Vuelve a su templo una imagen salvada

Después de casi cinco meses de ausencia, durante los cuales fue objeto de especial devoción y cuidados en casa de su salvadora, volverá al despacho parroquial de la iglesia de San Nicolás de Bari la imagen de Nuestra Señora de los Desamparados. La procesión —a la cual se ha invitado a concurrir a todos los fieles que deseen acompañar el piadoso regreso— partirá de dicha casa, Santa Fe, 1255, mañana a las dieciocho.

La señora Celia Sommer de Balcarce ha referido detalladamente, en el extenso memorial que elevó a la Curia, las singulares circunstancias merced a las cuales rescató la mencionada imagen, transformándose en su custodia. La falta de espacio no nos permite transcribir con todos los pormenores el episodio dramático y bello. Quisiéramos, sin embargo, poder hacer llegar a nuestros lectores algo de la emoción, del aire sobrenatural que rodea a 'este hecho, confiriéndole, en pleno siglo XX, los rasgos misteriosos, conmovedores, que caracterizan a la «Leyenda Dorada» medieval.

El 16 de junio pasado manos sacrílegas y bárbaras incendiaron los templos más antiguos y más hermosos de Buenos Aires. Tenemos que repetírnoslo una y otra vez porque, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces y de la indignada condena que provocó el vandalismo, cuesta todavía convencerse de que en verdad1 sucedió, de que realmente, en la ciudad exaltada por el recuerdo maravilloso de las ceremonias del Congreso Eucarístico Internacional y señalada desde los días de la colonia por la clara autenticidad de su fe, hubo un grupo incalificable de asalariados verdugos dedicado locamente a destruir lo que representaba siglos de piedad, de historia y de arte. Terribles hogueras se levantaron en la Curia eclesiástica, en Santo Domingo, en San Francisco, en San Ignacio, en San Miguel, en la Piedad, en San Nicolás de Bari.

Ardieron los venerables archivos, los altares barrocos. Cayeron carbonizadas las imágenes sacras. Aquellos que debían ser los guardianes más celosos de testimonios tan puros, miraron con indiferencia el crimen.
Ese día, cerca de las veintiuna, la señora de Balcarce salió a la calle. La noticia del horror de lo que pasaba, contradecida, corría de boca en boca. A cien metros de su casa, luchando con la lluvia, una hoguera elevaba sus llamas y humo frente a San Nicolás. Una mujer demente, rubia, inmensa, retrocedía arrastrando una bolsa colmada con restos del incendio, entre los improperios de los salvajes.

En torno bailaba una comparsa grotesca, revestida con los ornamentos sacerdotales, brindando con los dorados copones. En el fuego restallaban como detonaciones los fragmentos de bancos, de objetos religiosos. Un hombre trataba de escapar con un Cristo. Valientemente, la señora de Balcarce se aproximó a él, le regó que se lo entregara, pero fue inútil. Pocos metros más allá los incendiarios lo atacaron.

Entre tanto un muchacho —un muchacho que había sido alumno de un colegio salesiano y que
venía de la plaza de Mayo de tirar contra quienes se habían esforzado por derrocar a la dictadura—, arrepentido quizá del horror de lo que estaba haciendo, le rogó a la señora que lo ayudara. Le señaló a. la Virgen de los Desamparados, la misma que la Hermandad de los Desamparados, integrada por valencianos, saca en procesión por el interior del templo él primer sábado de cada mes. Es una imagen tallada en España. Le faltaban las dos coronas, la de la Virgen y la del Niño, y la flor de filigrana de oro que la Madre de Dios acariciaba con sus manos finas. Acababa de salvarla de la hoguera en el momento mismo en que un hombre se aprestaba a arrojarla allí. «Dámela —le dijo— que con eso yo me hago de unos mangos.» Y ahora vacilaba, trémulo, atónito.

La señora de Balcarce actuó rápidamente, eficazmente. Se despojó del tapado y cubrió con él la talla a medias. El muchacho la levantó. Otro hombre, a solicitud de la señora, disimuló el bulto bajo el paraguas. Así avanzaron entre las ráfagas de lluvia, en el resplandor del fuego. Un amigo de la señora de Baloarce se les sumó y puso su impermeable sobre la aureola incrustada en los párpados de la santa figura: «Llevan un herido», dijo alguien, y pudieron pasar en medio de los incendiarios. Fue un acto de extraordinaria temeridad. Llegaron por fin a la casa de la señora. La llave de la puerta de calle se negó a responder en el primer momento. Oían los gritos, las imprecaciones. Angustiados, entraron en la residencia. La imagen estaba a salvo.

Pero el arrojo de la señora de Balcarce no terminó con ese rescate. Con el muchacho tornó a salir. Volvió al templo, en el que la comparsa se diseminaba ya, y la señora logró cambiar dos casullas, que robaba uno de los bárbaros, por su paraguas..., un paraguas que era un recuerdo de su madre. Sin calcular el riesgo que corría, incapaz de contenerse, increpó a uno de los hombres. Un anciano la secundó. Los revólveres relampaguearon en las manos. Pero el paraguas de lujoso puño tentó a los que esgrimían las armas. Le tiraron las casullas y huyeron. Inútil fue que la señora les ofreciera cualquier cosa para recobrar lo que había sido de su madre y que se vinculaba a tantas memorias. Huyeron en la lluvia, entre los relámpagos, Y la señora de Balcarce regresó a su casa, cuya-puerta resonaba todavía con el eco de los golpes de los que, entre tanto, informados de lo que había sucedido con la Virgen, acudieron furiosos, tratando de forzar la entrada.

Cinco meses han transcurrido desde entonces. En ese lapso la imagen tuvo su altar entre los muebles tradicionales de los Balcarce, de los Sommer, entre los retratos patricios. Mucha gente acudió a rezarle. Desde allí volverá mañana a San Nicolás en procesión solemne. Y un relato histórico que tiene el tono de los milagros antiguos se incorporará para siempre a la crónica de Buenos Aires, de la ciudad de la Santísima Trinidad, cuyos desamparados han recuperado su celeste Patraña.

(De La Nación, de Buenos Aires.)

Peregrinación en Sicilia a la cueva del Milagro

Aseguran unos niños que se les apareció la Virgen. Coincide este hecho con la fecha de las apariciones de Fátima

Assoro (Sicilia). — Cientos de devotos campesinos y campesinas de Sicilia afluyen a pie, en carros tirados por borriquillos y otros vehículos, después de recorrer algunos kilómetros, desde diversos puntos de la isla, para visitar la Gruta ¡Milagrosa donde cuatro niños declaran haber tenido una visión de la Santísima Virgen y el divino Niño.

Según el relato de los niños, tres de ellos son varones, se hallaban jugando en las afueras de esta aldea de la parte interior, de Sicilia, hacia el medio día del 7 de mayo, cuando descubrieron un gran agujero en el suelo. Penetraron por aquel hueco, avanzando a gatas, y se encontraron en una cueva irregular de unos cinco metros cuadrados aproximadamente. Entonces, según dijeron los niños, se vieron deslumbrados por un brillante resplandor. «Era como el sol», ha dicho Francesco Mazza, de cuatro años de edad.

«Desde luego, en un hueco abierto en la roca vimos a un Niño sobre un montón de pajas», ha añadido Giuseppina Ronda, la niña que acompañaba a los tres pequeños, que cuenta siete años y es la mayor de los cuatro. «Una Señora vestida de blanco se hallaba inclinada sobre el Niño —añade Giuseppina— y nos sonrió. Nosotros nos acercamos hacia el lugar donde se hallaba, pero otra mujer vestida de negro nos dijo que no podíamos tocarlo. (Luego salimos de la cueva y contamos a nuestras madres lo que habíamos visto.»
Los otros dos niños, Francesco Giosue Giunta y Giovanni Chixdo, los dos de cinco años, convinieron en la exactitud de lo narrado por Giuseppina.

El padre de uno de los niños, movido por la curiosidad, acudió a la entrada de la cueva para comprobar la versión de los pequeñuelos. Tuvo que ampliar la entrada para poder pasar por ella, y ya en el interior de la gruta no vio nada sobrenatural, pero sí encontró una especie de nicho u hornacina con algo de paja en el mismo.

Cuando el hombre regresó manifestó a los niños que sus visiones eran pura fantasía, pero tanto los tres pequeños como Giuseppina se mantuvieron en sus declaraciones, afirmando sin titubeos que eran ciertas.
Otros campesinos de esta humilde aldea acudieron a la cueva y ampliaron su entrada de modo que se iluminase su interior. Luego, y al raspar casualmente las paredes, contemplaron asombrados que aparecían grandes piezas de lienzo con dibujos apenas visibles y fragmentarias inscripciones en latín. En el centro de la pared opuesta a la entrada encontraron un lienzo cubierto de polvo. Cuando lo limpiaron con un paño húmedo apareció la imagen de Nuestra Señora.

Este descubrimiento causó enorme sensación en la aldea, pues jamás se había sospechado la existencia de la gruta. El relato de los niños comenzó a cobrar crédito y la cueva ha sido bautizada con el nombre de Grotta del Miracolo (gruta del milagro) por las sencillas gentes del pueblo, que han colocado las pinturas sagradas en el nicho donde los niños afirman haber visto a la Santísima Virgen.

Durante los últimos días centenares de devotos campesinos de las aldeas vecinas han estado acudiendo a la gruta portando cirios para elevar sus oraciones a la Madre de Dios.

Los habitantes de Assoro han observado que este milagroso hecho se ha producido en el mismo mes, exactamente treinta y nueve años después, de las milagrosas apariciones a los tres pastorcillos en Cova de Iría, en Fátima.

Noticias

Romería a Santo Espíritu del Monte. — La Venerable Orden Tercera de San Francisco, establecida en la iglesia de San Lorenzo, de Valencia, realizó su tradicional Romería al Real Monasterio de Santo Espíritu del Monte el pasado día 6 de mayo.

A las ocho de la mañana salieron de nuestra ciudad cuatro autocares, a los que se unieron dos de Carcagente y otros dos de Benisa y Teulada y varios coches particulares de Valencia y de otras poblaciones; y además fueron muchísimas las personas que se trasladaron a Gilet con bicicletas, «Vespas» y por vía férrea.

Cuando llegaron los romeros a las proximidades del Real Monasterio fueron recibidos por la reverenda comunidad con su Guardián y cruz alzada. Inmediatamente se organizó una devota procesión integrada por los religiosos y terciarios, que vestían su escapulario y cordón, y cantando las letanías de la Santísima Virgen penetraron en el templo conventual, en donde el P. Provincial dirigió paternales palabras a la numerosa concurrencia, celebrándose seguidamente la misa de Comunión, que fue oficiada por el reverendo Sr. D. Joaquín Alfonso, cura Párroco de San Esteban y terciario franciscano.

Acabada la misa, empezó la desbandada por aquellos montes, y a hora competente se hicieron bajo los pinos los debidos honores a las típicas paellas valencianas.

Por la tarde fue cantado procesionalmente él Santo Rosario, y a continuación se celebró el ejercicio del Mes de María, al final del cual, y en el atrio del convento, tuvo lugar un acto en el que hablaron el P. Anselmo Martí, el P. Luis María Giner, el señor cura Párroco de San Esteban y como colofón el P. Provincial.

En todos los actos citados tomaron parte los Hermanos novicios, a cargo de los cuales corrió la parte musical, mereciendo por su acertada actuación los mayores elogios de todos los asistentes.

Y con el sorteo de una preciosa imagen de San Francisco se dio por terminada esta seráfica jornada.

Franciscana condecorada. — La Hermana María Susana, de las Franciscanas Misioneras de María, que descubrió la vacuna contra la lepra, recibió en diciembre de 1954 la medalla Federico Ozanam otorgada por las Universidades católicas de América. Últimamente fue honrada con el tercer premio de la Sociedad Damián Dutton, organización internacional para ayuda de los leprosos.

Obispo terciario.—Mons. Alejandro Scandar, Obispo del rito copto, Lycópolis, ingresó en la Tercera Orden de San Francisco el 4 de diciembre de 1954; su profesión la emitió el 16 de enero de 1955 en la capilla
del Seminario oriental de los franciscanos de Chiza, en Egipto.

Una condecoración británica.— La religiosa misionera franciscana M. Kevin, nativa de Irlanda, recibió de S. M. la Reina de Inglaterra la condecoración Comander of the British Empire en atención a que la mayor parte de sus ochenta años de vida los ha consumado en las Misiones de África, en Uganda, en donde la Congregación de Hermanas Franciscanas Misioneras tiene a su cargo hospitales y escuelas.

La medalla de la Paz. — La medalla de la Paz por el año 1955 ha sido concedida a Rafael J. Bunche, terciario franciscano de Estados Unidos, miembro representante de U. S. A. en la O. N. U.

Terciarios en la India.— En el distrito de Nilgiris, en la India, bajo la dirección de los franciscanos capuchinos, existían en 1948 las Hermandades en número de 110 con 6.375 terciarios; actualmente hay 390 Hermandades con 18.527 terciarios.

Arte moderno franciscano en Asís. — En el salón gótico del convento de San Francisco, en Asís, se inauguró una exposición permanente de arte franciscano actual. Esta idea la concibieron los artistas italianos, más en la exposición tomarían parte también los artistas del extranjero para exponer allí las obras del arte franciscano moderno.

Los ojos del Santo de los niños para dos ciegos. — Don Cario Gnocchi, el sacerdote italiano conocido con el nombre de El ángel de los niños mutilados, dos mil de los cuales ha recogido y reeducado en su asilo de Milán, ha llevado su apostolado de caridad más allá de la tumba, cediendo su ojo derecho a la niña ciega Amábile Battistelli y el ojo izquierdo a Silvio Colagrande, de doce años.

Don Cario se decidió a este apostolado desde que, siendo capellán de la división Alpina (Tridentina), conoció las más íntimas tragedias de la humanidad en la retirada del Don, en la campaña de Rusia.

"Cuídese de mis hijos", le habían gritado muchos soldados al morir. «Lo haré. Muere tranquilo», era su respuesta con firmeza de juramento. Y la cumplió hasta después de su muerte.

El cortejo de su entierro, formado por dos mil niños ciegos, mancos y cojos, llevados a hombros por las calles de Milán, fue una emoción extraordinaria. Niños paralíticos, sentados en sus sillones de ruedas, clamaban a su paso: "Virgen María, devolvednos nuestro Padre".

En convivencia con Don Cario ha hecho la operación el doctor Gaelazi Lisi, médico de Su Santidad, a sabiendas de obrar al margen de la Ley.

La justicia del Cadí

Allá por los años de 790 de nuestra era, y reinando como Califa en Bagdad el conocido Harún al Raschid Ibn Mahdi, o sea Harún el Ortodoxo, hijo de Mahdi, el Califa de Las mil y una noches, se cuenta del mismo que entre sus costumbres como Califa figuraba la de no fiarse en absoluto de los informes que se le dieran si no los comprobaba personalmente.

Por ello, tan pronto como tenía conocimiento del buen o mal proceder de alguno de sus ministros o funcionarios, marchaba de incógnito al punto en que el alabado o vituperado ejercía sus funciones y contrastaba personal y directamente la verdad o falsedad de cuanto había oído.

En una de las ciudades del imperio existía un Caid o Cadí, conocido por los sobrenombres de Sabio, Justiciero y Fiel, del que tales aciertos se relataron que llegaron a llamar la atención del desconfiado Califa; el cual, un buen día y sin dar parte a nadie, según su costumbre, montó en su caballo favorito Insallah y tomó el camino de la ciudad en que el elogiado Caid administraba justicia.

Tras varios días de camino y cansado ya de cabalgar, llegaba a la vista de la ciudad en horas próximas al crepúsculo vespertino, cuando llamó su atención un mendigo cojo que desde la orilla del camino le pedía limosna en el nombre de Alá, el clemente y el misericordioso.

Acercó el caballo al mendigo y le dio un dinar de oro, que fue abrir la puerta a la audacia del pobre, quien, tras alabarle como fiel observante de los preceptos del Profeta, le rogó que, como buen creyente, le permitiera subir a las ancas de su hermoso caballo, ya que de lo contrario no podría llegar a la ciudad antes de que cerrasen las puertas de la misma por culpa de su terrible cojera, castigo y don de Alá.

Harún, aspeado de tantas jornadas a caballo y cuidadoso de aprovechar sus medios de información, no sólo accedió a la súplica del sucio mendigo, sino que, bajando de Insallah, le ayudó a subir, pensando que el llevar de las riendas al noble caballo y sobre el mismo al mendigo, era el medio más apropiado para que nadie pudiera pensar en la identificación de un espolique con el gran Califa de Bagdad.

Pero una vez llegados al zoco invitó Harún al cojo a descender de la cabalgadura, ya que sus deseos y peticiones estaban colmados; pero... ¡quedó pasmado al oír al cojo la más rotunda de las negativas y la peregrina afirmación de que no se bajaba porque el caballo era suyo!

Ante la amenaza de denunciarle al Caid, del que tales justicias se contaban, el cojo, riéndose, respondió que le parecía muy bien la denuncia y que de ella no saldría otra cosa que la adjudicación definitiva del caballo a su favor, pues, decía el mendigo, «ante la falta absoluta de pruebas habrá el Caid de pensar que la equidad exige se entregue el caballo al más necesitado del mismo», que era él.

Entonces el Califa, cavilando que quizá fuera aquel el mejor medio de ponerse de incógnito en contacto con la justicia de Caid y comprobar personalmente la exactitud de sus informaciones, se encaminó al palacio de justicia, llevando al caballo de las riendas.

Llegados allá, se encontró Harún con una espaciosa sala completamente llena de público que acudía a beber directamente la sabiduría que manaba de la boca del Caid, y a éste, sobre una tribuna, sentado en almohadones, teniendo a su izquierda una preciosa mesita octogonal impasible y grave como buen musulmán y resolviendo por su orden los juicios que se le iban proponiendo.

El primero presenciado por el Califa era el promovido por un carnicero contra un aceitero, en el cual el carnicero decía que el aceitero le había comprado carne, pero no se la había pagado, y el aceitero, confesando que era cierta la compra, afirmaba habérsela pagado. No había testigos, y tras el juramento de cada uno, que no hizo más que ratificar las respectivas afirmaciones, el Caid quedó pensativo por unos momentos.

En este tiempo Harún, poniéndose en el lugar del juez con su imaginación, buscaba solución al problema sin hallarla; pero sus cavilaciones cesaron al preguntar el Caid al carnicero:

—¿Dónde llevas tu dinero?

El carnicero, por toda respuesta, sacó una bolsa pequeña de cuero con bastantes monedas metálicas (no se conocía entonces el papel moneda), y se la entregó respetuosamente al Caid, quien tras mirarla un poco la colocó encima de la mesita.

Y al hacer la misma pregunta al aceitero, éste con grandes zalemas le entregó otra bolsa parecida, aunque muy pringosa por el constante contacto de las aceitadas manos. Corrió la misma suerte que la anterior, y el Cadí decidió:

—Dejad aquí el dinero y volved mañana.

El pleito siguiente se planteaba entre un labrador, un escribano o copista y una mujer. El labrador decía que aquélla era su mujer; el escribano, que era la suya, y la mujer afirmaba no conocer a ninguno de los dos. Por el recato en que la mujer vivía en Oriente, la prueba era imposible, y el Caid, tras tomar el juramento consabido, decretó:

—Dejad aquí la mujer y volved mañana.

Y llegado el turno a Harún al Raschid y al cojo, se apeó éste del caballo, que no había abandonado un momento, y entró en la sala, dejándolo en la puerta al cuidado de un árabe servicial.

Las declaraciones, los juramentos y la falta de testigos y otras pruebas hacían la causa tan difícil como las anteriores, por lo que, tras alguna reflexión, la providencia dictada por el Caid fue semejante a las anteriores:

—Dejad aquí el caballo y volved mañana.

Camino de la posada pública, y en la misma, todos los pensamientos del Califa convergían en el mismo punto: ¿cómo sentenciaría yo mismo en justicia los tres casos propuestos? En cuanto al primero, no hay que devanarse los sesos, lo mismo puede tener razón el carnicero que el aceitero; por consiguiente, cualquiera que sea la sentencia nada tengo que decir.

El segundo caso es distinto: sin duda ninguna la mujer lo es del labrador, aunque por mejorar de posición finja desconocer a su verdadero marido y pretenda que con apariencia de legalidad el Caid se la entregue al escribano.

¿Y mi caso? El problema es tan irresoluble como el primero de los pleitos.

Oró, cenó, se acostó, y sus oraciones de la mañana no ocuparon tanto su atención como las cavilaciones acerca de los problemas propuestos a la justicia y finura de penetración del Caid, quien a la hora en punto se sentaba en su sala, convocando a audiencia pública.

Allí estaban sobre la mesita las dos bolsas de cuero; allí, sobre un almohadón y cubierto el rostro con el velo tradicional, la mujer disputada y desconocedora de sus pretendientes, y era de suponer que cerca de la sala, reposase amarrado el soberbio Insallah, el caballo tan querido para el corazón del Califa.

Llegaron el carnicero y el aceitero, y sin aguardar un punto sentenció el Caid diciendo al carnicero:

—Coge tu bolsa y tu dinero porque es tuyo, y al aceitero que le den cincuenta palos por haber jurado en falso.

Ejecutada la sentencia, se personaron el labrador y el escribano, y en la decisión inapelable ordenó el Caid que la mujer fuera para el escribano y los palos para el labrador.

Aquí se ha equivocado, pensó Harún; pero apenas tuvo tiempo de pensarlo, cuando con acompañamiento de gritos por parte del apaleado labrador, hubo de comparecer ante el Caid, que siempre imperturbable, mandó al cojo le siguiese y le introdujo en la propia casa del Caid. «Soborno tenemos», pensó Harún; y se confirmó en su sospecha viendo salir casi inmediatamente al cojo con la cara radiante de satisfacción; mas a continuación el Caid le ordenó a él mismo que le siguiera al interior de su morada, conduciéndole al corral, en el que perplejo Harún pudo ver bastantes caballos atados, entre los que, con satisfacción, distinguió al suyo.

En tanto que esperaba un ofrecimiento de cohecho, no pudo oír sino las breves palabras del Caid que le interrogaba:

—¿Cuál es tu caballo?

A lo que respondió inmediatamente el Califa:

—Ese, y se llama Insallah.

Sin más palabras tornaron a la sala de audiencias, y sentándose expeditivamente el Caid, sentenció dirigiéndose a Harún:

—Coge tu caballo y llévatelo porque es tuyo, y al cojo que le den cincuenta palos por haber jurado en falso.

Ante tan acertada como inesperada resolución, Harún perdió su aplomo de Califa y se descubrió:

—Yo soy Harún al Raschid, el Califa de los creyentes.

Se postraron en tierra todos, hasta el Caid, y el temor general daba muestras de la inexorable y rápida justicia del Califa de Bagdad. Pero despejada la sala y postrado aún el Caid, fue amablemente invitado a levantarse por el emperador, quien muy complacido le dijo:

—No temas en absoluto; he visto tu rectitud y el acierto que has tenido en mi caso, y he podido apreciar que tus errores podrán ser humanos, pero jamás contra tu conciencia. Creo que te has equivocado en el asunto de la mujer, como también has podido engañarte en el del carnicero, pero si ha existido error habrá sido inevitable por la falta de pruebas.

—En ninguno de los casos he obrado injustamente —repuso el Caid—, y estoy completamente seguro de haber acertado en los tres.

—¿Pues cómo? —preguntó el Califa—. ¿Es que sabes ciertamente que el dinero era del carnicero y la mujer del escribano?

—Sí, señor —respondió el Caid—; ayer, al mirar las bolsas de dinero del carnicero y del aceitero, vi que la de éste estaba pringosa de aceite, y al irme a dormir eché las monedas del carnicero en una olla de agua limpia y las del aceitero en otra. Esta mañana la olla de las del aceitero estaba con la superficie del agua llena de gotitas de aceite, en tanto que la del carnicero no tenía gotita alguna de aceite; luego no habían pasado monedas de la bolsa del aceitero a la del carnicero; luego no le había pagado. Por eso castigué al aceitero.

—¿Y la mujer?—, replicó el Califa vivamente interesado.

—Esto ha sido más sencillo —respondió el Caid— porque antes de acostarme llamé a la mujer y le dije: "Tengo mucho que escribir esta noche: prepárame un candil de cuatro mechas, báteme tinta, córtame cañas y ráspame pergaminos."

Y la mujer me lo hizo como quien no había hecho en su vida otra cosa; luego era mujer de escribano y no de labrador, que no saben escribir ni nunca lo han preparado.

—¿Y mi caso? —apuntó Harún—. ¿Es que el cojo no ha conocido el caballo?

—El cojo ha conocido el caballo tan pronto y tan bien como tú, oh gran señor de los creyentes; lo que sucede es que el caballo no le ha conocido a él como te ha conocido a ti al oír tu voz.

Y Harún al Raschid, el inflexible y cruel Califa, dicen que confirmó para toda la vida al Caid en su cargo, para gloria de su imperio y del talento y de la justicia.

Manuel Mª de Arredondo —

a