Por un mundo mejor

II

El número pasado hablábamos de dos ciudades constituidas para sí por dos amores. La que erige el amor propio, cuya última etapa, en su evolución, es el infierno; y la que erige el amor de Dios, cuya consumación es el cielo.

Los franciscanos —y los terciarios lo son— tenemos que formar parte de la 'ciudad celestial, de la ciudad de Dios; y no sólo como meros ciudadanos de ella, sino como combatientes que la' defiendan de sus enemigos y le conquisten nuevas posesiones.

* * *

Los cristianos de los primeros siglos lograron hacer de la babel de Roma, anegada en el vicio, el centro de expansión del reino de Dios en el mundo.

Más tarde convirtieron a un mundo bárbaro, en el doble sentido de la palabra, en un mundo cristiano, en el que valían, las leyes santas de Dios y de su Iglesia.

Semejante fue la labor realizada por aquella floración de terciarios, nacidos de la pujante vida sobrenatural de nuestro Padre.

Nosotros hemos de seguir el ejemplo de nuestros mayores. De no hacerlo así no somos dignos de ellos.

* * *

A nosotros nos lo exigen más imperiosamente quizá las circunstancias de nuestro tiempo. Y todavía más, la llamada casi angustiosa de nuestro Sumo Pontífice a que todos los católicos aunemos nuestras fuerzas para recristianizar al mundo que se apartó de Cristo.

"Es un mundo —dice el Papa— lo que hay que reconstruir desde sus cimientos: lo que hay que transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios."

Pero no nos asuste la .magnitud de la empresa. El manifiesto de Marx, a un siglo de distancia, ha engendrado medio mundo para el comunismo. La doctrina pontificia sobre un mundo mejor puede engendrar en mucho menos tiempo un mundo para Dios. Seamos optimistas. Tenemos de nuestra parte la Verdad, tenemos de nuestra; parte el Omnipotente. Sólo es necesaria nuestra decisión para el trabajo a realizar.

Fr. Jorge Sanchis, ofm.

Olor de azucena y de incienso

«A su paso dejó por la senda un olor de azucena y de incienso.»

Eso es lo que más me place en el Santo que tiene el muy alto honor de figurar en el libro de libros que se llama Las Florecillas de San Francisco, canon de virtudes, encanto del espíritu y remanso de poesía legítima y eterna.

Ponderad cuanto queráis al taumaturgo, al que va dejando caer los milagros de su sagrado cordón como si jugara con las leyes de la creación, pues nada resistía a su voluntad omnipotente por la confianza en Dios. Ponderad su elocuencia soberana, la que arrastraba a las muchedumbres con la fuerza irresistible de su verbo caldeado en divina caridad y adornado con todas las galas del saber... Se dio el caso de vestirse de frailes bandidos de la selva que no quisieron privarse del gusto de saborear aquella elocuencia singular. A mí habladme de eso:

«A su paso dejó por la senda un olor de azucena y de incienso.»

Leed a un biógrafo del Santo: «Pero donde descolló San Antonio de Padua de un modo verdaderamente maravilloso fue en la virtud de la castidad. Los pintores y escultores representan su pureza entre lirios que ponen en una de sus manos, y realmente nada tan significativo como este emblema de la limpieza del alma y cuerpo del Santo. Puede decirse que la pureza fue en él una segunda naturaleza, pues de otro modo no se concibe que a la corta edad de cinco años hiciera voto de consagrar a Dios su virginidad. Arraigo grande tuvo tan excelsa virtud en el alma del santo taumaturgo lusitano, y bien lo demuestran las escaleras de la iglesia mayor de Lisboa en la señal indeleble de la cruz que hizo con uno de sus dedos cuando se le apareció el enemigo de los hombres en forma corpórea para tentarle.»

Cómo dignifican a la humanidad estos hombres. Sí, perfume de pureza la que exalan los nuestros hace falta para contrarrestar los miasmas pestilentes que se alzan de las charcas del mundo, este mundo saturado de lascivias vergonzosas, oprobio de la sociedad. Que como falta en ella Cristo, que es pureza, domina Satanás, que es... eso, lo celebrado en novelas, exaltado en cines, significado en desnudos. En fin, ya dijo Kierkegaard: «El hombre ha perdido su existencia», la de ser racional, y bajado en categoría.

Y de incienso. Hable de nuevo el biógrafo: «¿Y qué diremos de su tierna piedad? Todavía en pañales le vemos dar muestras de ella al asomarle su virtuosa madre a una ventana que daba a la iglesia de la Asunción, donde fue bautizado. Apenas puede caminar, dirige sus pasos a dicha iglesia, y en ella pasa horas enteras en oración, y ese espíritu de piedad se acrecienta con los años y le lleva a la contemplación extática de las cosas divinas y le hace acreedor a la aparición del Niño Jesús y de la Santísima Virgen, a quien profesó toda su vida una devoción tierna, como lo demuestra la frecuencia con que recitaba el himno O gloriosa Domina.»

A mí habladme de eso. Primero que el hombre se pueda presentar ante la sociedad con la página limpia, con nombre no manchado, con eso que tanto nos diferencia de... y nos acerca a los ángeles. Esa maravilla de maravillas, que si siempre mucho, hoy más que nunca, cuando se llega al oprobio vergonzoso de deshacerse en alabanzas de la corrupción y se elevan a la categoría de heroínas las almas corrompidas. Nosotros no, los de Cristo no renunciamos a la blancura de la azucena como símbolo de superioridad. Ah, lo saben ellos, saben que nuestras doncellas hasta saben morir porque no se aje la flor de la pureza. Dígalo esa joven de Algemesí, cuya virtud alababa hace unos días el Vicario de Cristo.

A mí habladme de eso, oración, de rodillas ante Dios, en la adoración perpetua del corazón, en el empeño grande de la competencia con los ángeles del cielo para dar loa a Dios, uniéndonos con ellos en el Sanctus sine fine. Qué grande es una alma que reza, que sabe el lenguaje que enseñara Cristo, el del Padrenuestro. Ah, si se dijeran más Padrenuestros y menos blasfemias, ninguna blasfemia, otra sería la situación de este mundo. Me place mucho aquel pensamiento de Niño Selvaneschi: «Lo que importa es retener siempre en el corazón el ritmo de un canto», y el canto es para él una letrilla de cielo. Y eso fue el glorioso hijo de San Francisco, el gran San Antonio.

Oh, yo me quedo con los santos, con San Antonio, en cuya vida hay mucho perfume de azucena, mucho olor de incienso. (Me gustan las almas puras, me placen las almas rezadoras. Con ellas se puede vivir, con ellas descansa el corazón, ellas enseñan cosas grandes.

Cuando el emperador Constantino trazaba el circuito de Constantinopla, habiéndole hecho notar cuán inmensa extensión le daba, respondió: «Proseguiré hasta que se detenga el que invisible camina delante de mí.» Eso son los santos, Dios camina delante de ellos, ellos le siguen hasta que se detenga y les diga: "Venid, benditos de mi Padre". Qué bella resulta la vida así: Dios delante, nosotros signándole. Sigamos a los santos, sigamos a San Antonio, que siempre fue en pos de Dios.

Vicente Monroy Alguero, Redentorista

Cuadro de San Antonio: 'San Antonio de Padua con Cristo niño'. Óleo sobre tabla, 139 x 72 cm. Obra atribuida finalmente al Maestro de Astoraga. A pesar de les distintas atribuciones estamos ante una de las tablas del XVI con una gran estabilidad en su refinamiento ya que reúne toda la técnica de un gran maestro. (de la web Foro Xerbar)

La tragedia de "Caucaude"

—No digáis nada a mi madre. Tendría demasiada pena.

Dos lágrimas regaban las mejillas de Jean Claude Collingnon, pero su voz era firme. Realmente no podía decirse que estuviese llorando.

Sin embargo, hacía ya varios minutos que Louis Gallois y otros labriegos se esforzaban inútilmente para librar la pierna del pobre niño del rodillo de una trilladora. Fue necesario desmontar la máquina para salvar aquella pierna aprisionada por sus engranajes. Un hilo de sangre oscuro salía por las junturas del rodillo manchando la trilladora.

Louis Gallois estaba pálido, más pálido que Jean Claude. En su consternación el buen hombre no acertaba a usar las llaves inglesas que sostenía en sus temblorosas manos.

El niño, esforzándose en sonreír, miraba «arrodillado a su lado a su amiguito de once años Daniel Meesen, que en. su cortedad infantil sólo sabía preguntarle: «¿Te has hecho daño?»

Por fin, liberado de la trilladora, Jean Claude era llevado a su casa al otro lado de la aldea de Sainte-Marie-á-Py, donde su madre ignoraba lo acaecido.

—No le digáis nada —había suplicado Jean Claude—; ya se lo diré yo.

Su madre, al verle llegar llevado en angarillas, quedó consternada.

—No es nada, madre —se apresuró a decirle el niño—. Sólo un rasguño.

La madre Christiane, viuda desde septiembre pasado de Jean Claude Coulingnon y sin trabajo hacía dieciocho meses y con nueve hijos, se esforzaba en creer que su hijo no la engañaba; pero los semblantes entristecidos de Louis Gallois, del pequeño Daniel y de los demás labriegos que acompañaban al hijo herido, le indicaron bien a las claras que una terrible tragedia se había cernido sobre su mísero hogar.

Jean Claude, apenas volvió en sí de la inyección de morfina que le propinó el médico del pueblo, con una presencia de ánimo singular, explicó en pocas palabras toda la historia de su desgracia.

—No jugaba, madre. Trabajaba. Voy a hacer la primera Comunión, ¿sabes? Y no tenía vestido. En el escaparate de Sainte Menehould vi uno muy bonito. Era todo blanco, ¿sabes?, pero... costaba 9.900 francos, y tú, sin trabajar y con diez personas que alimentar, nunca me lo hubieras podido comprar... Cada día, al salir de la escuela, por la tarde, iba un rato a trabajar. Daniel venía conmigo. Ya tenía 1.300 francos; todo había ido bien. Trillábamos avena, ¿sabes? Y me ha pillado la pierna la trilladora. Pero curaré pronto...

La noticia fue publicada por la prensa de Reims y pronto se apoderó del público una emoción piadosa extraordinaria. Porque el rasguño de Jean Claude o Caucaude, como le llamaba cariñosamente su madre, era algo más que un rasguño; era el magullamiento de su pierna. Los médicos hicieron lo posible para salvarle por lo menos la rodilla; pero indicios de gangrena les obligó a cortarle la pierna hasta el muslo.

Caucaude suplicó también a los doctores ser él quien diera esta noticia terrible a su madre. Cuando la señora Collingnon entró a ver a su hijo, terminada la operación y el efecto de la anestesia, Jean Claude, sin dejar de sonreír, le dijo:

—Madre, tengo que decirte una cosa que te dará mucha pena: tu pequeño Caucaude tiene una sola pierna. La otra... me la han tenido que cortar esta, noche. Pero no siento dolor, ¿sabes?

Desde que la prensa dio a conocer la desgracia del pequeño neocomulgante, un promedio de cincuenta cortas llegan cada día a casa de la señora Collingnon. Muchas de ellas están escritas por niños de la misma edad de Jean Claude, en las que dicen que dejarán de ir al cine una semana y se privarán de golosinas para ayudarle a comprar su vestido blanco para la primera Comunión.

He aquí una de ellas:

«Querido Jean Claude: Ten ánimo rogando a Santa Teresa del Niño Jesús; y piensa que la desgracia que te ha acontecido debe dar ánimo a muchos otros niños que también padecen para que lo sufran con tu paciencia. Yo vivo en casa de mi tía porque soy huérfano. Somos seis niños, y aunque pobres los siete ahorraremos cada semana, por lo menos, cien francos para ti. Aun el más pequeño, que sólo tiene cuatro años, ha dado cien francos diciendo: "Son para el niño cojito que quiere comprarse un vestido blanco para la primera Comunión".

Además de estas cartas de aliento, han llovido muchos donativos en la casa infortunada de Sainte-Marie-á-Fy, que sobrepasan y el millón de francos. Pero lo que seguramente ha conmovido más profundamente al pequeño héroe han sido los once vestidos blancos de primera Comunión que le han regalado, todos los cuales llevan bien visibles la etiqueta del comercio Sainte Menehould.

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Entre la madre y una de sus hermanas, el pequeño Jean Claud Collingnon recibe uno de los once trajes blancos para su primera Comunión.

No ha faltado quien le ha ofrecido un viaje de quince días a París con su madre para olvidar, siquiera unos días, la desgracia sufrida.

«Allí —le decía— podrás vivir todas tus ilusiones como en un cuento de hadas.»

Pero Jean Claude ha dicho que su mayor ilusión es hacer su primera Comunión como un niño bueno, y además... también le gustarla ver un payaso.

Al día siguiente Dedé, uno de los mejores clowns de Francia que aquellos días trabajaba en Reims, entraba en la habitación donde yacía Caucaude, y ante aquel público compuesto de un sólo espectador hacía la exhibición más estupenda de toda su vida.

Jean Claude Collingnon rió todo el rato clamorosamente hasta llorar de pura risa. Cuando Dedé salió de su habitación el niño se sentía feliz.

Pero el clown apenas traspuso la puerta tuvo que apoyarse en la pared llorando convulsivamente.

Giorgio Venturi

Algo de los tiempos de San Antonio de Padua

La vida mortal del glorioso San Antonio está situada entre dos fechas correspondientes a tiempos del medievo: 1195-1231. Creemos conveniente traer a esta su Revista algo de los tiempos en que vivió aquel varón de milagros que llevaba en sus venas sangre ibérica. Por eso hemos compuesto, aunque malamente, este artículo.

Hemos dicho que el hijo de Martín y de María nació, en 1195, en Lisboa, corte y capitalidad del vecino reino portugués. Portugal ya había dado siglos atrás una gran figura cristiana: Paulo Orosio, el autor de Siete libros de historias contra paganos, que conoció personalmente a San Agustín y apuntó en su ensayo de historia universal la intervención de la Providencia en los sucesos protagonizados por el hombre.

El año en que Antonio vino al mundo (ya sabemos que se le impuso el nombre de Fernando) hacía diez que reinaba en Portugal Sancho I, de la casa de Borgoña; acaudillaba a los invasores almohades Almansur Yacub ben Yúsuf I, que detentaba Valencia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Granada y otros lugares; los Capetos reinaban en Francia con Felipe II Augusto; Enrique VI, emperador del Sacro Imperio y rey de Italia: Ricardo I, Corazón de León, representaba a los Anjou-Plantagenet en el trono inglés; en la lejana Hungría ceñía la corona Bela III... Y en la vecina España el monarca de Castilla y León era Alfonso VIII, y el de Aragón, Alfonso I. No olvidemos registrar en el trono pontificio a Celestino III. Allá en Bizancio, por último, ocurrían cosas desagradables, pues el emperador Isaac Angelos había sido cegado y encarcelado, subiendo al trono el usurpador Alejo III.

Completemos la visión de la duodécima centuria; visión muy parcial, pues sólo nos referimos a Occidente, ya que occidental es la figura de Antonio. Allende los Pirineos, en Provenza, se movían en un ambiente mundano de poemas, canciones, vida cortesana y llena de ilusiones amorosas los trovadores. Mas ¿quiénes eran estos cultivadores de !a lírica? Eran los que componían los poemas que luego se encargaban de recitar por todas partes los juglares. San Francisco de Asís no quiso llamarse —llevado de su humildad— trovador de Dios: siempre leemos que fue juglar de Dios, y esto es cierto en tanto en cuanto él declamaba sus bellas inspiraciones, pero fue más bien trovador porque él mismo componía en su fértil imaginación, por ejemplo, el Cántico del Hermano Sol, al que —dicho sea de pasada— deberíamos titular propiamente Himno de las criaturas al Creador.

En este momento a que aludimos la escuela lírica provenzal estaba en una segunda fase dé su historia: la que va desde mediados del xii al 1210; ahora es cuando florece esta poesía vana y mundana, sí, pero decisiva en la formación de la lírica española. Y los Ventadour, los Arnaldos, los Borneil... van lanzando sus versos tan galantes, tan galantes..., que ponen a la dama (con gran irreverencia y blasfema avilantez) en el mismo nivel que la Virgen Santísima.

Por otra parte, la literatura caballeresca iba invadiendo las cortes europeas con sus ficciones de héroes de otros tiempos y hazañas inverosímiles. En nuestra España, por las postrimerías del XII, aparece el Cantar de Mío Cid, que narra las bellas acciones de Rodrigo Díaz de Vivar, siempre fiel a Castilla y a su rey, y siempre pagado con la ruindad de la' ingratitud por Alfonso VI, el monarca envidioso de su vasallo.

* * *

En la esfera filosófica la Escolástica estaba en pie. Y las escuelas de Chartres y París cultivaban el pensamiento con ardor. Preocupaban los universales y también la apasionada y peligrosa actuación de Abelardo, así como sus controversias con San Bernardo. Brillan en España (en el XIII) filósofos árabes tan célebres como Avempace, Aben Tofail y Averroes; éste es el gran comentarista de Aristóteles cuando Santo Tomás no había nacido aún y no había podido, por consiguiente, adaptar la especulación del estagirita al pensamiento escolástico. Si Córdoba fue la cuna del médico-filósofo, también puede gloriarse de serlo de Maimónides, autor de Dux perplexorum, que quiso conciliar a Aristóteles con el credo de los judíos.
Y hay asimismo en el xii un movimiento místico que dulcifica aquel ambiente de feudalismo, herejías y guerras. Mística que florece en los monasterios dados a la contemplación, siendo el dulce santo de Claraval quien se encarga de escribir páginas de sencilla y maravillosa profundidad para las almas anhelantes de beber las aguas eternas de la eterna verdad de Cristo. San Bernardo no hizo más en el plano monástico, con su energía y su sencillez, que inyectar —por medio de la reforma cisterciense— más rigor y observancia en el Cluny.

Los monasterios de esta época, en España y otros lugares de Europa, no sólo suavizan costumbres, sino que irradian cultura e influyen en la misma vida social.

Este es. el cuadro harto deficiente que ofrecemos al lector de los tiempos a que pertenece San Antonio por su natalicio. Este se vió inmerso a los cinco años en un nuevo siglo: el xiii. Y es que el tiempo es inexorable para las criaturas mortales.

* * *

En este siglo nacieron, por obra de Santo Domingo y San Francisco de Asís, las Ordenes Mendicantes. A la del santo que vio en sus carnes santas las llagas santísimas de Cristo se alistó con alegría y amor Antonio. A ella quiso pertenecer, a ella quiso el Señor que perteneciera. Y en ella vivió y murió. El año de su tránsito al .Paraíso fue el de 1231. Joven aún (treinta y seis años), acogió la última hora con la jubilosa aceptación propia de todos los santos. El siglo estaba en su juventud.

En el campo de la Filosofía llenarían buena parte del doscientos con su alto magisterio San Alberto Magno, el de Aquino y San Buenaventura. Tomás es quien se encarga de dar a Occidente una versión directa, sin intermediarios musulmanes, de Aristóteles. Y además es padre del tomismo. De San Buenaventura ya hablaremos en otro artículo, Dios mediante. El franciscano Rogerio Bacon (nacido, entre 1210 y 1214) compaginó la filosofía y la ciencia.

En las letras aparecen en España los poemas primitivos Libro dels tres Reis d'Orient, Santa María Egipciaca, Los denuestos del agua y el vino y otros. Gonzalo de Berceo deja oír su encantadora poesía llena de sentimiento y delicadeza, acusando una tierna devoción a la Virgen María.

En el resto de Europa, Wolfram de Eschembach y Godofredo de Strasburgo componen en esta centuria leyendas amorosas y caballerescas. Los trovadores provenzales siguen cantando sus cansonetas, albadias, descorts...

Cuando murió el santo paduano todavía no había nacido el Dante, feliz en su obra literaria y lleno de amarguras, pobreza y sinsabores en su vida. Un año antes de la muerte del frailecito milagroso nació Jaco-pone da Todi, aquel bienaventurado varón que quiso y supo cantar la infinita angustia de una Madre al pie de la cruz en que estaba clavado despiadadamente su Hijo adorable.

Y allá en Sicilia, lejos de la santa ciudad de Padua, reinaba Federico II, príncipe de islamizadas costumbres, de reprobable vida y escándalo de la cristiandad; que hozaba suciamente en los harenes y en el erotismo de una poesía llena de licencias. En ese mismo año de 1231 acuñó la moneda de oro llamada augustalis.

Las catedrales góticas se iban elevando con filigrana de piedra y atrevimiento de líneas; los cruzados también alzaban su voz piadosa contra el infiel. Pero Antonio habla elegido la mejor parte y su alma subía, ya libre del cuerpo, a las puras e inmensas regiones de la eternidad y del gozo del Señor. Entonces vería con suma penetración y lucidez lo certero de aquella frase medieval: «El mundo es sólo un abismo de impudicia y perversidad.»

Mariano Vila-Cervantes

Florecitas

Para perfeccionarnos necesitamos del sufrimiento; y las penas que Dios nos envía, son precisamente las que mejor responden a nuestras necesidades.

María de Santangel

Vida clara

Yo también tengo mi huerto como el vate castellano
en un pueblo de Castilla que fue campo de hidalguía,
bien abierto a las caricias de los aires y del sol;
yo también tengo mi huerto donde cantan ruiseñores,
y murmuran las fontanas, y florecen los rosales,
y me gustan las mañanas pinceladas de arrebol.

Allí voy sediento de aires, de perfumes y de trinos,
y de cielos infinitos, azulados y solemnes,
y de atmósferas serenas inundadas de claror.
Allí voy en las jornadas estallantes de verano,
opulentas y sonoras, las de vida exuberante,
con trajín de trilla y torna, de mi pueblo labrador.

No se siente el clamoreo de las turbas agitadas
por el vértigo nervioso de la vida turbulenta,
de la vida puesta en marcha con compás de tempestad.
Es la farsa lo que impera, lo que mueve los muñecos,
los muñecos de los hombres que no saben las delicias
de esta vida concertada, de esta vida que es verdad.

Cuando empieza el movimiento de la vida campesina
y las gentes se despliegan empuñando como un cetro
las insignias del trabajo caminando a la heredad,
goza el alma viendo al hombre en la honradez de la ley santa
que le eleva y dignifica y le presenta aureolado
con la gloria del trabajo, ¡que también es dignidad!

Labrador de mis sembradlos, tú que entiendes el lenguaje
de los vientos y las plantas, de los cielos y las aves;
tú que vives con las flores, con la alondra y el azor;
tú que ves venir la aurora empurpurada y rozagante,
y recibes el primero las caricias del sol bueno
que hermosea tus llanuras con alfombras de verdor;

tú que ves pasar la nube y su cortejo de centellas
y de truenos pavorosos que sacuden el espacio,
y descubres en sus huellas el poder del Hacedor,
cuántas veces tú dialogas en tu fe sencilla y grave
con el Dios de las alturas, y le dices esas cosas
de los hijos a los Padres en la gama del amor.

Yo me acuerdo de aquel día en que cogiste unas espigas
tan cargadas que eran gloria de mi tierra del «Pozuelo»,
como exvoto las pusiste a los pies del Redentor;
yo me acuerdo de aquel día en que apartaste trigo bueno,
y la harina, reverente, la llevaste como ofrenda
«para hacer Hostias el cura» para el día del Señor.

Recorriendo mis campiñas y tratando con mis gentes
yo me siento más seguro en mis creencias religiosas,
y la vida se me aclara y es más hondo mi sentir.
¡Porque siento a Dios que pasa fecundando mis sembrados,
porque siento a Dios que pasa dialogando con los míos,
enseñándoles la ciencia soberana del vivir!

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista —

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