María, Madre
«Salve, Santa Madre, que engendraste al Rey que gobierna los cielos y la tierra por todos los siglos de los siglos.» (Sedulio, siglo IV)
«Por tanto, el mismo Señor os dará la señal: sabed que una virgen concebirá y parirá un hijo, y su nombre será Emmanuel, o Dios con nosotros» (Is 7, 14). Esa virgen profetizada por el hijo de Amós fue María. Todos sabemos la filiación de María: hija de dos santos, Joaquín y Ana. Santísima ella misma; prima de Santa Isabel; tía del Bautista, santo igualmente. Y por último, desposada con San José. Por doquier se respira santidad. Alrededor de María todo es puro, todo es limpio, todo es agradable a los ojos del Señor.
María estaba desposada con José, «varón de la casa de David» (Lc 1, 27), lo cual no quiere decir que era su mujer, sino meramente su esposa, cosa distinta. Y tanto es así que en Lc 1, 34, se lee que a la conocida salutación angélica María respondió (ignorando el gran misterio celestial que se cernía sobre ella): «¿Cómo ha de ser eso? Pues yo no conozco varón alguno.» Entiéndase bien en el sentido que María dice «no conozco» y se comprenderá perfectamente que había hecho voto previo de perpetua virginidad.
¿Que cómo había de ser? Para Dios —como dijo el ángel— nada hay imposible. María, quizá sin comprender grandemente cómo iba a ser, se revistió de humildad, obediencia, respeto y acatamiento y dijo sí con una expresión bellísima : «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
El Verbo se había hecho carne. El ángel, cumplida su misión, desapareció. Y he aquí que María —que no vivía aún con José— está sola con su Dios. Con Dios que llena su alma y palpita imperceptiblemente en sus entrañas de azucena. He aquí, piadosos lectores, un buen tema de meditación; piense cada cual qué afectos anidarían a partir de entonces en aquella torre de marfil, en aquella arca de fe, en aquella virgen nazarí. ¡Qué oración ininterrumpida durante largos meses con el Señor! ¡Cuántas y cuán silenciosas lágrimas de amor y reconocimiento al Todopoderoso! Y cuánta enseñanza para nosotros, que recibimos al mismo Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía.
Todo el íntimo gozo que estremecía a María prorrumpe fragante en cascada de armonías místicas en ese estupendo salmo del Nuevo Testamento que es el Magníficat: «...Porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es todo poderoso; cuyo nombre es santo; y cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen...»
Prescindiendo de otros aspectos, contemplemos aquella hora pura y silenciosa de la noche en que Cristo Jesús nació para nosotros. ¿Qué pesadumbres se enlazarían en el corazón de la Madre con otros tantos gozos al verle en el mundo, sí, pero tan pobre, tan desvalido, tan aterido de frío, tan paciente ya al nacer? Sigamos pensando en los días y en los años que le acercaban inexorablemente a la Pasión, Crucifixión y Muerte. Y aquí sí que el corazón de la Madre se vio partido por espadas de dolor. Sin embargo, en pie, corredimiendo, sin abandonar su puesto, sin claudicar, sin atemorizarse de tanta sangre, de tanta chusma deicida, de tanto horror. Confesando a su Hijo Jesucristo como Hijo de Dios vivo; confesándolo con su santa presencia juxta crucem.
Pasmo nos da pensar en el valor de nuestra Madre y en las flaquezas nuestras; en su virtud y en nuestro vicio ; en su santidad superior a toda ponderación y en nuestros pecados repugnantes ; en su misericordia (mater misericordiae) y en nuestra flaca esperanza.
Oremos a Ella, que es «vida, dulzura y esperanza nuestra», para que nos ampare ahora y siempre.
Mariano Vila-Cervantes
Huida a Egipto
El terebinto prodigioso
Uno de los rasgos que más sorprende a la piedad cristiana y causa mayor ternura y compasión es ver al Niño Jesús perseguido y desterrado a Egipto, huyendo de la persecución de Herodes, que había decretado darle muerte. Esa contemplación de ver al Todopoderoso reducido a un pobre niño sumergido en las inmensidades de un desierto con todas las privaciones inimaginables y sin amparo humano, ha venido a excitar piadosamente ¿a tierna inspiración, para buscar e indagar los prodigios que debió realizar el cielo para prestar, ayuda y socorro a la Sagrada Familia.
Algunos de estos prodigios debieron ser recogidos por los primeros cristianos, dando pie a esa multitud de leyendas que la piedad cristiana ha venido a reforzar y aumentar también con el continuo relato que ha ido transformándolas de generación en generación con diversas formas hasta nosotros; pero siempre con algo de fundamento, que da base para constituir de ellos diversas leyendas que cautivan el alma y conmueven el corazón, que se desahoga con tiernos afectos al divino Niño. Tales son, entre muchas, las del terebinto, la de los ladrones del desierto, la del león y otras que se pueden narrar para que los lectores de La Acción Antoniana se gocen al ver los prodigios con que el cielo atendía y guardaba a los santos peregrinos del desierto, como lo vemos en esta leyenda del "Terebinto prodigioso".
* * *
Ya algunos seis o siete días de penosísimo camino llevó á los santos viajeros Jesús, María y José fuera de los límites de la Judea, penetrando en los confines de la Idumea ; y quedó José tranquilo al estar ya fuera de la jurisdicción de Herodes. Sólo al contemplar la aridez de aquel desierto que se extendía ante sus ojos, con sus campos áridos y ardientes, mostrando aquí y allá, entre las arenas, restos de esqueletos de hombres y bestias consumidos y muertos por la sed abrasadora de los días calurosos. No se percibía ni en lontananza ningún ser viviente, ni rastro alguno de las caravanas que solían cruzar el desierto.
Estaban solos. El agua con que habían llenado previsoramente sus calabacines se estaba agotando y no se veía en lontananza rastro alguno de árboles, de palmeras ni de acacias que indicaran la existencia de algún oasis. ¿Qué hacer? Myriam estaba muy fatigada, que con el ansia de salir pronto de los límites de la Judea la marcha había sido forzada, y aparte de eso, el sol era ardiente, y el empeño de Myriam era librar
de los rayos del sol al Niño, que estaba dormido en su regazo-; y ya no podía más. No se encontraba ni la más tenue sombra por todo aquel radio. Por fin, José, que ansioso buscaba darle alivio, descubre un enorme terebinto al pie de una roca. Pero el árbol, despojado de todo follaje, no prestaba ninguna sombra; pero al menos allí, junto a su tronco, podía descansar la Madre con el Niño, y ya eso era un pequeño alivio. Lo hicieron así, y José le arregló un rústico asiento, donde hizo sentar a Myriam con su Niño.
Al momento, mirando Myriam al cielo, como dando gracias a Dios, se notó una extraña agitación en todo el árbol, y aquel terebinto se llenó de hojas, proporcionándoles fresca sombra que les fue de grande alivio. José y Myriam, visto el prodigio, dieron gracias a Dios; mientras tanto el Niño se despertaba saludándoles con su graciosa sonrisa.
Poco después se divisaba a lo lejos una gran polvoreda; José puso atención y le parecía descubrir alguna caravana, o pensó receloso si tal vez sería alguna banda de bandoleros que infestaban toda aquella región, robando y matando a la gente que transitaba el desierto, y se dispuso a poner a salvo la borriquilla en una cueva que formaba el peñasco y prevenirse para la defensa. Pero otra angustia le sobrevino. ¿Dónde y cómo ocultar a Myriam y al Niño? En aquel instante de la desnuda roca nació una bellísima y tupida enredadera, llena de flores azules, que cubrió enteramente a la Madre y al Niño.
José, habiendo ocultado a la borrica en la cueva, se ocultó también tras de un extremo de la enredadera.
Poco después llegaba aquel grupo de hombres, todos armados y montados en sus caballos, pues no eran otros sino los ladrones y bandoleros de aquellas estepas.
Ante aquel prodigio de ver el viejo terebinto recubierto de flores y de verdura, se detuvieron muy sorprendidos.
—¡Qué cosa más curiosa! —dijo el jefe de aquella patrulla, al que las leyendas suelen darle el nombre de Mathá—. Juraría —dijo— que hasta ayer este viejísimo terebinto estaba seco y sin una hoja verde y ahora está frondoso y cubierto de flores.
—Y a mí lo que más me sorprende —dijo Joto, el segundo jefe— es que de la noche a la mañana haya nacido entre esas peladas rocas una enredadera tan tupida y llena de bellísimas flores azules.
—Pues lo más oportuno —añadió otro— será detenernos aquí a tomar nuestra refección a la sombra de este árbol prodigioso.
—Pues basta de hablar —dijo el jefe— y a tomar asiento.
Como el árbol era tan frondoso, eludieron cobijarse bajo su sombra toda la patrulla de bandoleros con sus caballos, y sacando las provisiones comenzaron a comer, sin sospechar lo que ocultaba la enredadera.
Gestas, un mozalbete de la patrulla de más mala y perversa intención, comenzó a rebuscar y dio con el hueco de la cueva donde estaba la borrica, y calló, con ánimo de hacerse con ella, y siguió buscando, llegando al extremo de la enredadera; y al descubrir a José allí oculto comenzó a gritar:
—Aquí hay un hombre escondido y en la cueva tiene su borrica.
Al oír esto el jefe se levantó empuñando la espada; pero al ver a José demacrado por el cansancio y en ademán tan humilde bajó el arma. Entonces José le dijo:
—Voy con mi esposa y el Niño hacia Egipto y nos hemos parado aquí para descansar.
—¿Adonde están?—, preguntó Matha.
Al momento, como si alguien hubiera descorrido una cortina, se abrió la enredadera dejando ver a Myriam con Jesús sobre sus rodillas.
Ante este prodigio, fue tal la admiración v atractivo que sintieron los bandoleros que, como movidos por un resorte, llenos de ternura se acercaron y postrados adoraron y besaron los piececitos del Niño Jesús. Era esto como una prueba del amor de Jesús a los pecadores, atrayéndoles a Sí, porque venía al mundo para salvarles. Sólo uno, el maligno Gestas, no se acercó para adorar al Niño.
Pasada ya esta grata impresión de ternura tomó la palabra Matha y dijo:
—Nada temáis de nosotros; cobramos impuestos a los ricos y poderosos; a los pobres nada les pedimos.
Aunque veo por estos prodigios de que hemos sido testigos que el cielo os protege, quiero ofreceros nuestra ayuda y aliviaros antes de que prosigáis vuestro viaje, para que vayáis bien provistos y que nada os falte.
Así termina la leyenda del terebinto, dejando todavía otros prodigios que dan motivo a otras leyendas realizadas antes de que la Sagrada Familia prosiga su viaje a Egipto.
La violeta
Delicada violeta, Al abrirse tu broche Oculta te consumes Porque amas vivir sola, En la huerta agostada |
Para llorar, oh vida, Cual la tuya mi vida Quizá las tiernas hojas Cual tú esparcir quisiera
Fr. Conrado Oyarzún, ofm |
Noticias
El centenario del dogma de la Inmaculada en Caspe. — Caspe celebró con gran fervor y entusiasmo el centenario del dogma de la Inmaculada. La comunidad, juntamente con la V. O. T. y la Pía Unión de San Antonio, se aunaron para dar el mayor esplendor posible. Brillante fue, dentro de nuestra modestia, esta conmemoración.
En el triduo preparatorio que se celebró antes de la fiesta, el P. Provincial y el P. Guardián glosaron cumplidamente las glorias de este dogma.
El tintineo de las rientes campanas anunció, la víspera del 3 de octubre, la gran festividad. Por la mañana de este día el P. Provincial celebró la misa de Comunión general para todas las Asociaciones franciscanas y devotos de la Inmaculada. A las diez y media, misa de Pontifical. El Sr. Obispo de Teruel se dignó amablemente no sólo a celebrarla, sino a dirigir la palabra en sentida homilía al pueblo que llenaba la nave de la iglesia. D. José Garrido, Alcalde de la ciudad y Diputado provincial, asistió presidiendo al ilustre Ayuntamiento y demás Autoridades locales. Se cantó la misa del maestro Perosi Hoc est Corpus meum y el Ave María, del P. Arrué.
Al medio día se inició una cabalgata compuesta por gigantes y cabezudos, unas carrozas engalanadas por la T. O. y la Pía Unión de San Antonio representando a María Inmaculada como Reina de la Orden de Menores y la T. O. y la Inmaculada; muchachos con el traje típico de la región, enhorquetados sobre caballerías, que desfilaron conjuntamente por toda la ciudad.
Como fin de esta fecha, al atardecer, una magna procesión con la Santísima Virgen Inmaculada recorrió las principales calles de la ciudad. Presidieron el Sr. Obispo de Teruel y demás Autoridades.
Exposición de arte chino en Valencia.— Los PP. Gonzalo Valls y Severino González, ofm, misioneros muchos años en China, de regreso a España instalaron una interesante exposición de arte chino en el convento de Padres Franciscanos de San Lorenzo, de Valencia, que estuvo abierta al público desde el día 29 de diciembre de 1954 hasta el día 7 de enero del año actual.
Comunista muerto al perpetrar un sacrilegio. — Ha llegado al Canadá la reverenda M. María del Rosario con otras cinco Madres carmelitas, procedentes del Carmelo de Binchú, en el Tonkín. A su llegada, la M. María del Rosario ha narrado un impresionante suceso. Un soldado comunista se presentó en el Carmelo y exigió brutalmente que se le autorizara a visitar el convento.
Al llegar a la capilla, una de las religiosas le indicó que aquel era un lugar de respeto porque era la habitación de Dios. El soldado empuñó su fusil y disparó contra el sagrario. El proyectil atravesó la portezuela y destrozó el copón que guardaba el Santísimo Sacramento. Pero el soldado quedó rígido, con el dedo inmóvil en el gatillo. A poco se desplomó violentamente sobre el suelo con ataque de parálisis total.
Las mismas religiosas hubieron de retirarle de la capilla. Al día siguiente el soldado falleció.
Primera misa cantada en Pedralba. — El P. Salvador Perona Yuste, franciscano, ofreció solemnemente el sacrificio de la nueva alianza en Pedralba, su ciudad natal, el día 26 de diciembre de 1954. Ocupó la cátedra sagrada el P. Carlos Sáez Peretó.
Año Mariano en Carcagente. La reveranda comunidad franciscana de Carcagente, Colegio de San Antonio de Padua y cofradía de la Purísima dedicaron solemnísimo triduo a su Reina y Señora María Inmaculada, del 6 al 8 del pasado diciembre, como broche final de sus fiestas centenarias. Los actos del triduo se ajustaron al siguiente programa:
Lunes día 6: Por la mañana, a las ocho y media, misa solemnizada y Comunión general.
Por la tarde, a las siete, primer ejercicio del triduo; solemne Sabatina, sermón y canto de la Salve y gozos a la Inmaculada, terminando con sorteo de objetos piadosos para los cofrades presentes.
Todos los días hubo admisión de nuevos cofrades, y el último imposición de medallas.
Martes día 7: Todo como en el día anterior.
Miércoles día 8, fiesta de la Inmaculada: Por la mañana, a las siete, despertá.
A las nueve y media, solemne misa y Comunión general para el Colegio, colegios, escuelas y devotos. Se interpretó por nutrido coro una selecta partitura del maestro Perosi y Ave María, de Irruarizaga, y se repartieron preciosas estampas, recuerdo del Año Centenario.
Por la tarde, a las cinco y media, y terminado el ejercicio y Sabatina, hubo una solemnísima procesión que recorrió el itinerario de costumbre.
Llegada la imagen de la Inmaculada a la iglesia se disparó una bonita, traca de colores, salvas de honor y precioso castillo de fuegos aéreos, terminándose con el canto de la Salve y unas oportunas y fervorosas palabras del ministro oficiante y Guardián-Rector Fr. Luis María Torres. Los sermones del triduo los predicó el P. Anselmo Martí.
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