IN MEMORIAM
Fr. Francisco Ferrer Merín
El P. Ferrer ha muerto. La noticia, esparcida por la prensa y la radio, ha provocado una lluvia de cartas y telegramas de pésame. Difícilmente se hallará otra figura cuyo nombre provoque un eco tal de simpatías. Y es que en todos los rincones de España se le conocía como el hombre de gran corazón ante quien toda necesidad hallaba respuesta.
Era la pura verdad, sin exageración. Bajó un ceño aparentemente duro y severo, escondía el P. Ferrer un alma todo bondad, dispuesta a sacrificarse por todos, sin distinción de personas. Poseía un admirable don de gentes, que aprovechó, como todo o suyo, para abrir puertas a los que necesitaban de una mano auxiliadora. Grandes y pequeños acudían a él, y tocaban, confiados, a su puerta. Todos le amaban porque su alma, infantilmente ingenua, se hacía querer y porque por todos se desvivía. Y de tal manera derrochó favores que su despacho se convirtió en una especie de gestoría gratuita, en donde se daban cita los más diversos asuntos.
Este es el P. Ferrer que conocía el público. Los religiosos le conocíamos en otra edición más hermosa todavía. Eso sí, siempre el hombre de alma ingenua, bondadoso y generoso por temperamento. Y por eso doblemente enamorado de su vocación religiosa y franciscana. Había vestido el hábito muy niño aun en el Colegio Seráfico que la Provincia Seráfica de Valencia tiene en Benisa. Y solía con frecuencia decir que si volviera a nacer lo vistiera aún antes. Educado así desde pequeño, en una severa disciplina religiosa, era amantísimo de la observancia regular; «muy fraile», como solían decir los seglares que llegaban a conocerle a fondo.
Este espíritu religioso, unido a su simpatía personal y a su carácter dinámico y emprendedor, movieron a los Superiores a encomendarle cargos de responsabilidad. Él año 1916 fue elegido Rector del Colegio de la Concepción, de Onteniente, que en sus manos sufrió una total transformación y obtuvo categoría de gran Colegio. Al cesar el año 1921 en este cargo, se le encomendó la fundación del Colegio de Carcagente, que se vio realizada poco tiempo después. Posteriormente fue destinado á las Casas interprovinciales de Madrid, donde fue Superior de San Fermín de los Navarros y de San Francisco el Grande.
Sus años de gobierno de esta última Casa coincidieron con la fecha de sus bodas de oro sacerdotales (6 de enero de 1952), que pusieron de manifiesto la extraordinaria simpatía y el gran ascendiente de que gozaba en todos los círculos y capas sociales. Fue en esta ocasión cuando el Gobierno le concedió la gran cruz de Alfonso el Sabio.
Su fecha jubilar no clausuró su larga época de trabajo. Sin tener en cuenta lo avanzado de su edad, continuó su tarea de derramar «paz y bien» a cuantos se acercaban a él en demanda de apoyo hasta que, agotadas sus fuerzas físicas, confortado con los auxilios espirituales y acariciando con ternura su Santo Hábito, cerró plácidamente sus ojos a esta vida en la madrugada del día 9 de septiembre de este Año Mariano 1954, para abrirlos a la que no tendrá fin. A la sazón era Vicesuperior de San Francisco el Grande y contaba setenta y siete años de edad, sesenta de religión y cincuenta y tres de sacerdocio.
Nacido en Cocentaina, rezaba desde pequeño diariamente veintisiete Avemarias en honor de las veintisiete lágrimas de la Virgen del Milagro, Patrona de su pueblo, para obtener una buena muerte. No dudamos por eso que la Reina Inmaculada haya acompañado su alma a la presencia del justo Juez para recibir de sus manos el galardón de los que emplearon su vida en obras de misericordia. «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino de los cielos... Porque tuve hambre, y Me disteis de comer...; era peregrino, y Me hospedasteis; estando desnudo, Me cubristeis; enfermo, Me asististeis; encarcelado, Me visitasteis... Puesto que siempre que lo hicisteis con alguno de mis más insignificantes hermanos, conmigo lo hicisteis.» (Mt 25, 34ss)
La Inmaculada de los Lirios de Alcoy
Los franciscanos en Alcoy y sus doctrinas marianológicas
El acrecentamiento de la devoción mariana en Alcoy, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, y la fe inquebrantable en el misterio de la Concepción Inmaculada de la Virgen, se deben, sin duda, en gran parte, al establecimiento en esta villa de una comunidad de Padres Franciscanos, defensores acérrimos del privilegio singular mariano de la Concepción Inmaculada.
El día 4 de agosto de 1564 la villa de Alcoy convocó Consejo General, y en él propuso el jurado Ginés Cantó dar entrada en la villa a los Padres Recoletos de San Francisco. Aprobada la proposición por el Consejo y comunicada al Provincial de la Orden P. Luis Falcó, fue acogida la demanda con satisfacción, y acompañado del P. Rafael Escobar, vino a Alcoy.
Grande fue la influencia de los franciscanos en la vida cultural y religiosa de Alcoy, contribuyendo de manera eficaz al acrecentamiento de la fe y cristianas costumbres mediante una intensa labor de apostolado, encuadrada en un marco de fervorosa devoción mariana.
Este ambiente franciscano hizo de Alcoy uno de los principales feudos marianos durante la época en que comenzó a debatirse en las escuelas la prerrogativa mariana de la Concepción Inmaculada. Esta doctrina, que toma cuerpo con el insigne apologista franciscano Venerable Juan Duns Escoto, fue abriéndose camino no sólo en las altas esferas del saber, sino que pasó bien pronto a ser tema que apasionaba intensamente los ánimos del pueblo, y en especial del pueblo español.
También los franciscanos de Alcoy sentían y vivían estas santas aspiraciones marianas y procuraban prenderlas en las almas de los buenos alcoyanos.
Alcoy estaba preparado para ser escenario digno de un hecho milagroso, que tan honda y definitiva influencia iba a tener en la historia y proclamación del dogma de la Inmaculada.
Un terciario franciscano hijo de Alcoy, el doctor Antonio Guerau, iba a ser por disposición divina el protagonista del portentoso suceso de la "Virgen de los Lirios".
La personalidad del Dr. Antonio Guerau y el milagro de la Virgen de los Lirios
La figura del sabio alcoyano y virtuoso sacerdote doctor Antonio Guerau ocupa un lugar muy destacado en la historia del reino levantino durante toda la segunda mitad del siglo xvii. La nota más íntima y personal del doctor Guerau, por encima de su vasta cultura, fue su adhesión sincera y defensa acérrima de la Concepción sin mancha de la Santísima Virgen María.
Con ocasión de predicar en la ciudad de Játiva el sermón de la festividad de la Asunción de Nuestra Señora, al amanecer del día 15 de agosto de 1653 fue visto en las puertas de la Seo un cartelón en el que aparecía escrita la frase: «María concebida en pecado.» El mismo doctor Guerau arrancó el grosero escrito y un sentimiento vivo de indignación y honda pena se apoderaron del incansable apologista de la Concepción Inmaculada.
Después de estos sucesos deplorables, que lastimaron profundamente la fina sensibilidad del doctor Guerau, necesitaba éste de reposo y de quietud para su cuerpo y su espíritu. Nada más adecuado para ello que unos días en el monte Carrascal, de Alcoy, en el punto llamado Fuente Roja.
El día 20 de agosto, a las cuatro de la tarde, salió acompañado de algunos amigos, llegando a la Fuente Roja al anochecer. El doctor Guerau no durmió aquella noche. Retirados sus compañeros, comenzó a rezar sus devociones, buscando confortar su alma en la consideración de aquel pasaje del Cantar de los Cantares: «como lirio entre espinas, así mi amiga entre las vírgenes», que le había servido de tema en su brillante apología de Játiva.
Al apuntar la aurora del jueves 21 de agosto el doctor Guerau volvió la vista hacia la derecha y vio con gran admiración y sobresalto, a unos doscientos pasos de la fuente, que entre los espinos, que abundan en este lugar, brotaba y sobresalía un hermoso lirio blanco, con pequeñas salpicaduras moradas. Sobrecogido de estupor y dominado por intensa emoción, llamó a uno de sus amigos, el Rector de Confrides, dándole cuenta minuciosamente de cuanto le acababa de suceder. Al ver el lirio encontrado entre espinos, no pudo menos de reconocer que algo extraordinario había en todo ello. Ambos quedaron admirados ante semejante hallazgo. El Rector de Confrides, presintiendo algo marcadamente sobrenatural, fue quitando la cubierta o piel del tubérculo, apareciendo en él la imagen perfectamente esculpida de la Virgen María, como se acostumbra a representarla en el misterio de su Inmaculada Concepción. «¡Jesús! —exclamó el dicho Rector—, tiene por raíz la Purísima Concepción.»
A los gritos y exclamaciones despertaron los sacerdotes que aun estaban en el" albergue, saliendo en tropel y dirigiéndose a la fuente. Al contemplar la realidad de tan grande maravilla, inundados de gozo y de alegría, exclamaron: "Es la imagen de la Santísima Virgen en el misterio de su Inmaculada Concepción."
Pronto corrió por la villa de Alcoy la noticia del hallazgo milagroso. Ante el justicia Jaime Margarit depusieron cuanto habían visto, precediéndose el día 25 a la información jurídica, que fue remitida a Valencia. El mismo día 25 salían hacia Valencia el doctor Guerau y el doctor Pérez, llevando consigo los lirios, que fueron vistos e inspeccionados por el señor Arzobispo don Martín López de Hontiveros, Virrey y Capitán general; Cabildo y Ordenes religiosas, declarando todos ser un verdadero prodigio.
A lo largo de los siguientes siglos el recuerdo vivo de este singular milagro hizo de Alcoy un centro de irradiación mariana, y del Carrascal, un baluarte inexpugnable del dogma mariano de la Concepción Inmaculada.
La Font Roja
Vista que ofrece la «Font Roja», de Alcoy, con su grandioso hotel y con el
Santuario de la Inmaculada de los Lirios.
La Inmaculada de los Lirios, de Alcoy, y el sabio y virtuoso sacerdote alcoyano, terciario franciscano, doctor Antonio Guerau, arrodillado a sus plantas.
Laudes de San Francisco a la Virgen
San Francisco de Asís, como buen trovador, consagró una de sus más bellas laudes a celebrar las virtudes que adornaren el alma de María y que deben resplandecer también en todas las almas cristianas.
«Dios te salve, Señora Sabiduría —exclama Francisco—, Dios te salve, como también a tu hermana la santa y pura Simplicidad.
Santa Señora Pobreza, Dios te salve, como también a tu hermana la santa Humildad.
Santa Señora Caridad, Dios te salve, y también a tu hermana la santa Obediencia.
A vosotras todas, santas virtudes, Dios os salve; todas emanáis de El.
Santa Sabiduría, tú afrentas a Satanás y destruyes sus perversas artes.
Santa Simplicidad, tú confundes la inteligencia mundana y la malicia de la carne.
Santa Obediencia, tú destruyes todos los antojos de la carne, todas las pasiones del cuerpo; tú sujetas el cuerpo a la obediencia del espíritu, de modo que el hombre pueda servir no sólo a todos sus semejantes, sino también a todos los animales, tanto salvajes como domésticos...»
Después de este ditirambo en loor de las virtudes, que trae en seguida a la memoria el célebre fresco de la tumba de San Francisco, en que Giotto pintó la Santa Obediencia y la Santa Pobreza, el poeta se remonta hasta el trono de la más pura de las vírgenes, a quien habla de esta manera:
¡Salve, oh Tú santa Mujer, Reina Santísima, Madre de Dios, Virgen desde toda la eternidad, salve! El Eterno Padre te escogió desde el cielo, santificándote su muy amado Hijo y con su Espíritu Consolador; en Ti está y estuvo siempre la plenitud de todas las gracias, de todos los bienes.
¡Salve, oh real Fortaleza de Dios! ¡Salve, oh morada y vestimenta de Dios!
¡Salve a todas vosotras, oh Santas Virtudes, que la gracia y el Espíritu Santo hacen florecer en el corazón fiel y que transforman en buenos siervos de Dios a los que antes eran incrédulos. (Opúsculo, págs. 21 y 123. Boehmer, Analekten, págs. 70 y 165.)
—
