La actividad heroica de un joven chino

El diario oficial de la China comunista anunciaba en octubre de 1951 que la Legión de María quedaba fuera de ley. Sus miembros estaban obligados a hacerse registrar en los departamentos de policía. Debían firmar una declaración reconociendo que la Legión era un organismo de espionaje al servicio de los americanos, y que renunciaban a ser miembros de la misma para «arrojarse en los brazos misericordiosos del pueblo». Los refractarios estaban expuestos a las penas reservadas a los enemigos del pueblo: la cárcel y la muerte.

Los legionarios se mantuvieron firmes. Como la policía llegaba sorpresivamente en cualquier hora del día y de la noche y no daba tiempo para nada, cada legionario tenía siempre preparada su maleta con lo más preciso: cepillo de dientes, jabón y alguna ropa. Era admirable el espíritu de intrepidez y optimismo de los jóvenes legionarios de ambos sexos.

Min era un joven legionario de María. Su familia persistía en el paganismo. A consecuencia del Decreto gubernamental contra la Legión de María, Hsu, padre de Min, habló así a su hijo legionario: «Te suplico que reflexiones en las consecuencias de tu obstinación. Comprometes a toda tu familia y a mí el primero, porque soy el responsable de ella.»

Min, puesto de pie por respeto a su padre, escuchó y calló. Luego de un brevísimo silencio, Hsu continuó: «O te inscribes en los registros y renuncias a tus creencias o te vas lejos de aquí. Si tú no te vas seré yo el que me iré. Pero ten entendido que sobre ti recae la responsabilidad de sostener a tu madre y hermanas. Espero mañana tu respuesta.»

Min, confortado con los consejos de su Padre espiritual, hizo al Señor la ofrenda de su vida: «¡Oh Cristo, por Vos yo renuncio a todo: padre, madre, porvenir!...» Y se fue de la casa paterna, aunque con gran dolor de su alma. Solicitó ser admitido en un Seminario y no pudo ser aceptado. Obtuvo un empleo en los seguros sociales, pero con la condición de permanecer previamente durante cuatro meses en una escuela de reeducación comunista. Min partió para su prueba. En su visita semanal a su Director espiritual le manifestaba así su nueva situación: «Padre, tengo cuatrocientos camaradas, todos paganos, menos dos: un católico apóstata y una protestante. Tengo la impresión de que todos se conjuran para que yo les hable de Dios y de la Iglesia.»

Min no faltaba a su misión. Cada vez que el instructor atacaba algún dogma católico el joven legionario levantaba la mano para pedir pruebas de lo dicho. El instructor se evadía de la cuestión. Entonces Min tomaba la ofensiva para probar lo contrario de lo que el instructor había afirmado; y lo hacía con tanto acierto que se merecía el aplauso de sus compañeros. Hasta que el instructor le prohibió hacer observaciones en clase.

Al cabo de dos meses de permanencia en aquella escuela cada alumno debía hacer la "confesión" o declaración de sus ideas político-sociales y religiosas. Min se declaró abiertamente católico.
A la mañana siguiente de haberse entregado la "confesión" las paredes de los corredores de la escuela aparecieron empapeladas con afiches en los que se acusaba a Min de ser católico, legionario, espía, perro sabueso de los americanos, saboteador de la prueba, etc. Min leyó ¡os afiches y no se inmutó nada.
Por la tarde en una asamblea de comisarios y alumnos se le invitó a rectificar su mentalidad y a completar su confesión; pero el legionario permaneció inquebrantable.

Un día después Min fue presentado al juicio popular. El estrado estaba ocupado por los comisarios, el acusado permanecía en pie junto al estrado, frente al público, compuesto de los cuatrocientos alumnos de la escuela. Durante cuatro horas pasaron los condiscípulos del valiente legionario por el micrófono colocado muy cerca de él y fueron pronunciando discursos contra él, acusándole siempre de lo mismo: de sabotaje, imperialismo, espíritu reaccionario... Los discursos eran interrumpidos por imprecaciones estentóreas repetidas por la asamblea con los puños en alto contra el acusadlo.

Durante el juicio Min guardó silencio. Era hora de dar testimonio de Jesucristo por la paciencia y el silencio. «Meditaba —lo confesó más tarde— en la escena de Jesús ante Pilatos.» Sin embargo, rompió el silencio una vez, cuando el alumno apóstata hizo uso del micrófono para hablar en nombre de los católicos, para decirle: «¿Tú? Tú no tienes derecho de hablar en nombre de los católicos, porque no eres más que un renegado»; y otra vez, al ver que la joven protestante colocada en la primera del público levantaba también el puño contra él, para sugerirle: «Acuérdate de Jesús delante de Pilatos.» La joven comprendió y se retiró al fondo de la sala y no levantó más los puños.

Se pronunció el veredicto de la asamblea: expulsión inmediata de la escuela.

Se pasó el micrófono al condenado, de quien se esperaba una retractación. Pero Min se manifestó muy complacido con los dos meses que había pasado en la escuela, y se mostró muy agradecido a la amistad con que le habían distinguido sus compañeros. Ni una excusa, ni un lamento.

Cuando Min llegó a su casa su padre estaba ausente, y contó la aventura a su madre, la cual, muy apesadumbrada, le dijo que sería mejor que se buscase otro domicilio, porque se había convertido en elemento peligroso para la familia. Estas palabras de su madre hirieron al joven legionario mucho más que todo lo pasado.

a

Min no ha sembrado en vano. La joven protestante, pasmada por aquel testimonio heroico, se sentía irresistiblemente atraída a la Iglesia Católica, que tales caracteres produce. El día de Pascua asistió por primera vez a la misa de los católicos con el deseo de observar de cerca lo que hacen éstos en su iglesia. Emocionada por el fervor con que allí se cantaba y se oraba, cayó de rodillas y se puso a llorar. A la salida de la misa le rodearon otras jóvenes, que se interesaron por la causa de sus lágrimas. «Jamás —respondió ella— había hecho semejante experiencia; ahora comprendo dónde los católicos encuentran su valor.» Dos días después se hacía instruir para entrar en la Iglesia Católica.

También entre los compañeros de la escuela germinó la buena semilla. El último día de curso quince de ellos, sin temor de comprometerse, fueron a invitar a Min al banquete de clausura. Min les dijo: «Si no tenéis miedo de cenar con un imperialista acepto vuestra invitación.»

En su propia familia su hermana menor comenzó a estudiar el catecismo sin encontrar oposición en su padre Hsu. Este, preguntado durante la campaña de los tres «anti», sobre la conducta de su hijo, contestó: «Yo no puedo nada: he ensayado todos los medios; no tengo ninguna influencia sobre él; comienzo a creer que él la tiene sobre mí...»

Min vive en casa de sus padres. Todavía no ha encontrada trabajo. En la soledad de su habitación, delante de una pequeña cruz de madera, está estudiando latín, esperando que algún día se le abrirán las puertas del Seminario y podrá llegar a ser sacerdote de Jesucristo.

¡Ayudémosle con nuestras oraciones!

(Extractado y traducido del China Missionary Bulletin. Enero de 1953.)

Los vencedores

"Donde el espíritu batallador de los jóvenes los inclina a desplegarse libremente en los serenos campos de las artes, de las letras y de las ciencias, bajo el sol de la religión, allí refulge la fundada esperanza de que el porvenir no será presa fácil del materialismo hedonístico ni quedará estéril por una inercia fatal.

»Un pueblo cuya juventud no supiera vibrar por altos ideales, ni sintiera la agitación de la sana emulación, se condenaría a sí mismo a la destrucción.

«Dilectos jóvenes, al recibir Nuestro afectuoso encomio, encerrad en vuestros corazones también Nuestra exhortación: Permaneced siempre entre los vencedores, especialmente en la ardua lucha que cada hombre y cada cristiano está llamado a combatir en la tierra contra los enemigos de la salvación eterna. Fijad constantemente la vista en la inmarcesible corona de la gloria, que Dios reserva a aquellos que, tomando como modelo al divino Maestro Jesús, a semejanza de El podrán exclamar al final: "He vencido al mundo"» (Jn, 16, 33).

(De la alocución de Pío XII a los vencedores en los concursos de los «Encuentros de la Juventud», de Roma.)

San Antonio y la Eucaristía

La Orden Seráfica ama a Cristo ardientemente y manifiesta este amor por su particular y ferviente devoción a la Sagrada Eucaristía, que es una de las principales características de la Orden Franciscana.

San Francisco sentía tal amor por nuestro Señor en el Santísimo Sacramento que hizo de ese amor su principal devoción, y tanto pensaba y hablaba de esta devoción que parecía que tenía la Eucaristía en su mente. Por su amor a nuestro Señor Sacramentado Francisco colocó la persona de nuestro Señor en la más grande prominencia y ayudó inmensamente a que los fieles reconozcan y adoren a Dios hecho hombre oculto en la Sagrada Eucaristía.

El P. Kramp, S. J., escribe: «Con esta doctrina en las conciencias vino un aumento en la reverencia y devoción hacia la Eucaristía en el aspecto personal y, en consecuencia, nuevas formas visibles de homenaje. Esto último aparece, ante todo, en ciertas personas de extraordinaria piedad, tales como San Francisco de Asís y Santa Juliana de Lieja, después en la expansión popular de esta devoción y finalmente como un resultado de la acción de los Papas y Concilios se le ha dado un lugar en la Liturgia con la celebración de 1a fiesta de Corpus Christi.»

En efecto, Francisco insistió tanto sobre la Sagrada Eucaristía en su fervor personal, en sus cartas y en su testamento que podía decirse de él que había «cantado un nuevo himno al Señor», y dirigió no solamente a su Orden, sino a la Iglesia, hacia un más grande amor y devoción a Cristo en este maravilloso Sacramento.
El Doctor Evangélico, verdadero hijo espiritual de tan gran Apóstol del Santísimo Sacramento como era San Francisco, se inflamó con seráfico ardor en su amor por Cristo bajo la forma de pan y vino. Contemporáneo de San Francisco y de sus primeros compañeros, compartió con éstos y con Santa Clara este amor profundo por nuestro Señor Eucarístico.

No trataremos aquí de leyendas sobre la devoción de Antonio a la Eucaristía, sino que probaremos cuán grande fue esta devoción reflejada en sus escritos : Sermones para los sábados y días de fiesta y el Sermón para el Jueves Santo.

Eucaristía

Los herejes de los siglos XII y XIII, especialmente los albigenses, lucharon con fuerza y principalmente contra la doctrina de la Sagrada Eucaristía y trataron de destruir la fe en ella por todos los medios. Ellos alegaban que la real presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es imposible. En el año 1215 se celebró el IV Concilio Lateranense, al cual asistió Francisco como fundador de una nueva Orden, y oyó conmovido que el Papa Inocencio III, al abrir el acto, principió su sermón diciendo: "Con ansia he deseado comer en esta Pascua con ustedes". Estas palabras dieron un tono eucarístico al Concilio.

Uno de los monjes agustinos del Monasterio de la Santa Cruz, de Coimbra, donde Antonio residía entonces, asistió al Concilio y llevó a su regreso las gratas noticias de las conclusiones a que había llegado éste sobre la Sagrada Eucaristía: la condenación de los errores respecto a ella y definición de la doctrina de la Transubstanciación. Poco después el Concilio decretó que los fieles deberían recibir el sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía, por lo menos, una vez en el año. El Cardenal Manning, refiriéndose al Concilio, dijo que «estaba iluminado con la gloria de la Sagrada Eucaristía».

¡Cómo se regocijaría Francisco con todas estas cosas en honor de su Rey Sacramentado!

El Poverello entonces tomó mayor amor y devoción a la Sagrada Eucaristía y enseñó a los otros a recibirla frecuentemente con la mayor devoción y amor. El tabernáculo fue cubierto con ricos velos y alumbrado permanentemente con una lámpara, tal como lo había hecho Francisco en San Damián después de reconstruir esa iglesia.

El IV Concilio Lateranense impresionó profundamente a Antonio y elevó su ardor eucarístico a nuevas alturas.

Uno de los dogmas que él había defendido más vigorosamente fue el de la Real Presencia por la Transubstanciación, que quiere decir que la entera substancia del pan en la Hostia está convertida en la entera substancia del sagrado Cuerpo de Cristo y que la entera substancia del vino en el Cáliz está convertido en la entera substancia de la preciosa Sangre de Cristo por las palabras de consagración en la misa. En su Sermón del Jueves Santo San Antonio dice:

"Sobre este monte que es Jerusalén, en el gran cenáculo donde los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, el Señor hoy hizo un banquete para todas las naciones que creen en Él. Ciertamente el banquete de hoy está nutrido con el cuerpo y la sangre de quien el Padre sacrificó por la reconciliación de la raza humana.

»Eso es lo que la Iglesia universal hace hoy, porque en el monte Sión estableció un rico y suntuoso banquete que está colmado con una doble riqueza exterior e interior. El les dio su verdadero Cuerpo enriquecido con la virtud y la caridad y ordenó que sea dado a todos los que. creen en El. De modo que todos debemos creer firmemente que aquel cuerpo que la Virgen trajo al mundo, que pendió sobre la cruz, yació en el sepulcro, se levantó el tercer día, ascendió al cielo y está a la diestra de Dios Padre, ese cuerpo verdadero dio hoy a los Apóstoles, y que la Iglesia realmente convierte cada día y da a sus fieles. Por las palabras "Este es mi Cuerpo" el pan es transubstanciado en el Cuerpo de Cristo.»

¡Tan explícita y solemne profesión de fe en la real presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía no era frecuente en ese tiempo!

El santo paduano enseña esta real presencia de Cristo en todos los textos donde él afirma que Cristo da su Cuerpo a los fieles cada día como el alimento de sus almas. Tales pasajes son numerosos en los sermones del Santo (e. g., Serm. Dom. II después de Pascua). Antonio prueba la Real Presencia no solamente de las palabras de la institución de la Eucaristía, sino también de las palabras de la promesa: «Yo soy el pan viviente que baja del cielo...» «Yo soy el pan de la vida...» «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo...» «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna...»

«Pues mi carne es verdadero alimento y mi sangre es verdadera bebida...» «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 41 et al Serm. Dom. III después de Pascua).

Antonio sostiene que en la Santa Misa hay dos oferentes, Cristo y el sacerdote, pero solamente un sacrificio. Los textos referentes a este asunto son explícitos. «Cristo está representado con los ornamentos sacerdotales, que es su carne, en donde se ofreció El mismo, y diariamente se ofrece él mismo presentándose El mismo a Dios Padre» (Serm. Dom. V después de Pascua).

De esta manera vemos que Antonio concuerda con la doctrina de su época sosteniendo que la esencia del sacrificio de la misa consiste en el sacrificio de Cristo al Padre, que es hecho por el sacerdote y por Cristo mismo.

El Doctor Evangélico insiste también en el valor propiciatorio de la misa. El dice que si un hombre está enojado con su esposa y pretende golpearla, él se apacigua si ella sostiene en sus brazos a su pequeño hijo. El niño llorará y el padre tendrá piedad por las lágrimas de su hijo.

«Así —dice Antonio—, Dios, que está enojado con nosotros por nuestros pecados, se apacigua cuando nosotros le ofrecemos a su divino Hijo en el adorable sacrificio de la misa. Dios entonces recuerda los sufrimientos, las penas, las lágrimas y la muerte de su Hijo y tiene piedad de nosotros» (Serm. Dom. V después de Pascua).

El santo a menudo dice que el Cuerpo y la Sangre de Cristo son el alimento espiritual del alma. Ellos nutren el alma supernaturalmente, defendiéndola contra sus enemigos, dándole fuerza para combatirlos y permanecer fiel a Dios en su gracia. Este sacramento aumenta la gracia santificante y ayuda al alma a hacerse igual a Cristo (Serm. Dom. II después de Pascua).

Los que reciben la Santa Eucaristía dignamente son doblemente ungidos, lo que es que reciben una disminución de tentación y un aumento de devoción. Además reciben el vigor necesario para sobrellevar las pruebas de la vida con sus diarias molestias, sus sinsabores y monotonía y sus conflictos con el demonio, el mundo y la carne.

De modo que la Santa Eucaristía es verdaderamente nuestro maná del desierto, que nutre, vigoriza y regocija el alma.

Sobre el asunto de recibir la Santa Comunión frecuentemente o no, Antonio lo deja a la libre determinación de cada individuo (Serm. Dom. III. después de la Epifanía). Pero nosotros deducimos, viendo la insistencia y fervor de San Antonio en recomendar a la Santa Eucaristía como un remedio para nuestras necesidades, que él se inclina a que la Comunión sea frecuente. ¡Qué feliz sería al ver que aquella práctica es aún más común en la Iglesia hoy debido a otro glorioso miembro de la Orden Seráfica, el Papa Terciario Pío X.

Siempre práctico Antonio, enseña que para recibir la Santa Comunión uno debe tener firme fe, verdadera devoción y humildad, sabiendo que nosotros somos indignos de tan sublime gracia como es la Santa Eucaristía (Sermón del día de los Santos Inocentes). Seguidamente él pregunta: ¿Cómo puede una persona entrar a la iglesia, reunirse con los fieles y presumir que está presente en el banquete del cuerpo del Señor si sabe que carece del brillante y resplandeciente ornamento de la castidad? (Serm. Dom. V después de Pentecostés).

En su sermón de Jueves Santo, Antonio escribe: "El hombre es desgraciado cuando viene a este banquete sin las vestiduras engalanadas con la penitencia y caridad, porque al recibirlo indignamente se condena, porque ¿qué igualdad puede haber entre la luz y la oscuridad?, o ¿qué igualdad tiene Judas el traidor con el Salvador? La mano del que me traiciona está conmigo aquí en esta mesa (Lc 22, 21). El hombre bestia que toque la montaña, que es el Cuerpo de Cristo, será apedreado, es decir, condenado» (Heb 12, 20).

El santo paduano también dice que «si alguno recibe el Cuerpo del Señor dignamente ciñe su cintura con la cuerda de la castidad, fortifica su mente con los ejemplos de los santos, aplica las palabras a las acciones y celebra la verdadera Pascua con los verdaderos Israelitas, y así podrá pasar de este mundo al Padre (Sermón para Pascua).

De este sumario de las enseñanzas de San Antonio vemos que él es verdaderamente un Doctor Eucarístico, y que con plena justicia está representado algunas veces con la Sagrada Eucaristía. Sus enseñanzas ayudaron a combatir las herejías de su época contra la misa y la Santa Comunión. Sus escritos vigorizan la fe de la Iglesia para todos los tiempos en la doctrina de la Real Presencia y de la Transubstanciación.

Puede la devoción y doctrina de San Antonio impeler a la entera Orden de San Francisco a engrandecer el fervor por el adorable sacrificio de la misa y de la Santa Comunión. Puede tal fervor darnos nuevos santos franciscanos, enteramente dedicados a la Palabra Encarnada, nuestro Altar, nuestro Sacerdote, nuestra Víctima, el alimento de nuestras almas, el Pan viviente venido del cielo.

Cuthbert Gumbinger, ofm Cap.

El milagro del mulo

Predicaba San Antonio de Padua en Rímini. Allí los herejes patarinos habían desfigurado el dogma de la presencia real, reduciendo la Eucaristía a una simple cena conmemorativa.

Antonio en su predicación ilustró plenamente la realidad de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Mas los jefes de la herejía no aceptaban las razones del Santo e intentaban rebatir sus argumentos. Entre ellos, Bonvillo, que era el principal y se hacía el sabihondo, le dijo:

—Menos palabras; si quieres que yo crea en ese misterio has de hacer el siguiente milagro: Yo tengo una mula; la tendré sin comer por tres días continuos, pasados los cuales yo y tú nos presentaremos juntos ante ella: yo con el pienso y tú con tu sacramento. Si la mula, sin cuidarse del pienso, se arrodilla y adora ese tu Pan, entonces también lo adoraré yo.

a

Aceptó el Santo la prueba y se retiró a implorar el auxilio de Dios con oraciones, ayunos y penitencias.
Durante tres días privó el hereje a su mula de todo pienso y luego la sacó a la plaza pública. Al mismo tiempo, por el lado opuesto de la plaza, entraba en ella San Antonio, llevando en sus manos una custodia con el Cuerpo de Cristo; todo ello ante una multitud de personas ansiosas de conocer el resultado de aquel extraordinario compromiso contraído por el santo franciscano.

Se encaró entonces el Santo con el hambriento animal, y hablando con él, le dijo:

—En nombre de aquel Señor a quien yo, aunque indigno, tengo en mis manos, te mando que vengas luego a hacer reverencia a tu Creador, para que la malicia de los herejes se confundía y todos entiendan la verdad de este altísimo sacramento que los sacerdotes tratamos en el altar, y que todas las criaturas están sujetas a su Creador.

Mientras decía el Santo estas palabras el hereje echaba cebada a la mula para que comiese, pero la mula, sin hacer caso de la comida, avanzó pausadamente, como si hubiese tenido uso de razón, y doblando respetuosamente las rodillas ante el Santo que mantenía levantada el Pan eucarístico, permaneció en esta postura hasta que San Antonio le concedió licencia para que se levantara. Bonvillo cumplió su promesa y se convirtió de todo corazón a la fe católica, los herejes se rectractaron de sus errores y San Antonio, después de dar la, bendición con el Santísimo en medio de una tempestad de vítores y aplausos, condujo la Eucaristía procesionalmente y en triunfo a la iglesia, donde se dieron gracias a Dios por el estupendo portento y conversión de tantos herejes.