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Distinción merecida al P. Gemelli
El día 26 de abril, por la tarde, llegó por vía aérea a Madrid el P. Agustín Gemelli, franciscano, Rector de la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán y Presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, invitado a tomar parte, como figura eminente en los estudios, de Psicología, cátedra de la que es titular en la Universidad milanesa, en la II Reunión anual de la Sociedad Española de Psicología.
Aprovechando su venida el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Ministerio de Educación Nacional le rindieron homenaje. El Consejo imponiéndole en sesión solemne la medalla de honor del mismo. El Ministerio, imponiéndole las insignias de la gran cruz de Alfonso X el Sabio.
El P. Gemelli, médico socialista trocado en religioso franciscano, el 7 de diciembre de 1937, al inaugurarse solemnemente el curso en la Universidad Católica de Milán, pronunció una lección magistral sobre «España-e Italia en la defensa de la civilización cristiana contra el bolchevismo», una formidable defensa de la vitalidad y eficacia del pensamiento católico.
Ciudad del Vaticano
La Sagrada Congregación de Ritos ha comenzado el estudio de los escritos de S. S. el Papa Pío IX como un paso más hacia la beatificación de este Pontífice, que definió los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la infalibilidad Pontificia. Gobernó la Iglesia desde 1840 a 1870.
Devoción mariana en Estados Unidos
En Estados Unidos hay 36 catedrales y 3.278 iglesias dedicadas a la Santísima Virgen. Las advocaciones más generalizadas son la de la Virgen del Carmen, la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora del Rosario, la Virgen de Guadalupe, la Asunción, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y el Inmaculado Corazón de María.
Pamplona (España)
Los deportistas del Club Navarra colocarán de nuevo una imagen de bronce, de San Francisco Javier en la cumbre más alta de los Pirineos Occidentales, a 2.434 metros de altura. Ascenderán valiéndose de cuerdas y utensilios de montaña.
Festividad de San Antonio de Padua en Carcagente
Al igual que en años anteriores, se ha celebrado este año la festividad de San Antonio de Padua, Patrono del Colegio y de las Asociaciones Antonianas.
Después del correspondiente triduo de preparación, con exposición de Su Divina Majestad, trisagio, sermón, reserva y responsorio, que fue predicado por P. Pacífico Torres y en el que intervino la Capilla de música de la iglesia de San Francisco, bajo la dirección de don Juan Blanco, se celebró con gran solemnidad la festividad del Santo Taumaturgo.
Al toque de alba fue anunciada la festividad por la banda de cornetas y tambores del Colegio, que recorrió el itinerario de la procesión. Como de costumbre, la iglesia resultó insuficiente para albergar a la multitud de devotos del Santo de los milagros que asistieron a la solemne misa cantada y demás actos que se organizaron en su honor.
A las once, y en los locales del Colegio, se repartió a los pobres de la población los acostumbrados lotes de comestibles, y por la tarde desfiló la tradicional procesión. Formaron en ella gran cantidad de niños con lirios, colegios, niños y niñas de primera Comunión, Asociaciones y una gran cantidad de devotos del Santo. A la entrada de la procesión se disparó una traca en colores y un hermosísimo castillo de fuegos aéreos.
Solemnes cultos a San Antonio de Padua en Valencia
Este año, como en años anteriores, las Asociaciones antonianas establecidas en la iglesia de San Lorenzo, en Valencia, y los festeros de la barriada, han dedicado a su santo Patrono- y Protector San Antonio de Padua un novenario y fiesta de gran solemnidad, del 3 al 13 de junio, con- los actos siguientes:
Los días del novenario, a las siete y media de la farde, exposición -del Santísimo, trisagio, sermón ejercicio de la novena y bendición eucarística, terminando con el canto del responsorio al Santo y sorteo de objetos piadosos.
El día 12, día de la Primera Comunión, a las nueve, traslado de la imagen, de San Antonio desde el Centro Antoniano a la iglesia de San Lorenzo, misa de primera Comunión, renovación de las promesas del Santo Bautismo por los niños y obsequio a los mismos con un hermoso recuerda de este día.
El día 13, fiesta principal, al toque de «alba» volteo de campanas y despertá. A las ocho, misa de Comunión general. A las diez, la solemne cantada, con sermón panegírico, y terminada la misa, bendición y reparto del pan bendito, y a continuación reparto del donativo para los pobres y disparo de vistosa traca.
Por la tarde, a las seis y media, trisagio, bendición eucarística, tradicional sorteo, bendición de los lirios, solemne procesión por las calles de costumbre, traslado de la imagen al Centro Antoniano y disparo de un bonito castillo de fuegos de artificio como apoteosis final de las fiestas a nuestro glorioso Santo.
Los sermones los predicó el Anselmo Martí, ofm.
El monumento a San Vicente Ferrer
Escribimos hace ya tres años proponiendo que se levantase el monumento al más glorioso de los valencianos —el monumento del V centenario— en- la plaza de la Reina; y publicamos aquel escrito con temor de que desautorizasen nuestras modestas palabras los naturales de esta ciudad.
Luego supimos que no, que no a todos les parecía bien aquel emplazamiento; y se propuso la plaza de Tetuán. Dejamos opinar. Hoy, cuando leemos que la Comisión señala como sitio adecuado la Glorieta, como no hay, pues, acuerdo definitivo, nos atrevemos o insistir sobre nuestro proyecto. Es que nos imaginamos a San Vicente Ferrer de espaldas a la Catedral, como saliendo de su cátedra, de cara a la Valencia nueva, símbolo de una corona grandiosa de Aragón bien unida, esbozo providencial de la España grande que Dios iba suavemente disponiendo.
Nos parece ver al Santo entre su casa natalicia y la Valencia que él conoció y cuyos bandos apaciguó y a la que tanto engrandeció por el mundo entero. Su Valencia está en los actuales ensanches de la antigua minúscula plaza de la Reina Mercedes.
Así que nos parecería que San Vicente salía! decidido, iluminado, de la Valencia cuya mitra tuvo en poco para lograr la renuncia de Benedicto XIII, hacia la Valencia nueva, hacia el mundo todo, conquistador de almas, pacificador de países, como lazo de unión- de la Europa escindida en dos obediencias, como primer consejero de Papas y de reyes.
La plaza que fue y es corazón de Valencia, junto a la excelsa Patrona, para el mejor y más santo de sus hijos, San Vicente Ferrer. — Manuel Tarré, S. J.
Novenario y fiesta a San Antonio en Zaragoza
La comunidad franciscana y barriada del Arrabal han honrado este año a San Antonio de Padua con un novenario y fiesta, del 4 al 13 de junio, que han revestido extraordinaria solemnidad. Los sermones los predicó el P. José Antonio Arnau, Ministro Provincial.
El paso decisivo
Era una cosa lícita y hermosa;
pero renunciar a ella era mucho mejor.
Antes de doblar la esquina para entrar en casa de Susana, Paulino perdió toda su entereza, y falto de valor, se dejó caer en un banco de la plaza.
Cosa más extraña no podía ocurrirle; otras muchas veces había andado aquel camino, y precisamente al cruzar por aquel sitio había apresurado el paso para llegar cuanto antes a casa de la que casi era su prometida, Susana Arriola, la amiga de la infancia.
Pero ahora quería retardar cuanto pudiera la temida entrevista. Y mientras estaba allí, en el banco de piedra, bajo la sombra de un añoso eucalipto, se gozába en atormentar más su alma recordando las dormidas memorias de su vida pasada.
Y por fuerza de las circunstancias dos hechos eran los que con más insistencia venían a su memoria: su primer encuentro y principio de su amistad con Susana, por un» parte, y por otra sus tiempos de acólito en San Francisco y su amistad con el P. Servando.
Era él, Paulino Acevedo, un comino de siete años cuando la familia Arriola llegó a habitar la casa fronteriza a la de sus padres. Susana tendría entonces unos cinco años; y aunque los dos chiquillos se veían frecuentemente, ninguno de los dos iniciaba lo que pudiera llamarse una amistad. Esta debía nacer de cierto incidente mitad serio, mitad chusco.
Paulino tenía un perrito; Susana tenía un par de patos. Cierto día el perrito, más sociable que su amo, quiso entablar conversación con los patitos; pero éstos, tan cortos como su ama, huyeron espantados al primer
ladrido del perro. Salió Susana al oír el ruido, y viendo a los patos que venían gritando del modo más escandaloso, tuvo también miedo y echó a correr en torno del corralillo de los patos.
Entonces salió Paulino; pero de momento no hubiera podido saber quién perseguía a quién. Delante iba llorando Susana; detrás los patos con las alas abiertas y balanceándose más de la cuenta, y por fin el perro dando, saltos y mostrando la única cara alegre del grupo. Entre cada uno había la misma distancia y todos corrían alrededor del corraiito...
Aunque Paulino era sólo un chiquillo, en él había un caballero, y así, cuando pudo llegar al sitio de la acción y advirtió el espanto de Susana, no se le ocurrió otra cosa que salir a su encuentro con los brazos abiertos. La chiquilla, asustada, sin más reparo se arrojó en ellos y todavía sollozando sepultó la cara en el hombro de Paulino.
Allí comenzó una amistad que debía durar toda la vida y reforzarse a medida que los chiquillos crecían, hasta convertirse en un amor puro y tranquilo que hizo concebir ciertas esperanzas a las familias de ambos jóvenes. Y así, aunque entre ellos nada habla definitivo ni concreto, Paulino visitaba a Susana; y cuando la familia de ésta fue a vivir a otro barrio el muchacho no disminuyó sus visitas.
* * *
Todo esto recordaba con cierta melancolía mientras estaba sentado en el banco de la plaza. Pero juntos con estos había otros recuerdos que también recorría deteniéndose en cada detalle.
Desde muy pequeño había servido de monaguillo en el templo de San Francisco. Y desde muy pequeño también había sentido una grande afición al hábito franciscano. Cuando apenas podía hablar, todavía en brazos de su abuelita, ya afirmaba con la mayor seriedad que cuando creciera sería Padre franciscano para ser misionero. No alcanzaba a comprender exactamente lo que aquello significaba, pero los maravillosos relatos de la buena abueiita enardecían su almita generosa y lo hacían decidir con tanta seguridad de su futuro.
Cuando ya fue acólito todos los Padres que lo conocieron lo invitaban a ingresar en el Colegio Seráfico para prepararse al sacerdocio, y él nunca cambió los propósitos de su niñez.
Más tarde, cuando fue tiempo de pensar en el asunto con más seriedad, llegó al convencimiento de que realmente Dios lo llamaba por el camino de la vida religiosa. A medida que fue probando los atractivos del mundo se convenció de que aquello no era para él. El sacerdote que había guiado su conciencia, tras de muchos reparos, dudas y objeciones, convino también en que, en efecto, podía llegar a ser un buen religioso.
Y sin embargo, había un obstáculo aparente: ¡Susana!
Pero, ¿qué en verdad él amaba a Susana, o sus sentimientos para con ella eran sólo una amistad desinteresada y fraternal que por lo honda y antigua confundía él con amor?... Y cuantas veces meditó este punto concluyó, después de largos quebrantos, que no había en él un verdadero afecto amoroso.
Mas estaba la otra parte; si en él no existía verdadero amor, ¿qué había en Susana? ¿Ella lo amaba a él?
Y de este modo, a pesar de todos sus buenos propósitos y nobles anhelos siempre permanecía este punto escabroso sobre el cual no acababa de decidirse. ¿Era Susana para él vocación de Dios o tentación del demonio?
Muchas veces había resuelto hablar del caso con ella, y siempre en el último momento su valor había flaqueado.
Ahora se había decidido, por fin, a dar el paso definitivo. El P. Servando acababa de ser nombrado Provincial y le habla hecho una gran oferta. Puesto que su preparación de bachiller era tan completa podían dispensársele los años del Colegio Seráfico. Si se decidía, después de un corto período de preparación se le concedería el hábito.
Paulino pidió un plazo para responder, y aquella mañana se le cumplía. Tenía por fuerza que hablar con Susana; y aun estaba indeciso, completamente abatido, sentado en el banco de piedra de la plaza solitaria.
* * *
Se levantó con una infinita lentitud y todavía en la esquina dudó si entraría en la casa o iría sin más escrúpulos a decir al P. Servando que, después de bien pensado, no creía que fuera aquel su destino...
Algo muy dulce dentro de su corazón le incitaba a esto último; pero algo más íntimo todavía, si no tan agradable, lo empujaba por el camino del heroico renunciamiento, que en aquellos instantes era la casa de Susana.
Sin saber siquiera cómo, se halló por fin llamando a la puerta. La misma muchacha feliz y bullanguera salió a abrirle y en el primer momento sus ojos manifestaron la más elocuente bienvenida; pero inmediatamente su perspicacia y el semblante decaído de Paulino la pusieron en guardia.
—i Hola!—. Fue lo único que pudo decir, y se llevó la mano a la boca en espera de alguna mala noticia.
—¡Susana! —exclamó el muchacho, reponiéndose de pronto a la vista de su amada y luego, viendo su azoramiento, trató de calmarla—. Qué, ¿te he alarmado?
—Claro, chico, vienes con una cara de muerto que, vamos...
—Pues si no es de muerto el asunto no es tampoco de fiesta—, se lanzó palpitante, y al momento se arrepintió, pero era tarde...
—¿Luego hay algo?—, dijo Susana mientras lo conducía a la salita.
—Vamos a la huerta—, distrajo Paulino.
Se sentaron en un tronco caído, frente a la casa, y el muchacho inició una conversación trivial sin que pudiera disimular su abatimiento. Por fin Susana insistió ansiosa:
—Vamos, dilo de una vez todo, que me tienes en un tormento.
—El P. Servando me ha invitado a que entre de franciscano—, dijo lentamente el joven.
Susana no hizo ningún movimiento no mostró ninguna reacción... Después de un largo silencio Paulino preguntó:
—¿No me dices nada?
—¿Qué es lo que debo decir?
—¿No te extraña?... ¿No te has sorprendido?...
—Hace tiempo que lo sabía...
—¿Sabías que el Padre me había invitado?. Imposible!...
—¿Es eso lo que querías decirme o me quieres dar a entender que has aceptado?
—Yo no he aceptado nada...
—Pues eso es lo que sabía, que aunque no has aceptado definitivamente, hace tiempo tenías resuelta tu entrada en la Orden...
—¡Susana!...
—Calla, ¿crees que no he aprendido a leer en tus ojos? Te conozco desde que éramos niños... Sin darte cuenta has ido abriendo poco a poco ante mí toda tu alma... Con palabras nunca me lo dijiste..., pero cada acción tuya, cada comentario, cada conversación me daba aviso de que debía esperar este momento...
Transcurre un minuto entero sin que ninguno rompa el silencio. Susana mira fijamente a Paulino; éste trata de bromear:
—No te fijes en mi barba... he andado tan nervioso que no he tenido alientos ni para afeitarme...
—No es eso lo que miraba...
—¿Entonces?
—Tus ojos... ; recuerdo el día en que te conocí; yo era una chiquilla..., y sin embargo, no he olvidado tu primera mirada...
—¡Susana!, aun no está nada perdido; no he dado ningún paso comprometedor... — interrumpió el muchacho con vehemencia.
—Tonto; ¿crees que estoy luchando contra el destino?... Hace tiempo murió mi ensueño... si alguno pude tener...
—Eres grande... Yo, en cambio, no acabo de decidirme...
—¿A qué has venido?
—A consultarte; si tú quieres...
—Nada, no quiero nada... Haz lo que Dios te inspira.
—Eso es lo que no sé, qué me inspira Él... Quisiera tener tu ánimo tú no sufres...
—¿Quién dice que no sufro? Tú sabes que siempre te he querido...
—Así nunca me lo habías dicho...
—No era necesario...
—Entonces... ¡Susana!
—No prolongues más este martirio.
—Pero, ¿y si yo me equivoco? ¿Si no es la Religión mi camino?
—¿Lo has meditado con cuidado?
—Sí, mucho.
—¿Y el resultado?
—Nada cierto.
—Pero lo más probable...
—Lo dejé a tu arbitrio... de ti quise oír la última palabra antes de decir que sí al P. Servando.
—¿Y tú qué quisieras que yo respondiera?
—Susana, tú sabes cuánto te quiero... y dices que conoces mi alma...
—Y tus padres, ¿qué dicen?
—Ellos nada; me dejarán obrar... pero también habían soñado otra cosa.
De nuevo hay un silencio embarazoso en que ninguno de los dos sabe qué decir. Y de nuevo Paulino pregunta:
—Con que, ¿cuál es tu fallo?
—¿Pero de veras lo esperas de mí?
—Sí, querida, ya ves que yo no me encuentro con valor para resolverme.
—Pues yo sólo te diré que contra Dios no he de luchar...—, y la joven se levantó para ocultar las lágrimas que iban brotando de sus ojos.
—Vete —dijo con la voz rota—. Sigue el llamado divino... Y si no es el que tú crees... entonces... vuelve a visitar tu antigua amiga...
Paulino se levantó; también su voz temblaba:
—Me voy —dijo—. Pero en cualquier momento en que tú me llames lo tomaré como señal de que Dios lo quiere.
* * *
Cuando salió a la calle no acertaba a dar un paso. Por fin, lentamente dobló la esquina para ir a caer sin fuerzas en el mismo banco donde había estado momentos antes.
Susana salió a despedirlo; pero antes de que él se moviera cerró la puerta. Casi al instante su fortaleza se derrumbó; sintió un inmenso dolor y un vacío angustioso en el alma; su corazón se rebelaba ante el destino...; creyó que había cometido una locura y sollozando nerviosamente, ciega a toda reflexión, cerrada a todo razonamiento, volvió a la puerta para llamar a su Paulino...
Salió a la calle, pero él ya no estaba...
¡Si alguien le hubiera dicho que lo hallaría a la vuelta de la esquina!... Pero ella no lo supo. Ahora un último sollozo, y levantando los ojos al cielo se entregó en manos de la Providencia:
—¡Era tuyo, Señor!; ya no te lo disputo...—, murmuró y fue a tenderse en su cama con los nervios rotos...
Mientras tanto Paulino, después de algunos minutos, volvió a asomarse por si ella lo llamaba desde la casa. Pero todo estaba cerrado y desierto.
Un coche de alquiler pasó por la esquina. Paulino lo llamó y dejándose caer en el asiento ordenó, como consumando un sacrificio:
—Al convento de los Franciscanos...
Juan Pérez E.
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