Irradiación del misterio de Belén

El amor, virtud social, según San Antonio de Padua

«Así como Dios es principio de todas las cosas, así la caridad (amor sobrenatural), virtud primaria, debe ante todo ser poseída, la cual, si fuere mutua y constante, cubrirá toda la multitud de los pecados. Mutua, esto es, recíproca y común; constante, a saber, indeficiente en lo adverso y en lo próspero, perseverante, hasta el final.»

Este es el principio de la reciprocidad en el amor que San Antonio formula, el cua! vincula a todos los hombres en Dios, es decir, en el bien supremo e infinito. Siendo el amor, lazo común y perenne,, la sociedad será unión, abrazo y participación recíproca de valores y de afectos.

San Antonio quiere reafirmar este punto de vista doctrinal, y añade: «Es voluntad de Dios que se le ame a él y al prójimo, la que fue consignada en la ley natural (in lege naturae), en la ley escrita y en la ley de gracia, y confirmada ante testigos cuando se les dijo: "Este es mi precepto, que os améis unos a otros"». La naturaleza, pues, la Ley y la Gracia coinciden en lo mismo, en preceptuar el amor mutuo entre los hombres para que les sirva de norma infalible de vida.

¿Cómo ha de ser este amor recíproco? Como el amor que cada uno se tiene a sí, ha de ser el que ha de tener á su prójimo, y esto sin subterfugio de ninguna clase. «Tu imagen —escribe el Santo— es cualquier otro hombre, y como te provees a ti naturalmente, de igual modo debes proveerle. Amarás, dice (Jesucristo), al prójimo como a ti mismo, lo que debe hacer el hombre, porque es de más delicada contextura que todos los animales.» Si el hombre amase a todos los hombres como a sí mismo se ama, pronto se trocaría la sociedad terrena en una sociedad celeste, hasta donde fuera posible dada la condición del hombre herido espiritual y corporalmente. Porque, la verdad sea dicha, «por prójimo hay que entender todo hombre, pues ninguno existe contra quien se pueda obrar dañinamente».

Además, el amor, si es verdadero y leal, origina la compasión, porque se ve a sí en la persona paciente. San Antonio valora tan altamente el sentimiento y virtud de la compasión que reputa como bruto animal a quien carece de la misma. El calificativo es duro, pero merecido.

Otra razón aduce San Antonio para mover al amor mutuo, la idea de que todo hombre es un peregrinante que necesita ser socorrido en muchas cosas, pues va camino de la patria celeste y le han robado casi todo el bagaje. «Todos somos peregrinos —dice—, porque de otra parte hemos caído, a saber, de la gloria del paraíso a la miseria de este destierro. Somos también peregrinos, porque, arrojados de la presencia de los divinos ojos, caminamos, mendicantes, lejos de la patria celestial».

Quien ama, quien se ame a sí mismo y como a sí mismo a su álter ego, que es todo hombre, se moverá espontánea e instintivamente al socorro del prójimo en toda necesidad que conozca, y cuando no pueda socorrerla, sin duda la compadecerá, y la compasión es bálsamo suave de la vida social. Las ideas y enseñanzas que San Antonio, varón amante y compasivo, expone, son generosas y amables sobremanera: «Te prescribo de nuevo que abras tu mano a tu hermano necesitado y pobre, que vive contigo en la tierra».
Al necesitado se le ha de dar lo que necesita o algo equivalente, y cuando no, désele de lo que se tenga, probando así la bondad y eficacia del amor. "Qui cor dat, totum dat": «quien da el corazón, lo da todo», enséñanos con profundidad de doctrina.

Del amor nace la benevolencia, de la benevolencia la compasión, de la compasión el socorro, del socorro el trato y del trato, que engendra cariño, la amistad. «Amigo quiere decir —según San Antonio— algo así como custodio del alma, o bien significa el que es amado. Amistad, amor hacia alguno, a quien se ama por causa de las bondades que posee, cuando se han igualado los corazones.» Y claro se está que la amistad, al hacer de dos corazones uno, hace comunes las cosas o bienes de entrambos, los que pueden serlo en buena ley y razón, pues no todas las cosas pueden ser comunes.

Hay una amistad que debe buscarse y retenerse a toda costa, y además en ella, como fundamental y primaria, deben afianzarse todas las demás, si han de ser firmes, duraderas y dulces: la amistad con Cristo Jesús, Dios y Hombre. «El verdadero amigo es nuestro Señor Jesucristo, quien amó con tanto extremo que por nosotros entregó su alma.»

Así es cómo el amor, vínculo social, crea lazos espirituales, suscita sentimientos de compasión, inclina a la benevolencia y al sacrificio, despierta y fortifica la amistad y envuelve a los hombres en una atmósfera de bienestar y de ayuda recíproca que dulcifica la vida y mitiga los malos humores hasta extinguirlos. Haya paz, origen de todo bien, y la engendra cumplida el amor.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Tiépolo. Adoración de los Reyes

Adoración de los Reyes (Tiépolo, siglo XVIII)

La adoración de los Magos

Imitemos la fe de los Magos,
la constancia, paciencia y fervor,
que del mundo baldones y halagos
despreciaron por ir al Señor.

En seguida que vieron los Magos
fulgurar en el cielo la estrella:
«Dios nos llama —dijeron— con ella
y a su Hijo nos quiere mostrar.»

Y dejando placeres y honores,
despreciando su reino y riquezas,
se dirigen con suma presteza
a su Dios y Señor a adorar.

Dios también a nosotros nos llama,
con sus gracias y voces secretas,
como a nobles y fieles atletas,
a mayor santidad y virtud.

Y si dóciles todos oímos
de su voz el suavísimo acento,
lograremos también el contento
de encontrar al divino Jesús.

Decididos los Reyes caminan
de Jacob por la estrella guiados;
mas se ven de repente privados
de su luz al entrar en Salem;

por Jesús sin temores preguntan;
su valor y su fe no decrecen,
y por eso de nuevo merecen
ver la estrella brillar en Belén.

A Jesús generosos le ofrecen,
como místico y triple tesoro,
el incienso, la mirra y el oro
en ferviente y sincera oblación.

Hoy también ofrezcamos nosotros
rica mirra de santa pureza,
con el oro de amor y ternura
y el incienso de fe y oración.
Adoración de tos Reyes.

San Vicente mártir, Patrón de la ciudad de Valencia

San Vicente MártirEl ilustrísimo diácono y mártir San Vicente nació en la ciudad de Huesca y se crió en la de Zaragoza, del reino de Aragón. Desde niño se inclinó a las obras de piedad y las letras, y finalmente fue ordenado de diácono por San Valerio, Obispo de Zaragoza, el cual, por ser ya viejo e impedido de la lengua, encomendó á San Vicente el oficio de predicar.

Eran emperadores en este tiempo Diocleciano y Maximiniano, y enviaron a España el presidente Daciano, el cual, llegando a Zaragoza, hizo grande estrago en la Iglesia de Dios. Prendió a San Valerio y a San Vicente y los mandó llevar a la ciudad de Valencia a pie, cruelmente atormentados. Le tendieron sobre el potro y con cuerdas a los pies y a las manos le desconyuntaron los sagrados miembros; le rasgaron después el pecho y las espaldas con uñas aceradas hasta descubrirle los huesos. En todos estos suplicios no dio el santo mártir ni un gemido ni derramó una lágrima; antes decía a los atormentadores: «¡Qué flacos sois!, ¡por más valientes os tenía!» Entonces le extendieron en una cama de hierro ardiendo y le abrasaron los costados con planchas encendidas, poniéndole sal en las llagas; y como siguiese el valeroso soldado de Cristo haciendo burla de los sayones y de Daciano, viéndose éste vencido, mandó que le echasen de nuevo a la cárcel.

Se descubrió en aquella cárcel oscura y tenebrosa una luz venida del cielo; se sintió una fragancia suavísima y bajaron ángeles a visitar tal santo mártir. Se turbaron los guardas creyendo que San Vicente se había huido; mas él Les dijo: «No he huido, no; aquí estoy; aquí estaré; entrad y gustad parte del consuelo que Dios me ha enviado, que por aquí conoceréis cuán grande es el Rey a quien yo sirvo; y después de haberos enterado de esta verdad decidle a Daciano de mi parte que prepare nuevos tormentos, porque yo estoy sano y dispuesto a nuevos martirios».

Al día siguiente Daciano, viéndole curado de sus heridas, le mandó acostar en una cama blanda y regalada, y en ella le mostró el glorioso mártir que aborrecía más las delicias que las penas, porque en aquel regalo dio su espíritu al Señor. Arrojado el sagrado cadáver a los perros y a las olas del mar, fue preservado milagrosamente y sepultado fuera de los muros de la ciudad en una iglesia que después se dedicó al Señor en honor del mártir.

El Colegio La Concepción, de Onteniente, coronó a su Patrona la Inmaculada y se consagró al Corazón Inmaculado de María

Grandiosas fueron las jornadas marianas con que este Colegio, hogar de los esforzados paladines de María, los franciscanos, festejaron el primer centenario de la declaración dogmática de este singularísimo misterio, coronando a su Reina y Patrona y consagrándose a su Inmaculado Corazón.

Final esplendente de este Año Santo Mariano han sido, en efecto, las solemnidades marianas que el Colegio inició con el grandioso novenario, predicado por los PP. Bernardino Rubert, los dos primeros sermones, y Provincial José A. Arnau, lo restante del mismo.

Tribuna

Artística tribuna de la coronación ocupada por las autoridades y distinguidas personalidades.

Magnífico y deslumbrador cuadro de luz y de color, de arte y de buen gusto, el que ofreció nuestro Colegio a lo largo de las dos fechas gloriosas, 4 y 5 de diciembre.

El sábado 4 de diciembre todas las campanas de la ciudad lanzaron al espacio sus recias voces de bronce, como una llamada fuerte y pregón sublime, nuncio de estos solemnes festejos marianos.

A las nueve y media tuvo lugar en la capilla del Colegio la misa solemne en honor de los Santos Ángeles Custodios del Colegio. Ofició el P. Provincial José A. Arnau, y se cantó la partitura de P. A. Yon.

A las seis de la tarde dio comienzo un vistoso desfile y polícroma cabalgata. Hileras largas de bombillas eléctricas y potentes reflectores inundaban de luz el espacio, claro oscuro velazqueño, en el que parecían flotar las finas agujas de las torres góticas de la capilla. La fachada del Colegio, engalanada con ricos tapices, banderas y delicadas guirnaldas, lucía su acabada arquitectura renacentista. Abrían marcha unos heraldos ricamente ataviados. Todos los alumnos, portadores de grandes antorchas, acompañaban a una serie de ocho figuras alegóricas sobre ricas andas, que representaban a la Santísima Virgen, y eran llevadas a hombros de alumnos vestidos con trajes de época.

Momento de la coronación

El Sr. Obispo corona a la Virgen Inmaculada

Aparecía últimamente, como una síntesis maravillosa de la evolución y triunfo del dogma inmaculista, una soberbia carroza, un magnífico carro triunfal, tirado por un león, un águila, y conducido por el caudillo mariano Juan Duns Escoto. Una maravillosa imagen de la Inmaculada de casi cuatro metros de talla coronaba esta monumental carroza.

Solemnidad religiosa

Desde las primeras horas del domingo 5 de diciembre comenzaron a llegar gran número de autocares y turismos de Valencia y de muchos pueblos de la región. La afluencia de Antiguos Alumnos y familiares fue extraordinaria.

A las once tuvo lugar en la capilla del Colegio el solemne pontifical. Ofició el Obispo de Teruel Fr. León Villuendas Polo, cantándose la misa Mater Purísima, del P. Vicente Pérez Jorge. A continuación se trasladó la imagen de la Inmaculada a la artística tribuna levantada en la plaza del Colegio. El P. Provincial Fr. José A. Arnau hizo la consagración al Corazón Inmaculado de María. Bendijo la artística y riquísima corona el Sr. Obispo de Teruel, asistido por el doctor José Pascual Martí, Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos, y por el alumno preuniversitario José A. Miquel Calatayud.

Estuvieron presentes el Rector de la Universidad de Valencia, Antiguo Alumno; el Presidente de la Diputación don Francisco Cerdá, Antiguo Alumno también; el Sr. Arcipreste, el Alcalde y Jefe local y otras distinguidas personalidades.

Estos actos y todos los de las fiestas fueron radiados por la emisora local, puesta con gran cariño al servicio del Colegio por su director el Antiguo Alumno don Salvador Miquel.

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La plaza del colegio llena de gente

Homenaje literario-musical

Con las notas cuajadas de emoción del Himno del Colegio, clamor mariano de gargantas juveniles y corazones fervientes, el Colegio La Concepción inició este canto delicado y magníficat sublime, ofrenda de amor y de rendida pleitesía a su Reina y Señora María Inmaculada.

El Dr. D. José Pascual Martí, Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos, con su prestigio y fervor que en él alienta, hizo la presentación del acto.

La voz de todo el alumnado se elevó y se adentró, con ternezas filiales, en el corazón conmovido de la Madre al ofrendarla los alumnos Salvador Fenoll y el preuniversitario Luis Escoda los mejores de sus cantos.
No podía faltar en este homenaje el saludo emocionado y fervoroso de nuestros Antiguos Alumnos de la Residencia Universitaria La Concepción, de Valencia. Nuestro exalumno Roberto Belda fue el portador de este saludo. Un plano nuevo y faceta emocional nos ofrecieron nuestros jóvenes filósofos y teólogos franciscanos, interpretando Gran Jota Aragonesa y Aleluya, de Haendel. Momento cumbre de nuestro homenaje fue el discurso de nuestro muy querido y eminente Antiguo Alumno Rector Magnífico de la Universidad de Valencia Dr. José Corts Grau. Palabras profundas y sentidas las del doctor José Corts Grau, maravillosa síntesis de teología mariana, acabada lección de ética cristiana.

La Inmaculada Concepción patrona del colegio ya coronada

La Inmaculada, Patrona del Colegio, ya coronada.

Y como colofón y vértice alto de este grandioso homenaje, tal cual corresponde a hijos predilectos de la Señora, nuestro amadísimo prelado Sr. Obispo de Teruel, con su paternal cariño y acendrado afecto a nuestro Colegio y a todo lo mariano, cierra digna y prestigiosamente esta apoteosis de fervor mariano.

A las diez y media de la noche y en el mismo salón Patronato, se puso en escena el auto sacramental concepcionista de Calderón de la Barca La hidalga del valle, por elementos del Teatro Español Universitario.

Estas son las grandiosas solemnidades que el Colegio La Concepción, fiel a su meritísima tradición inmaculista, dedicó a su excelsa Patrona María Inmaculada.

Fr. Vicente Montava, ofm