El perdón de Asís

Por eso que María es Madre nuestra y graciosa dispensadora de los dones del Señor, a Ella elevó sus ojos el Seráfico Padre, lleno de confianza, pidiéndole su eficaz mediación en una causa famosa que sostuvo para bien de los pecadores.

Cierto día se apareció el divino Salvador al bienaventurado siervo suyo Francisco en la iglesita de la Porciúncula. No iba solo Jesús, sino acompañado de su Madre Santísima y de multitud incontable de celestes cortesanos. El humilde Pobrecito de Cristo, abobado por tanta grandeza, como un niño en presencia de un gran personaje o como un labriego a quien el rey se digna visitar, no osaba levantar su rostro ni sabía qué decir al Señor; pero el buen Jesús le alentó diciendo:

—¡Ea, Francisco, pídeme alguna cosa!

—Yo, Señor —contestó Francisco—, soy un pobrecito pecador que no sé pedir otra cosa que el perdón de mis pecados y el de mis hermanos. Concededme, Señor, esta gracia por el amor de vuestra Madre Santísima: que todos los que aquí vinieren humildes y contritos reciban de Vos total remisión de sus culpas.

—Mucho es lo que pides, Francisco —repuso el celestial Dador—, pero abona tu causa el nombre bendito de mi Madre, que hace graciosa y bienquista la petición tuya. Lo tienes concedido, y ve a mi Vicario en la tierra a que refrende esta mi voluntad.

Era insólito en la Curia Romana el caso de Francisco; pero al fin la gracia fue otorgada por el Vicario de Dios, y el perdón de Asís, la indulgencia de la Porciúncula; o de Nuestra Señora de los Ángeles, vino a ser famosa en el mundo. Los peregrinos del cielo tuvieron desde entonces un nuevo lugar de refugio y de paz en la tierra; como en Roma, Jerusalén y Santiago, en la ciudad mística de Asís amaneció también para ellos la estrella rutilante de la eterna esperanza. La santa capillita de la Porciúncula todos los días y en todos los tiempos y un día al año las demás iglesias franciscanas, se ven llenas de almas penitentes y ansiosas que vienen a ellas para ganar la famosa indulgencia que Francisco obtuvo de Cristo por mediación de María. A la vista de esa numerosa afluencia de fieles concibió el diestro pincel de Benlliure el cuadro que ilustra el artículo presente.

Pero, ¡qué bien supo orar el Seráfico Padre en este caso! No usó de muchas palabras, ni de oraciones aprendidas; no preparó con artificio su demanda, ni buscó razones de conveniencia. Al oír la voz del Señor, que le invitaba a pedir, se vuelve sobre su corazón y lo que en él halla de falta eso pide: ¡Señor, el perdón de mis pecados y el de mis hermanos..., el perdón y la indulgencia para todos los pecadores! Y como siente a la vez que su palabra es pequeña y humilde y que no merece llegar a los oídos del Altísimo, acude a la buena Madre, a la Madre que pone gracia y hechizo en la misma palabra del hijo pecador. «¡Por el amor de vuestra Madre, Señor, concedednos el perdón! ¡Por el amor de vuestra Madre, que también es nuestra !» Y por el amor que el Hijo eterno del Padre tiene a su Madre bendita se abrió en el suelo feliz del jardín seráfico la fuente de agua divina que tanto alivia en los calores de agosto la fiebre mortal de las almas pecadoras.
Se cumplió aquí la visión consoladora que en cierto día tuvo el P. San Francisco. Veía el Santo dos escalas altísimas que tenían los pies en la tierra y llegaban por arriba hasta el cielo. En la cima de la una estaba Cristo sentado como Juez, y en la de la otra, María, que miraba cuidosa hacia la tierra.

Los hijos de Francisco y sus devotos tomaban unos la escala de Cristo y otros la de María; pero, ¡oh dolor!, los que subían por la primera, sin alcanzar aún el medio de ella, ya se venían al suelo aterrados por la majestad del Juez eterno, mientras los otros subían tranquilos por la de María, atraídos de su dulce mirar y asegurados por la mano que les daba la buena Madre. Entonces Francisco fue corriendo a los infelices de la otra escala y con voz alta y esforzada y presurosos ademanes los compelía a subir por la de María, que seguros los llevaba a la cima y entraba en la mansión pacífica de los cielos.

No se juzgue depresiva para el divino Salvador esta maternal preferencia que el humilde Francisco reconoce en María, pues el nombre bendito de Madre que Jesús pone en sus labios la hace justa y graciosa. Ni deprime ni rebaja en nada el valor absoluto de los méritos de Cristo. La fuente perenne y siempre viva de todo bien es Jesús, por quien vamos al Padre; pero es María la que aplica a nuestros labios el agua saludable; es María la que nos apoya y sostiene por la peligrosa escala del mundo; es María la que en unión del Espíritu Santo, cuya esposa es, opera en nuestro ser espiritual la transformación mística y deiforme que nos hermana con Jesús y nos agracia a los ojos del Padre.

Fr. Antonio Torró, ofm
Doctor y mártir de Dios y de la patria

a

Jubileo de la Porciúncula en la Basílica de Santa María de los Ángeles. José Benlliure

Primer centenario del nacimiento de José Benlliure
(1855-1955)

¡Qué bien se conjuntan con la santa actualidad religiosa franciscana los clavos enunciados del arte de nuestro admirable pintor don José Benlliure Gil! Los mejores y más granados años de su efervescente vida, de su producción artística pictórica, fueron dedicados a expresar, a representar los seráficos pasajes de la modélica existencia en la tierra de San Francisco.

Y ahora que se cumple —el próximo septiembre y día 30— el primer centenario del nacimiento del ilustre pintor, nos place evocarlo. Nadie como Benlliure, inmerso en la temática franciscana, y tan amorosamente,
y tan artísticamente. Sus largas permanencias en Asís, su fervor, su estilo y su temperamento fuerzan la decidida admiración nuestra.

Acción Antoniana, en este agosto tan franciscano, de la evocación de la Porciúncula, se complace en destacar al pintor Benlliure con esta obra implícita en aquellos motivos.


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