San Antonio de Padua en la parroquia del Pilar de Valencia

A D. Antonio Amado Vázquez, beneficiado del Pilar, que hizo posible este artículo

Una de las parroquias de la incomparable Valencia es la de Nuestra Señora del Pilar y San Lorenzo Mártir. Así se la conoce oficialmente, pero no es ese su título, sino este otro: Parroquia de San Lorenzo Mártir. Ahora bien; por rendir culto a la Virgen Santísima (en su advocación de Nuestra Señora del Pilar) se da preeminencia a la Reina de todos los santos y se pospone al bienaventurado diácono hispano que asombró a la cristiandad entera con su celestial heroísmo.

El templo que nos ocupa, joya barroca, pertenecía a antiguo convento de dominicos, fundado allá por el 1618 y hoy ocupado por fuerzas de Intendencia, cuya presencia data en él del año 1835. En los zócalos de las capillas laterales de la iglesia se ven, en encantadores azulejos, escenas de vidas de santos dominicos (incluyendo a San Vicente Ferrer) y otros asuntos particularmente relacionados con la Orden o el templo.

Si tú, lector devoto de la Orden Franciscana, entras en dicha parroquia por la puerta recayente a la plaza del Pilar, detente ante el primer altar que veas a tu izquierda. Es el de San Antonio de Padua, hijo preclaro del mínimo y dulce Francisco de Asís; además de un retablo refulgente de oros contemplarás dos cuadros de Renau: San Antonio en el milagro eucarístico y el Santo, padre de pobres, repartiéndoles pan.

Capilla de San Antonio

La presencia del Santo paduano en esta antigua iglesia dominicana, así como la devoción al mismo, se debe al beneficiado don Manuel Piñana Mateu y a un matrimonio devoto que quiso dejar testimonio duradero de su fe. Pero como todo tiene su historia debemos remontarnos...

Tiempos de la guerra de la Independencia. Dos súbditos franceses vinieran a nuestra ciudad y se avecindaron no lejos de esta casa e iglesia de dominicos, en la calle del Torno del Hospital. Eran comerciantes en sedas, y poseedores de cuantiosa fortuna, dejaron sus bienes al morir a la que les atendió o sirvió mientras vivieron aquí. Le rogaron que dejara bienes a la iglesia y que cultivara la devoción a San Antonio de Padua. Repetimos al lector la particularidad de que no obligaron a dicha sirviente por ninguna cláusula testamentaria a que dejara bienes a la iglesia, sino que se lo recomendaron encarecidamente.

Al heredar dicha señora quiso contraer matrimonio con un cuñado suyo, viudo y con familia. Rehusó la boda dicho señor, y con el tiempo la tía testó en favor de una sobrina, con la particularidad que rogó a su heredera lo mismo que a ella le rogaron años atrás los franceses. Y murió; murió luego —y ab intestato— la muchacha, por lo que la herencia fue o regresó al padre; éste dejó heredera de tal fortuna a otra hija: doña María Acevedo. Esta casó con don Teodoro Hernández, y ambos dejaron un beneficio de San Antonio con piso para el capellán que lo gozará y casa abadía para el Párroco del Pilar. Cedieron igualmente una preciada reliquia del Santo.

Esta es la historia —pequeña si se quiere— de la presencia del Santo, que aleja la miseria y el demonio, en una parroquia valenciana. Desde 1902 (25 de marzo) es parroquial esta iglesia, que hoy embellece sin cesar su Párroco don Vicente Alegre; y el primero que gozó el beneficio de San Antonio fue don José Francisco Lucas, anterior cura Párroco, ya fallecido y devotísimo del titular del beneficio que él disfrutó. Sólo nos resta decir que hasta la guerra de Liberación se conservaron en la casa abadía los retratos de los caballeros franceses que fueron los promotores de tal devoción. Del beneficiado Piñana Mateu, figura importante en la introducción del culto antoniano, diremos que llegó a la nueva parroquia procedente de la iglesia de San Lorenzo, el actual templo de los Padres franciscanos.

Vea el lector cómo lleva la Providencia los acontecimientos al camino que conduce a la mayor gloria de Dios.

Mariano Vila-Cervantes

Reverencia a la Eucaristía

Jesucristo, inundado el corazón en amor infinito, en la última noche de su vida instituyó el Sacramento por excelencia, para darnos en la humilde forma de alimento su preciosísimo Cuerpo. San Francisco de Asís fue inefablemente sensible a esta tan profunda dignación del Hombre Dios, y con amor todo seráfico correspondió al amor ilimitado del corazón divino. Muchas manifestaciones de ello nos ofrece su vida entera y todas ellas tan elocuentes y significativas que han movido al mismo protestante y descreído Sabatier a declarar que la Eucaristía era el alma de la piedad de Francisco. Mas ahora pasaremos por alto las diversas pruebas de fervor eucarístico que de las biografías más autorizadas del Santo se desprenden, para poner la vista en las que se derivan de sus propios escritos, pequeñas obras literarias suyas llamadas «Opúsculos», de los cuales ofrecemos aquí a nuestros lectores algunos fragmentos:

Fr. Francisco a todo el pueblo cristiano

"Siendo yo siervo de todos estoy obligado a servir a todos y a enseñarles las perfumadas palabras de mi Señor. Por lo cual, considerando que no puedo visitar a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, he determinado manifestaros por las presentes letras las palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida. El muy alto Padre nos anunció desde el cielo, por medio de San Gabriel Arcángel, a este su Verbo, su Hijo Dios, el cual, siendo tan digno, descendió al seno de la gloriosa Virgen María, de cuyas entrañas tomó la verdadera carne de nuestra humanidad y frágil naturaleza...

»Y cerca ya de su Pasión celebró la Pascua con sus discípulos, y tomando el pan dio gracias y lo bendijo y lo partió, diciendo: «Tomad y comed, este es mi Cuerpo». Y tomando el cáliz, dijo: "Esta es mi Sangre del Nuevo Testamento, la cual será derramada por vosotros y por otros muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 22-28). Ahora bien; el Padre quiere que todos seamos salvos por su Hijo y le recibamos con corazón sencillo y cuerpo casto... Debemos confesar al sacerdote todos nuestros pecados, y debemos recibir de él el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su Carne y no bebe su Sangre no puede entrar en el reino de Dios, itero quien lo coma y beba hágalo dignamente, "porque el que lo come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación"» (1Cor 11, 29).

Fr. Francisco a los gobernantes de los pueblos

«...Os ruego, con la reverencia que puedo, que no os olvidéis del Señor ni os apartéis de sus mandamientos por los muchos cuidados y congojas que tenéis en este mundo. Porque todos aquellos que le olvidan y se apartan de sus mandamientos son malditos y el Señor se olvidará de ellos... Por lo cual, con gran interés os aconsejo, mis señores, que posponiendo todos los cuidados y afanes, recibáis benignamente el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en santa memoria de Él. Y tanto honor deis al Señor en el pueblo que se os ha confiado que todas las tardes se anuncie por algún pregón o por otra señal la hora en que se deben dar gracias al Señor Omnipotente y cantarle alabanzas...»

Fr. Francisco a los ministros del Señor

«...Nada tenemos ni vemos corporalmente en este siglo del mismo Altísimo, sino su Cuerpo y Sangre, y los nombres y palabras verdaderas por las cuales hemos sido regenerados y redimidos de la muerte a la vida. Todos aquellos, pues, que administran tan santos misterios reflexionen en su interior, especialmente los que los administran sin discreción, cuán viles son los cálices, los corporales y los lienzos donde se sacrifica el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Muchos dejan el Santo Cuerpo en lugares despreciables, lo llevan con descuido, lo reciben indignamente y lo dan a otros sin discreción. Corrijamos, pues, prontamente y con esfuerzo estas cosas y otras semejantes, y en cualquier parte que se hallare el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo inconvenientemente colocado y abandonado, quítese de aquel lugar y póngase en otro precioso y seguro. De igual modo, los nombres y palabras escritas del Señor en cualquier parte que se encuentren en sitios inmundos, deben ser recogidos y colocados en lugar honesto...»

Fr. Francisco a todos sus frailes

"...Ruego a todos mis frailes que son. serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quisieren celebrar la misa limpios y puros ofrezcan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo con santa y pura intención, no por alguna cosa terrena, ni por temor, ni amor de algún hombre o como intentando complacer a los hombres. Antes toda la voluntad, cuanto ayude la gracia del Omnipotente, se dirija a él, Sumo Señor, porque allí sólo El obra como le place, ya que dice el mismo Señor: "Esto hacedlo en memoria mía" (Lc. 22, 19). Mirad vuestra dignidad, frailes sacerdotes, y "sed santos porque El es Santo"» (Lv 12, 11).

Milagro de los peces de Alboraya

Milagro de los Peces en el barranco de Carraixet de Alboraya en 1348.

Por ser la Eucaristía el mismo Jesucristo perpetuando su presencia en medio de los hombres, es el único centro de nuestra Religión y todo debe converger en ella. Por tanto, es necesario que la Eucaristía sea entronizada en todas las mentes y corazones.

Benedicta

¡El Carmen! Ved ahí una bendición cuya grandeza, santidad y dulzura una generación confía a otra como un precioso recuerdo, como una herencia rica, como un regalo que hizo Dios a su Madre, como el diamante con que remató su corona...

Vendrán las generaciones todas, y a la voz del Carmen, las que se van dirán Bendita, las que existen dicen Bendita y las que están por venir dirán Bendita. Y cuando llegue la Hora de terminarse este mundo, volviendo su mirada hacia el Carmelo, la que quede dirá Bendita sea su nube. ¿El porqué? Porque a ese nombre el Señor vinculó todas esas bendiciones, y aunque falten otras advocaciones, ésta vivirá hasta el fin del mundo. Lo pasado garantiza el porvenir.

Retroceded con vuestra imaginación al 16 de julio de 1251. Un anciano ora fervoroso, y la oración, que tiene por lenguaje la pureza y la humildad; por lágrimas, las perlas de la gracia, y por suspiro, el amor, se arranca del entristecido corazón de San Simón Stock. Y su oración penetra los cielos, y el cielo se abre y hasta la tierra se extiende una alfombra de serafines, y sobre una nube de grana y nácar se asienta el trono de la que es Flor del Carmelo, y dejando en olvido y despreciando los soberbios palacios de los hijos de los hombres, cuvo oropel sirve de andrajoso vestido a la humana vanidad, se dirige a una pobre celda donde el Amado de María, con confianza, espera el consuelo.

La Virgen Madre sin mancilla trae en su mano un Escapulario, y dirigiéndose a su siervo que, extasiado, la contempla, le dice: Toma, hijo amadísimo, el Escapulario de tu Orden, señal de mi hermandad y privilegio para ti y para todos los carmelitas: el que muriere con él no padecerá el juego eterno. Es salud, salvación en los peligros, alianza de paz y pacto sempiterno. Y coloca sobre sus hombros el Santo Escapulario.

Y desde entonces el nombre del Carmen es tan glorioso, y los Sumos Pontífices le llenan de Indulgencias, y visten el Escapulario. Los reyes y grandes de la tierra poner sus grandezas bajo el manto de la Virgen del Carmen. Los marinos, y los sabios, y los poetas se cubren con el Escapulario y lo engrandecen y lo cantan. La Virgen del Carmen, con su Escapulario, es la exclamación favorita de todos los afligidos: En vida, ampara; en muerte, ayuda, y después de ella, salva.

Y el nombre del Carmen, por ser tan glorioso, como lo indica su nombre de Carmen, cántico, es una armonía eterna de alabanzas a Dios y su bendita Madre.

Fr. Dámaso de la Presentación