Huellas de San Antonio en Portugal

En el vecino reino de Portugal el «Santo de los milagros» es llamado «San Antonio de Lisboa»; y hasta hay quien varía el texto de su responso, rezando: Dicant lusitani, en vez de paduani.

Se comprende. El santo taumaturgo por antonomasia es gloria preclara de los portugueses. Proles Hispaniae, le apellida el Oficio litúrgico, porque españolas eran también las tierras de Portugal cuando se escribió el Oficio.

Mas Antonio salió de la patria que le vio nacer envuelto todavía casi en el anónimo. Fue en Italia donde su nombre se hizo célebre. Quizá por eso la historia de ¡os primeros años de la vida del Santo, es decir, de los años pasados en Portugal, ha quedado entre penumbras de leyenda.

Con todo, en Lisboa y Coimbra el devoto de San Antonio puede seguir, a través de recuerdos históricos más o menos ciertos, los pasos de la juventud de aquella alma de lirio.

Los lectores de La Acción Antoniana harán, sin duda, muy gustosos una peregrinación espiritual por los lugares santificados con la presencia de su santo protector. Esto intentan estas líneas.
«Casa natalicia» de Antonio

Frente por frente de la Catedral y eclipsando en parte el efecto de su imponente fachada, se levanta una hermosa iglesia de estilo «joanino». Ocupa el solar de la antigua casa solariega de Martín de Bullón, padre de nuestro Santo. Allí vio la luz primera «Fernando» de Bullón, el futuro San Antonio de Padua.

Comprendemos que al ser elevado a los altares apuntase entre los lisboetas el deseo de Convertir su casa natal en templo dedicado a su honor. Desconocemos la fecha en que este hecho tuvo lugar. Sólo sabemos que la antigua Basílica de San Antonio, construida en lo que fue casa de sus padres, cayó derruida por el terremoto de 1775, que destruyó casi toda la ciudad. En su lugar se levantó, treinta años más tarde, la actual iglesia, que está servida por los franciscanos.

El templo no llama la atención ni por su magnificencia y fastuosidad ni por sus proporciones. Pero es un bello ejemplar del estilo en boga a primeros del siglo XIX; resulta elegante, luce finos mármoles y no carece de obras de arte.

Bajo el altar mayor hay una pequeña cripta. Se llega a la misma desde la sacristía. Conserva un recuerdo histórico importante. Refiere, en efecto, la tradición que en la disposición de la antigua casa solariega caía allí la cámara en la que la más feliz de las madres lisboetas dio a luz al más grande de los hijos de aquella tierra.

El turista que desciende a la cripta se lleva un desengaño. Se imagina quedar deslumbrado por una capilla de oro y pedrerías, y no encuentra más que una vulgar mesa de altar y, descansando sobre la misma, una pequeña imagen del Santo, en cuyas mangas, capilla y pliegues del hábito depositan los devotos sendas cédulas con encargos al taumaturgo glorioso. Detrás de la imagen hay una lápida en la que se leen los siguientes versos latinos que recuerdan el acontecimiento:

Nascitur hac parva, ut tradunt, Antonius aede,
quem coeli nobis abstulit alma domus.

[Se podría traducir: Antonio a quien los cielos nos enviaron, nació, según se dice, en este pequeño lugar]

Al salir de orar de aquel lugar donde nació un hombre tan prodigioso, nos vemos tentados a acusar de impericia o dejadez y abandono a los frailes encargados de su custodia. Sea dicho en su defensa que ya han pretendido varias veces transformar la sencilla y pobre cripta en una lujosa capilla. Pero la iglesia no es de los franciscanos. Es propiedad de la Cámara municipal, que la entregó al Patriarcado. Los religiosos están, pues, allí de prestado y no tienen libertad de obrar a impulsos de su devoción.

Lamentamos esta deficiencia, mas no dejamos de sentirnos impresionados al orar y celebrar el Santo Sacrificio en lugar de tan feliz recordación.

Pila bautismal

La cámara donde nació el Santo no dista diez metros siquiera de la pila bautismal donde renaciera a la vida divina. Se halla dicho baptisterio en un vano de la base de una de las torres de la Catedral: la de la izquierda, o lado del Evangelio. Hoy día se muestra al público como un monumento de la piedad, pues ya no se usa para bautizar. Cerrada con una verja, adornan sus paredes dos cuadros de azulejos. En uno se representa el bautismo de Cristo; en el otro, al Santo taumaturgo.

Como la Catedral es obra de la segunda mitad del siglo XII y San Antonio vino a este mundo a fines de dicho siglo (en 1195; según modernos investigadores, 1191 y aun en 1190), podemos afirmar que la pila bautismal casi se estrenó con el Santo.

El niño, cantor de la Catedral

Los padres de Antonio eran fervientes cristianos y le procuraron una esmerada educación religiosa. Su primera formación la adquirió el Santo en la escuela de la Catedral.

Era a principios del siglo XIII. La «casa del Señor» que los lisboetas levantaron como monumento de su religiosidad es recia como su fe. Sus torres masivas le dan aspecto de fortaleza feudal. Contemplada desde el anchuroso Tajo venía a ser objeto de asombro de los que arribaban a sus riberas navegando en sus barcos veleros. Aun hoy día, en que los edificios de Lisboa se yerguen atrevidos hacia el cielo, llama poderosamente la atención este «castillo de Dios».

En su interior resultan menos pesadas sus líneas. Es de un románico elegante. Cuando Antonio se paseaba bajo sus pesadas bóvedas, la obra no estaba seguramente concluida. Los arcos góticos de la girola delatan una construcción posterior. Pero el cuerpo principal de la Catedral existía ya.

Allí aprendió a alabar a Dios el niño Fernando de Bullón. Aún más. La Catedral fue como su segundo hogar. En efecto, en la escuela allí instalada, a más de la instrucción primaria, estudió la gramática, la retórica y la dialéctica; es decir, las materias de lo que entonces constituía la Enseñanza Media.

Su índole religiosa, sus deseos de emplearse en ¡as alabanzas divinas y seguramente el angelical acento de su voz le llevaron, además, a formar parte de los niños cantores de la Catedral.

Como tal, se dirigía un día al coro, situado encima de la cancela y entre las torres de la fachada, por la escalera de la torre del lado de la epístola. Apenas salvó el primer tramo de la escalera y se halló solo entre sus gruesos muros, el diablo, que no podía sufrir el dominio que aquel niño tenía sobre sus pasiones y la tranquilidad de que gozaba su alma pura y candorosa, como fiera que acecha su presa, se le apareció en forma corpórea, incitándole al mal. El inocente mancebo, sin perder la serenidad de su espíritu, hizo entonces con un dedo la señal de la cruz sobre la pared. La dura piedra cedió a la blanda presión del dedo de Antonio, y el enemigo malo huyó despavorido ante la señal de la Redención.

Todavía hoy se muestra a los. fieles esta cruz milagrosa, protegida con un cristal que la cubre y una artística reja que la protege.

La devoción de los lisboetas recubrió de talla barroca- la bóveda del rellano de la escalera donde tuvo lugar el prodigio, formando del mismo una especie de capillita presidida por un cuadro que representa la escena. En el lienzo aparece el Santo con vestido de niño cantor. A los pies del cuadro, y resguardado por una reja de hierro, hay un cepillo de limosnas. La cruz del Santo cae a la parte de .la epístola de esta especie de altarcito. El conjunto resulta devoto y agradable.

(Continuará)

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Origen del agua del costado de Cristo

y cómo ésta no pudo tener origen en un proceso tuberculoso.

La saña de los enemigos de la Religión católica, de los hijos de las tinieblas, cuya sagacidad es reconocida por el propio San Lucas, no desaprovecha resquicio por el que pueda propinar algún ataque a los puntos vitales de nuestro dogma.

Agua del costado de CristoEl texto evangélico de San Juan (19, 34): «... uno de los soldados con una lanza le traspasó el costado —a Jesús— y salió al punto sangre y agua», les brinda ocasión propicia para lanzar la blasfema hipótesis de que dicha agua fuera un exudado pleurítico, y así no es extraño quien haya podido creer que Cristo estuviese tuberculoso.

De este modo vemos cómo los doctores Binet y Sangle se atrevieron a suponer en Cristo el padecimiento de una pleuritis fibrosa.

De dos tipos son los argumentos con que se puede vulnerar esta gratuita suposición: unos meramente científicos, como el de no poder armonizar esa pleuritis con una actividad tan agotante como la del ministerio evangélico de Cristo y el que pudiese resistir, sin fenecer, todas las vejaciones de la Pasión, pudiendo llegar con vida a la cumbre del Gólgota y soportar una agonía de tres horas.

Otro argumento que nos proporciona el dogma católico nos dice que Jesucristo, como Dios encarnado, tomó todos los defectos inherentes a la naturaleza humana menos aquellos que repugnasen con la dignidad de la unión hipostática; por tanto, este suponer a Cristo con una lesión pulmonar es algo que repugna a su divina dignidad.

Por otra parte, la enfermedad, con la muerte, es secuela de pecado luego de la trasgresión de Adán y pérdida del privilegio de la inmortalidad. En Cristo, como en la Virgen, no habiendo sido alcanzados por la ponzoña del pecado no puede hablarse en ellos sino de muerte violenta —crucifixión en Cristo y rapto amoroso letal en la Virgen—, y esto en cuanto la muerte implique mera separación de alma y cuerpo, pero nunca pudiendo tener lugar en sus carnes purísimas un proceso degenerativo, como sería el caso de la supuesta pleuritis serofibrosa de Binet y Sangle.

Otros han querido darle a la «sangre y agua» de San Juan otra explicación.

En el supuesto de que Jesús, en una de sus caídas bajo el peso agobiante del madero de la Cruz, se hubiese fracturado algunas costillas, se hubiera producido un exudado por la rotura de los vasos parietales e intercostales consiguientes. Exudado que bien pudo verterse en la pleura ya que no existía herida externa, viniendo a tener salida luego, cuando el supuesto Longinos atravesó el costado derecho del Señor (1).

Esta hipótesis, factible desde el punto de vista científico, no es admisible desde el escriturístico, por cuanto sobre Jesús existen varias profecías en el Antiguo Testamento en contra de tal fractura costal. Así, en el Éxodo, Yahveh dice a Moisés, hablándole del cordero pascual, el cual era figura de Cristo: «... ni le quebraréis ningún hueso» (Ex 12, 46); y en los Números, hablando de este mismo rito pascual, añade: «No dejarán nada para el día siguiente ni le quebrarán hueso alguno» (Núm 9, 12). Profecías cuyo cumplimiento nota el Evangelio de Juan: «Acontecieron estas cosas para que se cumpliese la Escritura: "No le será quebrado hueso alguno."» Por lo cual esta posibilidad de que el agua que viera San Juan fuera procedente de un exudado por rotura de vasos intercostales, que defiende el doctor Relimpio, no es admisible.

Una explicación que nos convence, por no hallarle ninguna contradicción con el dogma católico, es la del doctor Leopoldo López Gómez, de la Real Academia de Medicina de Valencia, que se expresa así: «En el pericardio de todo cadáver que muere en pocos minutos existe un exudado, llamado pericárdico que, por lo general, es de unos 5 ó 6 c. c., pudiendo llegar a un volumen de 12 ó 15 centímetros cuando la agonía es prolongada; y en el caso de la agonía de Cristo, ésta empezó ya en Getsemaní la noche anterior a su muerte. Por otra parte, esta hidropericordias agónica en Cristo se vio favorecido por las intensas hemorragias, del sudor de sangre en el huerto de los Olivos, de las llagas de la flagelación y últimamente de la crucifixión; esto con la consiguiente alteración de las paredes vasculares, por el aumento de la presión capilar y la dilución compensadora de la sangre; a más de su alta fiebre traumática, la intensa disnea de esfuerzo en la ascensión al Gólgota y la consiguiente taquicardia agotadora por todos los vejámenes sufridos.»

Indiscutiblemente, la naturaleza humana de Cristo no sólo no tuvo ni pudo tener ninguna lesión patológica, sino que la Pasión, objetivamente analizada a los ojos de la ciencia y parangonando sus sufrimientos físicos y morales —inmensos— con la capacidad de sufrimiento de un ser normal, vemos cómo en más de un momento la divinidad, hipostáticamente unida a aquella naturaleza, tuvo que servirle de soporte, de rodrigón, para que fuera factible que Cristo apurase hasta las heces el cáliz de su Pasión y con ella completase su obra redentora.

Fr. Eduardo Camallonga, ofm

(1) El doctor L. López Gómez observa que en la Sábana Santa de Turín la huella de la lanzada» aparece en el lado derecho, lo cual no es extraño teniendo en cuenta las leyes de la esgrima de la época, que, suponiendo el escudo en la izquierda, debía de agredirse el lado derecho para ser vulnerable la región cordial; y Longinos, como soldado romano, seguro que no desconocería dichas leyes.

Jesús en abandono

«Dolç Amor dels meus amors,
de les corones divines
que oferiu als aimadors,
jo per mi vull la d'espines
i per Vos vull la de flors.»

Mossén Jacinto Verdaguer: Flors del Calvari.

Santa noche aquella de Nisán en que Tú, Señor, postrado en Getsemaní, pedías al Padre que apartara de tus labios el cáliz de amargura.

¡Cuántas angustias te oprimieron el Corazón divino! ¡Cuántas y cuán mortales serían que sudaste sangre!
Y cuando volvías a los tuyos los hallabas durmiendo; ni en esa hora tan apurada estaban contigo. ¡Qué solo te verías, Señor, en el silencio de la noche y en la oscuridad de aquel olivar; qué solo te sentirías en la faz de la tierra!

Ecce HomoEn abandono, Jesús, en completo abandono. Confiado a tus propias fuerzas. Y Tú buscabas un poquito de consuelo cuando por el peso de nuestros pecados, el conocimiento de la Pasión y el pensamiento de que todo sería estéril para innumerables almas, sudabas copiosamente sangre. La tierra no se apiadó de Ti y el cielo sí, enviándote un ángel.

Y llegó Judas y las turbas; iban armados de espadas y palos. El Traidor te besó en una mejilla y cuando Tú quisiste todos cayeron sobre Ti. Y los lobos de Satanás arrebataron al Cordero de Dios.

Hirieron al Pastor y se dispersaron las ovejas. Entonces sí que te viste en total abandono. Sólo el corazón de tu Santísima Madre estaba junto al tuyo animándolo a no desfallecer.

Mi alma te acompaña en tu santo abandono. Yo estoy contigo, Señor. Fiel a Ti ahora y en todo momento de mi vida. No permitas que te deje desamparado ni que me aparte un instante de Ti.

Dame hambre y sed de oración para vencer la carne que es flaca y amiga del infierno. Oración para ahuyentar al Tentador. Oración para acercarme a Ti más y más. Oración para ser agradable a tus ojos y a los del Eterno Padre. Oración para que el Espíritu Santo se derrame en mi corazón y sepa cuán hermoso es amarte con plenitud de fuerzas, como Tú quieres que te amemos.

Mariano Vila-Cervantes