San Antonio y la Inmaculada
San Francisco amaba y veneraba tanto a la Virgen Santísima que por Ella obtuvo la gran Indulgencia o Perdón de Asís, y bajo su protección y en la pequeña iglesia de la Porciúncula puso el fundamento de sus tres Ordenes. Sus hijos supieron imitarle en esto, y bien conocido de todos es el entusiasmo y fervor por defender el dogma de la inmaculada Concepción.
Es una de las glorias más singulares de la Orden Seráfica el haber sido el más grande paladín de este admirable dogma. Una inmensa pléyade de ilustres hijos del Serafín de Asís trabajaron incansablemente, por escrito y por palabra, en defender esta doctrina inmaculista, y entre ellos no podía faltar el Doctor Evangélico San Antonio de Padua, que ocupa un lugar muy predilecto por ser el «precursor de Escoto y de todos los eximios defensores de la Inmaculada», como le llamó el P. Schaaf, en aquel entonces Ministro General, en el discurso que pronunció con ocasión de la declaración de San Antonio de Padua como Doctor de la Iglesia: "Habet in Antonio (Ordo Seraphicus)... praecursorem Doctoris Subtilis ac ceterorum eximiorum Immaculatae Conceptionis Deiparae assertorum".
Muy debatida fue la cuestión de la Inmaculada Concepción entre los teólogos, particularmente de la Edad Media, y no carece de importancia la posición de San Antonio en torno a este intrigado problema.
Desde fines del año 1400 se comenzó a citar a San Antonio en esta debatida, cuestión, si bien la opinión de los teólogos era muy diferente. Los hubo quien le consideraban como un «negador explícito» del privilegio, entre los que sobresalen los dominicos Bandelli (1481), Cayetano, Melchor Cano y Medina. Más larga es la lista de aquellos que han defendido a San Antonio como «defensor explícito» de la Inmaculada, entre los que se cuentan los franciscanos P. Antonio de Córdoba (1569), P. Pedro de Alva y Astorga, P. Facchinetti y el P. Scaramuzzi, y los jesuítas P. Nieremberg, P. Strozzi y el P. Plazza.

Visión de San Antonio Alonso Cano
¿Cuál fue, pues, la opinión del Doctor Evangélico con relación al admirable privilegio de María en su Concepción Inmaculada? Parece fuera de duda que San Antonio conoció a fondo la cuestión y que no quiso discutirla por temor de ponerse en contra. De aquí esa precaución tan exagerada y escrupulosa de huir y apartar todo aquello que implicara en cierto modo negación de la doctrina inmaculista, como lo dio a entender en cierta ocasión no queriendo asistir al coro en la vigilia de la Asunción de la Virgen por no escuchar la lectura del Martirologio (entonces se usaba el Martirologio de Usuardo), en el cual se ponía en duda el privilegio mañano.
El santo Doctor, conociendo bien el término de la concepción activa y pasiva, nunca habla con relación a la Virgen, sino siempre de Cristo. Pero de sus escritos fácilmente se desprende la consecuencia lógica de que era partidario de la doctrina inmaculista. «Cristo fue concebido sin pecado —dice en sus sermones— porque fue concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo de una carne virgen e inmaculada.» Esta carne de María fue tal, es decir, inmaculada, cándida, inocente, ab omni labe peccati munda, qualis fuit ante peccatum, por dos razones, según el santo Paduano:
a) Por respeto a Cristo, única razón esencial por la que no fue manchada de la concupiscencia viril en la concepción de su Hijo divino; y
b) Por respeto a María, por su gran santidad y su perfecta virginidad, de mente y de corazón; santidad y virginidad que se reflejaban en la carne: Vir indutus lineis est Jesús Christus, qui de Beata Virgine vestem lineam accepit, et non principium inmundum conceptionis, quia opere Spiritus Sancti de purissima Virgine conceptus.
Para comprender mejor esto es preciso recurrir a la doctrina general del Santo sobre la naturaleza y la transmisión del pecado original. Con una concepción y con expresiones fuertemente realistas, San Antonio casi identifica el pecado original con sus efectos. Grave y pesado yugo, dice en tono lamentoso, es el pecado original: Grave jugum est originale peccatum, idest fomes peccati, idest concupiscentia... Sunt et ejus desideria, quae sunt actuales concupiscentiae, quae sunt arma diaboli, quae veniunt ex languore naturae... qui movet mala desideria. Vis audire, quam grave sit jugum super filios Adam? Audi quod scriptum est in Ecclesiasticis dogmatibus: Firmissime tene, el nullatenus dubites omnem hominem, qui per concubitum viri et mulieris concipitur, cum originali peccato nasci, impietati subditum mortique subjectum, et ob hoc natura irae filium, a qua nullus liberatur, nisi per fidem mediatoris Dei et hominum.
Este pecado se contrae, según San Antonio, con la generación natural, por obra, sobre todo, del concurso paterno, a quien se atribuía toda la actividad en la generación. Sólo Cristo no tuvo tal principium immundum conceptionis, quia opere Spiritus Sancti de purissima Virgine conceptus.
Parece clarísimo que el santo Taumaturgo no conoció otro camino para huir de la triste herencia que la concepción virginal. Si a todo esto añadimos la tesis de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la universal Redención, y además la concepción misma teológica, muy común en aquel tiempo, de no distinguir todavía exactamente la esencia espiritual y la sede propia del pecado; el no saber comprender cómo podía permanecer inmune del contagio el alma (sede de la gracia) mientras el cuerpo estaba infectado o era la causa de la infección del alma, y el no haber encontrado todavía la distinción bonaventuriana y después escotista entre prioridad de natura y de tiempo, entre redención preservativa y liberativa, entre pecado y débito de pecado... fácilmente hemos de admitir que impedían verdaderamente al Doctor Evangélico, como a tantos otros de su tiempo, el pronunciarse en favor de la Inmaculada Concepción de la Virgen.
Sin embargo de ello, en aquel ambiente doctrinal el Santo dejó discutir a los otros. A él le bastó afirmar por de pronto la santificación de María en el seno materno. Esta tesis clara y nítida es típica y tiene un sentido muy suyo y particular en la cuestión histórica de la Inmaculada.
Puesta la tesis de la primera santificación mañana y con ella los principios generales sobre el pecado original, su transmisión y consecuencias en el género humano, el santo Paduano parece no contento de lo dicho, y en sus sermones, incluso los no marianos, usa expresiones del todo inmaculistas: María Virgen immaculata, candida, purissima, ovis propter innocentiam..., etc. Estas expresiones y otras muchas semejantes, conjuntamente a las varias figuras y símbolos usados en los temas de virginidad, son verdaderamente singulares en San Antonio y contienen en germen la doctrina de la Inmaculada. Algunos términos se dirían entresacados, o mejor, prestados a Pío IX para la fórmula dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima: «...Singulari omnipotentis Dei gatia et privilegio... ab omni originalis culpae labe praeservatam immunem», definió a María el angélico Pío IX. Y San Antonio con aquel acento candoroso la declaraba: Singulari gratia praeventa est atque repleta, y definía la carne de Cristo: Carne ob omni labe peccati munda, a Virgine immaculata assumpta.
Estas expresiones inmaculistas, exaltando la suma pureza y santidad de María, no eran demasiado comunes en todos los Padres y teólogos de aquel tiempo, sino muy singulares y propias del Doctor Evangélico, de tal manera que no es un simple dux pii fidelium sensus, como lo llama Romeri, en el desarrollo histórico de la cuestión de la Inmaculada Concepción, sino un gran duce, providencia y gigante entre los demás. Uno de aquellos duces que la divina Providencia ha suscitado en el transcurso de los siglos para afirmar y custodiar nuestra verdad dogmática. Esto es gran mérito para nuestro santo taumaturgo.
Los dos últimos textos y la mayoría de los arriba mencionados se encuentran esparcidos en muchos sermones no ex professo marianos, lo cual revela una psicología profundamente mariana e inmaculista. San Antonio, aparte de la breve insinuación del fomes de la concupiscencia y sus consecuencias, parece poner una atención y estudio particular en presentar a su «amable y gloriosa Señora» siempre rodeada de luz de virtud, de gracia y santidad llena, y en no nombrarla cuando habla del pecado, sino sólo en aquellas ocasiones para dar mayor resalto y claridad de contrastes: es decir, en antítesis con el pecado.
Y cuando incluso debe nombrar a los afortunados padres de la Virgen, desdichadamente también ellos herederos del pecado, con el candor propio de aquella santidad angelical en que estaba embriagado, quiere como apartar hasta la sombra del pecado usando términos del todo inmaculistas: María es de castis et humilibus parentibus... orta, y de ellos processit ut flos candidus inaestimabilis odoris.
He aquí la psicología mariana de nuestro Santo. Conoció, por tanto, la cuestión, pero no le pareció útil ni prudente ponerse en pro o en contra abiertamente, como lo había hecho incluso San Bernardo, tanto menos en sermones destinados a sus Hermanos en religión que debían llevar al púlpito aquellos sus temas y pensamientos. Por otra parte, no nos dejó en herencia ningún comentario a las Sentencias o cosa semejante, como hicieron los otros escolásticos posteriores, ni tan siquiera algún extracto de sus lecciones teológicas tenidas en las cátedras de Bolonia, Montpellier, Tolosa y Padua (1223-31).
No obstante, parece clara la mentalidad del Santo, y no sin razón el P. Schaaf le calificó de «precursor de Escoto y de todos los eximios defensores de la Inmaculada».
Fr. Juan José Baydal, ofm
Asunción del Inmaculado Cuerpo de María
Los que al despuntar en nuestra mente la luz de la razón estuvimos iluminados también por la segurísima luz de la fe, hemos creído constantemente en el consolador y adorable misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a la gloria y tuvimos estremecimientos de júbilo santo cuando supimos que esta creencia antiquísima y universal de la Iglesia Católica iba a ser declarada dogma de fe por el solemne magisterio infalible del Papa.
De rodillas escuchamos por radio, los que no pudimos ir a Roma, estas palabras de la definición dogmática de Pío XII: "Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.»
El pueblo cristiano se goza en esta definición dogmática y repite, saboreándolas, las palabras del Papa: «La Inmaculada Madre de Dios fue elevada en cuerpo y alma a la gloria».
Estás palabras ponen de manifiesto una estrechísima relación entre el privilegio o misterio de la Concepción Inmaculada y el misterio de su gloriosa Asunción. Todo en las obras de Dios está puesto en su lugar y relacionado entre sí formando admirable conjunto; y mejor que en ninguna otra lo está en la Madre de Dios, que es, fuera de la Sagrada Humanidad de Jesucristo, su obra más excelsa y maravillosa. Ninguna otra pura criatura puede compararse en dignidad, en gracia y en gloria con la excelsa Madre de Dios.
Cada misterio que de Ella nos ha descubierto la Iglesia ha ido iluminando los ojos de los teólogos y la piedad de los fieles católicos para entrever nuevas grandezas y nuevos misterios en la Santísima Madre de Dios. El misterio de la Asunción nos la hace ver coronada ya como Reina de cielos y tierra; así como la Inmaculada Concepción hizo pensar en la definición dogmática del misterio de la Asunción.
Detengamos unos momentos nuestra atención en las secretas armonías que corren entre la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Santísima Virgen a los cielos. La Bula Munificentissimus Deus nos las hará
conocer, sentir y admirar, despertando en nuestros corazones centellas de amor a nuestra Inmaculada Madre en este Año Mariano, año centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
Dice así la Bula: «El privilegio de la Asunción gloriosa del cuerpo de la Virgen María Madre de Dios al cielo ha brillado con más clara luz desde que Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción, a causa de la estrecha e íntima trabazón que hay entre estos dos privilegios... María, por privilegio singular, venció el pecado con su Concepción Inmaculada, y por eso mismo no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la resurrección de su cuerpo hasta el fin del mundo.
»Por esta razón la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Madre de Dios hizo concebir ardientes y bien fundadas esperanzas de que la suprema autoridad de la Iglesia no tardaría en definir como dogma la Asunción corporal de la Virgen al cielo, y desde entonces hubo no sólo fieles cristianos, sino también obispos y reyes y no pocos Padres del Concilio Vaticano, que suplicaron a la Santa Sede se dignase pronunciar la definición dogmática.»
La relación y correspondencia entre ambos misterios se patentiza por las palabras del Arcángel en su embajada a la Madre de Dios cuando saludó a María: «Llena de gracia y bendita entre todas las mujeres.» De ellas inferían los teólogos y deducía Pío IX el privilegio de la Inmaculada Concepción, pues no hubiera estado llena de gracia si en el primer momento de su vida hubiera carecido de ella, ni sería «bendita entre todas las mujeres», bendita con bendición plena y absoluta, bendita con plenitud de bendiciones, si hubiera quedado sujeta a una sola maldición. No podía estarlo de modo alguno ni a la maldición del pecado original ni a la corrupción del sepulcro, como ya afirmó Pío IX y repite Pío XII. Esta plenitud de gracia y de bendiciones de María es, por consiguiente, anuncio y presagio seguro de su gloriosa Asunción.
Tan real y conocida de antiguo es esta relación que los teólogos defensores de la piadosa creencia de la Inmaculada Concepción, al apoyarse en las palabras del Arcángel para demostrar la exención del pecado original, ya hicieron notar que el misterio de la Asunción pertenece también a la plenitud de gracia concedida a la Santísima Virgen. Pío XII lo corrobora en su Bula aduciéndolo como una de tantas pruebas de la universal creencia en el misterio de la Asunción.
Según esto, la Asunción es consecuencia lógica de la Inmaculada Concepción, como dijo Pío IX en carta a Isabel II de España agradeciendo la petición oficial de esta reina en favor de la declaración del dogma de la Asunción, y así lo reconoce también Pío XII al afirmar que «estos dos privilegios están íntimamente unidos entre sí». Por tanto, si en su Concepción purísima recibió la Virgen una redención preservativa y anticipada, en su muerte tuvo una redención cumplida y total, resucitando anticipadamente y entrando con cuerpo glorioso en el cielo.
Fundado en esto argumenta así Santo Tomás de Villanueva: «No es justo que sufra corrupción aquel cuerpo que no estuvo sujeto a ninguna concupiscencia... y sería indigno que sintiera la mancha de la podredumbre lo que no sintió la mancha del pecado» (1).
Tan convencido estaba el mismo santo de la trabazón y mutua dependencia de ambos privilegios entre sí, que en un tiempo como el suyo en que, mientras se disputaba y controvertía acerca de la Inmaculada Concepción creía tranquilamente todo el pueblo fiel en la Asunción de la Virgen, argumentando en defensa de la Inmaculada Concepción decía: «Puesto que creemos que la Virgen no fue reducida a ceniza, sino que gloriosa voló a los cielos en cuerpo y alma, por eso mismo creemos piadosamente y con verdad que también fue concebida sin mancha; si no careciera de vicio, tampoco careciera de suplicio» (2).
De aquí es que si la Inmaculada Concepción pudo ser defendida victoriosamente con el célebre argumento fundado en el principio de conveniencia que empleó el venerable Escoto y que Pío XII ha engarzado en su encíclica Fulgens corona, también la Asunción corporal de María al cielo puede ser defendida con el mismo argumento.
Pudo Cristo, en efecto, siendo Dios omnipotente, elevar al cielo no sólo el alma, sino la persona de su Madre resucitada y gloriosa; convino grandemente que así lo hiciera Cristo para tener a su Madre asociada en este misterio como la tuvo en todos los de su vida, y para honrar el purísimo cuerpo de su Madre, del cual tomó El carne humana que unió a sí personalmente; y por tanto, elevó al cielo el cuerpo inmaculado de su Madre. Es decir, pudo Cristo elevarlo fue cosa de alta conveniencia dado el amor de Cristo a su Madre, y lo hizo ciertamente guiado por la ley del amor.
«Asociada en todo a Jesucristo —dice Pío XII— por un mismo y único decreto de eterna predestinación, fue inmaculada en su concepción, virgen en su divina maternidad; junto con el Redentor fue generosa Corredentora que triunfó plenamente del pecado y de sus efectos; y consiguió finalmente, como corona y supremo galardón de sus privilegios, el quedar ilesa de la corrupción de la muerte y el ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.»
* * *
No dejará de ser oportuno el recordar aquí unos hechos históricos de devoción a María en su Asunción y en su Concepción referentes a nuestra católica España.
En la iglesia de Santa Engracia, de Zaragoza, está la más antigua representación iconográfica que conocemos de la Asunción de la Virgen.
Un obispo de Osma fue el primer prelado que en la edad media se hizo paladín del dogma de la Asunción.
Don Jaime el Conquistador dedicó a Santa María, en el misterio de su Asunción, numerosos templos de Aragón y de Valencia.
Del Gobierno español partió la primera súplica elevada a la Santa Sede pidiendo »a definición dogmática de la Asunción.
España ha sido la nación católica que mayor número de peticiones ha elevado al Papa instándole a la definición dogmática de la Asunción.
En la inauguración del Congreso Mariológico de Roma, días antes de la proclamación del dogma de la Asunción, fue ensalzada unánimemente la ferviente devoción de España a la Santísima Virgen. El Embalador español afirmó que «el pueblo español sabe renunciar a otras cosas; pero nunca a la devoción a María, en cuya defensa sabe poner su vida». Un destacado congresista expresó la impresión suya y de los asistentes con estas palabras: «La fe en María ha hablado hoy en castellano.»
No podía ser menos. Era continuado y agrandado eco de la explosión de entusiasmo mañano en los inolvidables días de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, cuando Pío IX inauguraba en Roma un monumento a la Inmaculada para recuerdo perpetuo de la proclamación dogmática del misterio, y decía que había levantado el monumento en la plaza de España en Roma «por haber sido España la nación más devota de la Virgen y la que más fervoroso culto había tributado a la inmaculada Concepción.»
Así es España todavía. La Inmaculada subida al cielo, dónde reina junto a su divino Hijo, la protegió y protegerá para que realice sus grandes destinos providenciales.
(1) Cit. por Alastruey; Tratado de la V. Sma. Ed. B. A. C., pág. 434.
(2) Ibid., pág. 435.
El gran privilegio
Abre, oh Señor, mi labio; a mí descienda
tu espíritu y encienda
mi alma en tu amor.
Agradecido suene
no indigno de tu aliento
en himno humilde de tu bondad mi acento.
Doquiera anuncie el regocijo puro
de que el mortal seguro
gozó por fin tras larga noche umbría;
y la feliz aurora
recuerde en que tu mano bienhechora,
amparo de Israel, nos dio a María.
¡Oh dulce instante, memorable y santo!
Calmó del orbe el llanto
y el hondo afán de su natal la nueva,
de tu amor infinito
diste al formar su corazón bendito
al linaje de Adán excelsa prueba.
¡Ah! de la noche el estrellado velo,
el siempre rico suelo,
el sol brillando en la mitad del día,
menos el pecho inflaman,
menos la fuerza de ese amor proclaman
que el alma santa de la Madre mía.
Escogida por ti, de gracia llena,
la bárbara cadena,
un punto no arrastró del enemigo;
Tú alzaste el brazo airado,
y no llegó ni sombra ni pecado
al blanco seno que iba a darte abrigo.
Te debías a Ti tan alta gloria.
Por tu insigne victoria,
necesaria, Señor, a tu grandeza,
pudo, modesta y pía,
sola a tus ojos ofrecer María
no indigna de la tuya su pureza.
El grande privilegio verdadero
confiese el orbe entero;
en ningún corazón la duda habite.
¿Quién, Padre soberano,
cantó las maravillas de tu mano?
¿Quién hay, Señor, que tu poder limite?
¿Retroceder no hiciste la corriente
del Jordán a su fuente?
¿Al pueblo de Israel no dio camino
seco el mar a tu acento?
¿Y en la piedra de Oreb no halló, sediento,
fresco raudal, y puro, y cristalino?
¿No cantan las angélicas legiones,
no cantan las naciones
en esa joya de inmortal valía,
inclinada la frente,
un prodigio, Señor, más excelente?...
¿No es Madre y Virgen la feliz María?
¡Ah! que por siempre en soledad se vea,
que negado le sea
el sol y gima sin hallar consuelo,
el pecho descreído
que tu gracia no admire agradecido
en la Reina hermosísima del cielo.
Yo te adoro, Seño; ferviente el labio,
te aclama bueno y sabio
al levantar tu mano sacrosanta
a esa Doncella pura,
también, Señor, a singular altura
a la mujer de que nací levanta.
A. Arango y Escandón
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