Vida feliz

Cui domus est victusque decers et patria dulcis.
Sunt satis haec vitae: coetera, cura, labor.

Este dístico latino, que libremente traducido dice: «Casa y mesa decentes, dulce patria, bastan en esta vida, lo demás es zozobra y trabajo», estaba escrito en la fachada de una casa francesa, indicando la poca ambición de su propietario.

Y efectivamente, quien se contenta con esto vive más a gusto en este valle de lágrimas que quien se afana en adquirir riquezas al precio que sea, aun a costa de injusticias y abusos.

Todo el mundo desea adquirir la felicidad. Y en los tiempos que corremos, en que lo que es útil y la ausencia de móviles elevados dominan la sociedad, hay afán en todas partes por enriquecerse. El dinero, «excremento del diablo», como dice Papini, es el ídolo que adoran las multitudes, que creen que con él se adquiere la felicidad por poder por su medio satisfacer todos sus deseos.

¡Vana ilusión! Ya Schopenhauer dijo acertadamente que «el secreto de la felicidad está en saber limitar las aspiraciones». Y anteriormente a él, nuestro Fr. Luis de León había encomiado la vida modesta y recatada al escribir su composición lírica tan conocida «¡La vida del campo», en que dice:

«¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!»

Senda seguida por quienes no tienen ambición de honores ni riquezas y quieren vivir

«libre(s) de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo».

como canta el mismo altísimo poeta en la mentada composición.

Hace años leyó quien esto escribe, en la revista francesa Je sais portout, el resultado de una encuesta realizada en Estados Unidos cerca de varios multimillonarios de esta nación. Nadie estaba contento con su suerte. Obligados por sus negocios a estar constantemente pendientes del giro que podían tener en las diversas naciones en que los tenían vinculados, vivían inquietos y desasosegados. Hasta altas horas de la noche esperaban intranquilos las noticias que les llegaban sobre la cotización de valores industriales o de ferrocarriles de las cinco partes del mundo.

Muchos de ellos envidiaban a los empleados de sus Bancos, los que eran banqueros, o a los de sus industrias gigantescas, los dueños de esta modalidad ¡de la economía, porque acabada su jornada de trabajo podían dedicarse a gozar de la vida sin preocupación alguna que se lo impidiera. Otros añoraban los años de su juventud, en que sometidos a un sueldo, carecían de las preocupaciones que lleva consigo la administración de cuantiosos bienes económicos.

Además, muchos favorecidos por la fortuna andan aquejados por dolencias que les amargan la vida: tal le ocurrió a Rockefeler, el rey del petróleo, el hombre más rico del mundo, que a principios de nuestro siglo actual tenía una fortuna calculada en 10.000 millones de francos; una úlcera incurable de estómago le impedía disfrutar de los placeres de la mesa. Y el temor de ser asesinado para robarle, en un país en que no escasean los robos con violencia en las personas, le hizo crear una policía personal de treinta hombres para su propia protección.

Indudablemente no producen las riquezas la felicidad, pues no sirven para apagar la sed que de ésta siente el alma humana. De modo semejante, al agua del mar, que bebida no aplaca la sed, obra el dinero en quien siente de él ambición: cuanto más tiene, más desea tener, sin que esté satisfecho jamás. Le ocurre lo que a Tántalo,. personaje mitológico, condenado por los dioses a tener hambre y sed nunca satisfechas en castigo de haber robado de la mesa de aquéllos la ambrosía que era su alimento y el néctar que era su bebida y que les proporcionaba perenne juventud y la inmortalidad; sumergido Tántalo en un lago de frescas aguas y pendientes sobre su cabeza las ramas de un árbol frutal, se apartaban de su boca el agua cuando se inclinaba para bebería y las frutas cuando intentaba asirlas con la mano, con lo que nunca podía satisfacer su hambre y su sed.

Mucho mejor lo pasaba aquel miserable que en un cuento oriental podía curar la melancolía del rey. Este, a pesar de poder disfrutar de toda clase de placeres, se aburría extraordinariamente, pues todos ellos, gozados hasta la saciedad, dejaban un vacío en su alma, por lo que languidecía enfermo de gravedad. Reunidos en consulta los médicos más afamados de su reino, convinieron en que su soberano curaría si se pusiera «la camisa del hombre feliz». Enviados numerosos emisarios por todo el mundo, no vieron premiados sus afanes, pues quienes habían de considerarse felices, algo echaban de menos para serlo enteramente: quien tenía talento, ambicionaba riquezas u honores que no poseía; quien disfrutaba de elevada posición económica o social, carecía de hijos a quienes legar su nombre y posición. Y así con otros.

Únicamente se encontró junto a una fuente a un miserable profundamente dormido, que al despertarle los emisarios regios les confesó que se consideraba completamente feliz no obstante su miseria, con la que se conformaba, pues nada ambicionaba. Satisfechos sus interlocutores por haber encontrado al fin a quien podía curar al rey entregándole su camisa, se vieron defraudados, pues el único hombre feliz no llevaba camisa.

Con razón Salomón, después de disfrutar de todos los placeres hasta el hartazgo, exclamó: «Vanidad de vanidades y todo es vanidad.» Y San Agustín, aquel fogoso africano de juventud borrascosa, agitada por violentas pasiones, escribió en sus Confesiones: «Nos criaste, Señor, para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti.»

Y San Pablo, dirigiéndose a los de Filipo, les aconsejaba: «No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna mas en todo presentad a Dios vuestras peticiones por medio de la oración y de las plegarias acompañadas de hacinamiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, sea la que guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús Señor nuestro.» Consejo que podemos seguir todos los cristianos para alcanzar la paz. Y esa paz sólo se da en un corazón limpio, siempre alegre, pues con una buena conciencia se tiene siempre alegría, como dice Kempis. En resumen: se debe buscar «el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará por añadidura», como ha dicho el Salvador.

Arturo Fosar y Bayarri

Viñetas de San Pedro Regalado

En el V centenario de su muerte

San Pedro Regalado acababa de celebrar Capítulo de culpas en el convento de La Aguilera. De pronto sintió un deseo vivo de asistir al que casi por aquellas horas se había de celebrar en el de El Abrojo. A pesar del insuperable obstáculo de la distancia inmensa de catorce leguas, lleno de fe y de confianza en Dios, se resolvió a partir.

Salió a las siete de la mañana de La Aguilera. A las ocho se oyeron recios golpes en la portería de El Abrojo. Abrió el portero y se vio extrañamente sorprendido al ver entrar por la puerta al santo prelado, que se dirigió a la sala de Capítulo donde se hallaba congregada la comunidad de religiosos.

Quedaron éstos asombrados al verle aparecer y mucho más cuando le oyeron decir que a las seis de aquella mañana había celebrado Capítulo en La Aguilera.

¡Los ángeles transportaron al Santo de un punto al otro.

* * *

Todas las noches Pedro Regalado recorría el Vía Crucis. Salía del convento de ¡La Aguilera con una pesada cruz sobre los hombros, deteniéndose a determinadas distancias. Ya colocaba al cuello una áspera soga de esparto, ya cubría la frente con una corona de punzantes espinas, ya se daba fuertes golpes en todo el cuerpo con sogas y cadenas imitando los sufrimientos de Cristo.

Al llegar así a un montecillo llamado monte del Águila, y en cuya cima había una gran cruz de madera, dejaba la que llevaba sobre los hombros y subiendo sobre ella permanecía largo rato como crucificado en profunda meditación de la Pasión de Cristo.

En busca del más pequeño por la bondad y el ahorro infantil

I

Detenidamente había leído Celia Historia de un alma, por encargo de personas muy adepta a su santa autora, que vieron en la obra pasajes y consejos, medios y normas muy a propósito para ser conocidos, comprendidos e incluso practicados por las jóvenes de nuestros días.

Detenidamente la releyó hasta compenetrarse del espíritu de santidad que respira toda la obra, hasta aspirar prolijamente el delicioso perfume de las flores que sobre el crucifijo deshojaba la Santita del Carmelo de Lisieux. Algún provecho se prometió sacar de la lectura.

Dos fueron los lemas que grabó en su corazón con deseo firme de practicar en la más rigurosa actividad y en la más noble intención: ¡Sonreír y buscar!

La Santita sonrió tanto, tanto, durante su vida y en circunstancias que acaso mejor cuadraran las lágrimas y en instantes que tal vez a ello se resistiera su estado de ánimo —de aquel ánimo férreo que prometía no doblarse en quejumbres mientras las fuerzas resistieran—, que llegó hasta el heroísmo de la sonrisa en la humildad y en el dolor...

Santa Teresa del Niño Jesús

Santa Teresa del Niño Jesús (de Cinco Minutos)

Celia también quería sonreír, imitarla en la sonrisa, y al efecto pedía constantemente a Dios le concediera un pedacito de sonrisa, de la gran sonrisa de la pequeñita y grande Santa. El primer propósito era ese: ¡sonreír siempre...! Y el segundo, estar en disposición siempre de recibir flores en abundancia de la lluvia de flores espirituales que había prometido derramar sobre la tierra la Patrona de las Misiones para, mediante ellas, hacer todo el bien posible en derredor suyo, y para ello buscaría sonriendo, sonriendo buscaría a las personillas más -insignificantes y más pobres. Entresacó la esencia de todo esto del Evangelio de San Mateo: «Lo que hagáis al más pequeñito de los míos es a Mí a quien lo hacéis.» Y -así dispuesta nuestra adolescente, la más bella sonrisa engalanaba de continuo sus labios con la exquisitez y galanura de la gentil margarita adornando el prado.

Siempre se había distinguido en clase en aplicación, obediencia y compañerismo. Más de una vez por esto último recibió castigos por acusaciones envidiosas de alguna compañera traviesa, que hacía las ruines travesuras, con la misma facilidad que gracia tenía para acusar de las mismas a las demás. Esta clase de compañeras eran las preferidas de la amistad escolar de Celia... El recibir ella el castigo sin chistar, la humildad y dulzura con que aun trataba a las culpables de sus propios castigos, hizo que pronto todas las escolares en general la admiraran y la tuvieran como condiscípula predilecta y consejera, y la propia maestra como su mejor auxiliar.

Cada vez que la explicación versaba sobre la Mutualidad Escolar y la buena disposición que habían de tener las niñas al ahorro infantil, Celia rogaba a su madre que no la llevara al cine, que no le comprara tal o cual golosina, que dejara de comprarle de momento otro piar de zapatos, antes bien le diera el dinero equivalente a esos gastos que ingresaría en la Mutualidad Escolar. Y también hacía notables progresos como mutualista, cuyo capital ya pensaba ella en qué gastarlo cuando
lo retirara del Instituto Nacional de Previsión.

II

Un día, de paso para la escuela con Jacinta, la escolar que más daño le hizo por envidia a su bondad y hoy de su misma bondad, su más entusiasta imitadora, una anciana pedigüeña les detuvo en el camino en demanda de limosna.

Y era cabalmente día de Mutualidad. Celia no sé qué vio en la anciana que le entregó totalmente cuanto llevaba para ingresar: 50 pesetas justas. Jacinta contó a la madre de Celia el caso.

— ¿Qué viste en aquella anciana pedigüeña, hija mía, para que le dieses cantidad tal que no es costumbre dar a una pobre?

—Vi... a mi madre pidiendo limosna por Dios, madre mía.

Explica nuestra señora maestra cuando nos habla de Mutualidad Escolar que la riqueza va y viene, y hay cambios en las familias...

Para que Celia no viera correr sus lágrimas, su mamá se retiró...; pero al día siguiente Celia ingresó en la Mutualidad 50 pesetas que le regaló su madre... como el mejor obsequio que jamás le hiciera de tanto gozo como experimentaba.

III

«No sabes Celia lo a gusto que me encuentro en las Misiones como una misionera más imitando a nuestra Santa Patrona Santa Teresita del Niño Jesús, viendo en cada una de estas niñas la Imagen de Jesús pequeño y pobre.

»Ayer recibí de mi madre 3.523 pesetas, mi dote infantil de la Mutualidad Escolar, que me ha retirado del Instituto Nacional de Previsión recientemente. Mil veces bendigo aquellos pequeños ahorros que imitándote a ti iba ingresando yo. Todo lo he entregado a beneficio de las pequeñas acogidas en este Orfanato. Una niña ha comenzado a cursar estudios merced a mi dote infantil y estoy orgullosa porque la niñita promete...»

La carta era de Jacinta, convertida en. misionera, y venía de allende los mares.

IV

Con su propia dote infantil, que ascendía a 20.089 pesetas, Celia hizo acto de presencia en el Secretariado General de Misiones, y para vocaciones eclesiásticas donó 10.000; giró a Sor Jacinta, misionera, para que su protegida siguiera cursando estudios, 5.000, y con el resto fundó en la escuela rural que le correspondió por oposición, la Mutualidad Escolar y Coto de labores, inculcando a toda la infancia el amor al ahorro por este medio de trabajo y sacrificio, costeando a todas la póliza de mutualistas.

V

«Aquende los mares también yo soy en cierta manera imitadora de misioneras», contestó Celia a Sor Jacinta, más sonriente que nunca de tener por tan gran Patrona y Maestra a la Santa de Lisieux.

Adelina Barrés
Veo Alcudia (Castellón).

Al corazón de Jesús

Hoy para rondar la puerta
de vuestro santo costado,
Señor, un alma ha llegado
de amores de un muerto muerta.

Asomad el Corazón,
Cristo, a esa dulce ventana,
oiréis de mi voz humana
una divina canción...

Muerto estáis, por eso os pido
el Corazón descubierto,
para perdonar despierto,
para castigar dormido.

Si decís que está velando,
cuando Vos estáis durmiendo,
¿quién duda que estáis oyendo
a quien os canta llorando?

Y aunque él se duerma, Señor,
el amor vive despierto,
que no es el amor el muerto,
Vos sois el muerto de amor.

Que si la lanza, mi Dios,
el Corazón pudo herir,
no pudo el amor morir,
que es tan vida como Vos.

Corazón, de mi esperanza
la puerta tenéis estrecha,
que a otros pintan con flecha
y a Vos os pintan con lanza.

Mas porque la lanza os cuadre,
un enamorado dijo,
que a no ver puerta en el Hijo,
¿por dónde se entrara al Padre?

Anduve de puerta en puerta,
cuando a Vos no me atreví,
pero en ninguna pedí
que la hallase tan abierta.

Pues como abierto os he visto,
a Dios quise entrar por Vos,
que nadie se atreve a Dios
sin poner delante a Cristo.

Y aun ese lleno de heridas:
porque sienta el Padre Eterno
que os cuestan. Cordero tierno,
tanta sangre nuestras vidas.

Vuestra Madre fue mi estrella,
que siendo huerto cerrado
a vuestro abierto costado
todos llegamos por Ella.

Ya con ansias del amor
que ese costado me muestra,
para ser estampa vuestra
quiero abrazaros, Señor.

La cabeza imaginé
defendieran las espinas,
y hallé mil flores divinas
con que el desmayo pasé.

Porque ya son mis amores
tan puros y ardientes rayos,
que me han de matar desmayos
si no me cubrís de flores.

Cuando a mi puerta salí
a veros, Esposo mío,
coronada de rocío
toda la cabeza os vi.

Mas hoy que a la vuestra llego,
con tanta sangre salís,
que parece que decís:
«Socórreme, que me anego».

Ya voy a vuestros abrazos,
puesto que descalza estoy,
bañada en lágrimas voy,
desclavad, Jesús, los brazos.

Lope de Vega —

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