Un gran traidor
En una república bien ordenada los más dignos de premio son siempre los descubridores del peor de los enemigos, del más vil de los mortales, de un traidor. Así Asuero compartió con Mardoqueo los honores reales por manifestarle una celada, y levantó Creso una estatua de oro en el templo de las divinidades a una esclava que le había descubierto los planes arteros de su madrastra.
Esto supuesto, ¿qué premios, qué recompensas habrán de brindarme mis lectores hoy que anhelo descubrirles un gran traidor, el más villano de cuantos se educan en escuela de bajísima estofa? Que ¿cuál sea ese traidor? ¡Ah! Temo no me creáis, porque es mucho, muchísimo lo que le amáis, sentándole a diario en vuestra mesa, calentándole a vuestro pecho, meciéndole sobre vuestras rodillas, haciéndole descansar sobre vuestra almohada y nutriéndole con la leche de vuestros mimos y de vuestros halagos. Que así es su paladar de delicado que no gusta más que de estas viandas, ni crece con otros manjares.
Lleva marcados, no obstante, en su frente todos los estigmas de traidor y es necesario que os lo señale con el dedo, aunque las lenguas me muerdan y enloden mi camino con pellas de desprecios los enamorados de sus gracias. Lo llamaré con su propio nombre porque mejor le conozcáis: la Moda. He ahí el vicio nómada, la pasión cosmopolita, la realeza con cetro en la mano y corona en la cabeza que rinde castillos, que tuerce voluntades, que corre sobre senderos de corazones, que penetra sin sentirse en el alcázar murado del espíritu, donde clava su bandera y promulga su ley. Las fronteras de su imperio se extienden con las del mundo civilizado: no hay pueblo que no se humille a su presencia ni nación que no ofrezca sus manos y su cuello a la cadena de su dura esclavitud. Doquiera levanta sus tiendas de campaña y cuenta con vasallos que le adoran. Porque ya no sólo es la niña del magnate quien le abre los brazos y le entrega para siempre la llave de la libertad, es también la hija del pueblo, la que riega los campos o el suelo de una fábrica cotí el sudor de su rostro, quien pasa las horas asomándose a la ventana de sus hechizos, combinando sus encantos a la luz de los espejos y robando, por lucirlos, a la aurora sus colores.
Diríase que esta falsa elegancia es ya una segunda naturaleza, o que el río Zeteo ha vuelto a regar el mundo con sus corrientes inmundas. Y sin embargo, no dudo en afirmar que la Moda es una fuente de corrupción; un crimen de lesa humanidad; una puñalada a todo derecho; un mar de cieno que, rompiendo los diques de la vergüenza, anega las playas de la virtud; un asesino de los grandes sentimientos; una de esas plantas tropicales que llevan veneno en la raíz; la polilla de la sociedad; la carcoma de la pobreza; la caja de Pandora de la que todos los males brotan sobre el mundo, una especie de pecado original que mancha a todos con su sello; un nuevo caballo de Atila que agota para siempre las rosas del heroísmo; la vara mágica de la nueva Circe que torna en bestias (no lo sé decir de otra manera) a cuantos toca.
La Moda, en efecto, como afirma Monseñor Bougoud, engendra el enervamiento de las voluntades, la ruina de la naturaleza, la extinción de la energía y de la fuerza; y lo mismo que la incredulidad, en sentir de Scherer, propende a despoblar el cielo y a desencantar la tierra. Y, ¡cómo no!, si en los vestidos como en todo lo demás se ejerce un arte tan soez que, digámoslo con Goethe, causa horror. ¿Cómo no si las almas frívolas de este tiempo, según opina el estético moderno Volket, tienen por fin (y lo logran) bajar a la vileza y a la disolución moral y hallan especial placer en huronear con fino olfato entre las diversas vanidades, las más viles, fétidas y desagradables?
Razón tiene Keppler cuando asegura que el obrero de las letrinas está por encima de estas artes y adelantos modernos, pues si aquél saca el cieno al exterior, ellos lo meten muy adentro en los senos del alma. Hoy el templo para muchas personas redimidas con la sangre del Cordero Inmaculado es el tocador; el altar, el espejo; la única divinidad, su hermosura; el colmo de su ambición, la pasión dominante que tratan de satisfacer aún a costa de tenderse bajo las ruedas de su carroza; su último ideal es agradar, sacando a la plaza pública de su rostro y de su talle las perlas no escondidas, sino engastadas, de sus encantos. ¡Ah!, qué bien puede aplicarse ahora la expresión hermosa de aquel visitante de una exposición de pinturas modernas¡ ¡si se pudiese vomitar lo que entra por los ojos! Y es así, que estando y tan repugnante lo que contempla la mirada, tan abyecto lo que el oído percibe y de tan grosero linaje lo que absorbe el olfato y palpan los demás sentidos, que el pudor se ofende y hasta las glándulas de buen gusto producen náuseas y excitan al vómito.
Emenda civitas!!, ¡ciudad que tiene la balanza en la mano no para rescatarse, sino para venderse!, fue el anatema que lanzó Yugurta sobre la corrompida Roma al presenciar su fausto, su desvergüenza sibarita, sus placeres refinados; y esta maldición, este mote degradante se escapa de los labios del cristiano y aun lo repiten para sí las esclavas del lujo y de la Moda. Porque al ver esas mujeres sin majestad educadas en todas las profanaciones del amor, según frase gráfica de nuestro insigne Ricardo de León; al contemplar esas jóvenes ostentando en el escaparate de su cuerpo las joyas de su hermosura, casi siempre fingida, pa-réceme que sus ojos hablan, que sus labios se entreabren por lanzar un pregón y que todo su cuerpo grita enloquecido a la turba que la compadece¡ ¡Se vende!. Y fieles a su proclama, venden su rubor por un maravedí y su primogenitura, la libertad, su fortuna, la vida, el alma por un plato de lentejas. Aquí tenéis en su propia faz vuestro mayor enemigo: arrojadlo de vuestra morada, sacrificadlo en el altar del temor santo de Dios degollad ese becerro de oro; dad gloria a Dios vistiendo como el recato lo exige, como si el cielo os mirara caminando hacia la patria celestial, y despidiendo el perfume de la modestia, de la honestidad, de la virtud, pues sólo estos aromas no son nunca sospechosos y siempre huelen bien, cumpliéndose en los demás siempre aquella elegante sentencia dirigida por Marcial a Póstumo:
Hoc mihi suspectum est, quod oles bene, Posthume, semper; Posthume non bene olet, qui bene semper olet.
Zótico Royo
Canónigo del Sacro Monte
Florecilla de San Antonio
Corazón del rico avariento palpitando en el arca
Quería dejar en Florencia un escarmiento con un recuerdo imperecedero. Aceptó el encargo de predicar la oración fúnebre de un personaje de los más notables de la ciudad. En el sermón desarrolló esta máxima del Evangelio: "En donde está vuestro tesoro, allá está vuestro corazón". Después de explicar el significado literal y moral de estas palabras, se detiene de repente y calla. El Señor le reveló que el alma del difunto se hallaba en el infierno en justo castigo de sus usuras e injusticias, y exclama «Murió este rico —prosiguió con voz grave y lenta— y fue sepultado en los infiernos. Id, abrid su caja, el arca de sus caudales, y allí encontraréis su corazón."
Atónitos todos sus oyentes y aterrados todos los parientes y amigos del difunto, corren a la casa mortuoria y ven con sus propios ojos confirmada la afirmación del Santo. El corazón, aun caliente y palpitando, se hallaba en el arca en medio de sus talegos de oro.

Presenta un doble escenario, uno sacro y el otro doméstico: la casa del avaro donde quedan los tesoros inmorales que el avaro acumuló y la iglesia donde se realiza su entierro. La figura majestuosa de San Antonio, en primer plano a la derecha, domina toda la composición. Agostino Pierno, nacido en 1948.
Los herejes querían coger en mentira al predicador y fueron con testigos para levantar el acta del error del predicador; pero se encontraron también confundidos al ver realmente palpitando el corazón de aquel rico avariento. El milagro lo refiere el Acta Sanctorum, San Buenaventura, y todos los críticos y biógrafos de San Antonio.
El espectáculo era trágico, lúgubre, conmovedor, demasiado imponente para no producir en la populosa ciudad de Florencia una emoción indescriptible. Las almas se sintieron conmovidas y transformadas con el pensamiento saludable de la eternidad, y las familias rivales depusieron las armas, pactando una tregua que, según deseos del Taumaturgo, debía ser perpetua. ¡Oh si la voz de los santos fuera escuchada siempre!
¡Cuántas desgracias se evitarían y cuán otro sería el destino de los pueblos! Por no atender a la predicación de Siam Antonio murió en pecado el rico avariento de Florencia y fue enterrado en un muladar, después de haberlo sacado del camposanto.
La impresión de las llagas
«Señor, dad luz a mis ojos, y fervor a mi pecho, y blandura a mis palabras, para que pueda vuestro siervo indigno recoger aquí la divina corriente de amor que fluyó de vuestro pecho infinito en el de mi Padre llagado, sobre la cumbre gloriosa del monte Alvernia...»
Vivía Cristo en el corazón de Francisco de aquella manera inefable qué vivía en el corazón del apóstol San Pablo, según confesión del mismo, que decía «Y vivo, ya no yo; mas vive Cristo en mí.» Sólo Cristo ocupaba el pensamiento de Francisco, llenaba sus deseos y rebosaba en sus obras; de forma que el siervo de Dios no veía cosa en la que no leyera el santo nombre de Cristo y contemplara su rostro bendito, ni tenía deseo en cuyo fin no se hallara Cristo, ni se movía a obrar que no fuera por la atracción dulcísima e inefable de Cristo. El amor le había divinamente transformado, y hacía se cumpliese en él aquel vehemente deseo que tenía el Apóstol santo pana los cristianos filipenses: «Sentid en vosotros lo que vemos en Jesús; el cual, siendo Dios, por amor de los hombres se hizo uno de ellos».
"Tanto amó Dios al hombre —dice un ingenioso autor español— que el hombre le vino a salir a la cara." ¿Qué es, en efecto, el Verbo eterno sino el rostro inefable de Dios? Pues en este rostro celestial y cara divina apareció el hombre por obra del amor. Así, amó tanto Francisco a Jesús que Jesús le vino a salir graciosamente a la cara, en su cuerpo bendito. Y es el misterio de esto que, para mantener un pensamiento, nutrirlo y hacerlo crecer, nada hay tan eficaz como el amor. Yo no sé de qué substancia tan viva y generosa está formado este afecto que luego que se pone e injiere en un pensamiento ya éste crece sin medida y se robustece y ensancha sus miembros y toma tal vuelo y empuje en su ser que alcanza y traspasa todos los extremos. ¡Ah, de qué manera tan raudal se eleva el pensamiento cuando va en alas del amor! Y, ¡ay, con qué fuerza tan poderosa, irresistible y tirana lo entroniza el amor en el corazón, cuando allí quiere él que reine y domine!
Crecía el amor en el de Cristo en el corazón de Francisco de una manera prodigiosa. La gracia y la fiel correspondencia del siervo de Dios producían tan notable crecimiento. Y como en la gracia que desciende del cielo está pintada por mano divina la imagen de Cristo, imagen viva, real y obradora, crecía también ésta, de suerte que vino a llenar la mente de Francisco, como llenaba su pecho el santo amor. El pensamiento de Jesús, dueño y rey de los pensamientos de Francisco, hacía que el Santo no tuviera otro sentir, ni pensar, ni querer, que el de Cristo, Redentor de los hombres.
El amor ardiente de Jesús abrasaba y fundía las entrañas de Francisco de manera más ejecutiva y vehemente que el fuego derrite la cera; y la imagen viva de Jesús, esenciada en aquel amor, las iba moldeando según el divino beneplácito. Pero va llegó un punto en el que era tanto el fuego interior de la caridad y tal la vehemencia del afecto compasivo, que el débil cuerpo del Santo no lo podía soportar. Quisiera derretirse del todo; quisiera que no quedara parte de su ser que fuera extraña a Jesús; quisiera que toda su alma y todo su cuerpo y toda la masa de sus operaciones no sintieran otra cosa que al amado Jesús.
¡Sólo el cuerpo mortal se opone ese irresistible deseo, porque el amor del hombre no tiene virtud para fundirlo! Francisco, como San Pablo, como todos los santos, sentía el peso del cuerpo y vela que sólo este sentir suyo no era de Jesús. Por eso quiere dejarlo de tener, quiere disolverle, quiere morir... ¡Es tan molesto y enojoso, y aun diré cruel, poner estorbos a los vuelos del corazón amartelado! Francisco, empero, vio deshechos esos estorbos antes de la muerte. Cristo Jesús los quiso quitar con su diestra poderosa para gloria y felicidad de Francisco y admiración y provecho del pueblo cristiano.
Una mañana, antes de amanecer, en la fiesta de la Santa Cruz de 1224, cuando Francisco estaba más absorto en la pasión de Cristo y en el deseo de sentir sus dolores, el mismo Redentor baja del cielo sobre el monte Alvernia, viene a Francisco en la forma graciosa de serafín crucificado y estampa en el cuerpo del Santo sus cinco divinas llagas. Desde este momento Francisco ya no puede ver su cuerpo sin ver en él a Cristo Jesús, porque también ahí está su imagen. Todo, pues, ha sido transformado en el Redentor, en cuerpo y alma, en deseos y en obras, en el pensar, en el querer y en el sentir. «En adelante —dirá Francisco— nadie me ha de ser ya molesto, porque llevo en mi cuerpo las llagas de mi Señor.» Y nosotros digamos con un Soberano Pontífice a la vista de este prodigio estupendo «Si la . fe se perdiese, bastaría sacar esta estampa de Cristo Crucificado por el mundo para cobrarse y volver a su antiguo esplendor».
Fr. Antonio Torró, ofm
Doctor y mártir de Dios y de la patria
Primer centenario del nacimiento de José Benlliure

El arte y la vida de don José Benlliure han estado siempre vinculados y han sido parte estética a la expansión de los santos postulados franciscanos. Su arte, tan expresivo, según los motivos propuestos, de colorido decisivo; de dibujo siempre correcto; sus ápices tan significativos y su ambientación exacta fuerzan a clasificarle entre los pocos de la primera fila de la pintura valenciana moderna.
Tiene su plinto propio. En este mes se cumple su centenario y las entidades culturales artísticas van a comenzar la Semana de actos conmemorativos: Una misa en la Capilla de la Academia, una lápida conmemorativa en el Museo, conferencias en la Academia y el Círculo de Bellas Artes y en la Escuela Superior, amén de la publicación de una biografía popular y edición de tarjetas postales de sus obras.
A todo lo cual nos asociamos sinceramente.
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