Consultorio religioso

Soy catequista. Deme una norma para el: fiel cumplimiento de mi deber.

Su Santidad Pío XII ha dicho a los sacerdotes dedicados a la catequesis: «Si debiéramos dejaros un breve tarea para vuestros alumnos, grandes y pequeños, os diríamos así: "Que sepan bien, que crean firmemente, que practiquen íntegramente.»

Haga usted esto con sus alumnos y cumplirá fielmente con su deber.

¿Podría usted informarme de la diferencia, si es que hay alguna, entre confesor y director espiritual?

Con mucho gusto respondo a su pregunta: resumiendo en unas líneas la doctrina de la confesión y dirección espiritual.

Confesor es el sacerdote que, legítimamente facultado por su Ordinario, puede darnos en cualquier momento la absolución sacramental. Director espiritual es la persona a la cual nosotros recurrimos para que nos guíe y conduzca en los caminos de Dios.

No es necesario que el confesor y el director sean el mismo, aunque en la práctica y ordinariamente tiene muchas ventajas que hagamos recaer los dos oficios en la misma persona. De esta forma puede llegarse a un mejor conocimiento, por parte del director, del alma dirigida, ya que esto es condición indispensable para que la dirección resulte eficaz. Por parte del dirigido se requiere, para un feliz resultado de su dirección, que se manifieste con claridad cristalina y después que sea obediente a los consejos que te dé el director.

Para que todo esto pueda realizarse con la mayor brevedad y el mejor resultado es muy recomendable hacer recaer en la misma persona ¡los dos oficios, aunque, como he dicho al principio, pueden estar separados.

Padre, como admirador que soy de San Francisco me gustaría encontrar en un resumen todo su espíritu. ¿Podría usted proporcionármelo?

Tenga usted presente que su petición es algo más que temeraria, pues si al campo no se le ponen vallas, ¿cómo encerrar en unas líneas la inmensa figura del Patriarca de Asís? No obstante, me esforzaré por complacerle.

San Francisco es un enamorado de Dios que se dedica a cantarlo con su vida. Es un poeta. Desprendido de todo, se desposa con la pobreza para mejor servir a Dios. Descubre el sobrenatural hechizo de las cosas y las ama con el mismo amor que puso Dios al hacerlas. Entiende la Cruz como felicidad —tea el pasaje de las Florecillas donde habla de la verdadera alegría— y merece el don de la estigmatización. Pobre, desprendido de todo, San Francisco es el místico que canta al amor de Dios en su vida y en la contemplación de las cosas.

Los Reyes Magos y Kutela, la esclavita de Myriam

Debiera ser conocida de los niños aquella linda betlemita que gozaba de llamarse la esclavita de Myriam y que fue muy conocida y famosa en los tiempos de Jesús niño; y que debió ser de la parentela de José y de la descendencia de David, como lo indica su nombre de Rut, nombre muy repetido en esa generación, pues hace referencia a Rut la Moabita, bisabuela de David por haber sido casada con Booz, padre de Obed, y Obed lo fue de Isai, que tuvo por hijo a David, que dio origen a la gloriosa dinastía de reyes, de la que descienden José y María, y que tuvo feliz remate en el más glorioso de los reyes, Jesús, Hijo de Dios, Hijo de María, que nació en Belén, patria de David y cuna de su gloriosa dinastía.

Esta graciosa niña Rutela, de gran corazón y alma candorosa, en Belén era de todos conocida y apreciada por su bondad y la gran ternura de su alma. Cuando nació el niño Jesús, José y María fueron muy visitados en la cueva por la gente de Belén, y no podían faltar los parientes de José, que, como es natural, se condolían de verles en tan pobre situación; pero nunca accedió José a sus instancias de salir de aquella cueva hasta conocer la voluntad de Dios que dispusiera su salida. Entre las primeras que acudieron a la cueva fue Rutela, que mostró ser de la parentela de José; y al ver aquella gloria del Niño tan hermoso y de su dulce y amorosa Madre Myriam se sintió de tal modo subyugada y rendida a su amor que no podía separarse de la cueva.

Con grandes instancias rogaba a la Madre que fueran con ella a su casa, donde tenía una blanda cunita para el Niño; se lo suplicaba a José alegando su parentesco, y al no conseguirlo se postró a los pies de Myriam diciéndole. «Puesto que no queréis acceder a mis deseos, aceptadme al menos como esclavita tuya y del Niño y aquí me tendréis todos los días para serviros.» No faltó a su promesa, y mientras permanecieron en la cueva todos los días bajaba y le decía a la Madre: «Myriam, aquí tienes a tu esclavita, mandad que estoy pronto a obedeceros.» Desahogaba entonces su gran ternura y amor tomando en brazos al Niño, v luego estaba pronta a prestar sus servicios a la Madre.

María se había compenetrado de la ternura y amor de Rutela y la amaba también con aquel purísimo cariño de que estaba inundada su alma y se gozaba de tenerla en su compañía.

Llegó el momento de salir de la cueva. Isabel había estado a visitarla. Al ver la pobreza y desabrigo de la cueva les rogó aceptaran la casita que Zacarías poseía en Belén, muy cerquita de la cueva; allí podría estar Myriam más atendida sin que nadie la molestara. Reconociendo ya José que así era la voluntad de Dios, aceptó la oferta de Isabel y se trasladaron a la casita. No podía faltar Rutela en el traslado, y con sus idas y venidas ayudó al arreglo de la casita y acompañó a Myriam, llevando en sus brazos al Niño con inefable alegría. Allí continuó siendo Rutela la esclavita de Myriam.

Pasó algún tiempo, y un extraño acontecimiento puso en conmoción a los habitantes de Belén. Una brillante estrella apareció en el cielo, llevando la dirección de Jerusalén a Belén, y de lejos se veía venir una cabalgata como de grandes personajes con el cortejo de soldados y guerreros.

La gente de Belén se alborotó, mirando con recelo la aparición de aquella estrella y el tumulto de aquellos guerreros.

Rutela corrió a la casita de Myriam para prevenirla con gran temor de que algo desagradable les ocurriera.
Le decía a Myriam que sería conveniente cerrar la puerta hasta que pasara esa tropa, que no sabían si era gente de paz.

María, prevenida ya por el ángel de Dios, se mantenía tranquila y le decía a Rutela que estuviera tranquila, que nada malo pasaría, y que quedara allí en su compañía hasta ver lo que ocurría. De momento se oyó grande alboroto cercano a la casita. La estrella se había detenido sobre aquella casa brillando con extraordinario resplandor. Aquella comitiva se detuvo; los príncipes que cabalgaban sobre dromedarios blancos echaron pie a tierra; se dio descanso a la comitiva, y pasados unos momentos de sosiego aquellos príncipes se llegaron a las puertas de la casa pidiendo ser admitidos para adorar al recién nacido Rey de los judíos, porque habían visto su estrella que los guiaba desde sus remotas tierras impulsándoles a venir para adorarle y reconocerle como Rey y Señor y ofrecerle el homenaje de sus dones. El santo José les dio paso y los condujo a presencia del divino Niño, que en brazos de su Madre les esperaba y los acogía con su divina sonrisa llena de infinito amor.

Todos sabemos lo que allí ocurrió, que los tres Reyes Magos adoraron al divino Jesús ofreciéndole los tres dones de oro, de mirra y de incienso, reconociéndole con la fe infusa que Dios puso en sus almas como Rey, como hombre Hijo de Dios y como Dios omnipotente. José y María aceptaron agradecidos aquellos dones, presentándolos al divino Niño, que los miraba con sonrisa celestial que dejaba absorbidos en su amor a aquellos tres dichosos santos Reyes.

Allí estaba presente con toda su gracia la buena niña Rutela, que recogía de manos de José aquellos dones y regalos de los príncipes Magos para dejarlos en buen recaudo y bien seguros, con el gozo de ver al Niño de sus amores tan obsequiado y adorado como a Dios. No dejó de llamar la atención de aquellos santos Reyes la presencia en la casa de aquella niña tan simpática y servicial, suponiéndola del parentesco de aquella sagrada Familia, y en los ratos que luego dieron al descanso los santos Reyes y su comitiva tuvieron ocasión de hablar con ella, atraídos por su simpatía y singular piedad, preguntándole si era de la familia de aquel divino Niño; y ella, muy gozosa, respondía que era la esclavita de Myriam, de aquella Señora hermosa que era la Madre del gracioso Niño.

Como les fue tan agradable y simpática, le hicieron también varios regalos, que ella con humildad rehusaba, pero al insistirle pensó que era esto buena ocasión para poder ella mostrarle su amor al Niño regalándoselos al Niño y a su Madre como prueba de su grande amor.

Cuando se fueron los Reyes Rutela presentó todos estos regalos y monedas a María, insistiéndole que era para el Niño. Entonces María le dijo: «Mira, mi buena Rutela, vamos a dejar un recuerdo perenne de la venida de los Reyes Magos para adorar al buen Jesús. Con tus regalos y los del Niño enviaremos un propio a Jerusalén, que los invierta en juguetes, y dones, y regalos, y dulces para los niños. Entonces convocarás tú a todos los niños y niñas de Belén y se repartirán todos entre los niños para que recuerden todos los años la venida de los Santos Reyes a adorar al Hijo de Dios».

Pareció de perlas esta solución a la buena Rutela, que a la vuelta del enviado y bien distribuidos los regalos, se convocaron a todos los niños y niñas de Belén y se hizo el reparto de todos aquellos dones, con grande algazara y contento de toda la gente de Belén.

Como recuerdo de esta fecha gloriosa conservó Rutela esta costumbre todos los años, y hasta su ancianidad, cuando había reconocido la fe de Cristo y había gozado de su divina presencia personal en los días de su vida apostólica, no dejó de continuar en Belén esa buena costumbre en el día que ella conmemoraba aquel glorioso acontecimiento de los Santos Reve», recogiendo durante el año sus expensas necesarias para que el día de Reyes no faltaran a los niños sus juguetes, sus regalos y golosinas en recuerdo del divino Niño y su santa Madre, que tuvo la feliz idea de aconsejarle esa fiesta infantil, que ella deseaba se transmitiera de generación en generación hasta el fin del mundo. Por eso los niños no deben olvidar a la piadosa Rut, la esclavita de Myriam, y tomarla por modelo de su amor v ternura al divino Niño Jesús y de su amor y devoción a la Virgen María, la Myriam de Rutela, Madre de Jesús, de quien fue Rutela la piadosa esclavita, conservando su recuerdo y su amor hasta el morir.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

—