Concebida con virtudes naturales y sobrenaturales perfectas

Se entiende por virtud, el hábito o disposición firme de nuestras potencias para obrar siempre el bien.
Las virtudes son infusas o adquiridas. Las primeras son aquellas que fueron depositadas como germen en el fondo de nuestra alma en el santo Bautismo. Las segundas son fruto y resultado de nuestro esfuerzo personal.

Se dividen también en teologales y morales. Las teologales son las que nos dirigen directa e inmediatamente a Dios, o, más exactamente todavía, las que tienen a Dios como objeto inmediato. Las morales son las que, regulando nuestros actos, nos ayudan a adelantar en el camino de nuestra perfección espiritual y así acercarnos y unirnos más y más a Dios.

Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad. La fe eleva nuestra inteligencia hasta la participación de la luz de Dios. La esperanza lleva nuestro corazón hasta llegar a una posesión anticipada de su propia felicidad. La caridad eleva nuestra voluntad hasta unirla con la voluntad divina. Son virtudes infusas, porque el Espíritu Santo ha puesto en nuestras almas un inestimable germen de las mismas junto con la gracia bautismal.

Las virtudes morales son muchas. Entre ellas, las cuatro principales se llaman cardinales porque son como el apoyo y sostén de las demás, que giran y se mueven en torno de aquéllas, a semejanza de las puertas en torno de sus goznes. Vienen a ser como las madres y las reinas de las demás virtudes. Son: la prudencia, que nos señala nuestro fin y los medios más a propósito para alcanzarlo; la justicia, que nos hace fieles a nuestros deberes, mostrándonos lo que debemos a cada uno de nuestros prójimos; la fortaleza, que nos ayuda a vencer los obstáculos y dificultades que se oponen al cumplimiento de nuestros deberes, y finalmente, la templanza, que nos enseña la manera de usar moderadamente de las cosas de este mundo.
A estas virtudes se refieren muchas otras, como la religión, la piedad, la obediencia, la oración, la penitencia, la magnanimidad, la paciencia, Ca constancia, la perseverancia, la honestidad, la castidad, la pureza, la continencia, la modestia, la clemencia, la humildad, etc.

Estas virtudes son naturales o sobrenaturales, según que se refieran o no a Dios, esto es, según que tengan o no a Dios por motivo. Únicamente las virtudes sobrenaturales serán premiadas en el cielo, pues allí Dios paga tan sólo lo que por El se' hizo en esta vida terrena. Las virtudes naturales alcanzan la recompensa en la vida presente por medio de gracias temporales. Así, dice San Agustín que los romanos obtuvieron el dominio del mundo como premio de sus virtudes naturales.

Notado esto, decimos : Que Dios no hermoseó y enriqueció a María en el instante de su concepción con sólo el don de la gracia santificante, sino que juntamente con ella le infundió virtudes perfectísimas, así naturales como sobrenaturales, y los dones del Espíritu Santo.

En efecto, la gracia es como una segunda naturaleza, que para ejercer los actos que le son propios pide y reclama las virtudes y los dones del Espíritu Santo, los cuales son como los brazos y miembros de que sirve para obrar.

Luego Dios, que hace bien todas las cosas, se las infundió junto con la gracia santificante. Y se las infundió en el grado perfectísimo que correspondía a la intensidad de su gracia. De manera que si esta fue mayor que la de todos los santos y ángeles juntos, también lo fueron sus virtudes.

Y decimos que Dios le infundió las virtudes, así naturales como sobrenaturales, porque unas y otras se necesitan y ambas estuvieron en los santos.

Las sobrenaturales elevan y capacitan para obrar actos de orden sobrenatural, pero no inclinan a ellos ni los facilitan. Las naturales, por el contrario, no confieren capacidad ni elevación alguna, peto sí comunican facilidad y gusto en tales actos, barriendo los malos hábitos y venciendo las dificultades que pudieran hallarse dentro de nosotros. Y por tanto, son necesarias; pues sin ellas puede darse el caso de que uno posea un caudal muy considerable de gracia y virtudes sobrenaturales perfectísimas, y sin embargo, sienta la misma dificultad en practicar la virtud que un indiferente.

A nosotros nos infunde Dios sólo las virtudes sobrenaturales; las otras podemos y debemos adquirirlas mediante el ejercicio continuado y frecuente de los actos que les son propios. A la Santísima Virgen infundió también las naturales, por especial privilegio que reclamaba su oficio de segunda Eva, debeladora de la serpiente y Madre de Dios.

San Buenaventura modelo y maestro de vida cristiana

VII. San Buenaventura, hombre activo y contemplativo

«Las virtudes nos disponen principalmente para la vida activa;
los dones del Espíritu Santo, para la contemplativa
.»
(San Buenaventura, Breviloquio, pág. 5, c. c.)

Vida activa y vida contemplativa no son dos vidas diversas, sino dos aspectos o dos manifestaciones de una misma y única vida: la vida cristiana.

La vida cristiana es la vida de Dios, comunicada al hombre por los méritos de Jesucristo.

Por ser la vida misma de Dios, es vida sobrenatural, indebida e inaccesible a pura criatura por dársenos sin mérito nuestro es gratuita y la llamamos vida de gracia; y porque la recibimos de Jesucristo, que la vive plenísimamente, la mereció para nosotros y nos la infundió en el bautismo, viene a ser, de hecho, vida cristiana, la cual comienza en el bautismo, se perfecciona en la confirmación, cooperando nosotros a la gracia santificante de los sacramentos y a las gracias actuales que a toda hora recibimos del Espíritu Santo para evitar el mal y obrar el bien.

En nuestra cooperación hay actos internos que unen el alma a Dios por fe y por amor ; y actos externos en servicio del prójimo por amor de Dios.

Los primeros, por los que el alma retorna a Dios su Creador, tratando familiarmente con El en la oración, constituyen en la vida cristiana lo que los teólogos llaman vida contemplativa. Los actos externos o de apostolado, que miran al bien del prójimo y principalmente a la salvación de su alma, constituyen la vida activa.

San Buenaventura nos instruyó acerca de la naturaleza y crecimiento de la vida cristiana en sus manifestaciones activa y contemplativa que él supo vivir santamente y exponer sabiamente.
Recordemos, para aprovecharlas, sus luminosas enseñanzas.

* * *

La gracia que se nos infunde en el bautismo es verdadera vida, más excelsa y. sublime que la vida humana : es la vida divina vivificándonos y siendo vida nuestra. Nos da Dios esta vida para que la vivamos de continuo obrando virtuosamente en orden a Dios y en orden al prójimo.

Lo referente a Dios es lo que llama San Buenaventura vida contemplativa; lo referente al prójimo, vida activa.

Debemos comenzar a actuarlas en llegando al uso de razón.

La vida contemplativa ha de actuarse entonces con una firme adhesión del alma a Dios mediante actos de fe, de esperanza y de caridad, virtudes teologales que para nuestra unión con Dios nos infundió él en el bautismo.

La fe une nuestro entendimiento a Dios, que es la Verdad subsistente, que no puede engañarse ni engañarnos cuando nos habla por Jesucristo, por los Apóstoles o por el Papa.

La esperanza nos une a Dios, sumo bienhechor nuestro, de quien hemos recibido la vida, las potencias, los sentidos, las fuerzas, la salud; y de cuya largueza infinita recibimos el premio eterno de la gloria a condición de que le seamos fieles durante esta vida que es tiempo de prueba.

La caridad nos une a Dios, Bondad infinita y sumamente amable, que nos ama tiernamente y merece le correspondamos con todo nuestro amor, que aun quedará corto para lo que Dios merece.

Este ejercicio de las virtudes teologales que une nuestra alma con Dios constituye m una fase primordial de contemplación, de cuyos actos ningún cristiano puede excusarse porque este proceso inicial de contemplación «es necesario para la salvación eterna».

Con el ejercicio de las virtudes sé ilumina el alma y se va disponiendo para producir obras de subidísimo valor espiritual bajo el. certero impulso del Espíritu Santo, que puso en ella sus dones como aptitudes para recibir su toque secreto impulsándola a obras de excelsa perfección que esclarecen a sus ojos las verdades de fe y le dan a gustar cuán suave es el Señor. Constituye esto un progreso notorio de la vida contemplativa.

Actuando el Espíritu Santo más fuertemente mediante el don de sabiduría y la bienaventuranza de los limpios de corazón, llega la contemplación a sus grados más sublimes, en los que, con fortaleza heroica para la práctica de la virtud, se le da un anticipo y pregusto de los bienes del cielo.

Virtudes, dones del Espíritu Santo y bienaventuranzas se nos infunden en el bautismo para actuar y desenvolver la vida cristiana, que en germen nace entonces en nuestra alma para desenvolverse y crecer mediante nuestra actuación consciente tan pronto hayamos llegado al uso de razón. El ejercicio de las virtudes teologales señala ya entonces, según San Buenaventura, el brote inicial de la vida contemplativa, que debe ir progresando gradualmente mediante el ejercicio de los dones hasta llegar a la cumbre de las bienaventuranzas, «en que se halla el descanso, el reposo y la paz del alma».

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La vida activa es también propia de todos los grados de la vida espiritual, lo mismo que la vida contemplativa; pero no se desenvuelven ambas a la par ni con igual ritmo, sino a la inversa, como luego veremos.

El ejercicio de las virtudes cardinales es lo que caracteriza la vida activa, sin que dejen de intervenir también en ella las teologales en su función de rectificar las potencias del alma en orden a la honestidad de nuestros actos, y los dones y las bienaventuranzas dando facilidad para hacer algo más de lo estrictamente mandado.

La caridad, que es la principal de las virtudes y lazo de unión entre ellas, ha de informar y sostener en su ejercicio los actos todos de la vida activa.

Ella nos hace amar al prójimo por ser hijo de Dios y miembros de Jesucristo, deseándole el principal de los bienes, que es su salvación eterna, y procurándosela por los medios a nuestro alcance, que son principalmente la oración y el buen ejemplo. «Después de la salvación propia —dice San Buenaventura— nada hemos de desear tanto como la salvación ajena.»

No sería sincera esta benevolencia si no fuese acompañada de obras de beneficencia para la buena formación moral del prójimo y para remedio de sus necesidades corporales. Las obras de misericordia mencionadas en el Catecismo presentan hermoso compendio de lo que los fieles de vida activa pueden hacer por los prójimos, sus hermanos en Cristo.

Insiste San Buenaventura en que tengamos siempre presente esta condición sobrenatural de nuestros prójimos: «Préstales tus servicios, en especial los más humildes, con tanta caridad como si lo hicieses con la persona de Cristo, que dijo: "Lo que hicisteis con alguno de estos mis pequeñuelos, conmigo lo hicisteis"» (Memorial, 19). Y añade: «Los ricos sirven al pobre y los sanos al enfermo, por amor a Cristo, que queda honrado en sus miembros, sin que el servirlos sea cosa baja ni humillante.»

Para completar este cuadro de la vida activa no olvidemos que lo dicho a propósito de la Ascética pertenece de lleno a la vida activa. Son ejercicios o ascesis que miran a nuestro provecho espiritual en cuanto somos criaturas e hijos de Dios como lo son nuestros prójimos.

San Buenaventura compendia esta ascesis o actividad santificante en estas tres palabras: «Apartamiento del mal, práctica del bien, paciencia en las adversidades» (Serm. 6, inf. oct. Epif.).

Se ve lo asidua que ha de ser esta ascesis y los peligros que pueden acarrear el desentenderse de ella o no prestarle la debida atención. El gran medio para ejercitarla cual Dios nos pide es la imitación de Jesucristo, nuestro obligado modelo. A Cristo en todos los misterios de su vida, pero principalmente en los de su Pasión, hemos de mirar para hallar en El fortaleza y perseverancia en la práctica de la virtud.

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Vida activa y vida contemplativa son simultáneas, en sentir de San Buenaventura, en los tres grados de la vida espiritual. Los principiantes que han de purificarse del mal y practican la virtud llevan una vida predominantemente activa, con algunos actos contemplativos poco vigorosos. Purificada ya el alma de pecados y adiestrada en la virtud, avanza en la perfección, actuando vigorosamente las virtudes con el auxilio de los dones contemplativos, cuyos actos llegan a ser habituales, dando a la vida marcado carácter contemplativo.

A medida que el alma se perfecciona y se va llenando de Dios, siente fuertes y vivos anhelos de comunicarlo a las almas, ya por la oración y sacrificio, ya por obras de apostolado, uniéndose admirablemente entonces la vida activa y la contemplativa como dos hermanas que, si nunca se separaron durante el proceso de la vida espiritual, en las cumbres de ella, con penetración íntima y provecho mutuo, forman la llamada vida mixta, la vida que Jesucristo llevó y que se origina en las almas contemplativas cuando su plenitud interior tiende a derramarse afuera en beneficio de las almas. Sin salir de Dios van entonces a las criaturas, de las que se retiran luego para permanecer ocultas en Dios.

Así procedió San Buenaventura con gran provecho propio y de la Orden Franciscana. Así vivió San Francisco de Asís, restaurando las buenas costumbres en la Iglesia Católica.

Así debo vivir yo dentro del radio de acción que Dios me ha confiado. ¿He procurado vivir así hasta ahora? ¿Tomaré con más interés en adelante este asunto trascendental de mi vida?

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Glorioso San Buenaventura, inflamado como un serafín en amor a Dios y en celo por la salvación de las almas : alcánzanos de Jesús que tengamos en gran estima la-vida de gracia y que la vivamos cada día más intensamente, hasta que llegue la hora de gozarla definitivamente en la gloria. Amén.

Fr. Luis Mestre, ofm

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