Oda a la Inmaculada

¡Vuelvo, Señora, Reina y Madre mía,
como bardo a cantar con armonía
mi ferviente canción!
Hoy que el mundo te ensalza y te venera
con grande amor y devoción sincera
de su fiel corazón.

¡Quiero del ángel el sublime acento
y del querube el celestial contento
y mística alegría,
para que el ángel y también el hombre
al pronunciar tú sacrosanto nombre
te alabemos, ¡oh María!

¡Feliz el labio que aclama pura
como aurora de celeste albura
a María, sol luciente!
¡Haz que el corazón del hombre impío
con tu luz se alumbre y pierda el frío
y se torne ardiente!

¡Estrellita polar del alto cielo
que brillas sin pesar para consuelo
del que boga por el mar;
siempre serás Tú nuestra guía,
divina Madre y virginal María!...
¡Enséñanos a amar!

¡De Norte a Sur, de Oriente al Occidente,
te invoca el pueblo fiel, y reverente
se postra ante tu faz!
¡De ti esperamos divinal ventura,
todos deseamos maternal ternura,
tu gloria y la paz!

¡El niño aprende en el materno seno
cuando tierno y de inocencia lleno
tu nombre a balbucir;
más tarde, después, en los azares
tu nombre lo consuela en los pesares
y le das un porvenir!

¡Y la tierna doncella, y el anciano,
y el infeliz y todo ser humano,
en Ti su apoyo mira,
y en sus penas y rápida alegría
sólo a Ti aclama, celestial María,
y sólo a Ti suspira!

¡Reina te llaman pueblos orgullosos;
bajo tu protección ponen piadosos
los reyes su corona,

y cubres Tú con tu estrellado manto
pueblos y reyes, y tu auxilio santo
jamás los abandona!

¡Tú que sabes llorar, que conociste
los dejos del dolor del mundo triste,
Tú recibes el llanto,
en Ti lo deposita alma afligida
y la lágrima en perla es convertida
en tu regazo santo!

¡Pasarán siglos, pasarán edades,
perecerán naciones y ciudades,
sin que fallen al hombre
tu santa protección, tu fuerte brazo;
siempre hallará perdón en tú regazo
y consuelo en tu nombre!

¡Oh Madre! ¡Reina Omnipotente!
¿ Con qué te pagará tu amor ardiente
el hombre miserable
si nada tiene digno de tú gloria,
si su mayor grandeza es pura escoria
y polvo deleznable?

¿Qué flor he de ofrecer ante tus plantas
si son indignas de tus aras santas
los mármoles y el oro?
¿Qué voz he de encontrar para alabarte
si del ángel no basta a celebrarte
el cántico sonoro?

¡Recibe, empero, la oración ardiente
del pueblo cristiano reverente
que sólo en Ti confía,
sus votos, su ternura fervorosa,
pues eres Madre suya bondadosa!
¡Recíbelos, María!

¡Que tu nombre dulcísimo y preclaro
nos dé consuelo y formidable amparo
al venimos la muerte,
y a estos tus hijos que tú amor señalas
cúbrenos con la sombra de tus alas!,
¡oh Madre y Reina fuerte!

¡Ya se va este bardo de tu estrado;
tercia su lira que tañó entusiasmado,
como una ofrenda, una flor,
y a Ti, mi Reina, humildemente
te dedico mi poesía ardiente
con mi filial amor!

por P. Antonio Guizar Moreno

Bajáis disfrazado

Ya sé que como amante verdadero,
después que por canceles y resquicios
me habéis desde los cielos acechado,
bajáis al fin a verme disfrazado.

Nos interpreta a maravilla el clásico de los tiempos grandes estas cosas de Belén. Hoy es Tirso de Molina, el del Colmenero divino.

Anidaba Dios ya de tiempos muy antiguos buscando al hombre que se perdiera en la floresta del Edén y siempre solicitándole, ora con premios, ora con castigos, siempre con avisos de patriarcas y profetas, al fin tuvo que bajar «a verme disfrazado».

Pero «Por más que te disfraces, —Galán divino, — en lo mucho que has dado — te han conocido». Sólo Tú podías renunciar a los esplendores de la gloria y caer por el peso del amor sobre unas pajitas. Siempre me encantaron los pastorcitos de Belén. Ante un simple anuncio del ángel fueron, vieron y creyeron, y se volvieron alabando a Dios y se convirtieron en apóstoles del Niño-Dios.

Te conocieron en seguida, «Que no sé qué tengo — desde qué te vi», dice otra tonadilla muy sabia de Belén. Es que sois Amante verdadero, y por eso hacía siglos que andabais buscándonos, y en cuanto llegasteis te conocimos en seguida. Vinieron los reyes de Oriente y te conocieron en seguida. Empezó el despliegue de tu Iglesia, hablaron tus Apóstoles y te conocieron en seguida los limpios de corazón, los sin prejuicios, los que no estaban aprisionados por las cadenas de las pasiones, los sinceros buscadores de la verdad, los de alma bien nacida, espíritus tendentes a lo alto.

Nunca olvidaré yo aquella declaración del Cardenal Manning, convertido del protestantismo al catolicismo: «¡Por fin he salido del tormento y he llegado a esta paz». Es que la paz es tu característica, Niño divino; por eso los ángeles que te anunciaron en su himno llevaban letra de paz. Y paz es lo que primero resplandece en tu rostro, y paz es lo que más nos falta a nosotros y más buscamos, y en cuanto damos contigo la paz desciende a nuestra alma, armoniza nuestra vida, la hace llevadera y entramos en otro ambiente tan distinto del del mundo que en el mundo vivimos, pero no somos de este mundo. Rozasteis Vos en vuestro último discurso esta distinción. Por eso las almas que te han sentido de veras, contigo se quedan para no apartarse jamás. Se declaran seguidores tuyos. Aquel "sígueme" que dijisteis en vida mortal lo sentimos también nosotros cuando nos ponemos con respeto frente a Ti, al alcance de tu mirada; que lo dijo uno de nuestros clásicos: «Miradme Vos, que si Vos me miráredes...» Esta filosofía respiraba el vate que así escribiera:

«Símbolo que quien labra para el cielo
gustos de tierra ha de pasar de vuelo.»

De vuelo, sin hacerles caso, pasamos nosotros los gustos de la tierra desde que enseñados por Ti empezamos a labrar para el cielo. Díganlo tus más entusiastas seguidores, ellos, los Agustín de Hipona, los Francisco de Asís, los Ignacio de Loyola, los Francisco de Sales, y Teresa de Jesús, y Magdalena de Pazzi, y tantos más. Se trazaba a sí mismos una línea divisoria, de aquí para allí, hacia Cristo, todo; de aquí para allí, hacia el mundo, nada.

Les llamaste: «¡Sígueme!» Te conocieron y empezaron la peregrinación del amor siempre en pos de tus ejemplos; humildad de Francisco de Asís, generosidad de Teresa de Jesús, pureza de Inés, apostolado de Javier, caridad de Juan de Dios, todo el Flos Sanctorum de tus grandes seguidores.

«Gustos de la tierra ha de pasar de vuelo.»

Por eso para ellos era lenguaje extraño el lenguaje del mundo, y como la Doctora del Carmelo, llamaban «pajitas» a eso que a tantos equivocados cautiva; por eso hasta se sentían heridos los mártires cuando les prometían oro, dignidades, si te abandonaban; por eso la renuncia a tronos y púrpuras con tanta naturalidad, con tanta espontaneidad, y se consideraban muy gananciosos en el trueque.

¡Ah!, lo dijo bien otro poeta de los que cantaron frente a la grutita de Belén: «Si sembráis amores — y cogéis mejor — bueno sois, vida mía, — para labrador.» Buen labrador disteis porque mucho amor sembrasteis y buenas serenas tuvisteis, que se llenaron tus trojes hasta rebosar. De ahí el «que muero porque no muero»; de ahí el «Mi Dios y mi todo»; de ahí el «A mayor gloria de Dios»; de ahí el «da la vuelta y come» del mártir de las primeras centurias; de ahí el «Viva Cristo Rey» de nuestros mártires de ayer.

Bajasteis disfrazado, y el disfraz, tanta humildad, os declaró bien, y cuando a través de los siglos habéis pronunciado el «Sígueme», tantos te han seguido que te has llevado la flor de la humanidad.

Y aquí nos tienes, Señor, fieles a la cita de todos los años. Ya tiempo que estábamos esperando la fecha, que sin Ti vivir no se puede, porque dice otro villancico que "en este mundo ya no hay caridad", y necesitamos caridad, y Vos sois la Caridad.

Vicente Monroy Alaguero, Redentorista

Un cuento de Navidad

¡Prrrrr¡n! Este es el timbre de mi puerta que suena, porque hemos convenido en que los timbres producen esta extraña aglomeración de consonantes.

Un momento después entra en mi despacho la condesa de San Lázaro elegantemente vestida, con el cuello rodeado de perlas y esparciendo un suavísimo perfume. Se sienta delante de mi mesa.

—¡Oh mi querido -amigo! Vengo a pedirle un pequeño favor. Usted sabe que presido la Real Junta de Damas Visitadoras de Niños. Pues bien, proyectamos celebrar una fiestecita de Navidad. Será probablemente en el patio de casa. Un gran árbol de Noel; en las ramas, juguetes y copos de algodón para que parezca que ha nevado. El algodón se parece mucho a la nieve.

—Eso dicen...

—iLuego los niños irán desfilando con sus trajecitos nuevos, y mi portero, vestido de San Claus, con gran barba, les irá dando los juguetes. En lo alto del árbol habrá un letrero, hecho con letras de cartón forradas con papel de oro, que diga: Happy christmas.

—¿No le parece que eso quizá no lo van a entender los niños?

—¡Los pobres no lo entienden tampoco en español! Pero así es más chic. Bueno: luego los niños cantarán un himno que les han compuesto dándome las gracias. Muy bonito. Yo no quería esto, pero, en fin, hay que resignarse. Mi administrador, que e? el que lo ha compuesto, está disgustado porque no ha podido nombrarme directamente en la letra. Dice que eso de condesa de San Lázaro es muy difícil de meter en verso, porque es..., ¡ay!, ¿cómo dice?...

—Esdrújulo, señora.

—Eso es. Bueno: a lo que íbamos. Como después de repartir los juguetes obsequiaré con refrescos a mis amigos, pienso hacer una invitación para la fiesta en pergamino. Una cosa sencilla y elegante. Para darle una nota nueva querría que fuese en ella un cuentecito de Navidad... Y he pensado en usted, querido amigo. No me lo niegue; esto es bien sencillo. Con un niño pobre, otro rico y un escaparate con pasteles se hace un cuento de Navidad bastante razonable.

—Bien, bien, señora. Trataré de complacerla. Veamos. La escena del cuento puede ser una buhardilla.

—¡Oh, delicioso! Me encantan los cuentos que pasan en una buhardilla. Seguramente pensará usted que en esa buhardilla haya un niño pobre que tiene frío y hambre. ¡Luego entrará a visitarlo una señora elegantemente vestida. Ese momento de la entrada de la señora en la buhardilla es siempre emocionante. Al salir el niño pobre le besará la mano, ¿verdad?

—Vamos despacio, señora. Todo irá llegando. En la buhardilla hay un niño pobre, efectivamente. Es rubio y guapo como un sol. En un rincón, sobre un cajón vacío, el niño ha improvisado un Nacimiento porque estamos en Navidad...

—Hace mucho frío, por consiguiente...

—Regular, señora. El Nacimiento se reduce a unos montoncitos de arena con lentisco, un portal que le ha hecho su papá con una caja de botas vieja y unas figuras recortadas en cartón por el mismo niño. El padre no tiene para otra cosa.

—Pero de pronto entra una dama elegante...

—Eso es; entra una dama y...

—Los papás del niño se apresuran a ofrecerle una butaca...

—Perdón, señora, en las buhardillas no suele haber butaca. Continúo. Quedamos en que entra una dama elegantemente vestida.

—No olvide advertir, querido amigo, que la dama pertenece a la Real Junta de Damas Visitadoras de Niños. ILo digo porque hay que estar en todo. Es menester que no puedan creerse que pertenece al Sindicato de Obreras de doña Antonia. No es que yo tenga nada en contra del Sindicato de doña Antonia. ¡Dios me libre! Aunque las malas lenguas lo digan por ahí. Pero, en fin, cada una lo suyo. Pero a todo esto nos olvidamos de nuestro cuento.

—Quedamos en que ha entrado la señora en la buhardilla. Trae un paquete en la mano, lo deslía, y ante los ojos encendidos del niño aparece un muñeco de Nacimiento, grande, precioso, de la más fina muñequería de pasta. Es un pastor tocando la gaita. Lo menos ha costado cinco pesetas...

—¡Oh, ponga usted diez! La Real Junta no escatima. Además, ahora estamos en fondo con el cine a benéfico. ¿No ha oído hablar de él? Tenemos en casa un cine a beneficio de la Junta. Películas escogidas. En los entreactos se rifa todos los días una licorera. Siempre es la misma, porque al que la saca se le ruega la vuelva a regalar.

—Muy ingenioso, señora. Pero continuemos. iLa dama, con gran regocijo de todos, deja su muñeco caro y fino en el pobre Nacimiento de la buhardilla. Da gusto ver al pastor, tan erguido y ufano, en medio del pobrecito Nacimiento de cartón. Es más alto que el portal...

—Oh, ¡me enternezco!, ¡me enternezco!

—La señora sale dejando tras de sí una estela de perfume. Antes de salir advierte a los padres que cuiden de que el niño no toque al muñeco, no lo vaya a romper. Todos le dan las gracias... A los pocos momentos se oye alejarse en la calle la bocina de un auto.

—Y aquí termina, ¿verdad? Precioso, tiernísimo...

—Un momento todavía, señora. No bien se ha ido la dama elegante entra en la buhardilla la tía Colasa. La" tía Colasa es la vecina del piso bajo, una viejecita muy arrugada y muy pobre. Tiene muy buen corazón y quiere mucho al niño rubio. La pobrecita deslía un papel de estraza que trae y saca un muñequito basto y pobre, dte los que venden en el mercado a cinco céntimos. La infeliz no puede comprar otra cosa, y aun esa le costó estirar sus ahorros. El muñequito es un pastor que, hincado de rodillas, está ofreciendo una oveja. Desde luego es una oveja, aunque parece un perro de aguas. La mano arrugada de la tía Colasa coloca su pobre muñequito ante el pesebre de cartón. ¡Eh!, ¿qué tal?, ¿le sigue gustando?

—No está mal, no está mal...

—Luego la familia toda canta villancicos, delante del Nacimiento. El niño rubio, encendido de alegría, se entretiene en variar de posturas al pastor de la tía Colasa. Al otro no se atreve a tocarlo, no se vaya a romper. ¡Mira con cierto recelo cómo toca su gaita, erguido y displicente, por encima del techo del portal. De pronto su papá le pregunta: «Monín, ¿cuál de los muñecos te gusta más?» Y el monín responde con sencillez: «El de la tía Colasa...»

—Pero esto es absurdo, querido amigo.

—Dos palabras nada más y termino, señora. Decía que el niño rubio contesta que le gusta más el de la# tía Colasa. Y entonces el Niño Jesús se incorpora en su pesebre de cartón y abriendo sus labios de carmín añade lacónicamente: «Y a Mí también.»

—¡Oh, pero esto es un final extraño e incomprensible! Veo que no ha comprendido usted mi idea. Será mejor dejarlo...

—Sí, señora. Mejor será...

José Mª Pemán

Nochebuena

El Corazón de Dios, que si pudiera
sufrir nuestras desgracias lloraría,
como en acecho paternal vivía
para inundar de luz nuestra ceguera...

Y una llama feliz de aquella hoguera
de amor eterno, que en su esencia;
ardía, prepara las entrañas de María
para que de Ella el Redentor naciera...

En Belén ha lugar el gran portento
del humilde y divino Nacimiento
que la historia del mundo parte en dos...

La noche enciende el brillo de una Estrella,
y la dulce y purísima Doncella
tiritando acaricia al Niño Dios...

Jesús Galbis —

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