, que la creyó víctima de un ataque de locura. La cogió precipitadamente de un brazo y a empellones la llevó a una sala del interior, cayendo los dos sentados en un diván. El vestía bata blanca; ella iba en traje de trabajo y con delantal de cocina. Se miraron los dos con pena unos segundos. El ordenó a la servidumbre (estaba toda alborotada) le sirvieran un calmante mientras le tomaba el pulso y trataba de serenarla.
—O pones remedio a esto o yo me voy de casa—, le dijo a su marido doña Engracia.
—¡Cálmate, querida mía, cálmate! Después deliberaremos.
—Es preciso que tomes la determinación de encerrar a tu hijo en un internado —respondió espontánea doña Engracia—. Ayer por él 1.000 pesetas hube de pagar para reponer la vajilla rota; hoy a estas horas la comida del medio día toda por tierra.
Gracias al gol singular, pocos días después el director del colegio de la ciudad en que vivía don Ataúlfo recibía la visita de éste acompañado de Tulfín, que llegaron en demanda de una plaza para éste en el internado.
—Con mucho gusto —dijo el Padre a don Ataúlfo— admito a su hijo.
Y le entregó el Reglamento.
—Se lo agradezco, Padre —respondió don Ataúlfo—. Y sepa que yo en Tulfín he criado el animal; forme ahora usted el hombre.
El Padre director se archivó la frase; puso esfuerzo en conseguir realizar los deseos de don Ataúlfo, y por fin sacó la consecuencia de que nada se podía hacer. El animal en Tulfín estaba tan desarrollado que el hombre se quedó desplazado en él para siempre. Empeñarse era dar coces contra el aguijón. Hubo quejas por parte del Padre a don Ataúlfo.
—Aguántelo, Padre —respondía siempre a ellas don Ataúlfo—. A ver si usted con paciencia logra formar el hombre.
—Sería cosa de milagro, don Ataúlfo. Tulfín es un animal indomesticable. Y lo malo es que acabará él con usted.
—¡Oh!... ¡Mi Tulfín...! Le quiero mucho para pensar que pueda Tulfín perderme.
* * *
Diez años más tarde estaba don Ataúlfo enlutado, envejecido, muy triste, recostado en un pilar del claustro central de un buen colegio. Miraba al cielo recordando a Tulfín.
—Me ha matado la esposa y a mí —decía el famoso galeno—. A los dos nos ha muerto.
Don Ataúlfo, ya viudo, estaba emplazado en un juzgado para pagar las deudas enormes de Tulfín, mientras el hijo extinguía condena por sus delitos en un célebre penal. Fue víctima del animal que tan ufano crió, olvidándose de que un hijo para ser lo que debe ser debe crecer ya hombre bajo el techo de la casa paterna, influido por los sanos principios de la sana educación que tiene como base el santo temor de Dios.
Enrique Barrachina Gil
Arciprestre de Chiva
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