¿En qué mundo vivimos?

Al recapacitar diariamente en el estado actual del mundo; al presenciar o al oír relatar sus males; al leer en la infinidad de periódicos que ponen de relieve los desórdenes, transtornos, crímenes y maldades en que se remueve la humanidad; al convencernos del vivir agitado de las naciones, de sus fantásticos preparativos de guerra y de sus conciertos ineficaces de paz, de sus recelos, desconfianzas, simulaciones y engaños; del desbordamiento diabólico de persecuciones y matanzas y odio feroz a todo lo santo, a todo lo justo, a todo lo bueno. El desprecio de Dios como el eco palpable del grito de rebelión de Satán. Sumidos en un profundo desaliento, brota del corazón atribulado este grito: «Señor, ¿en qué mundo vivimos?» Y siente el alma ha ansiedad del Redentor, como la sentía el pueblo de Israel, aquel pueblo que era depositario de las promesas y tradiciones divinas, que era el único que conservaba el culto del verdadero Dios, en quien estaba vinculada la promesa de la redención.

Aquel pueblo en sus tribulaciones, en sus luchas, en sus cautiverios y en sus males, levantaba sus ojos al cielo, y con gritos angustio os brotaba de sus pechos el Rorate coeli desuper: «Que se rasguen los cielos y lluevan las nubes al Salvador; ábrase la tierra y germine al deseado Salvador.» Del mismo modo también el mundo pagano, ante la multitud inmensa de males, de corrupción de costumbres, de perfidias, de inmoralidades y del desconcierto universal, sentía también en el fondo de sus almas la ansiedad de la redención y del remedio de tantos males.

Y como estaba latente en el fondo de la humanidad el recuerdo de aquella promesa de Dios de enviar al mundo el reparador de tantos males causados por el pecado, también en los momentos de reflexión, en las angustias que oprimían al alma y daban desazón a su vida, sentía el hombre el ¡ansia de la paz y del remedio de aquel angustioso ambiente, y recordaba y surgía en su alma aquel deseo, aquella esperanza de redención ; de ahí aquellas reflexiones angustiosas que nos transmiten los grandes sabios ante el trastorno del mundo y la desorientación de la humanidad. Suelen atribuirse a Platón aquellas frases que delatan las angustias de su alma cuando repetía estas palabras: «¿Quién soy yo? No sé de dónde vengo; no sé quién soy; no sé a dónde voy». Y entonces, levantando su mirada al cielo, repetía: «Tú, ¡oh Ser desconocido! Ten piedad de mí". ¡Qué dolor, qué angustia solloza el eco de estas palabras!

Estas reflexiones y estos sentimientos debieran ser frecuentes en los hombres de juicio que andaban envueltos en las sombras de la ignorancia religiosa del mundo pagano, como lo pueden ser en la actualidad en aquellos pueblos y en aquellas almas en las que no ha llegado aún la luz de Cristo, como lo prueba lo que se refiere de aquella mujer pagana de Corea.

Era esta señora la madre de un procurador provincial del Japón. Tenía esta señora la costumbre de salir en la noche estrellada y llamar, como un desahogo de la ansiedad de su alma, a alguien, al Ser desconocido que mora allá lejos, entre las estrellas; a alguien que debe haber y que debe ser bastante grande, poderoso y bueno para escuchar el rezo de una pobre madre. Nada sabía de él, no sabía quién era; pero como ella dice: «Mi tristeza, mi ansiedad de mejor vida me lo decía; me decía el corazón que debe haber alguien en alguna parte capaz de prestar oído y ayuda y de poner remedio a tanto mal.»

Los grandes filósofos y eximios poetas de la antigüedad Aristóteles, Platón, Sófocles, Horacio, gritan de vez en cuando del fondo de la miseria humana: «¡Ojalá viniese alguien que nos trajese la salvación.» Era el eco de las palabras proféticas y exaltadas por el entusiasmo de Isaías al anunciar la venida del Dios fuerte y poderoso, Príncipe de la paz (Is 9, 6-7). Palabras proféticas que repercutían en el serio de las naciones confirmando la tradición de la humanidad. Por eso el mundo esperaba la venida de Cristo. Cristo vino al mundo: Parvulus Filius datus est nobis, [Un Niño se nos ha dado] como dice Isaías (9, 6). Dios Padre envió su Hijo al mundo para el remedio de sus males. Cristo nace anunciando al mundo la paz.

Paz a los hombres de buena voluntad. La humanidad experimenta una reforma saludable con la venida de Cristo y con la eficacia de su doctrina santa. El mundo se rejuvenece. Por vez primera encuentra la humanidad un mundo mejor. Van pasando años y siglos; cuantas veces la sociedad humana ha desviado sus caminos hacia el mal, otras tantas ha enviado el cielo su remedio por los medios que dispone el divino poder, y casi siempre con nuevos reformadores, imágenes perfectas de Cristo que reducen a las almas al reino de la paz, renovando sus doctrinas salvadoras. De ello nos va dando la historia relatos de grande eficacia en la reforma de la sociedad que no debemos olvidar; y como muestra y confirmación de ello traeremos primeramente la prueba de aquel admirable pueblo de los anacoretas.

San Antonio, el enviado de Dios, se había convertido en el Padre «fe todos ellos. El mundo en la gran ciudad de Alejandría y pueblos de aquella región se veían agitados entre errores y herejías que perturbaban la paz y oscurecían la sana doctrina de Cristo. Antonio, inspirado por Dios, tomó su báculo, e impulsado por el celo de las almas, penetró en la gran ciudad y conmovió con su predicación y admirables ejemplos de gran virtud
a sus moradores; la paz volvió a reinar en las almas y la doctrina de Cristo volvió a ser la lumbrera de las almas, hasta entonces cegadas por el vicio y la corrupción. Los desiertos comenzaron a llenarse de solitarios y anacoretas, que llegaron a formar un pueblo nuevo: el pueblo de los anacoretas.

San Antonio Abad tentado por un saco de oro

San Antonio Abad tentado por un puñado de oro. Fra Angelico

San Antonio Abad se había constituido en el Padre de todos ellos. Eran los anacoretas los sublimes habitantes de las montañas inhospitalarias y de los arenales espantosos del gran desierto; representantes generosos de una humanidad superior, admirable hasta en sus defectos mismos; figuras grandiosas de un mundo nuevo, de una fabulosa epopeya mística, cuyo primer canto es la vida de San Antonio, el Patriarca de todos ellos. Sus afines y más parecidos al Santo eran muchos, figurando como caudillos de aquella inmensa pléyade de santidad, entre muchos, estos cuyos nombres y heroicas hazañas sonaron por mucho tiempo en los monasterios de la Tebaida. Tales fueron Sisoes, el que deseoso de llegar al reposo absoluto se sentaba durante la noche en una roca al donde de un precipicio, y oraba en alta voz hasta que los primeros rayos del sol doraban su frente. Salamanes, que se dejaba llevar por unos raptores devotos de una ribera a la otra del Eufrates sin pronunciar una sola palabra por no alterar su recogimiento. Benjamín, que más perfecto que el santo Job antiguo, bendecía sin cesar al Señor porque le había dado una enfermedad monstruosa. Moisés el negro, que siendo sorprendido por cuatro bandoleros los desarmó sin hacerles ningún daño, encadenándolos con mucho cuidado, y luego los llevó a cuestas a la iglesia para obligarles a adorar a Dios. Isidoro, que en ochenta años no se lavó jamás, ni se puso más vestido sino los indispensables para no ir desnudo, ni comió nunca otra cosa que raíces crudas. Arsenio, que después de figurar en la corte del emperador como la mayor lumbrera del siglo, se convirtió en el discípulo más humilde de los anacoretas de Scete. Apolo, que sabía arrodillarse ante los pecadores y castigar el orgullo de los altos magistrados. Juan el enano, que en el frenesí de su caridad pedía que lloviesen bendiciones en vez de agua, aunque se secasen las fuentes. Poimeno, que al lapidar a los ídolos les pedía perdón por si les causaba alguna pena.

Todos ellos eran discípulos, hijos espirituales, imitadores y continuadores de la obra de San Antonio Abad.
Su anhelo era imitar la vida del Padre, seguir sus consejos, poner en práctica la divina sabiduría de sus máximas y cooperar para conseguir un mundo mejor.

Habían llegado al yermo atraídos por el prestigio del nombre del santo Solitario y ya no pudieron separarse de él. Levantaron una choza ca la cual cerca de la del Santo. Trabajaron como él, aprendieron de él a orar y se constituyeron en grupos numerosos y entusiastas. Eran miles y miles esparcidos en diferentes lugares: en el monte Colzún, donde residía el Patriarca, en la ciudad anacorética de Rizper, junto al Nilo; en los alrededores de Tebas y en las cercanías de Menfis. Antonio les aconsejaba, les dirigía y les enriquecía con los tesoros de su doctrina. De sus labios salían palabras de inefable eficacia como dictadas por el divino Maestro Jesús.

Todos estos frutos maravillosos que nos refiere la historia de su vida vienen a indicarnos cuán eficaz medio es el buen ejemplo y la santidad de vida para lograr en las almas la vuelta al buen camino, conseguir la renovación de las buenas costumbres, lograr para la humanidad el reino de la paz y satisfacer el anhelo general de un mundo mejor. Así lo han logrado siempre los grandes santos, los enviados de Dios, como el gran P. Santo Domingo, que con el emblema del Santo Rosario y la cooperación de sus fervientes hijos logró levantar el espíritu de los pueblos cristianos; como el Patriarca de los pobres San Francisco de Asís, nuestro Padre, con su Orden Tercera, que dio a los pueblos el aspecto de los antiguos eremitas que en sus propias casas se constituían como en conventos religiosos, por su piedad y prácticas de devoción y de oración frecuente, al modo como los antiguos ermitaños lo practicaban en sus chozas del desierto.

Si esto pudo lograrse en la sociedad revoltosa del siglo XIII, los mismos elementos existen ahora; sólo falta el esfuerzo de las milicias religiosas, que si en ellas se notara también un refuerzo de mayor empuje, el lograrlo sería fácil, y el lograrlo está en volver 1as aguas a su propio manantial, es decir, al primitivo fervor y al ambiente saturado de piedad, de fervor, de observancia de las reglas impuestas por sus fundadores, y adaptando todos estos elementos al remedio de tantos males, desórdenes y concupiscencias del mundo actual; que ante los estragos que su independencia de toda virtud, su aspiración a lo mundano, abandono de las prácticas religiosas y los estragos que causan a las almas la baraúnda de tanta perversión y maldad, nos hace de este modo gemir y exclamar: Señor, ¿en qué mundo vivimos? Danos un mundo mejor.

Fr. Manuel Balaguer, ofm.

Consultorio religioso

Padre, le suplico me diga cuándo es Santa Amelia.

Algunos de los santorales y calendarios que he consultado la ponen el día 10 de julio. Amelia o Almerberga es nombre propio de mujer, de origen teutónico, y significa: energía, Actividad en el trabajo.

En El Santo de cada día, por Edelvives, se leen de ella los siguientes datos biográficos que le interesarán:

«...Nacida en Saintes (Bélgica) a principios del siglo VII, quedó huérfana de muy niña. Habiéndose encargado de su educación un tío materno, bajo su cuidado creció en toda clase de virtudes.

«Hubiera querido guardar perpetua virginidad, mas por no desobedecer a su tutor casó con Teodovico, hombre adinerado, de quien tuvo una hija, hoy venerada en los altares: Santa Farailda. Viuda al poco tiempo, contrajo matrimonio con Witgerio, de la primera nobleza de Brabante.

«Witgerio le dio otros tres hijos: San Emelberto, Obispo que fue de Arrás y Cambrai, y las santas Reinalda y Gúdula, consagradas a Dios por la virginidad, la cual coronó Reinalda con el martirio. Witgerio renunció, por fin, al mundo y se retiró a un monasterio, honrándole la Iglesia con el título de Beato.

»Quedó así la Santa libre de compromisos, y tomó a su vez el velo de religiosa de manos de San Auberto en un convento que fundara Santa Aldegunda, y donde desde entonces llevó una vida de penitencia y oración hasta que Dios nuestro Señor se dignó llamarla al premio eterno hacia el año 690.)

¿La palabra «Mari», está bien dicha? ¿O es el modernismo el que deja la palabra a medias?

Desde luego que están ahora de moda los nombres, personales «a medias» —como usted dice—, sobre todo los de mujeres. Así son muchos ya los que dicen: Mari, Trini, Magda, Tere, etc., en vez de María, Trinidad, Magdalena, Teresa, etc.

Aunque a la generalidad nos gustan más los nombres completos, tal como están en el diccionario, en el Martirologio Romano, en los santorales y en los calendarios, no se pueden tildar de mal dichos moralmente los «a medias», pues que no son más que abreviaturas de nombres cristianos y personales.

Lo contrario decimos de la costumbre que se va infiltrando de llamar a las personas con nombres que parecen de perro o de gato, como Toti, Cloti, Lili, Mequi, Churri, Beti, Pati...

Si una madre se llama María Rosa y para distinguir a la hija la llama Mari-Rosa, ¿está bien dicho?

Según lo contestado a la pregunta anterior, la puede llamar así con toda tranquilidad, si quiere.

Fr. Agnello