Rutas de un gran apostolado

San Vicente Ferrer en Granada

La Muy Noble, Muy Leal, Nombrada Grande, Celebérrima y Heroica Ciudad de Granada vio felizmente el paso del Ángel de la Paz y Apóstol de Europa San Vicente Ferrer.

Patio de los leones de la AlhambraFue el año 1406. Sólo el primoroso vergel granadino quedaba por rendirse a la verdadera fe. La España árabe marchaba hacia el ocaso de una larga dominación musulmana que duró cerca de ocho siglos; pero, ¡oh providencia de Dios!, hasta al propio rey moro de Granada llegó la fama de sapiencia, virtud y santidad de nuestro Padre y Patrono. Era Mohamed Yusuf III un monarca muy ¡lustrado y abrió su corte a los extranjeros inspirándose en los deseos de paz y cultura. De corazón muy noble y generoso, al tener noticias de encontrarse San Vicente Ferrer en la ciudad de Génova envió barcos en su busca, los cuales, después de informarse en vano en varios puertos de España y la Liguria, hallaron al Apóstol, por fin, procedente de La Coruña, en una de las costas de Provenza, y el Santo prometió a los mandatarios del rey que iría a Granada, como más tarde llegó a la ciudad de los Cármenes, ya enfermo de una profunda llaga en una pierna, por cuyo motivo vino obligado a hacer su entrada en la maravillosa Alhambra montado en un asno.

La voz estentórea del Ángel de la Paz se había dejado oír en los aires, como un siglo antes la de otro hijo de Valencia San Pedro Pascual, en la propia ciudad de Granada, en sus calles y plazas públicas. La predicación de San Vicente Ferrer sonaba potente y atravesaba los gruesos muros en el palacio de los reyes moros, y las silenciosas bóvedas del alcázar se conmovieron a la exhortación del «Temed a Dios y dadle honor...»

«El temor a Dios —nos ilustra el P. Fages en su documentada obra Historia de San Vicente Ferrer— penetró en las almas y turbó a los que dormían el sueño de una muerte muchas veces secular. Apenas había predicado tres veces ocho mil moros pidieron el bautismo y hasta el mismo rey meditaba el proyecto de abrazar la fe de Cristo, cuando recibió enérgicas advertencias de los alfaquíes, muftíes y otros amenazándole con una revolución general si renunciaba al Profeta. Débil el monarca, cedió; llamó al Apóstol a su presencia, le dio las gracias y le dijo que con gran sentimiento suyo no podía permitirle por más tiempo que permaneciera en su reino.»

Patio de los ArrayanesComprendió San Vicente que no había sonado la hora para Granada, pues hasta ochenta y seis años después, en 1492, no se efectuó, como sabemos, la reconquista y con ella la unidad nacional, cuyo principal promotor fue en Caspe nuestro Santo y compatricio; por eso el entonces Fr. Vicente Ferrer, rindiéndose a los designios del Supremo Hacedor, no quiso exponer a una persecución el pequeño rebaño conquistado a Jesucristo Dios y Señor nuestro; pero el dolor de San Vicente fue muy vivo cuando dos años después supo que al morir el rey Mohamed Yusuf III de Granada dejó por debilidad pasar la gracia de Dios que bien a las claras se manifestó en la despedida que le hizo al partir de la ciudad granadina: «Tú eres bueno y tienes un alma recta; nada he hallado en ti reprensible desde el día que llegaste aquí. Pero no gustas a los alfaquíes. Vuélvete, pues, en paz.»

Efectivamente, el rey moro murió el día 11 de mayo de 1408, y todos los historiadores de San Vicente Ferrer confirman el número de musulmanes convertidos en Granada en, el primer encuentro con el Ángel del Apocalipsis y la buena intención del noble monarca árabe neutralizada por los muftíes y alfaquíes; pero la obra apostólica llevada a efecto, la siembra de nuevas almas para Jesucristo, tenía que dar sus frutos, y el 2 de enero de 1492 Granada se rendía a los Reyes Católicos. El rey moro Boabdil, al entregar las llaves de las puertas principales de la Alhambra, dijo a Fernando V de Aragón: «Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado, que tal es la voluntad de Dios.»

Desde el Compromiso de Caspe a la conquista de Granada forman los fastos de la historia como una guirnalda de flores perennes en honor y gloria de la cristianísima España, siendo su principal promotor y precursor de la unidad nacional nuestro veneradísimo Padre y Patrono San Vicente Ferrer.

Enrique Moya Casals

Madre Purísima

María es la más pura de cuantas madres han sido, son y serán. Madre purísima del Cordero de Dios.
Más pura que el sol y las estrellas.
Más pura que el firmamento.
Más pura que las nítidas luces del arco iris.
Más pura que las inocentes avecillas que tejen sus caprichosos viajes en el azul del cielo.
Más pura que las nieves incontaminadas de las cumbres de las cordilleras.
Más pura que el líquido cristal de las aguas manantiales.
Más pura y fragante que las florecillas, mínimas criaturas de Dios.
Más pura que el oro y las preciosas piedras refulgentes.
Más pura que los niños, que son sede de inocencia y predilectos de Jesús.
Más pura que las más limpias criaturas del Señor; bella cual ninguna; incomparablemente más pulcra: así es María.

La Santísima Virgen es la obra más perfecta del Creador que depositó en su alma todas las gracias: dulzura, pureza, discreción, humildad... No tenemos más que repasar mentalmente ese gran poema mariano que es la letanía lauretana para comprender cuán excelsa es María.

María es un espejo en el que hemos de mirarnos para ver qué imperfecciones tienen nuestras almas; y confiando en que es refugio de pecadores, embellezcámonos con su ayuda. Porque es Puerta del cielo y no puede pasar por ella lo que es defectuoso; porque es Casa de oro y no cabe en ella lo que contiene impurezas. A María ha de ir todo acendrado; por María ha de pasar toda criatura que busca la Verdad y la Vida con el alba de la pureza, con el alma fragante de lirios y azucenas.

Mariano Vila-Cervantes

Nuestra Señora de los Desamparados

El culto a la Virgen de los Desamparados no es privativo de la ciudad de Valencia; bajo esta dulce advocación se le tributa también en otras poblaciones, aunque la representación iconográfica de la Señora no coincida con la valenciana, como sucede con la de Nuestra Señora de los Desamparados, vulgo La Remendadita, que se venera en Madrid.

Virgen DesamparadosA principios del siglo XVIII, y sin que se pueda precisar la fecha, cuando ya la noche había envuelto en su oscuridad la antigua villa y corte, dos hombres, cuyo aspecto exterior no era muy tranquilizador, llamaban a la puerta de uno de los conventos de la Seráfica Orden Franciscana con la pretensión de que un fraile fuera a asistir a un enfermo que, agonizante, demandaba los auxilios de la religión.

Enterado el P. Guardián, designó a un religioso, que salió con ellos; y cuando ya habían caminado un buen trecho, abalanzándose sobre él le vendaron los ojos, conduciéndole a un paraje que no pudo reconocer, y donde escuchó la confesión de una joven que iban a asesinar, según escribe el señor Campany en su Historia de las calles de Madrid, y según otros autores, de un moribundo.

Cumplida su sagrada misión, regresaba el citado fraile a su convento después de media noche, y al llegar a las proximidades de la antigua y estrecha puerta del Sol, que hubo, sin duda, de levantarse en el ensanche que se dio a la villa hacia fines del siglo XIII, y al enfrontar con una de las atarjeas que por aquella parte facilitaban la salida de las aguas residuales, vio en su fondo una cosa que despedía un resplandor extraordinario que llamó poderosamente su atención, y sintiéndose atraído por ella se dirigió hacia aquel sucio sitio, viendo con la natural extrañeza y admiración como una aureola de fuego que rodeaba un trozo de papel de estraza, en el que estaba dibujada una imagen de la Virgen con el Niño Jesús en los brazos y a su pie la leyenda «Nuestra Señora de los Afligidos»; y recogiendo con gran veneración la estropeada y húmeda estampa, la guardó en su manga y se dirigió al convento.

De regreso ya en él contó al P. Guardián todo lo sucedido, presentándole la citada estampa, el cual dio muy poca importancia a su narración. El buen religioso remendó lo mejor que pudo la estampa, y como no tardó en extenderse la noticia de tan milagroso hallazgo fueron muchos los devotos de la Señora que acudieron a ella al tener noticia de los favores que otorgaba; y según se dice, llegando a oídos del Rey tan extraordinaria nueva mandó se entregase a uno de los conventos de religiosos franciscanos, el que por suerte saliera favorecido, para que recibiera más culto; según otros, fue indicación milagrosa de la Señora; lo cierto es que vino a parar al Beaterio de San José, de religiosos terciarios franciscanos, que en 1637 había fundado en la calle de Atocha la venerable M. Antonia del Cristo y Ocampo.

De año en año se le tributaba más culto, celebrándose su fiesta el día 26 de noviembre, y sin que se sepa la causa ni la fecha se cambió su advocación por la de Nuestra Señora de los Desamparados, vulgo La Remendadita, con la que actualmente se la conoce y venera en la iglesia del convento de las Concepcionistas Franciscanas de San José de la villa de Madrid.

S. Carreres Zacarés

P. Juan Gilabert Jofré defiende a un demente maltratado

El genial artista Joaquín Sorolla plasmó así, en uno de sus inmortales lienzos, aquella escena del Venerable Padre Juan Gilabert Jofré defendiendo a un maltratado demente, poco antes de predicar su trascendental sermón del 24 de febrero de 1409 en la Catedral valenciana, motivo de la fundación del «Hospital deis folls», cuna de la Cofradía de Nuestra Señora de los Inocentes Mártires y Desamparados.

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