Esplendores del cristianismo
El Santo Trovador y Heraldo del gran Rey de Reyes Francisco de Asís
El sábado 3 de octubre de 1226 los pajarillos de la ciudad de Asís, más vivamente que de ordinario, trazan círculos en el espacio. Sus vuelos forman a manera de rúbricas y signos. Los alegres gorjeos que alaban a Dios tienen en este día píos singulares. Las avecillas del cielo claman con desazonados anhelos; están tristes, y se posan una y mil veces sobre la celda de San Francisco, y allí oyen a su dulce maestro que les enseñó a entonar himnos deliciosos al Señor: el último canto del Trovador.
El Heraldo de Jesucristo, rodeado de sus amantes hijos, va despidiéndose de todos antes que su corazón encendido de amor y de caridad deje de latir; quiere decir «adiós» a sus fieles seguidores los frailes franciscanos; no olvida tampoco a las mujeres y a su mística capitana Clara de Asís, a las que el humildades Trovador les dedica un himno exaltando la pobreza, llamándolas: «Damas Pobres».
Caballero andante, el Poverello había recorrido en su celoso apostolado por la gloria de Dios diversos países: Francia, España, donde perduran fuertes tradiciones del paso de San Francisco en Santiago de Compostela, Burgos, Vich y Barcelona; retorna a Italia para asistir al Concilio de Letrán y prosigue su labor evangélica, llegando hasta Siria; predica en Chipre, San Juan de Acre y otros diversos lugares de Asia. En África florecen comunidades, y en .Marruecos dan su vida por la fe de Jesucristo los Siete Protomártires de la Orden Franciscana, que fue aprobada por el Pontífice Honorio III por Bula de 29 de noviembre de 1223.
Un año antes de su muerte, ya enfermo y extenuado y casi sin fuerzas, aun recorre este Heraldo y Caballero de Cristo Fonte de Colombo, Grecio, Sena y Cortona, donde compuso su Testamento: documento, según las crónicas franciscanas, "tierno, capaz de arrancar lágrimas a los más enjutos ojos"... El Santo desea vehementemente volver a su amada ciudad de Asís, y a su vista la bendice en el nombre del Señor.
Los montes y valles de la siempre verde y lozana Umbría, que a modo de guirnalda envuelve la urbe amurallada y medieval, cuna del alter Christus, va a ser sepulcro. La tarde va declinando y el sol, hacia su ocaso con brillos de oro, ilumina el paisaje de incomparable belleza. Las hagiografías de San Francisco destacan los últimos momentos de su vida, coincidiendo que la naturaleza se adornó aquel día memorable, resaltando con majestad, luz y esplendor. Los dones de la creación tejieron un manto de púrpura sobre Asís; por eso los pajarillos piaban y retozaban alrededor del santuario de la Porciúncula donde el Serafín, con las llagas de Jesús, bendecía a todos sus hijos, presentes, ausentes y futuros...
El Trovador, el Heraldo del Rey de Reyes, canta el himno al "Hermano Sol" y recita otro a la «Hermana Muerte». Las avecillas desde lo alto forman coro cuando en los últimos instantes de la vida el Santo reza el salmo 141 del sacro rey David: "Saca de esta cárcel a mi alma para que alabe tu Santo Nombre..." Así entregó su espíritu a Dios San Francisco de Asís, rodeado de sus Hermanos y cubierto el suelo de ceniza, al anochecer del 3 de octubre de 1226.
Un verdadero retrato nos legó el Cardenal Hugolino, que subió al Solio Pontificio con el nombre de Gregorio IX y fue gran amigo de San Francisco. Tomamos de uno de sus biógrafos, que reproduce lo escrito por dicho Santo Padre: "Era de palabra fácil, amable en su semblante y rostro alegre, como ajeno a toda presunción. Pequeño de estatura, tenía la cabeza redonda y medianamente grande. La cara algo prolongada y ancha, la frente tersa y pequeña, los ojos proporcionados y negros, de mirada sencilla; el cabello casi negro, las cejas rectas, la nariz igual, afilada y estrecha; los labios pequeños y delgados; la barba negra y muy poblada. Era de pocas carnes, dormía muy poco, era humilde y con todos apacible; se adaptaba al carácter de cada cual; santo entre los santos y como uno de ellos entre los pecadores."
Después de 724 años los Padres franciscanos, extendidos por todo el mundo, prosiguen la obra de su glorioso Fundador en los países de fieles e infieles, juntamente con la Venerable Orden Tercera. Son las Florecillas de San Francisco, siempre frescas y olorosas. Mística eflorescencia que brotó en el siglo XIII para esplendor del cristianismo.
Enrique Moya Casals
El Niño Jesús y San Antonio de Padua
Predicando un día San Antonio en Padua, donde no había entonces convento franciscano, y habiéndosele hecho tarde para regresar a su residencia de Arcella por las muchas confesiones que hubo de oír después de su sermón, se hospedó en casa de su amigo el conde Tisso III de Camposampietro. Este, conociendo el gusto e inclinación del Santo, le señaló un aposento retirado.

En esta morada recibió del cielo nuestro Santo un favor, aunque no el único, sin duda, que de este género recibió en su vida. Observando Tisso que fuera de aquel cuarto donde estaba Antonio se veían algunos rayos de extraordinaria luz, corrió y vio al Santo abrazado a un precioso Niño que dulcemente lo acariciaba. Quedó Tisso sorprendido de admiración, y creció ésta cuando advirtió los tiernos besos que al Santo daba el Niño, acompañados de gran majestad, y el dulce embeleso en que estaba absorto Antonio, como en éxtasis; de lo que finalmente concluyó que aquello era cosa divina y que Jesucristo, en forma de Niño, se había aparecido al Santo, recompensándole con celestiales delicias las fatigas que padecía por su gloria.
Mientras que divertía extático Tisso admirando el dulce espectáculo, desapareció el Niño. Vuelto Antonio del éxtasis, salió de su cuarto y se fue al amigo dándole a entender sabía bien había observado la aparición, y le suplicó con grande instancia que callase, y en efecto, calló mientras vivió el Santo, pero después de su muerte la publicó.
Amable lector, si tú fueras puro como San Antonio y trabajaras por la salvación de las almas, Jesús, que se apacienta entre los lirios, haría trono, si no dé una manera visible de tus brazos, sí de una manera invisible, pero real, de tu corazón.
El pintor de las Inmaculadas
Cuando todo nos habla de Inmaculada, acude espontáneo el recuerdo de un pintor que casi podríamos decir que se reservó la exclusiva de pintar a la Virgen en su pose de Inmaculada: de Bartolomé Esteban Murillo, pintor español del siglo XVII.
No voy a dar aquí un juicio sobre él ni siquiera La lista de sus obras, que, según uno de sus biógrafos, son 218. Lo que queremos recordar de Murillo es el aspecto religioso de sus cuadros.
Nació en Sevilla, en 1617, en una casa de los Padres franciscanos, ubicada en la plazuela de San Pablo, circunstancia que hace presagiar su vocación eminentemente mística. Adornado por Dios de aquellas dotes que le predisponían a la contemplación de las bellezas espirituales, fue el pintor de las comunidades religiosas, especialmente estuvo identificado con los franciscanos, quienes, entre otras cosas, le mandaron pintar once lienzos de la historia de la Orden para su convento de Sevilla.
Con este trato frecuente con los franciscanos se fue identificando más y más con los caudales de espiritualidad seráfica y se fue empapando en los ideales de su hidalga cruzada de defensa de la Inmaculada Concepción de la Virgen. De ahí que un día cayera de rodillas ante el Guardián del convento franciscano para que lo hiciera terciario de San Francisco y que cogiera el pincel para cincelar en un lienzo una y muchas veces a la Reina de los ángeles en su glorioso y entonces disputado misterio de su Inmaculada Concepción.
Murillo y sus Inmaculadas son inseparables. Unos afirman que pintó veintisiete. Hay quien dice que sólo pintó dieciséis. Sea de ello lo que fuere, es él el especialista de las Inmaculadas. Es verdaderamente él —como ha dicho un escritor— el creador de un «tipo iconográfico de una devoción nueva: la Inmaculada». Son indiscutiblemente las Inmaculadas de Murillo las más populares, las más conocidas y las que encarnan, más hondamente ese misterio de hermosura indefinible a la manera caballeresca y soñadora de San Francisco de Asís.
En la iglesia de los Franciscanos Capuchinos pintaba Murillo cuando cayó de un andamio y de ese golpe le vino la enfermedad de la muerte. Apaciblemente y pobremente, llevando en la cintura su cuerda y sobre las espaldas su hábito de terciario de San Francisco, voló a Dios, en la misma Sevilla de su nacimiento, un 3 de abril de 1682. Sus huesos fueron colocados en la capilla del Descendimiento en la iglesia de la Santa Cruz.
Virgen Inmaculada
Lucero rutilante de la aurora,
sol harto más hermoso que sol claro,
tesoro do la vida se atesora,
escudo fuerte en expugnable amparo,
santa la más que allá en el cielo mora,
perfectísima dama de amor raro,
alábate tu casto y santo celo
la tierra,
el mar, el viento, el fuego, el cielo.
Espejo cristalino de doncellas,
espejo que de Dios ser mereciste,
espejo que oscurece las estrellas,
espejo que la luz al mundo diste,
espejo que de vida exhalas centellas,
espejo do el divino Amor se viste,
espejo do miró bien su consuelo
la tierra, el mar, el viento, el fuego, el cielo.
Árbol del paraíso el más precioso,
árbol que siempre das fruto de vida,
árbol crecido el más alto y vistoso,
árbol do el Verbo eterno hizo manida,
árbol ameno siempre verde, umbroso;
árbol que eres del hombre la guarida,
árbol que a ti se acogen y dan vuelo
la tierra, el mar, el viento, el fuego, el cielo.
Templo de do salió virgíneo ejemplo,
templo do la virtud tiene morada,
templo en quien perfección siempre contemplo,
templo de tierra santa inmaculada,
templo del relicario, bien del templo;
templo y casa de Dios la más amada,
templo eres, que a tus joyas no hallan suelo
la tierra, el mar, el viento, el fuego, el cielo.
Fr. Luis de León
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