Los pastorcitos Sofanio y Jacerín

(Leyenda navideña)

Cuéntase en aquellos legendarios pergaminos encontrados a veces en los monasterios tebanos del gran desierto donde se retiraron a hacer penitencia los primeros anacoretas cristianos, multitud de leyendas recogidas por los pueblos de la Palestina, santificada por la presencia de Cristo y saturada de ternura y amor por la vida y sublime virtud de la Virgen María, Madre de Jesús, que en ella desarrolló su admirable vida y en la que dio a conocer los múltiples y tiernos detalles de la infancia de Jesús Niño a los piadosos cristianos que acudían a Ella para consolarse y saciar las ansias de sus almas con los relatos de gran ternura que a Virgen muy gozosa se prestaba a complacerles. Entre esas leyendas que los santos ancianos del cenobio referían en sus pacomías o colaciones a los jóvenes anacoretas, se encuentra el muy tierno episodio de los pastorcitos de Belén Sofanio y Jacerín.

Era una tarde apacible de los últimos días del mes de Tebet. Grupos de pastores habían buscado abrigo en la cercana pradera que se extiende en las estribaciones del monte, levantando sus majadas al abrigo de los grandes árboles donde abundaban los buenos pastos para sus rebaños.

Los niños Sofanio y Jacerín habían bajado a Belén con el encargo de proveerse del buen pan para la cena de los pastores. Ya llevaban sus zurrones bien repletos y estaban de vuelta a sus majadas, cuando vieron una pequeña caravana detenida junto a la entrada de la espaciosa cueva, cercana al mesón o kan destinado al abrigo de los peregrinos. Curiosos como son los niños, no les pudo pasar por desapercibido aquel grupo, y allí se plantan todo ojos para ver y todo oídos para escuchar. Pero ante aquellos seres tan sumamente atractivos no pudieron menos de verse subyugados por ellos. Aquella joven era tan hermosa y aquel hombre tan apacible y bondadoso, tenían tal atracción, que insensiblemente se fueron acercando hacia ellos.

José soltó el ronzal de la borrica y se dispuso con todo cuidado a sostener a la linda Myriam para bajarla cuidadosamente al suelo. Como la borrica comenzó a removerse, Sofanio corrió a detenerla, sujetándola del cabestro:

—So borrica —le grita—, no hagas un estropicio a la buena señora, que es muy linda.

Jacerín, por no ser menos, acudió al lado de la joven, ayudando a José a sentarla sobre el poyo que formaba una grande piedra junto a la cueva; y a medida que José iba descargando a la bestiezuela, Jacerín le iba tomando los paquetes y bultos del equipaje, entrándolos en la cueva.

La cueva tenía varios vestíbulos o departamentos, en uno de ellos dejó Sofanio la borrica por indicación de José; mientras tanto José llevó a María a una estancia de la cueva más retirada, porque ella quería estar sola. Puesta ya María en su retiro, José comenzó a limpiar la cueva y a barrerla; pero los dos niños se entregaron de lleno a prestarle ayuda, removiendo todos los pedruscos y allanándola con la paja y el heno que encontraron esparcidos por aquellos rincones.

Los niños se sentían subyugados por aquel hombre tan bueno y de aquella joven que, aunque retirada y descansando en aquel hueco de la cueva, no dejaban de atisbar y mirar hacia allí para verla, mientras afanosos ayudaban al santo varón.

La noche se venía precipitada ahuyentando los últimos rayos del crepúsculo; y José rogó a los dos pastorcitos que se fueran a su majada, pues sus padres estarían preocupados por su tardanza; pero ellos no sabían desprenderse de allí. José entonces les prometió que al día siguiente volverían y les enseñaría una cosa muy hermosa. Con esta promesa los niños salieron de la cueva, con el gozo de volver al otro día acuciados por la curiosidad de ver 1o que les había prometido aquel buen hombre.

¿Qué es lo que ocurrió aquella noche?

Bien cenados los pastores y recogidos en sus apriscos los. ganados, se sortearon ¡os turnos para la vela.
Tocó el primer turno a Labán; y luego, según la costumbre, rodearon de grandes luminarias el redil por medio de hogueras, que servían no sólo para calentar el ambiente, sino más particularmente para ahuyentar a los lobos, que a esas horas van merodeando por las majadas, acechando a los cabritos. La noche era fría, pero reinaba una calma inusitada, ni soplaba el viento, ni los buhos, y alimañas dejaban oír sus gangosos respiros y aullidos: todo era luz clara en los astros silenciosos, que con más fulgor brillaban en el cielo aquella noche; hasta los corderillos reprimían sus balidos como presos de una extraña expectación. Una paz silenciosa dominaba toda aquella región.

Pastores de Belén

Se extrañaba Labán de tanta quietud en la tierra aquella noche misteriosa. Miró a las estrellas por si era llegada la hora de la segunda vigilia, y quedó pasmado y suspenso al ver desprenderse de los cielos un grande foco de luz. ¿Qué era aquello? Pero aquel resplandor se iba acercando hacia él. Tembloroso y lleno de espanto comenzó a gritar, llamando a los pastores. Todos sorprendidos despertaron, viniendo hacia él en el preciso momento en que la extraña luz se detenía, desprendiéndose de ella una dulce armonía de unos cantos misteriosos. Mas, aturdidos, vieron que de aquella claridad surgía un ángel bellísimo que les habló de este modo:

—No temáis, buenos pastores, porque os anuncio un grande,gozo para todo el pueblo, v es que ha nacido hoy para vosotros el Salvador del mundo, que es Cristo, en la ciudad de David. Hallaréis al Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

Y se oyó claramente el canto de las milicias celestiales que alrededor del ángel, alabando a Dios, cantaban: «Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.»

Desapareció la visión, y los pastores, llenos de asombro, se decían: vamos hasta Belén y veamos esa maravilla que nos ha anunciado el ángel. Pero les deduvo esta duda: ¿dónde estará ese pesebre en que está el Niño envuelto en pañales como nos anuncia el ángel? Jacerín y Sofanio se dan cuenta al momento y dan solución a la duda:

—Nosotros lo sabemos —dice Sofanio—; el pesebre está en la cueva de David.

—Allí hemos estado —añade Jacerín—, donde vimos un hombre muy bueno y una mujer joven y hermosa que cabalgaba en la borrica, y les hemos ayudado a limpiar la cueva y nos hemos hecho muy amigos; allí está el pesebre y allí estará el Niño, porque aquel hombre arreglaba el pesebre como si fuera una cuna. Pero no estaba el Niño.

Sofanio le replica.

—Claro, si habrá nacido esta noche, ¿cómo iba a estar?

A todo esto dice Labán:

—Lo mejor será que vaya yo a cerciorarme de ello y al amanecer iremos todos a adorarle; porque si es el Cristo Mesías ha de ser Hijo de Dios.

—Buena es la proposición—, dijo Ciríaco el anciano.

—Yo también quiero ir—, dijo Jacerín con resolución.

—También quiero ir yo —dijo Sofanio—, que soy amigo de aquel hombre.

—Vosotros a callar y a dormir, que mañana será otro día; y lo que importa es preparar nuestros dones, que no hemos, de ir con las manos vacías.

—Pues yo llevaré mi cabrita —dijo Jacerín— para que tenga buena leche aquel Niño.

—Y yo —añadió Sofanio— la mejor miel del monte Oreb y el buen pan y requesón.

—Pues, lo dicho —clama el anciano—, que baje Labán y todos a descansar hasta que amanezca el día...

No tuvieron más remedio los pastorcitos que echarse a dormir; pero no era posible conciliar el sueño: sus ojitos centelleaban como las estrellas y más despabilados que el lucero de! alba. Al suponer que ya los pastores estarían dormidos, le dice en secreto Jacerín a Sofanio:

—Oye, Sofanio, ahora que los pastores duermen, ¿quieres que nos bajemos a la cueva a ver a ese Niño? Yo no puedo dormir.

—Ni yo tampoco —dijo Sofanio—, pero hay que obedecer, no sea que nos castiguen luego y lo perdemos todo. Durmamos tranquilos y así mañana estaremos listos.

Con esta resolución lograron conciliar e! sueño; paro su imaginación no dormía, forjando en sus mentes maravillosos ensueños de ángeles y luces y cantos alrededor de aquel pesebre de gloria. Llegó por fin el momento deseado; la voz de Labán despertó a los pastores, narrando con emoción las maravillas que había contemplado en la cueva. Todos se aprestaron a bajar, provistos de sus mejores dones; y Sofanio y Jacerín, como más ligeros, se adelantaron a ellos, y al llegar los pastores ya ellos habían adorado al Niño, llevados junto al pesebre por José, que les dijo:

—Este Niño precioso es lo que os prometí que os enseñaría esta mañana.

Los pastorcitos le ofrecieron sus dones, entregándolos a María, la Madre, para obsequio de! Niño, y la cabrita que le ofreció Jacerín prometieron ellos que la llevarían a pacer todos los días y la volverían bien repletas las ubres de buena leche para el Niño y su Madre.

Así cumplieron su promesa los buenos pastorcitos mientras la Sagrada Familia permaneció en la cueva y en la casita de Belén. Además, con permiso y placer de sus padres, se ofrecieron a José para prestarle ayuda y servicio en cuanto José les mandara; por esto fueron estos niños de quienes José se valió para enviarlos a Hebrón a dar la noticia a Zacarías e Isabel de que había nacido y el lugar y circunstancias como había nacido y en donde estaba, y donde los pastores habían ido a adorarle como el ángel les había anunciado.
Dichosos niños que fueron los primeros en los que puso el Niño Jesús sus primeras delicias y su amor y las primicias que le ofreció el mundo de almas puras, candorosas e inocentes, que era el mejor don y regalo que el mundo le podía ofrecer. Bien los recordaría Jesús cuando predicando por los pueblos su recuerdo y el placer que ellos le dieron le hacía exclamar:

—Dejad que los niños se acerquen a Mí, que de ellos es el reino de los cielos.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

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De Kendocrinología

Consultorio religioso

¿Puede en algún momento la lectura espiritual suplir a la oración?

La oración y la lectura son de por sí cosas distintas, pues mientras la primera tiene por fin la elevación de la mente y el corazón a Dios, la segunda nos dispone para realizarlo. Lo que puede ocurrir es que en algún momento, cuando por ciertas circunstancias nos encontramos incapacitados para mantener la suficiente atención requerida para orar, entonces una lectura reposada y bien asimilada puede sostener nuestro espíritu y disponerlo de nuevo para la oración. Santa Teresa, durante algunos años, estuvo tan poco dispuesta para la meditación que recurrió a la lectura de los grandes maestros de la vida del espíritu; y así, la lectura constante del P. Osuna, ofm, en su Abecedario espiritual, la mantuvo y dispuso para la sublime vida interior a la que llegó más tarde.

Pero esto, entiéndase bien, sirve para momentos especiales, ya que, como le he dicho al principio, la lectura es un medio que ha de conducirnos a un fin: la unión con Dios mediante la oración.

Padre, dígame algo sobre la vitalidad franciscana.

Con mucho gusto. Según las más recientes estadísticas, son 61 las Ordenes religiosas masculinas, con casi 110.000 miembros, y 1.063 las Ordenes, Congregaciones e Instituciones femeninas, con cerca de 600.000 miembros.

De aquí podemos deducir la gran fecundidad del Pobrecillo de Asís, ya que de aquellas 61 Ordenes masculinas, cuatro son franciscanas —franciscanos, capuchinos, conventuales y terciarios regulares—, con una suma de 42.000 miembros, quedando los restantes 68.000 para las otras 57 Ordenes no franciscanas.
Algo semejante ocurre con las Ordenes femeninas, 325 de las cuales son franciscanas, con 112.000 miembros, quedando los 488.000 restantes para las otras 78 Ordenes, Congregaciones e Instituciones femeninas.

En América es verano cuando aquí es invierno, y el Niño Jesús nace en todo el mundo el mismo día. ¿Allí nace en verano? ¿Cómo cantan los villancicos diciendo que nació entre nieves si allí hace calor?

No, mujer, no. El Niño Jesús no nace en todo el mundo el mismo mes y el mismo día, sino que en todo el mundo se conmemora su nacimiento el mismo mes y el mismo día. Que no es lo mismo. Nació una sola vez y en un solo sitio, Belén. Allí era invierno y nevaba. ¿Qué inconveniente ve usted en que el villancico hable de nieve y de frío aunque el que lo cante esté sudando?

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