Esplendores del cristianismo
La Gran Señora vestida del sol
«... En esto apareció un magno prodigio en el cielo:
una mujer vestida del sol y la luna debajo de sus pies,
y en su cabeza una corona de doce estrellas...»
(Apocalipsis, 12, 1.)
Tu vestido es el sol. Así cantan los encantadores seises de la Catedral hispalense a la Inmaculada Concepción, entre ritmos y danzas, melodías dulcísimas y repiquetear de las castañuelas o palillos, en el día de la Gran Madre de Dios. En la solemnísima fecha del 8 de diciembre de cada año y desde ya remotísimos tiempos, mucho antes del glorioso dogma de los dogmas proclamando la virginal pureza de la Santísima Virgen María (1).
Tu vestido es el sol. Jamás pudo el pío poeta y autor de los versos que los infantinos cantan a la Madre de Dios enjoyar un poema más bello para la declamación armoniosa de los pajecillos sevillanos entre arrobos de místicos fervores a la Reina Purísima, resplandeciente su clámide de áureos destellos, nimbada de luz su túnica en el deleitoso empíreo, más fulmínea y radiante que el propio astro rey.
Tu vestido es el sol. Sol que derrama sus rayos por todos los ámbitos del mundo. Manto esplendoroso de la Simpecado, que alumbra constantemente la tierra, en el día y en la noche, pues la luna nos retorna sus reflejos. Madre admirable, que desde el cielo es Faro potentísimo que alumbra las inteligencias del fervoroso creyente, del pío cristiano, y con sus inextinguibles destellos mantiene incólume la doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica en su marcha militante de siglos.
Tu vestido es el sol. Escoto, el frailecillo humildísimo del mínimo y dulce Francisco de Asís, inflamado de amor por María Inmaculada, vio a la Gran Señora con el dorado manto como celestial visión en aquel fausto día que se detuvo ante la imagen del claustro de la Sorbona de París. Duns Escoto, extático y orante, sabido es pidió a la Virgen fuerzas para defender ante aquella asamblea de sabios el dogma de su Concepción Inmaculada, y es tradición ininterrumpida que la Sagrada Efigie inclinó la cabeza, y Escoto, el humilde franciscano, triunfó plenamente sobre todas las argumentaciones teológicas, racionalistas y filosóficas de la eminente y celebérrima Universidad.
Tu vestido es el sol. Clámide finísima, impoluta, impalpable. Túnica mayestática que cubre la admirable castidad de la egregia Soberana Madre del divino Señor y Salvador, y que desde el Paraíso ya venció a Lucifer y sus seguidores. Nos aparece después como prefigura y símbolo de las matronas de la Antigua Ley y como Arca Dorada del Nuevo Testamento, hace que se derrumben con estrépito desde los primeros Concilios de la Iglesia todas las herejías, confundiendo por medio de los venerables Padres a los herejes y principales heresiarcas hasta la gloriosa proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por el inmortal Pontífice Pío IX.
Tu vestido es el sol. En ansias de una sentida devoción muy extraordinaria, fue en todos los tiempos y épocas la fervorosa devoción al misterio sublime de la Concepción de la Virgen en todo el Orbe, y a España le correspondió el inmenso honor de entronizar la devoción a María Inmaculada en el Nuevo Mundo. Donde milita un fiel cristiano supo levantar altares a la excelsa Madre de Dios. Europa, principalmente, ha venido conservando hasta los presentes días columnas de triunfo a la Virgen concebida sin pecado original, y Roma, en la propia plaza de España, allí está la columnata en honor y alabanza perpetua a la Santísima Señora.
Tu vestido es el sol. No bastaron a las muchedumbres fervorosas el sagrado refugio de los templos sencillos y las catedrales magníficas: quisieron las naciones cristianas elevar altares en las calles y plazas con suntuosos tronos para honrar a María desde Oriente a Occidente, y si, por desgracia, la furia iconoclasta destruyó muchas de aquellas maravillosas obras del arte cristiano, la catolicidad de otras generaciones renovó y supo alzar con mayor entusiasmo hermosas esculturas a la Santísima Virgen María.
Tu vestido es el sol. Lumbreras como dorados rayos son las obras imperecederas que los artífices dedicaron sus preferencias a esculpir, pintar, escribir o componer bellísimas armonías para honorificar a la Inmaculada Concepción. La iconografía de la Pureza Virginal de María es extraordinaria en los países católicos, y en cuanto a nuestra amada patria de intento dejamos de consignar, pues la relación de los artistas no cabe en esta simple glosa; los más afamados imagineros, como Martínez Montañés y otros insignes maestros, así como Bartolomé Esteban Murillo en Sevilla, Antonio Palomino de Castro y Velasco en Córdoba, Juan de Juanes en Valencia, entre otros más, como sublimes pintores se hallan en la memoria de los devotos de María Inmaculada y amantes de las Bellas Artes.
Tu vestido es el sol. Oriflama. Oro y llama. Brillo resplandeciente y llama de la fe. También la realeza española supo honrarse a sí misma al enaltecer y magnificar a la Santísima Virgen: Carlos III crea la Orden de su nombre como una honrificencia especial a la Inmaculada Concepción, esmaltando a su sagrada imagen en el centro de la Gran Cruz, en las encomiendas v títulos de caballeros. Blanca y celeste es la divisa de la banda de la Orden insigne del Rey Carlos III, y en sus tiempos supo proclamar a la Inmaculada Concepción Patrona de las Españas.
Tu vestido es el sol. Luz de luces que irradian desde el cielo hasta los campos de batalla donde luchan los ejércitos bajo la advocación y el dulce consuelo de María. Gestas inmortales suscribió la heroica Infantería en los dominios de España, donde jamás se ponía el sol, y en la Cruzada Nacional, María, como Madre amorosísima, supo infundir al soldado valor en defensa y sostén de los más altos destinos de la patria.
Tu vestido es el sol. Así cantan los seises de la Catedral de Sevilla ante las gradas del trono de la Gran Señora; bailando y danzando llenos de amoroso júbilo, como el Rey David, entre suaves cadencias y repiques "de crótalos, que en el presente Año Jubilar Mariano serán una renovación esplendorosa de tan singular privilegio de la Basílica hispalense en honor y alabanza sempiterna a la Inmaculada Concepción.
Enrique Moya Casals
(1) Sabido es que a los infantillos de coro de algunas catedrales se les llama también seises; entre éstas la de Toledo. Sevilla tiene sus niños cantores, los cuales, vestidos en trajes de caballero de la época, rinden homenaje de pleitesía al Señor el día del Corpus y en su octava, como en la festividad de la Inmaculada Concepción y su octavario.
Valencia tuvo durante muchos años sus seises, pero en la capilla del Real Colegio de Corpus Christi, fundado, como es sabido, por el egregio extremeño el Beato Juan Enríquez de Ribera.—Nota del autor.
Inmaculada
Zagala divina, Vuestras gracias me cuentan, |
Dícenme que sois Vuestras gracias me cuentan, |
Que tenéis la cara Vuestras gracias me cuentan, |
Lope de Vega

Aunque España ha sido la tierra clásica de las Inmaculadas, también en otras naciones se encuentran inspiradas reproducciones de este misterio, como esta de Guido Reni
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