La predicación de un Niño
¡Mucho tenemos que aprender de los niños! ellos son los que mejor exteriorizan nobleza humana y elevación de sentimientos. Con su lengua virgen expresan el poso natural que llena su corazón no doblado. Descubren con acento de candor las bondades propias del hombre no corrompido. Junto a ellos los ojos de los mayores se iluminan con tonos de irisada alegría porque gozan del placer que proporciona el contemplar la blancura de vidas que mejor reproducen, cómo en un espejo, el rostro de Dios.
Ellos sólo ponen el mayor interés en aquello que les abre el conocimiento a una vida de realidades. Por eso preguntan más que explican, intuyen más que razonan, observan para imitar.
Los diálogos con ellos nos certifican que ya pesan en sus conciencias como delitos las mentiras, las desobediencias y los hurtos. Es decir, lo opuesto a la sinceridad, a la sumisión, al respeto. Yo diría que lo que estorba la vida de relación justa. Por naturaleza están destinados a llevar vida social, y en contacto con los demás deberán -crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.
Por eso en la infancia es muy interesante conservar y educar el sentido social, para de mayores tener asegurada una conciencia colectiva de beneficencia robustecida con el ejercicio de las virtudes morales.
El no despertar ya en los niños la conciencia de la vida social con la consiguiente renuncia y generosidad es fomentar las individualidades egoístas y privar a la sociedad del mañana de la ayuda mutua a llevar las cargas.
Al niño hay que enseñarle más a dar que a recibir para que no se aferre sólo a sus intereses y sepa siempre beneficiar. Cuando de niño no es uno benéfico, menos lo será cuando llegue a la edad de adulto.
El niño se introduce a la vida social con instintos de emancipación por sus amistades, que por falta en él de juicio conviene vigilar y orientar para que su corazón, irreflexivo, no se esclavice al sentimiento carnal y a la pasión que pudiera llevarle al desenfreno de concupiscencia.
En la infancia es donde mejor arraiga el Evangelio cuando se sabe sembrar con la parsimonia de la sencillez y calando hondo a fuerza de exponer con atractivo los ejemplos de los santos y de Jesucristo.
Con historia es muy fácil mantener la atención de los niños sobre la doctrina y la moral para educarlos, con abundancia de principios.
Por eso merece la pena el método de don Apolinar con respecto a los niños: con todo calor les explicaba el Evangelio echando mano del colorido de historietas al caso y de aplicaciones a su casuística, a sus juegos y a sus caprichos. Les hacía ver lo que importa ya ser hombres a sus días, habida cuenta de la prudente proporción, para no dejar de serlo a medida que se crece en edad.
Tonín aun recuerda complacido el de la tempestad desatada y calmada y sabe que es la imagen de lo que acaece a los hombres aunque sean niños. Que en los peligros de alma y cuerpo es preciso invocar a Jesús, que parece estar dormido, pero atiende con su poder infinito los ruegos empeñados del que padece.
Sabe, gracias al Evangelio^ que la ciencia del vivir feliz está en el trabajar y en el recurrir a Dios, y que cuando sea hombre maduro saldrá siempre de apuros si sabe proceder así cuando niño.
¡Cómo no había de entender el Evangelio Tonín, aunque tan pequeñín, de cinco años, si ya a esta edad supo negarse a realizar un viaje con su mamá en día de domingo por no dejar de ir a misa y por no querer privarse de escuchar el Evangelio que don Apolinar predicaba a sus niños!
Tonín, al volver del templo, sabe repetir a sus papás cuanto ha oído, ya que ellos no lo frecuentan. Todo porque nota les cae la baba de contento cuando le oyen narrar tales cosas.
¡Cuán al revés anda el mundo! Hoy son los mayores los aleccionados por los niños.
Tonín y su hermanito constituyen la generación nueva de fe,y de piedad que acaban con una tradición de indiferencia, si no de impiedad, de la propia familia. Incluso instalan con ilusión un Belén de figurillas con portal con el Niño sobre pajas, con pastores y reyes magos, en el domicilio familiar ante el que historian al oído de sus papás las encantadoras y ejemplares escenas de la Sagrada Familia durante el tiempo de Navidad. En la instalación interesan con eficacia la ayuda de los dos y todos sonríen piadosamente con el recuerdo de la infancia de Jesús dando lecciones de virtudes domésticas.
Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Ecos marianos
Curación de un comunista paralítico en la gruta de Lourdes
El comunista Luis Olivari, de Niza (Francia), cayó de un andamio el pasado mes de abril, quedando paralítico del brazo y pierna derechos por haber sufrido rotura de una arteria cerebral.
Después de dos meses y medio de tratamientos sin conseguir progreso alguno, el capellán del hospital le aconsejó fuera en peregrinación a Lourdes. Luis se rió: «Yo no creo en nada —contestó—, ¿para qué voy a intervenir en tal comedia?» Más tarde su mujer le rogó también que fuera. «Estás loca como los demás», respondió: pero al fin se decidió a ir: «¡Me sentí impresionado por la gente que marchaba a Lourdes para pedir la intervención divina —continúa diciendo Luis—; pero lo que más me emocionó fue un niño ciego de diez años, hijo de un gendarme de Marsella, que hacía su quinta peregrinación.» «Reza», le dijo el muchacho poniéndose de rodillas ante la Virgen. De mala gana permitió que le introdujeran después en las heladas aguas de la gruta. Junto a él estaba el niño ciego. Vio como el muchacho movía los labios en oración, y Luis gritó: «Dios, si existes, cura a este niño que lo merece más que yo.» Al salir de la piscina el paralítico comprobó con emoción que podía caminar normalmente. Instintivamente levantó el brazo derecho para vestirse. Ahora, de vuelta a Niza, ha anunciado que abandona su vida de antes y que cree fervientemente en Dios. Los médicos todavía no han declarado que la cura sea milagrosa, pero Luis no tiene ninguna duda.
El gran milagro de Lourdes
Randall Eckman, de seis años, hijo de la señora Hellen Eckman, de St. Joseph (Ohío), fue atacado de leucemia.
El terrible cáncer de la sangre le había atacado pocos días antes de las Navidades del 1955. El dictamen médico fue un golpe terrible para su familia, compuesta de la madre, una señora de cuarenta años, protestante, divorciada, que gastó en busca de una posible cura todos los ahorros de su larga vida telefonista, pero el día 15 de enero los médicos le habían dicho: «No hay nada que hacer».
Fue entonces cuando la madre puso en Dios su última esperanza. A pesar de ser luterana acogió el consejo de una familia católica de su misma ciudad, que le habló de las curaciones milagrosas de Lourdes, la
cual hizo llegar a manos de la señora Eckman una reproducción de la estatua de Nuestra Señora de Lourdes pedida por ella a Francia.
El 21 de enero la señora Eckman rezaba ante la imagencita de la Virgen de Lourdes con fervor: «Ayudadnos. Cuando tenga el dinero necesario llevaré mi hijo a Lourdes. Pero también para esto debes ayudarme.»
Y la Virgen le ayudó. El deseo de la señora Eckman llegaba a la redacción de un gran diario de Chicago, el cual abrió una suscripción pública para que el enfermito pudiera ser llevado a Lourdes. Bastaron cuatro días para que la señora Eckman recibiera 2.500 dólares (100.000 pesetas) y además un pasaje aéreo gratuito. Todos los habitantes de St. Joseph habían contribuido con su donativo no obstante ser luterana.
El día 31 del pasado enero podía ya la señora Eckman llevar a su hijo desde el lago de Michigan a los valles del Pirineo.
Aquellos días el frío de Lourdes era intensísimo, de modo que estaba helada no sólo el agua de la fuente, sino también la de las piscinas. Esto, sin embargo, no enfrió la fe y confianza de la señora Eckman, que manda romper la losa de hielo que cubre el agua milagrosa y pregunta al niño:
—¿Quieres que te bañe en el agua de la Virgen? Está helada.
—No importa—, contesta el niño con una expresión de intensa piedad en su carita pálida que no sabe sonreír.
Un médico muy práctico para estas ocasiones coge al niño y con solemnidad religiosa lo sumerge en el agua de la piscina. El niño mira al cielo y no llora.
Randall y su madre han vuelto a América. De momento el milagro físico no se ha logrado, pero la señora Eckman sabía ya que los enfermos que curan milagrosamente son rarísimos, pero ahora sabe además por propia experiencia que el principal milagro de Lourdes es la resignación y la alegría con que los enfermos y sus familiares vuelven a sus hogares, en los que ya no sé sentirán solos para sufrir la triste prueba.
Por eso al llegar a Chicago contesta a quienes compasivamente pretendían acompañarle en el sentimiento de un pretendido fracaso:
—Estoy contenta. A la verdad valía la pena de hacer este viaje. Vuelvo de Lourdes con más fortaleza.
Ciertamente, no es pequeño milagro que la desesperación se transforme en alegría y el que la angustia se convierta en una esperanza. Este es el «gran milagro de Lourdes».
Ahora Randall sabrá sonreír siquiera por el tiempo de vida que aun le quede, Y esto no es poco.
La Adoración de los Pastores. Anónimo del S. XVI. Óleo sobre tabla.
Museo de la Ciudad. Valencia. (Desde la terraza)
El portero de Belén
Letrilla al Niño Jesús
| Yo no me marcho; yo aquí me quedo; yo no me marcho porque... ¡no puedo! Yo aquí me quedo; Yo no me atrevo Aquí hay misterio Me andan rondando ¿Queréis, Zagala, Yo nunca he visto |
Tomad, Zagala, Pero, Señora, Que lo merece Renuncio a todo, Porque no vale Zagala hermosa, Y aquí me quedo |
Vicente Monroy Alaguero, redentorista

